- Published on
por George Sidney Hurd
Muchos hoy en día están entrando en una nueva y fresca revelación de la gracia de Dios que está introduciéndoles a un nivel de intimidad y transformación que antes no parecía posible ni en sus mejores sueños. Indescriptible ha sido su gozo al descubrir que el camino estrecho y angosto no ha sido poco transitado por ser tan arduo que solo los más fuertes pueden transitarlo, como algunas traducciones de la Biblia y pinturas lo han presentado. [i] Al contrario, el camino angosto es menos transitado simplemente porque los autosuficientes —sin reconocer su necesidad de la gracia de Dios en Jesucristo— lo pasan por alto.
Lejos de ser un camino difícil, arduo y traicionero que solo podemos caminar con mucha autodeterminación y esfuerzos, es un caminar en la gracia: un reposo que Jesús nos invita a caminar junto a Él (Mt 11:28-30; Heb 4:1-9). Los que no lo encuentran, no lo encuentran simplemente porque sus ilusiones de autosuficiencia les ciegan los ojos de tal manera que no reconocen su presencia aun estando parados frente a él.
Pedro, en su sermón en el Pórtico de Salomón, indicó que tiempos de refrigerio prepararía el camino del retorno del Señor, y que Su venida comenzaría los tiempos de la restauración de todas las cosas —algo que había sido profetizado desde el principio (Hechos 3:19-22).
Para mí es significativo que “tiempos” aparece en el plural. Nuestra generación ha visto tiempos de refrigerio significativos y cada uno ha servido para restaurar verdades esenciales a la Iglesia en preparación de Su venida.
Muchas personas de mi generación, incluyéndome a mí mismo, fuimos salvos en el avivamiento conocido como el Avivamiento de Jesús a finales de los años ´60 y ´70. Jesús era el enfoque principal de ese avivamiento. La verdad esencial de la realidad de Cristo en nosotros y la vida intercambiada fue revelada y restaurada a la Iglesia. En aquel tiempo de decaimiento moral y cultural, muchos de nosotros fuimos milagrosamente liberados de una vida de inmoralidad y drogadicción por la presencia de Cristo en nosotros. Éramos muy conscientes de Su gloriosa presencia transformadora dentro de nosotros.
El próximo tiempo de refrigerio fue el avivamiento del Espíritu Santo de los años ‘80 y ‘90. Los dones, la unción y comunión del Espíritu Santo fueron restaurados a la Iglesia en ese avivamiento. A mediados de los años ‘90 vino otro tiempo glorioso de refrigerio. En aquel tiempo, conocido como la generación sin padres, el corazón del Padre del amor fue revelado a una generación que solo conocía al dios lejano, caprichoso y vengativo de la Iglesia tradicional.
Este nuevo tiempo en el que estamos entrando está llegando a ser reconocido como la Revolución de la Gracia, y podría ser el último tiempo de los tiempos de refrigerio —la culminación de todos los anteriores—. Podría traernos a la cosecha más grande de la historia de la Iglesia y a la Segunda Venida de Cristo. Lo veo como potencialmente culminando todos los tiempos anteriores: la gracia sobreabundante de Dios sobre la Iglesia, llevando a la perfección la revelación del conocimiento de la gracia del Señor Jesucristo, del amor del Padre y de la comunión del Espíritu Santo, en un glorioso tiempo de refrigerio espiritual (2 Cor 13:14).
Algunos, viendo el avance de las tinieblas en el mundo y sintiendo que los juicios apocalípticos son inminentes, solo están buscando un escape. Sin embargo, los tiempos más oscuros de la historia han visto las visitaciones mayores de la gloria de Dios. Y la hora final y más oscura de esta época verá la mayor manifestación de Su gloria que el hombre jamás ha conocido.
Dios, en Sus juicios, se acuerda de la misericordia, y los juicios finales de Apocalipsis no son una excepción. Juan en una visión vio una multitud innumerable que saldrá de la Gran Tribulación, habiendo lavado sus ropas en la sangre del Cordero (Apo 7:14). Los tiempos de la mayor gloria de esta época están todavía por venir. Cuando el enemigo venga como río, el Señor levantará bandera contra él (Isa 59:19). La hora más oscura es justo antes del amanecer, y el Señor ha prometido que las puertas del Hades no prevalecerán contra Su Iglesia (Mt 16:18).
En la hora más oscura, multitudes llegarán al fin de su autosuficiencia estando en gran tribulación, solo para descubrir la gracia sobreabundante de Dios en Jesucristo. Entrarán al reino a través de la fe en Jesús, quien es la puerta estrecha que nos introduce al caminar angosto de la gracia, donde ya no vivimos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros y nos lleva a la plenitud de vida, dándonos gracia sobre gracia. Nos llevará de gloria en gloria, de fe en fe, y de poder en poder (Jn 1:16; Rom 1:17; 2 Cor 3:18; Sal 84:7).
El camino estrecho y angosto es Jesús mismo. Él es tanto la Puerta como el Camino angosto. No es un camino difícil porque ya no somos nosotros los que vivimos, sino Jesús quien vive en nosotros. Nosotros simplemente vivimos con la fe de Él, dejando que Él haga sus obras a través de nosotros, las obras que Dios preparó para que anduviéramos en ellas desde antes de la fundación del mundo (Gál 2:20; Ef 2:10; Heb 4:3-11).
Mientras que el camino estrecho y angosto es un caminar en la gracia, es, sin embargo, un camino estrecho. La única manera en que podemos continuar sobre él sin tropezar o desviarnos es mantener los ojos puestos en Jesús, el autor y consumador de la Fe (Heb 12:2). Necesitamos considerar que hemos sido, de hecho, crucificados juntamente con Cristo a nuestra vieja vida en Adán y, por fe, vernos como la nueva creación que somos en Cristo. Necesitamos entender y considerar como una realidad que la vida que ahora vivimos ya no somos nosotros, sino Cristo viviendo en y a través de nosotros.
Mientras caminamos por el camino angosto de la vida de Cristo, somos tentados a dejar la senda de la vida y, en nuestra independencia, seguir las ramas que aparecen a la derecha y a la izquierda. Siempre que quitamos los ojos de Jesús, dejamos de ser Cristoconscientes y nos volvemos autoconscientes, e inevitablemente nos apartamos del camino estrecho y angosto.
Las ramas que salen al derecho y a la izquierda pueden ser comparadas al árbol del conocimiento del bien y del mal. En su estado original de Dios-consciencia, Adán y Eva vivieron en Dios, libres de toda autoconsciencia. No fue hasta que la serpiente convenció a Eva de que necesitaba algo que no podía encontrar en Dios para completarla que comió del árbol. Y, ¿por qué comió del árbol? ¿Fue rebeldía intencional contra Dios? No. Ella fue engañada y pensaba que estaba incompleta y necesitaba comer del árbol para completarse y así ser más como Dios. No fue hasta que Adán y Eva comieron del árbol del conocimiento del bien y del mal que llegaron a estar autoconscientes. En este estado de independencia de Dios sintieron vergüenza por su desnudez. En vez de correr hacia Dios para que Él cubriera su desnudez, se escondieron de Él e intentaron cubrirse con hojas de higuera. Los hombres han estado haciendo lo mismo desde ese entonces.
Desde la caída, el hombre ha intentado encontrar un sentido de autocumplimiento: algunos a través del fruto de las ramas “buenas”, buscando automejoramiento y justicia por medio de las “buenas” obras de la carne, mientras que otros participan del fruto de las ramas malas, buscando cumplimiento a través de la autogratificación de la carne. Los religiosos con su justicia propia menosprecian a los que comen del otro lado del árbol, considerándose mejores a los ojos de Dios que otros “viles pecadores”. Pero toda la actividad de la carne, sea “buena” o mala, se origina en uno mismo, independientemente de Dios, y por ese motivo, es inaceptable delante de Él.
El término “carne” en la Biblia, cuando no está hablando de la carne literal como la que se encuentra en una carnicería, está hablando de la vida del independiente YO que heredamos de Adán. Aunque la vieja carne adámica fue crucificada con Cristo y ahora somos nuevas criaturas en Cristo, recibiendo una nueva naturaleza, todavía llevamos en nuestros cuerpos mortales los residuos de deseos y tendencias de la vieja vida carnal del YO. Mientras estemos en estos cuerpos, los deseos de la carne estarán en conflicto con los deseos del Espíritu (Gál 5:17). Por lo tanto, a nosotros nos corresponde continuamente, por fe, considerarnos, de hecho, muertos a la carne pecaminosa pero vivos para con Dios en Cristo Jesús (Rom 6:11).
En ambos lados del camino angosto de la gracia, hay ramas que nos alejan de la vida centrada en Cristo y nos llevan de vuelta a la vida carnal del YO independiente de Dios. Por el lado derecho, somos atraídos a los esfuerzos propios de producir “buenas” obras independientemente de nuestra unión con Cristo. A la izquierda, somos seducidos a buscar auto-gratificación independiente de Cristo. Si quitamos nuestros ojos de Jesús —el autor y consumador de la fe— para mirar adentro, siempre saldremos del angosto camino de la gracia.
Si miramos hacia la izquierda y tememos ir en esa dirección, inevitablemente tomamos un desvío a la derecha, hacia las fuerzas propias (las de la carne), por medio de esfuerzos de resolución para guardar una ley externa. Esto hace que caigamos de la gracia y libremos una lucha carnal de subyugar la carne (carne luchando contra carne). Esto es engañoso porque parece ser la respuesta correcta a nuestra lógica caída, pero, como Pablo dice, esta no tiene valor alguno contra los apetitos de la carne (Col 2:23).
Tarde o temprano —sin importar qué tan fuerte sea la voluntad de uno, con el tiempo— se pasará al otro lado y se tomará del fruto de la izquierda en auto-gratificación carnal. Esto inevitablemente produce sentimientos de culpa y auto-condenación.
Nuestro instinto natural es cruzar otra vez al lado derecho, rededicándonos en culto voluntario y lleno de determinación a hacerlo mejor que las veces anteriores. Cuanto más tiempo logramos abstenernos del fruto de las ramas malas para tomar de las ramas “buenas”, mayores son la autoconfianza y el orgullo que sentimos. Pero, inevitablemente, nuestro esfuerzo de voluntad se agota y, en un momento vulnerable, cruzamos otra vez a una rama mala y tomamos de su fruto. Cuanto más determinados seamos a “hacer lo bueno”, tanto más devastados nos sentiremos cuando volvamos a participar del fruto malo.
Muchos de los que entran por la puerta estrecha—por la gracia por medio de la fe en el Señor Jesucristo— solo se gozan del caminar en la gracia por un tiempo breve. Nacemos de nuevo a una vida nueva en la cual ya no somos nosotros quienes vivimos, sino Cristo quien vive en y a través de nosotros. Pero los recién nacidos no nacen caminando. Pablo dijo que necesitamos aprender a caminar en el camino de la gracia de la misma manera que entramos: por la gracia por medio de la fe. Él dice:
“Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias”. (Col 2:6,7)
¿Qué es lo que debemos hacer cuando tropezamos y caemos en el caminar de la gracia? La tendencia humana es tomar un desvío rápido del caminar de la gracia a una rama a la derecha del camino y escondernos en los arbustos hasta que podamos preparar unas “hojas de higuera” para cubrir nuestra vergüenza; y solo cuando pensamos que hemos comido suficiente fruto de la rama “buena” para satisfacer nuestra consciencia, nos sentimos lo suficientemente dignos para volver al camino bien alumbrado de la luz. Este es el gran error que hemos cometido con mucha frecuencia. El apóstol Juan dice que, mientras caminamos en la luz del caminar de la gracia, en comunión con Él, la sangre de Jesús “continuamente nos limpia (gr. presente continuo de katarizo) de todo pecado” (1 Jn 1:7).
Aun cuando dejamos la senda para satisfacer la carne —o sea, al lado derecho o al lado izquierdo—, la comunión es restaurada inmediatamente cuando simplemente confesamos o nos ponemos de acuerdo con Dios en cuanto a ese pecado. La confesión es simplemente “decir la misma cosa” o ponerse de acuerdo con lo que dice Dios acerca de nuestro pecado. Cuando nos negamos a reconocer el pecado como pecado en nuestras vidas —sean pecados de autojusticia o de autogratificación—, dejamos la senda de la luz y la comunión con el Padre se interrumpe.
Quedar estancado en el remordimiento y la autoflagelación, en un intento de propiciar tus fracasos, solo prolonga tu desvío del camino de la gracia. Tu Padre dice que tus pecados ya han sido lanzados tan lejos como el oriente lo está del occidente, y que ahora no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús (Sal 103:12; Rom 8:1).
Pablo dice que necesitamos andar en Cristo de la misma manera que lo recibimos: por fe, abundando en acciones de gracias. Cuando entras en acuerdo con el Padre acerca de tu posición delante de Él en Cristo, estarás abundando en acciones de gracias por Su aceptación de ti en Cristo, sin condiciones, por la gracia, en vez de dejar la senda de la luz cada vez que fallas para esconderte en los arbustos en remordimiento y autodesprecio, pensando que tu contrición de alguna manera propicia tus pecados. El sacrificio de Cristo de una vez para siempre es la propiciación por todos tus pecados y mucho, mucho más (1 Jn 2:2).
Pablo continúa en el versículo ocho de Colosenses dos diciendo:
“Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad”. (Col 2:8-10)
El problema con la filosofía, sea la filosofía moralista o hedonista, es que tiene su base en el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal y, por ese motivo, la prédica de la cruz les parece locura. La meta de la filosofía es la auto-realización y la auto-gratificación, y no es según la verdad de que ya somos completos en Cristo. Los cristianos en Galacia habían sido embrujados, haciéndoles pensar que, aunque la justificación es por la gracia, su santificación a la imagen de Cristo era obra de la carne. Él les dijo:
“¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó (hechizó) para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado? Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?” (Gál 3:1-3)
Dondequiera que iba Pablo predicando el puro evangelio de la gracia a través de Jesucristo, lo seguía un grupo de judaizantes. Los judaizantes eran judíos que probablemente habían entrado por la puerta estrecha, que es Cristo; sin embargo, insistieron en que era necesario guardar la Ley de Moisés para ser finalmente salvos. No negaron del todo la gracia en la vida del cristiano.
Sin embargo, para ellos la gracia no era el favor inmerecido y gratuito que predicaba Pablo. Para ellos, la gracia simplemente nos empodera o asiste en producir las obras necesarias para ser salvos. Para Pablo, su enseñanza consistía en que uno es perfeccionado por la carne en vez del Espíritu de la gracia. Él dejó en claro que la gracia es un favor gratuito y el antónimo de las obras:
“Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley… Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia”. (Rom 3:28, 4:4,5)
¿Puedes ver lo que Pablo está diciendo? La gracia es el don del favor inmerecido de Dios. Si la salvación no es enteramente aparte de las obras, entonces Dios nos debe algo y ya no es por gracia. Si un ser amado fuera a darte un regalo precioso desde la bondad de su corazón e insistieras en pagarle al menos el diez por ciento de su valor, ¿no sería tomado como un insulto contra la gracia mostrada al dar el regalo? Aun si fuéramos a decir que la gracia nos fue dada simplemente para asistirnos mientras trabajamos, ya no sería un regalo gratuito de gracia, y Dios quedaría debiéndonos.
Para ilustrarlo, supongamos que necesito a alguien para cortar mi césped. Viendo pasar a un joven por el andén, le ofrecemos el trabajo. Él responde: “Con mucho gusto lo haría, pero no tengo cortacésped”. Yo respondo: “No hay problema. Yo tengo la máquina. Solo tienes que sentarte y manejarla”. El joven acepta mi oferta y, al final del día, él termina de cortar mi césped. Cuando se acerca a mí, le digo: “Bien hecho. Nos veremos la próxima vez”.
¿Qué es lo que falta en este cuadro? Él estaba contratado por mí para hacer el trabajo. Aunque lo hacía con la ayuda de mi cortacésped, justamente anticipaba un pago a cambio de su labor. Pablo dice que si uno trabaja para algo, entonces un pago es anticipado a cambio. La gracia es, por definición, “bondad y favor inmerecido” y no meramente capacitación divina. Pablo lo hace aún más claro en el capítulo once de Romanos:
“Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra”. (Rom 11:6)
Se puede ver que lo que Dios nos ha dado por Su gracia es más que una restauración del viejo; es una creación enteramente nueva. Es por eso que Pablo dijo: “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación” (Gál 6:15). El camino angosto, que es nuestra nueva vida en Cristo, no se trata simplemente de comer de las ramas “buenas” en vez de las malas con la ayuda de Dios, sino que es una nueva creación que vivimos en Cristo. Las obras no son nuestras sino las Suyas en y a través de nosotros:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. (Ef 2:8-10)
Las obras llevadas a cabo en nuestros cuerpos en el caminar de la gracia no son nuestras, sino que son Su hechura en nosotros. Mientras nosotros simplemente permanecemos en Cristo, descansando en rendición a Él, Él obra en nosotros dándonos el deseo y el poder para cumplir toda Su voluntad. Mientras dejamos que Él obre, nosotros llevamos fruto. En unión con Él ya no participamos del árbol viejo del conocimiento del bien y del mal, que solo nos dejaba cargados y agotados. Ahora participamos de Cristo —el Árbol de la Vida— y llevamos fruto para Dios.
Pedro dijo: “Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén” (2 Pedro 3:18). Contrario a lo que algunos maestros de la gracia afirman, no nacemos hijos maduros. (Este tema se trata en el capítulo 10 de mi libro Enfocando en los Eventos Finales). La Iglesia fue diseñada por Dios para proveer un ambiente donde Cristo es formado en nosotros a través de los ministerios combinados de enseñanza, apoyo mutuo, exhortación y orientación correctiva. Cuando le agradó a Dios revelar a Cristo en Pablo, la meta de Pablo ya no era producir Fariseos según su imagen. Su meta era ver el mismo Cristo que le fue revelado en él formado en otros también. Él dijo que sufría lo que solo podía describir como dolores de parto hasta ver a Cristo formado en los creyentes en Gálata (Gál 4:19).
Yo, entre otros más, creo que estamos entrando en un nuevo tiempo de refrigerio en que la Iglesia está recibiendo una nueva revelación del caminar en la gracia, donde ya no vivimos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros. Como en otros tiempos de avivamiento en el pasado, el enemigo hará todo lo posible para desacreditar lo que Dios está haciendo.
Tenemos que estar prevenidos contra cualquier doctrina que diluya o adultere el puro evangelio de la gracia, que es nada menos que “Cristo en nosotros, la esperanza de gloria”. Cualquier evangelio que intente combinar obras con gracia, según Pablo, hace que uno caiga de la gracia (Gál 5:4).
La gracia más las obras ya no es gracia. Es otro evangelio que, en realidad, ya no son las buenas nuevas que predicaba Pablo. Es la levadura de los fariseos (Mt 16:6). Todo lo que no es enteramente cristocéntrico es autocéntrico y constituye comer del fruto “bueno” del viejo árbol prohibido.
Por el otro lado, también tenemos que estar prevenidos contra toda doctrina que invalide las muchas advertencias y admoniciones de las Escrituras. Juan —enfrentando el avance de una forma primitiva de libertinaje gnóstico que promovía el desenfreno de la carne bajo el disfraz de la gracia— dijo:
“Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo”. (2 Juan 9)
A. T. Robertson, un eminente experto del griego del Nuevo Testamento, dice sobre este versículo: “No la doctrina acerca de Cristo, pero… el caminar de Cristo… Estos gnósticos se creían ser los progresivos, los intelectuales avanzados, y estaban ansiosos por relegar a Cristo al pasado en su avance”. [ii] Estamos viviendo en un tiempo de desenfreno cuando muchos se han entregado a una vida de autogratificación, comiendo del fruto malo del árbol viejo. Buscando afirmación en su conducta licenciosa, buscan maestros que solo dicen lo que ellos quieren escuchar. Pablo nos advierte de esto diciendo:
“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas”. (2 Tim 4:1-4)
Judas también advierte contra estos falsos maestros que trastornan la gracia de Dios de tal manera que es presentada por ellos como si afirmara un estilo de vida inmoral:
“Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo”. (Judas 4)
Estos maestros modernos de la “gracia” presentan a Dios como si fuera un Padre siempre con una sonrisa alegre, sin importar en qué están metidos sus hijos. Su aplicación selectiva de las Escrituras evita todas las advertencias y declaraciones de los juicios de Dios contra Sus hijos que persisten en el pecado sin arrepentimiento. Muchos de ellos convenientemente relegan todas las advertencias dadas por Jesús y las epístolas acerca de los últimos tiempos, junto con todos los juicios mencionados en el libro de Apocalipsis, al primer siglo antes de 70 d.C. Otros simplemente ignoran todas las advertencias del Nuevo Testamento por completo. La gracia de Dios no debe ser malinterpretada como Su afirmación de un estilo de vida inmoral. Al contrario, Pablo dice:
“Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras. Esto habla, y exhorta y reprende con toda autoridad. Nadie te menosprecie”. (Tito 2:11-15)
Necesitamos toda Palabra de Dios. Algunos maestros de la “gracia” muestran un desprecio por la Palabra escrita, diciendo que solo siguen a la Palabra Encarnada de Dios, que es Cristo. Sin embargo, Jesús, el Logos mismo, continuamente afirmaba la autoridad absoluta de las Escrituras o la Palabra escrita. Pablo, el mismo apóstol de la gracia, dijo:
“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. (2 Tim 3:16-17)
Algunos maestros de la gracia presentan toda reprensión o corrección, es decir, todo juicio y disciplina, como contrarios a la gracia. Todos fallamos muchas veces a medida que crecemos en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Las amonestaciones del Nuevo Testamento son una parte integral del Nuevo Pacto de la gracia. Son necesarias para corregir nuestro enfoque cuando quitamos nuestros ojos de Cristo y nos desviamos del camino estrecho de la gracia.
El escritor de Hebreos dice que Dios reprende y disciplina a los que ama (Heb 12:5-6). Nos reprende para mantenernos en Su caminar de la gracia, restaurándonos cuando caemos de la gracia, o usando Su cayado para traernos de vuelta al redil cuando nos extraviamos, saliendo del camino angosto de la gracia. Casi todas las epístolas fueron escritas para traer corrección cuando comenzamos a enfocarnos en nosotros mismos, quitando la vista de Cristo y desviándonos hacia la Ley del Antiguo Pacto y los esfuerzos carnales del legalismo, o extraviándonos a la izquierda en el desenfreno de la autogratificación.
Aunque puedo aparentar ser demasiado crítico con algunos excesos observados entre maestros de la gracia, también quiero honrar a quienes lideran este avivamiento. Cuando Dios comienza algo nuevo, busca instrumentos dispuestos al cambio. A menudo, los nuevos tiempos son resistidos por líderes anteriores. Levantamos tabernáculos y permanecemos plantados cuando la nube de la Shekiná se mueve. Dios entonces busca un “odre nuevo” —alguien enseñable y dispuesto a innovar—. Al restaurar verdades, surgen extremos iniciales —incluso entre líderes prominentes—. Sin embargo, Dios tiene el control y equilibra cada revelación a su debido tiempo.
Así que mantengamos los ojos puestos en Jesús, el autor y consumador de la fe, y gocémonos en este glorioso caminar de la gracia mientras Él nos guía en plenitud de vida, dándonos gracia sobre gracia, llevándonos de gloria en gloria, de fe a fe y de poder en poder.
Para un tratamiento más completo del caminar en gracia, recomiendo mi libro titulado La verdadera gracia de Dios.
[i] Una de las traducciones que más distorsionan el texto en español es Dios Llega al Hombre. Dice: “Pero la puerta y el camino que llevan a la vida son angostos y difíciles y pocos los encuentran”. (Mt 7:14) Esta paráfrasis del Nuevo Testamento traduce la palabra griega thlibo, que literalmente significa “estrecho” por la palabra “difícil,” dando de entender que es como un concurso de obstáculos requiriendo mucho esfuerzo y habilidad humana.
[ii] Robertson's Word Pictures in the New Testament
For a fuller treatment of the grace-walk I recommend my book entitled “The True Grace of God.”
- Published on
?Una Reflexin sobre el Dogma Catlico Romano del Purgatorio
Habiendo sido criado en un hogar protestante y en una nación predominantemente protestante, no puse mucha importancia en la doctrina del purgatorio. Sin embargo, después de años ministrando en una cultura predominantemente latinoamericana, llegó a ser evidente que las imagines mentales y conceptos Católico-Romanos de Dios y la espiritualidad siguen ejerciendo una influencia en las mentes y emociones aún después de pasar años como Cristianos Evangélicos.
Cuando escribí el libro, “Triunfo de la Misericordia,” exponiendo lo que considero como la doctrina bíblica de la restauración final de todos y la naturaleza correctiva y temporal del hades y el lago de fuego, no incluí una discusión del tema del purgatorio, no considerándolo necesario. Sin embargo, muchas personas con raíces católicas han expresado su dificultad para distinguir entre la doctrina bíblica de los castigos correccionales después de la muerte en el hades enseñado por los Universalistas Evangélicos y el dogma Católico-Romano del purgatorio. ¿Cuál ha sido realmente la enseñanza Católica históricamente acerca del purgatorio, y en qué sentido es éste distinto al hades presentado por los Universalistas Evangélicos?
Al examinar este tema, debemos estar humildemente conscientes de los límites de nuestra capacidad de comprender los caminos del Señor. Aún Pablo, contemplando la infinita sabiduría de los juicios de Dios, exclamó: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” Algunos equivocadamente piensan que Pablo está diciendo aquí que los juicios son infinitamente más horrendos de lo que podemos comprender. Sin embargo, en el contexto de esta declaración de Pablo, vemos que es la misericordia y sabiduría en sus juicios que transcienden nuestra comprensión, poniendo a todos bajo desobediencia, solo para tener después misericordia de todos, uniendo a todos en Él en la consumación (Rom 11:33-36). Debido a que Sus juicios son inescrutables, debemos evitar ser excesivamente dogmáticos acerca de todos los detalles de los juicios de Dios después de la muerte. Mucha confusión ha resultado de las especulaciones acerca de detalles de los juicios de Dios que Él no nos ha revelado. Sin embargo, podemos estar confiados en que sus juicios son buenos y sabios, más allá de nuestra capacidad de comprender, y culminarán en la alabanza de la gloria de Su gracia.
La primera y más obvia diferencia entre el purgatorio y el castigo correccional presentado por los Universalistas Evangélicos es que los Católicos Romanos enseñan que el purgatorio es exclusivamente para la purificación de los elegidos – un lugar transicional donde los que no cometieron pecados eternos y fielmente evitaron y confesaron pecados mortales son purgados de todas fallas y pecados veniales (perdonables) en preparación para ir al cielo. El resto de la humanidad es condenada a un infierno eterno donde será sujetada a la ira implacable y eterna de Dios.
En cambio, la mayoría de los Cristianos Evangélicos no ven justificación en las Escrituras para la creencia en un lugar transicional llamado purgatorio, a través del cual los cristianos tienen que pasar antes de ser recibidos en la presencia del Señor. Pablo, hablando a creyentes, dijo que estar ausente del cuerpo es estar presente con el Señor (2 Cor 5:6-8). Aunque Jesús advierte que es posible que un siervo infiel sea excluido del reino, Él dice que recibirá su porción con los incrédulos – i.e. en el infierno o Gehena (Lc 12:46). No hay mención en todas las Escrituras de un estado o una región llamada purgatorio, donde los elegidos son purgados de los residuos del pecado.
La doctrina del purgatorio está supuestamente basada sobre una tradición judeo/cristiana. Para mostrar que el purgatorio tiene raíces en la historia de los judíos, hacen referencia a la creencia de los judíos, que han sostenido desde los tiempos inter-testamentarios (desde el siglo V a.C.). Un escritor católico, en defensa del purgatorio, dice lo siguiente acerca de la creencia de los judíos en la Gehena:
“En la fe judía no hay ‘una doctrina oficial’ acerca de lo que pasa en el más allá. Así que no hay una definición desarrollada de un cielo o un infierno. Sin embargo, hay enseñanzas judías acerca de un lugar como un cielo donde los justos van al morir. También hay una creencia desde la antigüedad acerca de un lugar de purgación que fue nombrado Gehena. Es un lugar ‘transicional’ de almas donde son purificadas de su maldad. Como era su creencia que la mayoría de las almas van a Gehena, ofrecen oraciones por ellos. La Oración de Lamentos o Kaddish es algo que hacen hasta el día de hoy y después de doce meces aquí en la tierra el alma es liberada.” (énfasis agregado) [1]
Aquí, en apoyo de su doctrina del purgatorio para los elegidos que mueren en un estado de gracia, los católicos argumentan que los rabinos judíos hablaban de Gehena como un lugar de purgación. Pero lo que ellos evitan mencionar es que, para los judíos de ese tiempo, Gehena fue un lugar donde iban los impíos para ser purificados antes de entrar en el cielo – no los justos. Muchos de los rabinos judíos, a excepción de la secta de los Fariseos, no creían en un infierno eterno. Basados en numerosos textos del Antiguo Testamento, ellos enseñaron la restauración final de todos (Sal 66:3-4; 72:11; 86:9;138:4;145:8-10; Isa 25:6-8; 45:22-24, etc.). [2] Es imposible tomar en serio estas y muchas declaraciones más en las Escrituras que hablan de la restauración universal de todos y a la vez creer que el infierno es eterno. Y por ese motivo (entre otros), los judíos, como también los Universalistas Evangélicos, no toman el infierno como eterno y sin un fin restaurativo.
Los católicos también recurren al testimonio de los Padres de la Iglesia Primitiva. Pero la mayoría de los Padres de la Iglesia Primitiva, al igual que los judíos, creían que el infierno es temporal y purgativo, terminando con la restauración final de todos. (Ver mi artículo, El Testimonio de Los Padres). Así que, cuando los Padres de la Iglesia Primitiva se referían al proceso de purificación después de la muerte como purgatorio, debemos tener presente que se están refiriendo a la purificación de los impíos y no de los fieles. Los siguientes ejemplos muestran como los católicos citan los escritos de los Padres de la Iglesia fuera de contexto para apoyar su dogma del purgatorio:
Clemente de Alejandría 150 d.C. a 215 d.C.
“El castigo es, en su operación, como medicina; ablanda el corazón duro, purga la escoria de la inmundicia, y desinfla el orgullo de los altivos; así restaurando a su sujeto a un estado sano y saludable.” [3]
Estas palabras, tomadas fuera del contexto, podrían aparentar apoyar el purgatorio del catolicismo. Sin embargo, Clemente era Universalista, como cualquier historiador afirmaría, y él está aquí haciendo referencia a los castigos purgativos de los impíos y no los elegidos, como podemos ver muy claramente en todos sus escritos:
“El Señor, dice Juan, es la propiciación, no por nuestros pecados solamente, sino también por todo el mundo. Así que Él, de hecho, salva a todos universalmente; pero a algunos como convertidos por castigos, y otros por sumisión voluntaria, así obteniendo el honor y la dignidad, que a Él toda rodilla se doblará, de las cosas en el cielo, y las cosas en la Tierra, y las cosas debajo de la Tierra, es decir ángeles y hombres y las almas que partieron de esta vida antes de Su venida a este mundo.” [4]
Aquí podemos ver que el castigo a que se refiere Clemente es solamente para los que se niegan a someterse al Señor en esta vida.
Orígenes 184 d.C. a 254 d.C.
“Él que desprecia la purificación de la Palabra de Dios, y la enseñanza del evangelio, solo está reservándose a sí mismo para las horrendas purificaciones penales después, para que el fuego del infierno le purgue en tormentos, los que ni la doctrina de los apóstoles, ni la prédica del evangelio ha purificado, conforme a lo que está escrito de ser 'purificado por fuego'. Pero, solo Él, a quien el Padre ha encomendado todo juicio, sabe por cuánto tiempo esta purificación que es obrada por medio del fuego penal durará, o por cuántos períodos o épocas atormentará a los pecadores.” [5]
Solo tomando una porción de este texto fuera de su contexto es posible dar la impresión de que Orígenes está hablando de un purgatorio distinto al infierno (Gehena). Él claramente dice que solamente los que desprecian los fuegos de prueba en esta vida tendrán que sufrir los fuegos purgativos del infierno. Él claramente está refiriéndose a los que no se arrepientan en esta vida y no a los elegidos. En otros lugares él deja aún más claro que creía en la salvación final de todos en la consumación de las épocas:
“Es nuestra convicción que la Palabra prevalecerá sobre la creación racional entera, y transformará cada alma a su propia perfección; en la cual cada uno escogerá lo que desea, y obtendrá lo que escoge. Porque, aunque en las enfermedades y heridas del cuerpo, hay unas que ninguna habilidad medicinal puede curar, sin embargo, mantenemos que, en la mente, no hay mal tan fuerte que no pueda ser vencido por la Suprema Palabra de Dios. Porque más poderosa que todos los males es la Palabra, y el poder restaurador que permanece en Él, y esta sanidad Él aplica, según la voluntad de Dios, a todo hombre. La consumación de todas las cosas es la destrucción del mal… ” [6]
Gregorio de Niza 330 d.C. a 394 d.C.
“Cuando la muerte se encuentra con la vida, y las tinieblas con la luz, y lo corruptible con lo incorruptible, lo que es inferior se desvanece y es reducido a la nada, y la cosa purgada es beneficiada, al igual que la escoria es purgada del oro por fuego.” [7]
Tomando todo junto, es muy obvio que el purgatorio al que se refiere Gregorio no es para los elegidos, sino para los que mueren en sus pecados. Él está refiriéndose a lo que ahora llamamos “el infierno” y no un purgatorio católico solo para los fieles. Lo que el cristianismo tradicional de hoy llama “infierno eterno” está muy lejos a las llamas purgativas y temporales de los Padres de la Iglesia Primitiva, preparadas para restaurar a los impíos en Gehena o el lago de fuego. Gregorio sigue, haciendo aún más claro que este purgatorio es para los impíos y que no existirá para siempre:
“Creo que el castigo será administrado en proporción a la corrupción de cada uno. Así que, para los más aferrados a la corrupción, será necesario que el tiempo de la purgación sea de larga duración para consumirla… Sin embargo, todo mal, al final, tendrá que ser quitado de todo, para que ya no exista más. Debido a que es la naturaleza del pecado que no puede existir sin motivo corrupto, por necesidad tiene que ser completamente disuelto, y enteramente destruido, para que nada puede permanecer como receptáculo de él, cuando todo motivo e influencia surgirá de Dios solamente.” [8]
“Cuando todo ser creado esté en armonía…y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor; cuando toda criatura habrá sido hecha un cuerpo…. Ahora el cuerpo de Cristo, como a menudo he dicho, es la humanidad entera. Y otra vez él (Pablo) escribe, ‘todos estarán sujetos a Cristo,’ y estarán sujetos por medio de un pleno conocimiento de Él, y por medio de una renovación…. Ahora, Dios será todo en todos, en el tiempo de la restitución.” [9] “Él que libera tanto al hombre, como también el mismo inventor del mal.” [10]
Así que, los fuegos purgativos del Gehena que presentaban los rabinos judíos y también los Padres de la Iglesia Primitiva, no fueron entendidos por ellos como fuegos literales en un lugar transicional donde van los elegidos antes de entrar al cielo, sino más bien eran descriptivos de lo que tendrán que sufrir los no arrepentidos.
Hay unas palabras de Jesús que los católicos utilizan para apoyar su dogma del purgatorio. Él dice: “De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante” (Matt 5:26). De esto argumentan que el castigo del purgatorio no es eterno. Sin embargo, una vez más vemos que Jesús no está hablando de un “purgatorio” sino “infierno de fuego” [Gehena pur] (5:22). En otra ocasión Él dijo que algunos siervos recibirán muchos azotes, mientras que otros solo recibirán pocos azotes (Lucas 12:47). Ambos de estos pasajes están de acuerdo con la doctrina del Universalismo enseñado por los Padres de la Iglesia Primitiva y muchos Evangélicos hasta el día de hoy, diciendo que todos los que no se encuentren escritos en el Libro de la Vida del Cordero serán excluidos de la presencia del Señor hasta el juicio. En el Juicio del Gran Trono Blanco, si sus nombres aún no se encuentran escritos en el Libro de la Vida, serán juzgados según sus obras y cada uno recibirá su parte en el lago de fuego – algunos recibiendo pocos azotes mientras que otros recibirán muchos azotes. Esto hace referencia a Gehena y el lago de fuego – no el purgatorio católico. A menos que doblen rodilla, confesando a Jesús como Señor en arrepentimiento y fe, de ninguna manera saldrán de Gehena hasta que hayan pagado el último cuadrante. Sin embargo, el Señor ha jurado que toda rodilla se doblará en sumisión a Él y cada lengua confesará que Él es Señor (Isa 45:23; Fil 2:10-11; 1Cor 15:22,28).
La práctica común entre los judíos y cristianos primitivos de orar y ofrecer sacrificios por los muertos también es presentada como evidencia del purgatorio. Argumentan que hubiera sido considerado inútil orar por los muertos si su estado eterno fuera fijo – o en el cielo, o en el infierno. Sin embargo, los judíos hasta el día de hoy ofrecen oraciones por los muertos – no porque crean en un purgatorio, sino porque creen que el infierno (Gehena) es temporal – solo durando lo necesario para la purificación de las almas. Muchos en la Iglesia Primitiva ofrecieron oraciones por los muertos por la misma razón. Aunque Pablo hace mención de la práctica de ser bautizados por los muertos (1Cor 15:29), él ni condena el rito, ni les encarga hacerlo. Ofrecieron oraciones por todos sus seres queridos y no solamente por los que murieron en Cristo. Así que su práctica de orar por los muertos confirma su creencia en la reconciliación universal de todos y no en un purgatorio solo para los fieles.
Sin embargo, hay un sentido en que todos creyentes tendremos que pasar por una purificación o un fuego que nos purga. Jesús dijo, hablando a Sus discípulos, que “todos serán salados en fuego” (Marcos 9:49). Así que, ni aún sus discípulos son exentos del fuego purificador. El Apóstol Pablo también habla de un fuego a través del cual aun los que estén en Cristo tienen que pasar:
“Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 12 Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, 13 la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. 14 Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. 15 Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego.” (1Cor 3:11-15)
Pablo aquí dice que aun los que han edificado sus vidas sobre el fundamento que es Cristo tendrán que pasar por el fuego que dejará expuesto y consumirá todas las obras que son madera, heno, y hojarasca. Tome nota que no es el individuo en sí el que está siendo quemado, sino las obras vanas y muertas que no tienen valor eterno. El fuego no destruye al individuo. Lo que él sufre no es dolor físico sino pérdida. Él mismo será salvo, pero sus obras muertas no le seguirán en el reino.
En este sentido, y en este sentido solamente, podemos reconocer una forma de purgación. Basado en este pasaje, algunos Evangélicos notables, incluyendo el respetado C.S. Lewis, han sostenido la creencia en una forma de purgatorio. [11] Sin embargo, en ninguna de las Escrituras vemos que es mencionado como un lugar o una región de la manera que se podría decir acerca del cielo, Gehena o el lago de fuego, pero es el resultado de estar en la presencia de Aquel que es un Fuego Consumidor.
Entiendo la expresión “aquel día” como refiriéndose al momento en que estamos ausentes del cuerpo y presentes con el Señor – sea en la Segunda Venida o en el momento de la muerte. En un momento de tiempo toda nuestra vida será dejada desnuda – expuesta por la mirada penetrante de Aquel cuyos ojos son como llama de fuego. No es un juicio que determina justificación o condenación, porque eso ya fue resuelto al pie de la cruz. Creo que será una revelación dolorosa y vergonzosa, aún para los santos más devotos. Sin embargo, será momentánea y no duradera. Aún los más consagrados de los santos tienen algo de escoria en sus vidas que será expuesta y consumida por Aquel que es descrito en las Escrituras como “el fuego consumidor y las llamas eternas” (Isa 33:14). La reacción inicial de Isaías al ver al Señor fue exclamar: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Isa 6:5). El mismo clamor se ha oído en todos los avivamientos principales cuando la presencia del Señor deja expuesto el pecado y la carnalidad por lo que realmente es.
Este fuego purgativo, al que todos en Cristo estarán expuestos, no debe ser visto como tomando lugar durante un lapso del tiempo entre la muerte y el momento en que estaremos en la presencia del Señor, sino más bien la experiencia inicial de estar en su misma presencia. Ser ausente del cuerpo para el creyente es estar presente con el Señor. En su Segunda Venida los que están vivos no irán a un “purgatorio.” Serán arrebatados en las nubes para estar con el Señor (1Tes 4:15-17). Será más doloroso para algunos que para otros, mientras que el fuego consumidor de Su presencia quema la madera, heno y hojarasca en sus vidas, pero ocurrirá en un instante de tiempo. No será un juicio en que la justicia es ejecutada y la sentencia declarada. Eso ya fue hecho por nosotros en la persona del Señor Jesucristo cuando derramó su sangre por nosotros en la cruz. No hay ningún juicio penal y condenatorio esperando a los que se encuentran en Cristo en aquel día (Rom 8:1). Los que creen en Él no entrarán en juicio, sino que ya habrán pasado de la muerte a la vida (Jn 5:24).
En contraste a esto, el dogma histórico Católico Romano del purgatorio presenta a los elegidos como estando en un lugar a menudo descrito como tormentos en llamas literales. Según su doctrina, solo los elegidos, que se encuentran en un estado de gracia al morir, son admitidos al purgatorio. Los demás, que han cometido lo que ellos llaman pecados eternos o los que cometen pecados mortales sin confesarlos a un sacerdote, van directo a un infierno de fuego literal eterno sin posibilidad de escape.
El Papa Gregorio (590 d.C. – 604 d.C.), declaró que los católicos “expiarán sus faltas por medio de las llamas de purgatorio.” También describió las llamas como literales, diciendo: “El dolor es más intolerable de lo que uno puede sufrir en esta vida.” Siglos después, en 1431, en el Concilio de Florencia, el purgatorio fue declarado una doctrina infalible de la Iglesia. La Iglesia ha hecho muchas ganancias vendiendo indulgencias bajo la promesa de que las ofrendas dadas a la Iglesia por los seres queridos muertos aliviarían su sufrimiento y acortarían su estadía en el purgatorio. Estos abusos son los que llevó a Martín Lutero a clavar sus 95 Tesis a la puerta de la Iglesia de Todos los Santos en Wittenburgo en 1517, en protesta. Estas 95 Tesis son lo que realmente inició el Movimiento Protestante de la Reforma. La declaración en el Concilio de Florencia acerca del purgatorio y las indulgencias para los muertos fue reafirmada por la Iglesia en el Concilio de Trent en 1564, que fue organizado para resistir el movimiento de la Reforma.
Puede que algunos pregunten: “¿Qué diferencia hace realmente si uno cree en el purgatorio o no?” “¿Será que la doctrina realmente va en contra del evangelio de Jesucristo?” Tristemente sí lo hace. Esta doctrina tradicional católica históricamente ha enseñado que los pecados veniales y aún pecados mortales “perdonados” tienen que ser expiados en las llamas del purgatorio. [12] El Papa Gregorio el Grande dijo que en el purgatorio los elegidos “expiarán sus fallas en las llamas del purgatorio.” [13]
Al enseñar que los santos tienen que expiar o propiciar sus propios pecados en el purgatorio, niegan la suficiencia del sacrificio propiciatorio de Cristo en la Cruz en nuestro lugar. La paga del pecado es la muerte. Esa fue la sentencia declarada por Dios mismo desde el principio en Edén. La vida está en la sangre y sin el derramamiento de sangre no hay remisión del pecado (Heb 9:22). Ninguna cantidad de llamas, por tan intensas que sean, pueden anular la sentencia declarada por el pecado – que es la muerte. Ninguna indulgencia puede deshacer lo que ya está hecho. No hay esperanzas de resucitación para los que ya están espiritualmente muertos en Adán. Tenemos que venir a Cristo para recibir Su vida de resurrección – naciendo de nuevo en Su Nueva Creación (Ef 2:4-9).
El único sacrificio aceptable, capaz de redimirnos de la condenación que vino por la desobediencia de Adán, es el derramamiento de la sangre del Cordero de Dios, inmolado desde la fundación del mundo. Cuando Juan el Bautista vio a Jesús de lejos declaró: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). “Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 2:2).
No hay otro camino al Padre, sino a través del sacrificio expiatorio de Cristo por nosotros. Ninguna cantidad de tiempo en un purgatorio puede dar vida a uno que nace muerto. Nosotros nacimos muertos en nuestros delitos y pecados, y ninguna cantidad de obras puede cambiar eso. Sin embargo, todos los que murieron en Adán serán vivificados en Cristo, el último Adán, pero cada uno en su debido orden (1Cor 15:22,23). Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Toda la creación fue reconciliada a Dios en Cristo (Col 1:15-20). Sin embargo, la única manera que uno puede experimentar la paz con Dios lograda por esa reconciliación es a través de la sangre de Su cruz (v.20; Rom 5:1-2).
Jesús vino para destruir todas las obras del diablo y librarnos del último enemigo, la muerte, que nos mantenía en esclavitud al temor. Si tú no tienes la plena seguridad de que la sangre de Cristo te limpia de todo pecado – si vives en una horrenda anticipación del purgatorio o del infierno, entonces pon tu mira en Dios. Él te mostrará la cruz donde Su Hijo Jesucristo voluntariamente ofreció Su Misma sangre para la remisión de todos tus pecados, para que puedas vivir en la gozosa anticipación de ser recibido a Su presencia en vez de vivir en la esclavitud del temor a la muerte todos los días de tu vida.
“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.” (Hebreos 2:14-15)
“¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.” (1 Cor 15:55-57).
[1] https://catholicischristian.wordpress.com/2011/08/23/catholic-inventions-purgatorys-roots/
[2] https://en.wikipedia.org/wiki/Gehenna
[3] Clemente de Alejandría, Paedagogus 1.8 as cited in Thayors Léxicon.
[4] Clemente de Alejandría, Comentary of 1 John Adumbrat. in Ep. I Johan., printed at the end of his Treatise, Quis dives salvetur, p.1009, Potter´s Edit.
[5] Origin, Commentary In Epist. Ad Rom. lib viii. cap. xi.
[6] Origin, Contra Selsum 8.72.
[7] Hanson, J.W. Universalism: The Prevailing Doctrine of the Christian Church During Its First 500 Years (Kindle Locations 2837-2839).
[8] Hanson, J.W. (2014-09-16). Universalism: The Prevailing Doctrine of the Christian Church During Its First 500 Years (Kindle Location 2842-2847).
[9] Gregorio de Niza, Catechetical Oraciones, (36)
[10] Gregorio de Niza, Catechetical Oraciones, Cap. 26.
[11] Lewis, C.S. (Cllive Staples) (2002). Letters to Malcolm: Chiefly on Prayer. Houghton Mifflin Harcourt. p. 108.
[12] Oxford Dictionary of the Christian Church (Oxford University Press 2005 ISBN 978-0-19-280290-3), article Purgatory
[13] Ps. 3 poenit., n. 1, quoted in Catholic Encyclopedia: Purgatory
- Published on
--
Como algunos han aprendido por la amarga experiencia, un fundamento firme es un elemento esencial e indispensable para tener en cuenta cuando edificas cualquier estructura. Sea tu casa, tu familia, tu negocio, o lo más importante, tu fe – sin importar que tan sencilla o elaborada sea la estructura, la base tiene que ser sólida. Si la base es inestable, entonces todo lo que edificamos sobre ella es inestable e inseguro, y con el tiempo se desmoronará bajo nuestros pies. La pérdida de una casa podría ser devastadora, pero no sería nada en comparación a la ruina que inevitablemente resultará si nuestra fe no está fundada sobre un fundamento firme.
La gran tragedia de nuestra generación, aún dentro de muchas iglesias, es la falta de un fundamento sólido sobre el cual uno pueda edificar una fe firme y viva que pueda soportar las tormentas de la vida y no ser movida por tormentas de prueba o cualquier nueva doctrina novedosa que se nos presente. ¿Cuál sería el único fundamento firme sobre el cual podamos edificar una fe inconmovible en el paso del tiempo y las tormentas de la vida? La Palabra de Dios. Todo lo demás en la creación de Dios es inestable y sujeto a variación, pero la Palabra de Dios es un fundamento firme que permanece para siempre:
“Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; 25 Mas la palabra del Señor permanece para siempre.” (1 Pedro 1:24-25)
La Palabra de Dios no es solamente perdurable, sino Pedro también dice que es una base firme sobre la cual podemos edificar nuestras vidas y fe:
“Tenemos también la palabra profética más segura (bebaios “segura, firme, estable), a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones.” (2 Pedro 1:19)
La Palabra profética es la base sobre la cual debemos edificar nuestra fe. Y, ¿Qué es esta palabra Profética que habla Pedro? Las Escrituras. Él sigue explicando que las Escrituras no son simplemente las opiniones de los hombres que las escribieron (de interpretación privada). No fue el producto de la voluntad de hombres que decidieron escribir sus propios pensamientos y opiniones, sino que las Escrituras son el resultado de hombres de Dios escribiendo bajo la inspiración del Espíritu Santo. Siendo la Palabra de Dios – inspirada por Él, Pablo pudo hacer la declaración enfática:
“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, 17 a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.” (2 Tim 3:16-17)
Así que, podemos ver que la Iglesia Primitiva consideraba toda la Escritura inspirada por Dios – las mismas palabras de Dios comunicadas a la humanidad a través de Sus siervos entregados y rendidos a Él. Esta fe incuestionable en las Escrituras como la misma Palabra de Dios y la única autoridad absoluta para nuestra fe y conducta no se originó con los doce Apóstoles. Jesús les dio un ejemplo, refiriéndose a las Escrituras como la misma Palabra de Dios.
Jesús, cuando fue tentado por Satanás, lo resistió citando Deuteronomio 8:3 diciéndole al diablo: “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). En seguida Él venció cada tentación del diablo con la Escritura apropiada, diciendo en cada instancia: “Escrito está…” Si las Escrituras fueran simplemente palabras de hombres piadosos, o aún palabras de hombres que contienen verdades divinas, no hubieran tenido la autoridad suficiente para frenar en seco los avances del diablo.
La manera en que Jesús usaba la Palabra – resistiendo al diablo con “escrito está” explica porque Pablo se refiere a la Palabra de Dios como “la espada del Espíritu” (Ef 6:17). Hebreos 4:12 dice que la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos. No sería posible decir esto si fueran meramente palabras de hombres santos mezcladas con pensamientos divinos, como muchos afirman hoy en día.
Como niño peleaba con espadas con mis compañeros. Sin embargo, no usábamos espadas afiladas y mucho menos de doble filo. Las llamábamos espadas, pero sabíamos que no servirían contra un verdadero enemigo porque eran espadas de caucho. Si las Escrituras no fueran las mismas palabras de Dios – si fueran nada más que palabras de hombres, entonces serían completamente inútiles, de la misma manera que una espada de caucho sería ineficaz frente a un verdadero enemigo. Uno que no tiene una fe firme en las Escrituras como las mismas palabras de Dios no es ninguna amenaza contra el enemigo. Satanás se burla de los que carecen de certeza absoluta de que las Escrituras son las mismas palabras de Dios, de igual manera que un soldado se burlaría de uno si fuera a enfrentarlo con una espada de caucho.
El enemigo sabe que no puede ganar contra uno que tenga su fe bien plantada sobre la Palabra de Dios, por tan frágil o insignificante que parezca. David demostró como aún un jovencito pastor de ovejas con una fe inconmovible en la Palabra de Dios y en el Dios de la Palabra es capaz de matar a los gigantes. El enemigo también sabe que la fe viene por oír la Palabra de Dios (Rom 10:17). Él sabe que la única manera en que puede derrotarnos y prevalecer contra la Iglesia de Jesucristo es socavar nuestra fe en las Escrituras como la pura Palabra de Dios.
Un breve repaso de la historia de la Iglesia revela cómo la estrategia de Satanás desde el principio ha sido movernos del fundamento firme de las Escrituras como la única autoridad absoluta para la fe y la piedad. Desde los días de los doce Apóstoles originales, la levadura de los Fariseos procuró contaminar la pura Palabra de Dios, agregándole mandamientos de los hombres. La levadura de los Saduceos, en cambio, quitaron de las Escrituras, negando su naturaleza sobrenatural. Después el misticismo de los Gnósticos buscaba alejar la verdad de toda objetividad, dejándola sin un ancla firme para la fe en la Palabra cognoscible de Dios. Esto fue seguido por el establecimiento de la Iglesia Institucional Católica Romana, que reemplazó las verdades bíblicas con la tradición y quitó las Escrituras de la gente común, privándola de la verdad y mezclándola con supersticiones paganas.
Con el invento de la imprenta, las Escrituras una vez más llegaron al pueblo en sus propias lenguas y la Reforma nació de una fe renovada en las Escrituras como la objetiva y autoritativa Palabra de Dios. Siguiendo el ejemplo de Jesús y la Iglesia Primitiva, los reformadores una vez más se pararon firmes sobre la convicción de que la frase “escrito está” de las Escrituras era la última palabra sobre todo lo relacionado con la fe y la práctica. Sola Scriptura (solo las Escrituras) una vez más llegó a ser el lema de la Iglesia que iba levantándose con la reforma. Con las Escrituras ahora en las manos de la gente, la Iglesia Papal, con sus tradiciones y supersticiones paganas que mantenían al pueblo en la oscuridad por más de un milenio, ya no podía privar a las masas de la verdad transformadora de la Palabra escrita de Dios. Ahora se estaban despertando con una fe renovada en el Dios de la Biblia y Satanás estaba perdiendo su poder para evitar que el pueblo de Dios conociera la verdad que los haría libres. Ahora, de la única manera que podría frenar el avance de la Reforma era socavar esta nueva confianza en las Escrituras como la Palabra de Dios.
La Reforma, que comenzó en el siglo XVI, fue desviada por lo que ahora se conoce como “El Movimiento de la Iluminación,” en el siglo XVII y XVIII. El Movimiento de la Iluminación exaltó la razón por encima de la autoridad de la Iglesia y las Escrituras. En las Biblia vemos que cada vez que una cultura exalta la razón por encima de la revelación de Dios resultaba en que “cada uno hacía lo que bien le parecía.” (Dt 12:8; Jueces 17:6; 21:5; Pr 3:7; 12:15; Isa 5:21, etc.) La sociedad siempre terminaba así en esclavitud y ruina, haciendo necesario que Dios interviniera con juicios.
El Movimiento de la Iluminación dio lugar al surgimiento del Materialismo Moderno del siglo XIX, que rechazó lo sobrenatural, aceptando solo la ciencia empírica que negaba la existencia de cualquier realidad que no puede ser demostrada por la investigación científica. Muchos dentro del cristianismo, sintiendo la necesidad de la aprobación de la comunidad científica, comenzaron a poner en tela de juicio la veracidad de las Escrituras. La historia de la creación en Génesis, o fue alterada para acomodar la teoría de la evolución o fue rechazada por completo y considerada nada más que un mito. Los milagros fueron espiritualizados y eventos históricos de la Biblia fueron sujetados a “la Crítica Mayor” de los teólogos Liberales, que sometía las Escrituras a la misma forma de crítica que la ciencia empírica (considerando a las Escrituras falsas hasta agotar todo intento para desacreditarlas). El diablo, los demonios; y para algunos hasta Dios mismo, llegaron a ser tomados por ellos como meros mitos o simbolismos. La religión del día era el ateísmo.
El hombre, sin embargo, habiendo sido creado a la semejanza e imagen de Dios, no puede encontrar sentido suficiente para seguir viviendo en el vacío producido por el concepto de un mundo impersonal y materialista. El Materialismo Moderno solo produjo la desesperanza y la soledad. Al mismo tiempo, los científicos comenzaron a darse cuenta de que existen muchas realidades misteriosas que la ciencia no puede comprobar – excepto quizás en teoría. Esto dio lugar en los fines del siglo XX al Posmodernismo, que está comenzando a aceptar la existencia de las realidades espirituales más allá de nuestro mundo físico.
Esta nueva tendencia hacia el reconocimiento del mundo espiritual - más allá de lo que la ciencia puede probar en un laboratorio, a primera vista parece ser una gran oportunidad para la Iglesia, dándole una ventana de oportunidad para alcanzar esta generación con el evangelio, y de hecho lo es. Sin embargo, de la misma manera que el Modernismo produjo una generación de ateos que no creía hasta ver, el Posmodernismo ahora ha producido una generación de agnósticos hundidos en incertidumbre. Ahora que se han dado cuenta que hay muchas realidades que no podemos comprobar científicamente, han concluido que no existen absolutos definitivos – que todo es relativo.
Lo que hace falta en nuestra generación son los que tienen una fe firmemente plantada sobre el fundamento de la Palabra de Dios – los que pueden decir con firmeza “escrito está” y por eso es la absoluta verdad; no importa lo que esté afirmando la ciencia o el mundo contrario a la verdad. Nuestra generación necesita oír una palabra segura en medio de la oscura incertidumbre del relativismo de hoy – una palabra profética más segura.
Trágicamente, como de costumbre, muchos en el mundo de la Iglesia están buscando la aprobación de los hombres en vez del “bien hecho” de nuestro Señor. Muchas iglesias, al igual como ha sido casi desde los comienzos, están buscando la mejor forma de ser conformadas al mundo para atraer una audiencia mayor, en vez de ser transformadas por medio de la renovación de su entendimiento, llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo (Rom 12:1-2; 2Cor 10:5). Solo de esta manera la Iglesia va a poder tener un impacto positivo en el mundo, llegando a ser sal y luz en un mundo oscuro como nos mandó Jesús.
Los teólogos liberales, imitando la ciencia Moderna Materialista, examinaban las Escrituras de la misma manera que un científico empírico con la mentalidad: “Es falso hasta que la evidencia requiere fe.” Hoy el ateísmo de los Modernistas ha cedido al agnosticismo de los Posmodernistas, y los teólogos Liberales se han convertido en los Progresivos de hoy en día, que han adoptado el relativismo del mundo actual. Los Progresivos no niegan que las Escrituras contienen la verdad; ni tampoco niegan lo sobrenatural. Lo que sí niegan es que toda Escritura es inspirada por Dios, y por esa razón la verdad puede ser conocida con una certidumbre dogmática. Muchos de ellos, mientras aceptan unos dichos de Jesús, no creen en Sus palabras cuando dice: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). La “Iglesia Emergente” del siglo XXI una vez más se está apartando de la fe una vez dada a los santos, entrando en el mar de la relatividad que, con el tiempo, se convertirá en la Gran Ramera de Apocalipsis.
La Iglesia de Jesucristo necesita levantarse en esta hora oportuna con una palabra clara como Elías clamando en el desierto: “Preparen el camino del Señor.” Necesitamos edificar sobre el fundamento firme del: “escrito está,” siguiendo el ejemplo de Jesús y los Apóstoles. Necesitamos llevar la Reforma a la perfección, tomando de nuevo el lema de los reformadores: “Sola Scriptura.” Los reformadores restauraron las Escrituras como el fundamento de la verdad absoluta, recuperando la doctrina de la justificación por la fe y rechazando tradiciones contrarias a las Escrituras. Es mi convicción que - conforme vamos completando la Reforma comenzada por los reformadores (que fue desviada por el Modernismo), redescubriremos la doctrina de la restauración de todas las cosas, que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo. (Hechos 3:21) (Para un estudio más detallado sobre este tema, lee mi libro, Triunfo de la Misericordia.)
Toda la creación espera el tiempo de la manifestación de los hijos de Dios, que son las primicias de la nueva creación. En el tiempo de su manifestación Pablo dice que toda la creación será restaurada (Rom 8:18-23). Debe ser obvio que la Reforma aún no habrá culminado hasta que todos los elegidos de Dios finalmente lleguen a creer, basados en las Escrituras, de que la restauración de todos es, en realidad, una parte del plan de Dios para las épocas. ¿Cómo podemos nosotros, como hijos de Dios, esperar ser usados por Dios para la restauración de todo y la reconciliación de todos, cuando muchos de nosotros aún no creen que sucederá como ha sido profetizado?
- Published on
--
Una expresión que ha llegado a ser tan común en los círculos evangélicos que muchos toman como si fuera “Biblia,” es el dicho: “Todos los pecados son iguales a los ojos de Dios.” Si fuéramos honestos, la mayoría de nosotros que hemos usado este refrán, tendríamos que confesar que nuestra declaración dogmática va acompañada con un interrogatorio en nuestro interior. La idea de que todos los pecados son iguales va en contra de todo nuestro sentido innato de la justicia. ¿Cómo es posible que el pecado de un niño robando una galletica de la jarra de galletas sea igual al pecado de un hombre mayor de edad violando y matando a sangre fría a una niña indefensa?
Ciertamente los caminos del Señor son infinitamente más altos que los nuestros y nuestra habilidad de comprenderlos es mínima. Sin embargo, Sus juicios trascienden nuestro sentido de la justicia en vez de contradecirlo. Nuestro sentido innato de la justicia es tan acertado que, según Pablo, aún un gentil impío sin la ley de Dios puede discernir lo que es correcto, así dejándolo sin excusa delante de Dios (Ro 1:14-16). Jesús reprendió a las multitudes por no usar su habilidad de juzgar lo correcto diciéndoles: “¿Y por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?” (Lc 12:57)
Decir que todos los pecados son iguales no solo desafía todo sentido de la justicia, sino que también contradice las Escrituras. Las Escrituras a menudo utilizan un lenguaje comparativo cuando se habla de diferentes pecados. En Éxodo 32:21 Moisés le dijo a Aarón, al ver el becerro de oro y el pueblo danzando alrededor: “¿Qué te ha hecho este pueblo, que has traído sobre él tan gran pecado?” Aquí podemos ver que todos los pecados no son iguales, sino que hay pecados menores y pecados mayores. También podemos ver que el pecado era mayor que los anteriores por la severidad del juicio de Dios contra el pueblo.
Numerosas prohibiciones fueron dadas bajo la ley, pero solo unas pocas eran tan grandes y abominables que exigían la pena de muerte. Jesús mismo indicó que hay grados de pecado cuando utilizó los comparativos como, “mandamientos muy pequeños” y “lo más importante de la ley” (Mt 5:19; 23:23). Él le dijo a Pilato, en referencia a Judas, “el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene” (Jn 19:11). Jesús dijo: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada…ni en este siglo ni en el venidero” (Mt 12:31-32). La blasfemia no es un pecado “imperdonable” como muchos han llegado a creer, pero es mayor que otros pecados y por ese motivo Jesús dijo que no será perdonado en el presente o en la época venidera (para más detalle sobre este tema, consulte mi libro “El Triunfo de la Misericordia”).
También podemos ver varios grados de castigo por etapas progresivas del mismo pecado. Por ejemplo, en el área del pecado sexual, Jesús dijo que uno, solo mirando una mujer para codiciarla ya adultera en su corazón. Sin embargo, mirar a una mujer no es un pecado igual a cometer el acto de adulterio. Cometer adulterio es un pecado muy grave dañino y egoísta, pero es menos grave que la pedofilia, bestialidad o sodomía.
Podemos ver en Romanos 1 que la sodomía es un pecado mayor que el adulterio u otras formas de fornicación porque es una perversión contra la naturaleza:
“Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, 25 ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén. 26 Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, 27 y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío.” (Rom 1:24-27)
Hoy en día algunos argumentarían que la sodomía no es un pecado mayor que cualquier otra forma de fornicación o adulterio con los del sexo opuesto. Sin embargo, aquí vemos que Pablo presenta un descenso en caracol que abandona las relaciones naturales o heterosexuales y termina practicando o aprobando la sodomía – hombres con hombres, cometiendo hechos vergonzosos. Pedro también se refiere a la sodomía como conducta perversa:
“y si condenó por destrucción a las ciudades de Sodoma y de Gomorra, reduciéndolas a ceniza y poniéndolas de ejemplo a los que habían de vivir impíamente, 7 y libró al justo Lot, abrumado (intimidado, hostigado, oprimido) por la nefanda (perversa) conducta de los malvados 8 (porque este justo, que moraba entre ellos, afligía cada día su alma justa, viendo y oyendo los hechos inicuos de ellos).” (2 Pedro 2:6-8)
Jesús también comparó el tiempo de Su Segunda Venida a los días de Lot (Lucas 17:28). El pueblo de Dios que no está dispuesto a hacer concesiones con sus convicciones bíblicas para acomodarse a los comportamientos LGBTIQA+ (L - Lesbiana · G - Gay · B - Bisexual · T - Trans · I - Intersexual · Q - Queer · A - Asexual, agénero, arromántico · + - Otras) son sujetados cada vez más a la intimidación, hostigamiento, y discriminación por los activistas gay, juntos con sus simpatizantes, de igual manera que hicieron en los días de Lot en Sodoma.
Algunos, hoy en día, argumentan que Sodoma no fue destruido debido a la práctica de la homosexualidad, sino por su falta de hospitalidad. Sin embargo, Pedro caracterizó su pecado como “perversa conducta,” que no es una frase que uno utilizaría para describir la falta de hospitalidad. “Perversa conducta,” igual a como las describió Pablo: “contra naturaleza” y “hechos vergonzosos,” son expresiones que todos entienden como descripción de la perversidad sexual y no una falta de hospitalidad.
El texto utilizado por los activistas gay para argumentar que el pecado de Sodoma era falta de hospitalidad en vez de homosexualidad es Ezequiel 16:49-50 que dice:
“He aquí que esta fue la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, saciedad de pan, y abundancia de ociosidad tuvieron ella y sus hijas; y no fortaleció la mano del afligido y del menesteroso. 50 Y se llenaron de soberbia, e hicieron abominación delante de mí, y cuando lo vi las quité.” (Ezeq 16:49-50)
Aquí, igual como en Romanos capítulo 1, vemos un descenso en caracol. En este caso vemos que todo comenzó con soberbia, y los condujo a excesos, ociosidad, indiferencia hacia los demás, y terminaron “haciendo abominación.” Cometer la abominación es lo que provocó el juicio tan severo de parte del Señor – no su falta de hospitalidad: (“hicieron abominación…y cuando lo vi…”).
¿Cuál fue la abominación que hicieron? Es obvio que no fue falta de hospitalidad. En primer lugar, dice que “hicieron abominación.” Falta de hospitalidad es un pecado de omisión – no de comisión. ¿Cuál pecado hicieron en Sodoma que sería considerado como una abominación? Homosexualidad. Por ese motivo sodomía ha sido utilizado por siglos como sinónimo de la práctica de la homosexualidad.
La falta de hospitalidad jamás es designada como “abominación” con la pena de muerte. Dios habría actuado fuera de Su propia ley si hubiera infligido la pena de muerte sobre ellos por faltar a la hospitalidad. La ley de Dios no prescribe la pena de muerte por no dar a los pobres, pero sí exige la pena de muerte por la abominación del acto homosexual:
“Si alguno se ayuntare con varón como con mujer, abominación hicieron; ambos han de ser muertos.” (Lev 20:13)
¿Cuál abominación hizo Sodoma como para justificar la pena de muerte “como ejemplo?” Esta frase “abominación hicieron” como aparece aquí en hebreo en su forma singular es exactamente igual a “hicieron abominación” en Ezequiel 16:50. En toda la Escritura esta frase, como tal, solamente se refiere al acto homosexual. Judas, uno de los hermanos de Jesús, describe con más detalle el pecado de Sodoma:
“como Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquéllos, habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra naturaleza, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno.” (Judas 7)
Si usted fuera un lector con un prejuicio a favor del estilo de vida homosexual, es más probable que hubiera dejado de leer este blog desde el momento que llamé el acto homosexual sodomía. Sin embargo, a la luz de lo que hemos visto en estos textos, sodomía es una expresión apta para caracterizar la actividad homosexual. Ahora en nuestros días, en estos tiempos finales, estamos viendo una repetición del descenso en caracol, igual como está descrito en Romanos 1:18-32 y en Ezequiel 16:49,50. Este mismo descenso fue profetizado por Pablo en 2Tesalonicenses 2:9-12. Pablo dice que, al fin de esta época, a todos los que no reciben el amor a la verdad, Dios les enviará un poder engañoso que preparará el camino para el engaño final bajo el Anticristo.
“inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, 10 y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. 11 Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira, 12 a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia.” (2Tes 2:9-12)
Pablo dijo en Romanos 1 que: como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Él los entregó a pasiones vergonzosas. En toda probabilidad, Pablo está haciendo referencia a Sodoma. En 2Tesalonicenses 2, Pablo dice esencialmente lo mismo: Dios les envía un poder engañoso a los que no reciben el amor a la verdad, sino que se complacen en la injusticia.
Las Escrituras también profetizan una intolerancia hacia la sana doctrina y una atracción a “interpretaciones” novedosas del texto, que acomodan las Escrituras al estilo de una vida desenfrenada. Este es un fenómeno que estamos observando en la cultura de hoy – tanto en el mundo, como también dentro de las mismas iglesias. Pablo nos advirtió diciendo:
“que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. 3 Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, 4 y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.” (2Tim 4:2-4)
En nuestros tiempos, más que en cualquier otro tiempo en la historia, necesitamos tener conocimiento de lo que Dios nos ha revelado en Su palabra y aferrarnos a ella:
“Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús.” (2Tim 1:13)
“pero lo que tenéis, retenedlo hasta que yo venga.” (Apo 2:25-26)
Volviendo al tema de este blog, podemos ahora ver algunas de las consecuencias prácticas de un refrán, aparentemente inocuo, pero no bíblico como, “todos los pecados son iguales delante de Dios.” Todos los pecados no son iguales delante de Dios, y el hecho de catalogar un pensamiento codicioso en el mismo nivel que el adulterio y la homosexualidad está haciendo un efecto desastroso en la sociedad posmoderna y está contribuyendo a la desintegración de la familia. Esta misma lógica errónea muy pronto podría ser aplicada para justificar incesto, pedofilia, y bestialidad.
Si Dios ha puesto a Sodoma y Gomorra como ejemplo de lo que le espera a una sociedad que se entrega a la “perversa conducta” y “vicios contra la naturaleza” en rebeldía contra los límites claramente establecidos por Dios y contra la naturaleza, ¿Qué podemos anticipar hoy? Hace varios años Billy Graham citó a su esposa Ruth. Ella dijo: “Si Dios no castiga América, Él tendrá que pedir disculpas a Sodoma y Gomorra.”
La pregunta que queda por responder es: “¿Dónde se originó el dicho, ‘todos los pecados son iguales delante de Dios?” Como muchos otros dichos utilizados en los círculos teológicos, parece que su origen se debe a un intento de justificar la sentencia genérica de una condenación eterna a todos, sin importar la magnitud de sus pecados. Es una respuesta tradicional a los que preguntan: “¿Si Dios es justo, por qué daría una sentencia de igual duración al niño que robó la galleta de la jarra, a la que se le da al hombre que viola y mata a una niña inocente?”
La respuesta tradicional sería expresada más o menos de la siguiente manera: “Todo pecado, por pequeño que sea, es en contra de un Dios infinitamente santo y eterno, y por eso requiere una pena infinita y eterna.” El argumento de que la santidad infinita de Dios requiere una pena infinita por cualquier pecado no tiene su origen en la Biblia, sino que es un argumento filosófico presentado por primera vez por Anselmo, arzobispo de Canterbury en el siglo doce. El dicho, “todos los pecados son iguales,” aunque no es bíblico, es necesario para fortalecer el dogma de un castigo eterno para cada pecador sin importar lo poco o lo grande que sea su ofensa.
Sin embargo, un castigo eterno y genérico no está de acuerdo con las Escrituras. El castigo futuro como fue presentado por Jesús es medido y de una duración en proporción a la gravedad de la ofensa y no infinito y eterno. Jesús dijo que algunos recibirán muchos azotes mientras que otros recibirán pocos azotes (Lucas 12:47-48). Muchos o pocos azotes son, por necesidad, limitados en duración. También son medidos con medida justa. Cada individuo será juzgado según sus obras y recibirán “su parte” o debida porción (Mateo 24:51; Apo 21:8). Una porción es una sentencia medida según las obras de cada uno. Jesús enseñaba que no saldrían de allí “hasta que” hubieran pagado todo (Mateo 5:26; Lucas 12:59). Si una condenación infinita genérica fuera dada a cada uno sin distinción, ¿Qué motivo habría de un juico según las obras de cada uno? ¿Por qué dijo Jesús que la sentencia sería más tolerable para algunos que para otros? (Mateo 10:15; Lucas 10:14). ¿Por qué dijo que algunos van delante de otros al reino de Dios, y que algunos serán primeros mientras que otros serán últimos?(Mateo 21:31; Lucas 13:30).
Aunque no es cierto que todos los pecados son iguales delante de Dios, tenemos que insistir con las Escrituras en que ningún pecado, sin importar qué tan pequeño sea, es aceptable delante de Dios. Todos hemos pecado y la paga del pecado es la muerte. Santiago dice: “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Santiago 2:10-11). El nivel exigido por Dios no es como un juego de béisbol donde puede tener tres strike antes de quedar fuera. Algunos estados de los Estados Unidos han adoptado la ley de “tres strike” para ofensores repetidos. La santidad de Dios exige la perfección. Ningún pecado puede entrar en el eterno reino de Dios. Cuando Dios sea todo en todos, el pecado habrá dejado de existir por completo.
Debido a que todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios, todos, sin excepción alguna, necesitamos al Salvador. Toda la humanidad, desde el niño robando la galleta de la jarra, hasta el hombre violando y matando a una niña indefensa, está culpable delante de Dios. La ley fue dada solo con el propósito de revelar nuestra condición pecaminosa. La ley fue dada para condenarnos. Fue el ministerio de la muerte y de la condenación para todos los que hayan puesto sus esperanzas en la auto-salvación (2Cor 3:7,9). Solamente los que reconocen su condición pecaminosa buscarán refugio en el Salvador. Así que la ley fue nuestro tutor para llevarnos a Cristo (Gal 3:24). Todos, sin excepción, necesitamos la gracia de Dios que solo viene por la sangre de la cruz de Jesucristo. La ley nos encerró en desobediencia para que todos se acerquen a Él para recibir Su misericordia:
“Porque Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.” (Rom 11:32)
Solo en Cristo recibimos justificación a pesar de nuestro pecado y solo en Él encontramos la santidad sin la cual nadie verá al Señor.
Mientras que es cierto que todo pecado es pecado, y todos hemos pecado y por eso estamos igualmente necesitados del Salvador, podemos claramente ver que no todos los pecados son iguales a los ojos de Dios. Sus juicios son justos, buenos, limitados, medidos y con misericordia para los que se arrepienten. Es Su misericordia que es eterna – no Su ira. Es mi convicción que la frase: “Todos los pecados son iguales para Dios” es solamente otro refrán tradicional más, que distorsiona la verdadera revelación de Dios, invalidando las Escrituras.