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<Cristo carg con la Doble Pena de la Humanidad en la Cruz
por George Sidney Hurd
El siguiente es un extracto del libro Los Caminos de Dios.
El objetivo de este artículo es demostrar que la muerte sustitutiva de Cristo liberó a la humanidad de dos penas: 1) la pena por el pecado original de Adán, que es la muerte, y 2) la pena por los pecados personales que, para quienes no se arrepienten, se evalúan y se les impone una sentencia condenatoria justa y mesurada, proporcional a los pecados de cada individuo.
La Pena de Muerte por el Pecado
El Cristo sin pecado no solo sufrió y murió en nuestro lugar por nuestros pecados, así librándonos de toda culpa legal y resultante sentencia condenatoria (Rom 8:1), véase también mi blog, Expiación Forense en Romanos), sino que su muerte también nos libró de la pena de muerte que sobrevino a toda la humanidad debido al pecado original de Adán. Pablo dijo en Romanos 6:23: “Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro”. Es común escuchar a alguien enfatizar en este versículo que cometer un solo pecado resulta en la muerte. Sin embargo, lo que realmente dice en el contexto es que el único pecado que resultó en la muerte fue el pecado original de Adán, allá en el Edén, que trajo la muerte a toda la humanidad.
Cuando el sustantivo “pecado” aparece en singular en un contexto donde no se menciona ningún pecado en particular, normalmente se refiere al pecado original de Adán y a la naturaleza pecaminosa resultante que todos nosotros, como sus descendientes, heredamos de él. Esto queda claro en el contexto de Romanos 6:23, donde Pablo dijo anteriormente:
“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. 13 Pues antes de la ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado. 14 No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir.” (Rom 5:12-14)
Pablo dice aquí que toda la humanidad pecó (tiempo aoristo pasado) y que la pena de muerte nos fue impuesta a todos en el jardín cuando Adán pecó originalmente. Para demostrarlo, señala que, aunque los pecados no fueron imputados en el tiempo entre Adán y Moisés antes de la Ley, ellos sin embargo morían debido al pecado original de Adán. Cuando Adán pecó, él, junto con todos sus descendientes, fueron condenados a morir tanto espiritual como físicamente.
Por lo tanto, incluso si alguien nacido de la descendencia de Adán no hubiera pecado en toda su vida, habría muerto debido al pecado original de Adán. Por eso, Jesús no pudo haber sido concebido de la descendencia de Adán. Tomó forma humana a través de María, pero su concepción fue del Espíritu Santo, lo que lo eximió de la pena de muerte por el pecado original de Adán. Como el último Adán sin pecado fue dado muerte injustamente, así ganando la victoria sobre la muerte para toda la humanidad:
“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, 15 y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.” (Heb 2:14-15)
Cristo, mediante la muerte, destruyó a quien tenía poder sobre la muerte y resucitó victorioso, liberando así a la humanidad de la pena de muerte. La muerte perdió su aguijón y su victoria sobre la humanidad porque en Cristo todos serán vivificados. Potencialmente, la sentencia de muerte por el pecado de Adán podría haber condenado a la humanidad por toda la eternidad. Digo potencialmente porque desde la eternidad Dios tenía un plan glorioso para los siglos que culmina con que todos los que murieron en Adán sean vivificados en Cristo, el Último Adán.
“Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rom 6:23)
“Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron MUCHO MÁS para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo. 16 Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó; porque ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación. 17 Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, MUCHO MÁS reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.” (Rom 5:15-17) [1]
“Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante.” (1 Cor 15:45)
“Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. 23 Pero cada uno en su debido orden…” (1Cor 15:22-23)
“Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.” (Apo 21:5) [2]
Mediante la muerte y resurrección sustitutivas de Jesucristo, quien venció a la muerte, los muchos que murieron en Adán (es decir, “todos”) finalmente serán vivificados en Cristo, el Último Adán, quien en su resurrección inició una nueva creación en la que todos serán hechos nuevos. Una vez que todos se hayan sometido a Cristo, doblando rodilla ante él, la muerte, el último enemigo, será finalmente destruida (1Cor 15:20-28). Si tan solo un alma quedara en un estado eterno de muerte o separación de Dios, sería un final indescriptiblemente trágico para la historia de la creación de Dios. Pero Cristo, el Cordero inmolado desde la fundación del mundo, reconcilió a toda la creación, tanto visible como invisible (Col 1:16,20). Cuando finalmente lleguemos al final de las épocas, todos habrán sido vivificados en Cristo – toda muerte o separación será convertida en vida y entonces Dios será todo en todos (Apo 21:4; 1Cor 15:28).
La Pena Justa por nuestros Pecados Personales
La muerte sustitutiva de Cristo no solo nos libró de la muerte, la pena por el pecado original, sino que también cargó con todos nuestros pecados personales, sufriendo el castigo que nos correspondía y muriendo como un criminal en nuestro lugar, obteniendo así la justificación gratuita para toda la humanidad, la cual se aplica a cada pecador desde el momento en que cree en Cristo como su Salvador.
“quien llevó él mismo nuestros PECADOS en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados… Porque también Cristo padeció una sola vez por los PECADOS, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu.” (1Pedro 2:24; 3:18)
“sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada (la justicia), esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, 25 el cual fue entregado por nuestras TRANSGRESIONES, y resucitado para nuestra justificación.” (Rom 4:24-25)
“de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree.” (Hch 13:39)
En el momento en que fuimos regenerados por el Espíritu Santo, recibiendo a Cristo, fuimos bautizados o sumergidos en Cristo por el Espíritu Santo (1Cor 12:13). Habiendo sido bautizados por el Espíritu en Cristo, su muerte al pecado llega a ser nuestra muerte al pecado (Rom 6:3-4). No solamente es Su vida de resurrección nuestra ahora a través de nuestra unión vital con Él, sino que su resurrección también es la evidencia de que su sufrimiento y muerte por nosotros satisficieron plenamente la justa pena que nos correspondía, tanto por el pecado original, como por todos nuestros pecados personales. Esto es lo que Pablo argumenta en Romanos 6 cuando dice:
“Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. 8 Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; 9 sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. 10 Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. 11 Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.” (Rom 6:7-11)
En un sentido muy real, vital y también judicial, fuimos unidos con Cristo en su muerte y resurrección. Esto no debe entenderse como una mera verdad posicional. El Espíritu nos unió a Cristo al creer, haciéndonos un solo espíritu con el Señor (1Cor 6:17). Su muerte al pecado es ahora nuestra muerte al pecado. Su resurrección es nuestra resurrección a Su propia vida eterna y Su justicia. En términos judiciales, siendo unidos con Él en Su muerte y resurrección, obtuvo nuestra justificación. En Romanos 6:7 Pablo utiliza el término judicial dikaiáo, que significa “justificación o absolución.” El erudito del Griego Marvin Vincent comenta sobre el significado de dikaiáo de la siguiente manera: “Literalmente… ‘es justificado’ i.e., descargado, absuelto;’ así como la persona muerta ya no peca, siendo absuelta del pecado ante la ley. Como un hombre que está muerto es absuelto de la esclavitud entre los hombres, así un hombre que ha muerto al pecado es absuelto de la culpa del pecado y liberado de su esclavitud.” [3]
Para mí, la negación de la expiación sustitutiva penal de Cristo constituye una negación del evangelio de las Escrituras. Pablo claramente presenta la muerte sustitutiva de Cristo, Su sepultura y resurrección como el evangelio que él predicaba: “os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado…. Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 4 y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.” (1Cor 15:1,3,4).
Cuando Pablo dijo que Cristo murió por nuestros pecados “conforme a las Escrituras” ¿a qué Escrituras se estaba refiriendo? Se refería a Isaías 53 y también al sistema sacrificial del Antiguo Testamento, mediante el cual se ofrecían sacrificios de sangre por los pecados del pueblo. La sangre del inocente fue derramada en lugar del culpable. Como Dios dice en las Escrituras:
“Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona.” (Lev 17:11)
El Nuevo Testamento reitera esto, diciendo: “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Heb 9:22). La sangre inocente fue llevada al Lugar Santísimo y rociada en el propiciatorio que cubría el Arca del Pacto conteniendo los 10 mandamientos, maná y la vara de Aarón que reverdeció – todos representativos de los pecados y rebeldía de Israel. La sangre fue rociada en el propiciatorio para hacer propiciación por los pecados del pueblo.
Sin embargo, no es posible que la sangre de animales quite los pecados (Heb 10:4). El sistema sacrificial del Antiguo Testamento solo era una sombra del Cordero de Dios que vendría, quitando los pecados del mundo una vez para siempre (Jn 1:29). Cristo, el Cordero de Dios sin defecto, entró al Lugar Santísimo celestial con Su propia sangre, una vez para siempre, haciendo la propiciación por nuestros pecados y obteniendo nuestra redención eterna:
“Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, 12 y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención.” (Heb 9:11,12)
[1] El muy estimado erudito del griego Marvin Vincent, correctamente aplica el sentido pasivo de “recibir” (lambano) aquí en Romanos 5:17. Él dice: “los que reciben (hoi lambanontes). No activivamente recibiendo por creer, sino nada más los recipientes.” (Vincent's Word Studies in the New Testament, Romanos 5:17). Aunque él no entra en mayor detalle, su rendición de lambano en el sentido pasivo es necesario debido al contexto. El contraste en todo el pasaje es entre lo que todos reciben en Adán y lo que todos reciben en Cristo, el Último Adán. Como todos los hombres pasivamente reciben la muerte y esclavitud al pecado por la desobediencia de uno, de la misma manera todos reciben vida, justificación y dominio restaurado por un Hombre, Cristo.
[2] Nuestra palabra “cosas” no tiene equivalente en el griego. Tampoco necesariamente indica el género neutro que el sujeto es un objeto como en español. Cuando los traductores agregan nuestra palabra “cosas” en contextos que claramente refieren principalmente a personas y no a objetos inanimados, tomo la libertad de tachar la palabra “cosas” para mantener el enfoque en las personas y no los objetos inanimados.
[3] Vincent's Word Studies in the New Testament, Romans 6:7
El siguiente es un extracto del libro Los Caminos de Dios.
El objetivo de este artículo es demostrar que la muerte sustitutiva de Cristo liberó a la humanidad de dos penas: 1) la pena por el pecado original de Adán, que es la muerte, y 2) la pena por los pecados personales que, para quienes no se arrepienten, se evalúan y se les impone una sentencia condenatoria justa y mesurada, proporcional a los pecados de cada individuo.
La Pena de Muerte por el Pecado
El Cristo sin pecado no solo sufrió y murió en nuestro lugar por nuestros pecados, así librándonos de toda culpa legal y resultante sentencia condenatoria (Rom 8:1), véase también mi blog, Expiación Forense en Romanos), sino que su muerte también nos libró de la pena de muerte que sobrevino a toda la humanidad debido al pecado original de Adán. Pablo dijo en Romanos 6:23: “Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro”. Es común escuchar a alguien enfatizar en este versículo que cometer un solo pecado resulta en la muerte. Sin embargo, lo que realmente dice en el contexto es que el único pecado que resultó en la muerte fue el pecado original de Adán, allá en el Edén, que trajo la muerte a toda la humanidad.
Cuando el sustantivo “pecado” aparece en singular en un contexto donde no se menciona ningún pecado en particular, normalmente se refiere al pecado original de Adán y a la naturaleza pecaminosa resultante que todos nosotros, como sus descendientes, heredamos de él. Esto queda claro en el contexto de Romanos 6:23, donde Pablo dijo anteriormente:
“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. 13 Pues antes de la ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado. 14 No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir.” (Rom 5:12-14)
Pablo dice aquí que toda la humanidad pecó (tiempo aoristo pasado) y que la pena de muerte nos fue impuesta a todos en el jardín cuando Adán pecó originalmente. Para demostrarlo, señala que, aunque los pecados no fueron imputados en el tiempo entre Adán y Moisés antes de la Ley, ellos sin embargo morían debido al pecado original de Adán. Cuando Adán pecó, él, junto con todos sus descendientes, fueron condenados a morir tanto espiritual como físicamente.
Por lo tanto, incluso si alguien nacido de la descendencia de Adán no hubiera pecado en toda su vida, habría muerto debido al pecado original de Adán. Por eso, Jesús no pudo haber sido concebido de la descendencia de Adán. Tomó forma humana a través de María, pero su concepción fue del Espíritu Santo, lo que lo eximió de la pena de muerte por el pecado original de Adán. Como el último Adán sin pecado fue dado muerte injustamente, así ganando la victoria sobre la muerte para toda la humanidad:
“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, 15 y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.” (Heb 2:14-15)
Cristo, mediante la muerte, destruyó a quien tenía poder sobre la muerte y resucitó victorioso, liberando así a la humanidad de la pena de muerte. La muerte perdió su aguijón y su victoria sobre la humanidad porque en Cristo todos serán vivificados. Potencialmente, la sentencia de muerte por el pecado de Adán podría haber condenado a la humanidad por toda la eternidad. Digo potencialmente porque desde la eternidad Dios tenía un plan glorioso para los siglos que culmina con que todos los que murieron en Adán sean vivificados en Cristo, el Último Adán.
“Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rom 6:23)
“Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron MUCHO MÁS para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo. 16 Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó; porque ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación. 17 Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, MUCHO MÁS reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.” (Rom 5:15-17) [1]
“Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante.” (1 Cor 15:45)
“Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. 23 Pero cada uno en su debido orden…” (1Cor 15:22-23)
“Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.” (Apo 21:5) [2]
Mediante la muerte y resurrección sustitutivas de Jesucristo, quien venció a la muerte, los muchos que murieron en Adán (es decir, “todos”) finalmente serán vivificados en Cristo, el Último Adán, quien en su resurrección inició una nueva creación en la que todos serán hechos nuevos. Una vez que todos se hayan sometido a Cristo, doblando rodilla ante él, la muerte, el último enemigo, será finalmente destruida (1Cor 15:20-28). Si tan solo un alma quedara en un estado eterno de muerte o separación de Dios, sería un final indescriptiblemente trágico para la historia de la creación de Dios. Pero Cristo, el Cordero inmolado desde la fundación del mundo, reconcilió a toda la creación, tanto visible como invisible (Col 1:16,20). Cuando finalmente lleguemos al final de las épocas, todos habrán sido vivificados en Cristo – toda muerte o separación será convertida en vida y entonces Dios será todo en todos (Apo 21:4; 1Cor 15:28).
La Pena Justa por nuestros Pecados Personales
La muerte sustitutiva de Cristo no solo nos libró de la muerte, la pena por el pecado original, sino que también cargó con todos nuestros pecados personales, sufriendo el castigo que nos correspondía y muriendo como un criminal en nuestro lugar, obteniendo así la justificación gratuita para toda la humanidad, la cual se aplica a cada pecador desde el momento en que cree en Cristo como su Salvador.
“quien llevó él mismo nuestros PECADOS en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados… Porque también Cristo padeció una sola vez por los PECADOS, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu.” (1Pedro 2:24; 3:18)
“sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada (la justicia), esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, 25 el cual fue entregado por nuestras TRANSGRESIONES, y resucitado para nuestra justificación.” (Rom 4:24-25)
“de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree.” (Hch 13:39)
En el momento en que fuimos regenerados por el Espíritu Santo, recibiendo a Cristo, fuimos bautizados o sumergidos en Cristo por el Espíritu Santo (1Cor 12:13). Habiendo sido bautizados por el Espíritu en Cristo, su muerte al pecado llega a ser nuestra muerte al pecado (Rom 6:3-4). No solamente es Su vida de resurrección nuestra ahora a través de nuestra unión vital con Él, sino que su resurrección también es la evidencia de que su sufrimiento y muerte por nosotros satisficieron plenamente la justa pena que nos correspondía, tanto por el pecado original, como por todos nuestros pecados personales. Esto es lo que Pablo argumenta en Romanos 6 cuando dice:
“Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. 8 Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; 9 sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. 10 Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. 11 Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.” (Rom 6:7-11)
En un sentido muy real, vital y también judicial, fuimos unidos con Cristo en su muerte y resurrección. Esto no debe entenderse como una mera verdad posicional. El Espíritu nos unió a Cristo al creer, haciéndonos un solo espíritu con el Señor (1Cor 6:17). Su muerte al pecado es ahora nuestra muerte al pecado. Su resurrección es nuestra resurrección a Su propia vida eterna y Su justicia. En términos judiciales, siendo unidos con Él en Su muerte y resurrección, obtuvo nuestra justificación. En Romanos 6:7 Pablo utiliza el término judicial dikaiáo, que significa “justificación o absolución.” El erudito del Griego Marvin Vincent comenta sobre el significado de dikaiáo de la siguiente manera: “Literalmente… ‘es justificado’ i.e., descargado, absuelto;’ así como la persona muerta ya no peca, siendo absuelta del pecado ante la ley. Como un hombre que está muerto es absuelto de la esclavitud entre los hombres, así un hombre que ha muerto al pecado es absuelto de la culpa del pecado y liberado de su esclavitud.” [3]
Para mí, la negación de la expiación sustitutiva penal de Cristo constituye una negación del evangelio de las Escrituras. Pablo claramente presenta la muerte sustitutiva de Cristo, Su sepultura y resurrección como el evangelio que él predicaba: “os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado…. Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 4 y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.” (1Cor 15:1,3,4).
Cuando Pablo dijo que Cristo murió por nuestros pecados “conforme a las Escrituras” ¿a qué Escrituras se estaba refiriendo? Se refería a Isaías 53 y también al sistema sacrificial del Antiguo Testamento, mediante el cual se ofrecían sacrificios de sangre por los pecados del pueblo. La sangre del inocente fue derramada en lugar del culpable. Como Dios dice en las Escrituras:
“Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona.” (Lev 17:11)
El Nuevo Testamento reitera esto, diciendo: “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Heb 9:22). La sangre inocente fue llevada al Lugar Santísimo y rociada en el propiciatorio que cubría el Arca del Pacto conteniendo los 10 mandamientos, maná y la vara de Aarón que reverdeció – todos representativos de los pecados y rebeldía de Israel. La sangre fue rociada en el propiciatorio para hacer propiciación por los pecados del pueblo.
Sin embargo, no es posible que la sangre de animales quite los pecados (Heb 10:4). El sistema sacrificial del Antiguo Testamento solo era una sombra del Cordero de Dios que vendría, quitando los pecados del mundo una vez para siempre (Jn 1:29). Cristo, el Cordero de Dios sin defecto, entró al Lugar Santísimo celestial con Su propia sangre, una vez para siempre, haciendo la propiciación por nuestros pecados y obteniendo nuestra redención eterna:
“Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, 12 y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención.” (Heb 9:11,12)
[1] El muy estimado erudito del griego Marvin Vincent, correctamente aplica el sentido pasivo de “recibir” (lambano) aquí en Romanos 5:17. Él dice: “los que reciben (hoi lambanontes). No activivamente recibiendo por creer, sino nada más los recipientes.” (Vincent's Word Studies in the New Testament, Romanos 5:17). Aunque él no entra en mayor detalle, su rendición de lambano en el sentido pasivo es necesario debido al contexto. El contraste en todo el pasaje es entre lo que todos reciben en Adán y lo que todos reciben en Cristo, el Último Adán. Como todos los hombres pasivamente reciben la muerte y esclavitud al pecado por la desobediencia de uno, de la misma manera todos reciben vida, justificación y dominio restaurado por un Hombre, Cristo.
[2] Nuestra palabra “cosas” no tiene equivalente en el griego. Tampoco necesariamente indica el género neutro que el sujeto es un objeto como en español. Cuando los traductores agregan nuestra palabra “cosas” en contextos que claramente refieren principalmente a personas y no a objetos inanimados, tomo la libertad de tachar la palabra “cosas” para mantener el enfoque en las personas y no los objetos inanimados.
[3] Vincent's Word Studies in the New Testament, Romans 6:7
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5Es La recepcin de Romanos 5:17 Activa o Pasiva?
por George Sidney Hurd
“Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo. 16 Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó; porque ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación. 17 Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.
18 Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. (Rom 5:15-18)
En el contexto de Romanos 5, ¿el recibir es activo o pasivo? ¿Se refiere la cláusula “los que reciben” a quienes activamente toman o reciben la vida y el dominio restaurados ahora, o a todos los que son los recipientes de la vida y el dominio restaurados por Jesucristo, el Último Adán en Su muerte y resurrección? Muchos, al ver que el participio “recibir” (λαμβάνων, lambanōn) está en forma activa, asumen automáticamente que solo puede entenderse en el sentido activo, en el que el individuo hace la acción de recibir, en lugar de recibir la acción.
Sin embargo, lo que muchos pasan por alto es que, aunque activo en su forma, de las 258 veces que el verbo griego λαμβάνω (lambanō) y sus cognados aparecen en el Nuevo Testamento en la forma activa, aproximadamente entre 40 y 60 veces (alrededor del 15-25% del total de ocurrencias) se inclina hacia el sentido pasivo/receptivo en el que el sujeto es el receptor de lo que se da, en lugar de quien lo recibe o lo toma activamente. La forma pasiva real de lambanō es rara, solo aparece un par de veces y nunca se traduce como "recibir" sino como "ser recibido o tomado": (1Tim 4:4 RVA, "ser recibido"; Heb 5:1, "ser tomado"). El verbo lambanō prefiere la voz activa incluso en contextos pasivos/receptivos. El contexto por sí solo debe determinar si la persona que está recibiendo recibe activamente, o si es el receptor de la acción. En muchos casos, es claro que el sujeto recibe activamente. A continuación se muestran algunos de los muchos ejemplos:
“Mas a todos los que le recibieron (ἔλαβον, activo), a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.” (Juan 1:12)
“Y tomó (λαβὼν, activo) el pan y dio gracias, y lo partió y les dio…” (Lucas 22:19)
En estos ejemplos, es evidente que el sujeto realiza la acción. En el primer ejemplo, vemos que el sujeto recibe activamente a Cristo, creyendo en su nombre, como se ilustra arriba. A menudo, el sentido activo se traduce mejor como "tomar" en lugar de "recibir", como en el caso de Jesús que tomó el pan, lo que enfatiza el papel activo del sujeto. Sin embargo, en aproximadamente el 15-25 % de los casos, vemos que el sujeto es el receptor pasivo de lo que se le da:
“De los judíos cinco veces he recibido (ἔλαβον, forma activa) cuarenta azotes menos uno.” (2 Cor 11:24)
"Porque todo aquel que pide, recibe (ἔλαβον, forma activa); y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.” (Mateo 7:8)
Estos son solo algunos de los muchos ejemplos donde la forma activa de lambanō se usa en un sentido pasivo/receptivo. El sujeto recibe lo que se le da, en lugar de recibirlo o tomarlo activamente. Muchos reciben pasivamente lo que nunca desearían, como Pablo, que recibió cinco veces cuarenta azotes menos uno, o cuando los impenitentes reciben una justa recompensa por su desobediencia (Heb 2:2), o un juicio mayor (Lucas 20:47). En otros casos, el receptor recibe lo que ni siquiera anticipaba. Por ejemplo, todos en la casa de Cornelio se sorprendieron cuando los gentiles recibieron repentinamente el Espíritu Santo (Hch 10:47). En estos ejemplos, es obvio que el receptor es pasivo.
Por lo tanto, considerando que la forma activa se usa a menudo en sentido pasivo/receptivo, el contexto debe ser el factor determinante. Considerado por sí solo y fuera del contexto, “los que reciben” en Romanos 5:17 podría entenderse como una recepción activa, en la que el sujeto debe recibir activamente la abundancia de la gracia y el don de la justicia para reinar en vida por medio de Cristo. Es cierto que uno no recibe experiencialmente la justificación, la nueva vida y el dominio restaurado sin apropiárselo por fe (Juan 3:18; 5:24; Apo 22:3-5).
Sin embargo, el contexto debe determinar si se usa en sentido activo o pasivo, teniendo en cuenta los versículos circundantes. El prestigioso erudito griego Marvin Vincent aplica correctamente el significado pasivo a Romanos 5:17. Dice: “Los que reciben (hoi lambanōntes). No ‘aceptando con fe’, sino simplemente ‘los recipientes. [1] Aunque no entra en más detalles, su traducción de lambanō en sentido pasivo es necesaria por el contexto. El contraste a lo largo de los versículos 12 al 19 es entre lo que todos los hombres reciben en Adán en contraposición a lo que todos los hombres reciben en Cristo, el Último Adán. Así como todos los hombres nacidos de Adán reciben pasivamente la muerte, la condenación y la pérdida del dominio a través de la desobediencia de un solo hombre, así también todos reciben vida, justificación y dominio restaurados, a través de un solo hombre, Jesucristo.
Los arminianos, que niegan la depravación total, argumentan que la recepción del versículo 17 solo incluyen a quienes reciben activamente a Cristo, creyendo en su nombre, lo que resulta en la justificación y una nueva vida en Él. Los calvinistas, por otro lado, a menudo la entienden en un sentido pasivo/receptivo, señalando con razón que antes de ser salvos estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, y por lo tanto, incapaces de venir a Cristo sin la intervención divina, siendo atraídos eficazmente a Cristo. Como dijo Jesús:
“Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere (ἕλκω, helkō); y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:44).
Estando muertos en nuestros delitos y pecados, no se trata solo de indisposición para venir a Cristo sin ser atraídos eficazmente, sino de incapacidad. Demuestro con más detalle la incapacidad del hombre para venir a Cristo de forma independiente en mi blog, La Depravación Total y la Reconciliación Universal. Sin embargo, lo que tanto los calvinistas como los arminianos no ven es que, con el tiempo, Jesús los habrá atraído eficazmente a todos hacia sí mismo. Jesús dijo:
“Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré (ἕλκω, helkō) a mí mismo. (Juan 12:32)
Lo que tanto los arminianos como los calvinistas no ven es que Jesús atraerá eficazmente (helkō/helkuō) [2] a todos hacia sí mismo, lo que resultará en que todos se sometan a Cristo y se sean reunidos en él en la dispensación final de la plenitud de los tiempos, cuando Dios será todo en todos entrando en la eternidad (Ef 1:10; 1Cor 15:28). Los arminianos entienden que Romanos 5:17 como diciendo que solo quienes reciben de forma independiente y activa la abundancia de la gracia y el don de la justicia ahora experimentarán una nueva vida y un dominio restaurado por medio de Cristo, el último Adán. Los calvinistas, por otro lado, reconocen que, estando muertos en nuestros delitos y pecados, es necesario que primero recibamos pasivamente la abundancia de la gracia y el don de la justicia antes de poder elegir reinar en vida. Reconocen que, a los no regenerados, estando espiritualmente muertos, es necesario que sean concedida la fe solo por la gracia de Dios, creyendo por gracia (Hch 18:27).
Sin embargo, lo que ambos bandos no ven es que todos los que mueren en Adán serán vivificados en Cristo, el Último Adán (Rom 5:15,18; 1Cor 15:22); todos los que pecaron y fueron condenados en Adán finalmente serán justificados en Cristo (Rom 5:16,18; Rom 3:23-24); todos los que perdieron el dominio divinamente delegado en Adán serán restaurados, reinando en vida por medio de Cristo (Gen 1:26-28 cf. Gen 3; Salmo 8:4-6; Juan 12:31; Rom 5:17-18; Apo 11:15, cf. 22:5). Nuestra restauración al dominio en Cristo, el Último Adán, será mucho mayor que la que originalmente le fue dada a Adán. Adán recibió el dominio sobre la tierra y lo cedió a Satanás, el príncipe de este mundo. Sin embargo, en Cristo reinaremos en vida no solo sobre el planeta Tierra, sino sobre toda la creación de Dios (Heb 2:5-9). Mientras que los arminianos limitan la reversión de la caída de Adán por parte de Cristo a quienes lo reciben activamente en esta época, los calvinistas limitan a quienes reciben pasivamente la gracia y el don de la justicia con nueva vida y dominio restaurados exclusivamente a los elegidos de esta era.
Sin embargo, el contexto de Romanos 5:12-19 no permite que quienes reciben la abundancia de la gracia y el don de la justicia con nueva vida en Cristo y el dominio restaurado se limiten exclusivamente a quienes creen en esta vida, ni los elegidos de esta época. En el versículo siguiente, Pablo deja muy claro que toda la humanidad es receptora del don gratuito de la gracia, que resulta en justificación y vida para todos, no solo para unos pocos. En el versículo 18, resume lo que ha estado diciendo a lo largo de todo el pasaje:
“Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida.” (Rom 5:18)
Pablo resume aquí diciendo que, así como un solo acto de desobediencia de Adán resultó en condenación para toda la humanidad, también un solo acto de justicia de un solo Hombre, Cristo, resultó en justificación y vida para la misma totalidad de la humanidad. El paralelo equivalente “como” y “así también” requiere que los “todos los hombres” del primer grupo sean los mismos “todos los hombres” incluidos en el segundo grupo; de lo contrario, la comparación equivalente fracasa. Citando a Marvin Vincent: “El efecto del segundo Adán no puede quedar atrás del efecto del primero”. [3]
Sin embargo, dicho esto, así como no todos experimentaron la muerte, condenación y esclavitud al pecado de Adán en el momento en que pecó, de la misma manera, no todos recibieron vida, justificación ni dominio restaurado en el momento en que Cristo, el Último Adán, murió y resucitó. Así como el hombre tiene que nacer en Adán para experimentar la muerte, condenación y esclavitud al pecado que él trajo sobre todos nosotros, también todo hombre tiene que ser vivificado o nacer de nuevo antes de experimentar la justificación y el dominio que recibió cuando Cristo, el Último Adán, murió y resucitó por nosotros. De la muerte y resurrección del Último Adán, está escrito: “El primer hombre, Adán, fue hecho ser viviente; el último Adán, espíritu vivificante” (1Cor 15:45). Y también: “Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1Cor 15:22).
Por lo tanto, según entiendo Romanos 5:17 en el contexto general, Pablo usa lambanō en sentido pasivo/receptor. En el versículo 18, el don gratuito de la justificación y la vida se traduce en tiempo pasado como algo ya recibido por toda la humanidad, ya que se remonta a lo que todos recibieron pasivamente cuando Cristo, el Último Adán, obtuvo nuestra justificación y vida restaurada, habiendo muerto por nuestra justificación y resucitado para que en Él toda la humanidad pudiera recibir nueva vida y dominio restaurados.
Si bien es cierto que todos deben recibir activamente a Cristo por fe y nacer de nuevo para experimentar la justificación, la nueva vida y el dominio restaurado, toda la humanidad llegó a ser el receptor pasivo de todo lo que Cristo, el último Adán, logró por nosotros en la cruz desde el mismo momento en que hizo propiciación por los pecados del mundo, resucitando victorioso sobre la muerte y Satanás, el príncipe de este mundo.
[1] Vincent's Word Studies in the New Testament, Romans 5:17
[2] La palabra “atraer” es helkô, que expresa algo mucho más fuerte que una simple atracción. El Diccionario Strong la define: “arrastrar (literal o figurativamente)”. Aparece ocho veces en el Nuevo Testamento, y en cada caso expresa la idea de ser atraído eficazmente por una fuerza mayor que la resistencia de quien es atraído:
“Subió Simón Pedro y arrastró hasta la playa la red llena de peces grandes, que eran ciento cincuenta y tres. Y con ser tantos, no se rompió la red.” (Juan 21:11)
“…asiendo a Pablo y a Silas, los arrastraron al foro ante los magistrados (Hch 16:19)
“…no son ellos los mismos que os arrastran a los tribunales?” (Stg 2:6)
“Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha.” (Juan 18:10)
La otra ocurrencia indica que ninguno de nosotros vendría a él si no fuéramos atraídos de manera irresistible y efectiva:
“Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero…” (Juan 6:44)
El hombre, separado de Dios, está tan perdido que tiene que ser atraído/arrastrado hacia Cristo. De lo contrario, no podría, ni estar despuesto a venir a él. Nuestro libre albedrío no sirve de nada si ni siquiera podemos ver o comprender el glorioso evangelio, y esa es la situación en la que Dios encuentra a cada individuo. Son incapaces de ir a él hasta que él, en el día de su visitación, los atraiga hacia sí, lo cual hará por cada hombre a su debido tiempo (1 Pedro 2:12; 1 Timoteo 2:6). A su tiempo, él quitará el velo de los ojos de cada individuo. Hasta entonces, permanecen cegados e incapaces de encontrarlo.
[3] Vincent's Word Studies in the New Testament, Romans 5:17
“Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo. 16 Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó; porque ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación. 17 Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.
18 Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. (Rom 5:15-18)
En el contexto de Romanos 5, ¿el recibir es activo o pasivo? ¿Se refiere la cláusula “los que reciben” a quienes activamente toman o reciben la vida y el dominio restaurados ahora, o a todos los que son los recipientes de la vida y el dominio restaurados por Jesucristo, el Último Adán en Su muerte y resurrección? Muchos, al ver que el participio “recibir” (λαμβάνων, lambanōn) está en forma activa, asumen automáticamente que solo puede entenderse en el sentido activo, en el que el individuo hace la acción de recibir, en lugar de recibir la acción.
Sin embargo, lo que muchos pasan por alto es que, aunque activo en su forma, de las 258 veces que el verbo griego λαμβάνω (lambanō) y sus cognados aparecen en el Nuevo Testamento en la forma activa, aproximadamente entre 40 y 60 veces (alrededor del 15-25% del total de ocurrencias) se inclina hacia el sentido pasivo/receptivo en el que el sujeto es el receptor de lo que se da, en lugar de quien lo recibe o lo toma activamente. La forma pasiva real de lambanō es rara, solo aparece un par de veces y nunca se traduce como "recibir" sino como "ser recibido o tomado": (1Tim 4:4 RVA, "ser recibido"; Heb 5:1, "ser tomado"). El verbo lambanō prefiere la voz activa incluso en contextos pasivos/receptivos. El contexto por sí solo debe determinar si la persona que está recibiendo recibe activamente, o si es el receptor de la acción. En muchos casos, es claro que el sujeto recibe activamente. A continuación se muestran algunos de los muchos ejemplos:
“Mas a todos los que le recibieron (ἔλαβον, activo), a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.” (Juan 1:12)
“Y tomó (λαβὼν, activo) el pan y dio gracias, y lo partió y les dio…” (Lucas 22:19)
En estos ejemplos, es evidente que el sujeto realiza la acción. En el primer ejemplo, vemos que el sujeto recibe activamente a Cristo, creyendo en su nombre, como se ilustra arriba. A menudo, el sentido activo se traduce mejor como "tomar" en lugar de "recibir", como en el caso de Jesús que tomó el pan, lo que enfatiza el papel activo del sujeto. Sin embargo, en aproximadamente el 15-25 % de los casos, vemos que el sujeto es el receptor pasivo de lo que se le da:
“De los judíos cinco veces he recibido (ἔλαβον, forma activa) cuarenta azotes menos uno.” (2 Cor 11:24)
- Aquí la acción se realiza hacia Pablo, no por él, como se ilustra arriba.
"Porque todo aquel que pide, recibe (ἔλαβον, forma activa); y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.” (Mateo 7:8)
- Aquí el pedir es activo, pero el recibir es pasivo.
Estos son solo algunos de los muchos ejemplos donde la forma activa de lambanō se usa en un sentido pasivo/receptivo. El sujeto recibe lo que se le da, en lugar de recibirlo o tomarlo activamente. Muchos reciben pasivamente lo que nunca desearían, como Pablo, que recibió cinco veces cuarenta azotes menos uno, o cuando los impenitentes reciben una justa recompensa por su desobediencia (Heb 2:2), o un juicio mayor (Lucas 20:47). En otros casos, el receptor recibe lo que ni siquiera anticipaba. Por ejemplo, todos en la casa de Cornelio se sorprendieron cuando los gentiles recibieron repentinamente el Espíritu Santo (Hch 10:47). En estos ejemplos, es obvio que el receptor es pasivo.
Por lo tanto, considerando que la forma activa se usa a menudo en sentido pasivo/receptivo, el contexto debe ser el factor determinante. Considerado por sí solo y fuera del contexto, “los que reciben” en Romanos 5:17 podría entenderse como una recepción activa, en la que el sujeto debe recibir activamente la abundancia de la gracia y el don de la justicia para reinar en vida por medio de Cristo. Es cierto que uno no recibe experiencialmente la justificación, la nueva vida y el dominio restaurado sin apropiárselo por fe (Juan 3:18; 5:24; Apo 22:3-5).
Sin embargo, el contexto debe determinar si se usa en sentido activo o pasivo, teniendo en cuenta los versículos circundantes. El prestigioso erudito griego Marvin Vincent aplica correctamente el significado pasivo a Romanos 5:17. Dice: “Los que reciben (hoi lambanōntes). No ‘aceptando con fe’, sino simplemente ‘los recipientes. [1] Aunque no entra en más detalles, su traducción de lambanō en sentido pasivo es necesaria por el contexto. El contraste a lo largo de los versículos 12 al 19 es entre lo que todos los hombres reciben en Adán en contraposición a lo que todos los hombres reciben en Cristo, el Último Adán. Así como todos los hombres nacidos de Adán reciben pasivamente la muerte, la condenación y la pérdida del dominio a través de la desobediencia de un solo hombre, así también todos reciben vida, justificación y dominio restaurados, a través de un solo hombre, Jesucristo.
Los arminianos, que niegan la depravación total, argumentan que la recepción del versículo 17 solo incluyen a quienes reciben activamente a Cristo, creyendo en su nombre, lo que resulta en la justificación y una nueva vida en Él. Los calvinistas, por otro lado, a menudo la entienden en un sentido pasivo/receptivo, señalando con razón que antes de ser salvos estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, y por lo tanto, incapaces de venir a Cristo sin la intervención divina, siendo atraídos eficazmente a Cristo. Como dijo Jesús:
“Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere (ἕλκω, helkō); y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:44).
Estando muertos en nuestros delitos y pecados, no se trata solo de indisposición para venir a Cristo sin ser atraídos eficazmente, sino de incapacidad. Demuestro con más detalle la incapacidad del hombre para venir a Cristo de forma independiente en mi blog, La Depravación Total y la Reconciliación Universal. Sin embargo, lo que tanto los calvinistas como los arminianos no ven es que, con el tiempo, Jesús los habrá atraído eficazmente a todos hacia sí mismo. Jesús dijo:
“Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré (ἕλκω, helkō) a mí mismo. (Juan 12:32)
Lo que tanto los arminianos como los calvinistas no ven es que Jesús atraerá eficazmente (helkō/helkuō) [2] a todos hacia sí mismo, lo que resultará en que todos se sometan a Cristo y se sean reunidos en él en la dispensación final de la plenitud de los tiempos, cuando Dios será todo en todos entrando en la eternidad (Ef 1:10; 1Cor 15:28). Los arminianos entienden que Romanos 5:17 como diciendo que solo quienes reciben de forma independiente y activa la abundancia de la gracia y el don de la justicia ahora experimentarán una nueva vida y un dominio restaurado por medio de Cristo, el último Adán. Los calvinistas, por otro lado, reconocen que, estando muertos en nuestros delitos y pecados, es necesario que primero recibamos pasivamente la abundancia de la gracia y el don de la justicia antes de poder elegir reinar en vida. Reconocen que, a los no regenerados, estando espiritualmente muertos, es necesario que sean concedida la fe solo por la gracia de Dios, creyendo por gracia (Hch 18:27).
Sin embargo, lo que ambos bandos no ven es que todos los que mueren en Adán serán vivificados en Cristo, el Último Adán (Rom 5:15,18; 1Cor 15:22); todos los que pecaron y fueron condenados en Adán finalmente serán justificados en Cristo (Rom 5:16,18; Rom 3:23-24); todos los que perdieron el dominio divinamente delegado en Adán serán restaurados, reinando en vida por medio de Cristo (Gen 1:26-28 cf. Gen 3; Salmo 8:4-6; Juan 12:31; Rom 5:17-18; Apo 11:15, cf. 22:5). Nuestra restauración al dominio en Cristo, el Último Adán, será mucho mayor que la que originalmente le fue dada a Adán. Adán recibió el dominio sobre la tierra y lo cedió a Satanás, el príncipe de este mundo. Sin embargo, en Cristo reinaremos en vida no solo sobre el planeta Tierra, sino sobre toda la creación de Dios (Heb 2:5-9). Mientras que los arminianos limitan la reversión de la caída de Adán por parte de Cristo a quienes lo reciben activamente en esta época, los calvinistas limitan a quienes reciben pasivamente la gracia y el don de la justicia con nueva vida y dominio restaurados exclusivamente a los elegidos de esta era.
Sin embargo, el contexto de Romanos 5:12-19 no permite que quienes reciben la abundancia de la gracia y el don de la justicia con nueva vida en Cristo y el dominio restaurado se limiten exclusivamente a quienes creen en esta vida, ni los elegidos de esta época. En el versículo siguiente, Pablo deja muy claro que toda la humanidad es receptora del don gratuito de la gracia, que resulta en justificación y vida para todos, no solo para unos pocos. En el versículo 18, resume lo que ha estado diciendo a lo largo de todo el pasaje:
“Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida.” (Rom 5:18)
Pablo resume aquí diciendo que, así como un solo acto de desobediencia de Adán resultó en condenación para toda la humanidad, también un solo acto de justicia de un solo Hombre, Cristo, resultó en justificación y vida para la misma totalidad de la humanidad. El paralelo equivalente “como” y “así también” requiere que los “todos los hombres” del primer grupo sean los mismos “todos los hombres” incluidos en el segundo grupo; de lo contrario, la comparación equivalente fracasa. Citando a Marvin Vincent: “El efecto del segundo Adán no puede quedar atrás del efecto del primero”. [3]
Sin embargo, dicho esto, así como no todos experimentaron la muerte, condenación y esclavitud al pecado de Adán en el momento en que pecó, de la misma manera, no todos recibieron vida, justificación ni dominio restaurado en el momento en que Cristo, el Último Adán, murió y resucitó. Así como el hombre tiene que nacer en Adán para experimentar la muerte, condenación y esclavitud al pecado que él trajo sobre todos nosotros, también todo hombre tiene que ser vivificado o nacer de nuevo antes de experimentar la justificación y el dominio que recibió cuando Cristo, el Último Adán, murió y resucitó por nosotros. De la muerte y resurrección del Último Adán, está escrito: “El primer hombre, Adán, fue hecho ser viviente; el último Adán, espíritu vivificante” (1Cor 15:45). Y también: “Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1Cor 15:22).
Por lo tanto, según entiendo Romanos 5:17 en el contexto general, Pablo usa lambanō en sentido pasivo/receptor. En el versículo 18, el don gratuito de la justificación y la vida se traduce en tiempo pasado como algo ya recibido por toda la humanidad, ya que se remonta a lo que todos recibieron pasivamente cuando Cristo, el Último Adán, obtuvo nuestra justificación y vida restaurada, habiendo muerto por nuestra justificación y resucitado para que en Él toda la humanidad pudiera recibir nueva vida y dominio restaurados.
Si bien es cierto que todos deben recibir activamente a Cristo por fe y nacer de nuevo para experimentar la justificación, la nueva vida y el dominio restaurado, toda la humanidad llegó a ser el receptor pasivo de todo lo que Cristo, el último Adán, logró por nosotros en la cruz desde el mismo momento en que hizo propiciación por los pecados del mundo, resucitando victorioso sobre la muerte y Satanás, el príncipe de este mundo.
[1] Vincent's Word Studies in the New Testament, Romans 5:17
[2] La palabra “atraer” es helkô, que expresa algo mucho más fuerte que una simple atracción. El Diccionario Strong la define: “arrastrar (literal o figurativamente)”. Aparece ocho veces en el Nuevo Testamento, y en cada caso expresa la idea de ser atraído eficazmente por una fuerza mayor que la resistencia de quien es atraído:
“Subió Simón Pedro y arrastró hasta la playa la red llena de peces grandes, que eran ciento cincuenta y tres. Y con ser tantos, no se rompió la red.” (Juan 21:11)
“…asiendo a Pablo y a Silas, los arrastraron al foro ante los magistrados (Hch 16:19)
“…no son ellos los mismos que os arrastran a los tribunales?” (Stg 2:6)
“Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha.” (Juan 18:10)
La otra ocurrencia indica que ninguno de nosotros vendría a él si no fuéramos atraídos de manera irresistible y efectiva:
“Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero…” (Juan 6:44)
El hombre, separado de Dios, está tan perdido que tiene que ser atraído/arrastrado hacia Cristo. De lo contrario, no podría, ni estar despuesto a venir a él. Nuestro libre albedrío no sirve de nada si ni siquiera podemos ver o comprender el glorioso evangelio, y esa es la situación en la que Dios encuentra a cada individuo. Son incapaces de ir a él hasta que él, en el día de su visitación, los atraiga hacia sí, lo cual hará por cada hombre a su debido tiempo (1 Pedro 2:12; 1 Timoteo 2:6). A su tiempo, él quitará el velo de los ojos de cada individuo. Hasta entonces, permanecen cegados e incapaces de encontrarlo.
[3] Vincent's Word Studies in the New Testament, Romans 5:17
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;Qu Hay de la Doctrina de la Inmortalidad Condicional?
por George Sidney Hurd
Estoy convencido de que quienes defienden la inmortalidad condicional, así como también muchos tradicionalistas, han malinterpretado gravemente la correcta aplicación del término "inmortalidad" (athanasía) al atribuirlo a los espíritus, algo que nunca vemos en las Escrituras. Como argumento aquí, los espíritus, por su propia naturaleza, no están sujetos a mortalidad (Lucas 20:36). Por el espacio, aquí no analizaré todos los argumentos gramaticales y contextuales que sustentan mi interpretación de que el único que tiene inmortalidad en 1 Timoteo 6:16 es Cristo en su cuerpo inmortal, glorificado y resucitado, y, por lo tanto, el único que actualmente posee la inmortalidad en lugar de referirse a Dios Padre como el único poseedor de la inmortalidad. Sin embargo, creo que esta interpretación es la que mejor armoniza con la enseñanza general de las Escrituras sobre el tema. Agradezco cualquier otro aporte sobre la correcta interpretación de este complejo pasaje.
Lo que sigue es un extracto del libro ¿Exterminación o Restauración?
“la cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, 16 el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén.” (1Tim 6:15,16)
Contrariamente a las afirmaciones de deidad de los monarcas y emperadores de la antigüedad, Pablo está declarando aquí que nuestro Dios, en la persona del Hijo resucitado y glorificado es el único gobernante soberano, el Rey de reyes y Señor de señores y el único que actualmente posee la inmortalidad (Apo 19:16; Rom 6:9; 1Cor 15:20). Con todo su poderío militar y títulos divinos, todos estaban destinados a morir como mortales. Los Aniquilacionistas concluyen de este versículo que la inmortalidad no es inherente a nuestra naturaleza humana. Dicen que no fuimos creados inmortales, o que perdimos nuestra inmortalidad en la caída.
La Inmortalidad solo tiene referencia a Nuestro Cuerpo Físico
Dado que la inmortalidad condicional es uno de los argumentos principales de los Aniquilacionistas, usualmente prefieren ser conocidos como Condicionalistas. Sin embargo, como yo parcialmente estoy de acuerdo con ellos sobre el tema de la inmortalidad condicional en cuanto al cuerpo físico, aquí solo me refiero a ellos como los Aniquilacionistas. Ellos argumentan, basado en su interpretación de 1Timoteo 6:16 que solo Dios posee la inmortalidad. La palabra traducida como “inmortalidad” (athanasía) solo se encuentra en una instancia más en 1Corintios 15:53,54:
“Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad (athanasía). 54 Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad (athanasía), entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.” (1Cor 15:53-54)
Aquí vemos que la inmortalidad es algo que todavía esperamos recibir. Es en la resurrección que recibiremos la inmortalidad que actualmente solo Dios posee. Pero el punto de contención tiene que ver con lo que Pablo se está refiriendo cuando habla de incorrupción o inmortalidad. En el contexto es obvio que él está hablando de nuestros cuerpos físicos. La pregunta presentada anteriormente en el contexto era sobre lo que pasa con el cuerpo:
“Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué CUERPO vendrán? 36 Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes.” (1Cor 15:35,36)
Para Pablo, incorrupción e inmortalidad claramente hacen referencia a nuestros cuerpos físicos y no a nuestra alma o nuestro espíritu. Pablo aquí hace mención del cuerpo 9 veces en estos 9 versículos, pero no hace ni una sola mención del alma o del espíritu. Los Aniquilacionistas argumentan que la naturaleza humana es inseparable y que toda existencia consciente termina o es suspendida cuando nuestro cuerpo muere. Sin embargo, como veremos, el Nuevo Testamento mantiene una distinción clara entre la persona misma y su cuerpo o “tabernáculo” (2Pedro 1:13-14; Mateo 10:28). Ni nuestra alma ni nuestro espíritu son llamados mortales en las Escrituras. La Biblia hace referencia a nuestros “cuerpos mortales” (Rom 6:12; 8:11), y nuestra “carne mortal” (2Cor 4:11), pero nunca habla del alma o del espíritu como mortales. Los ángeles no son mortales con cuerpos físicos: Ellos son espíritus, y por ese motivo la inmortalidad no aplica a ellos, aunque viven para siempre (Lucas 20:36).
La inmortalidad fue ofrecida a Adán y Eva en el huerto. Si hubieron tomado del árbol de la vida, sus cuerpos hubieron sido inmortalizados en vez de volver al polvo. Después de tomar del árbol del conocimiento del bien y del mal, fueron privados del árbol para que no ocurriera lo impensable--- siendo inmortalizados en su carne pecaminosa:
“Y dijo Jehová Dios: ‘He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre----.’ 23 Y lo sacó Jehová del huerto del Edén.” (Gén 3:22,23)
Dios, contemplando el resultado impensable si Adán fuera tomar del árbol de la vida, siendo inmortalizado en su estado pecaminoso, ni terminó Su oración. Si Él hubiera terminado Su oración probablemente habría sido algo como: “pues, que no viva para siempre, inmortalizado en su condición pecaminosa y no-redimida, irremediablemente independizado de nosotros, tenemos que guardarlo a él y a sus descendientes para que no tomen del árbol de la vida.”
Bien entendido, privando al hombre del árbol de la vida era un acto de misericordia. Si fuéramos a tomar del árbol de la vida en nuestro estado no redimido hubiéramos quedado perpetualizados en una condición pecaminosa, mucho como los vampiros legendarios. Comenzando con la creación, el plan eterno de Dios de preparar para sí una esposa eterna, creada en Su propia imagen en una relación íntima y dependiente, se puso en marcha. Para ese fin permitió al hombre caer y sufrir la pena de la mortalidad y la muerte, pero solo para poder redimirlo y recrearlo en Cristo, recibiendo la vida eterna y la inmortalidad como regalos de la gracia de Dios. Nuestra caída, seguida por Su redención, nos capacita a conocer y experimentar las dimensiones del amor de Dios, tales como su gracia, misericordia y compasión – virtudes que eran incomprensibles para Adán y Eva en su estado inocente antes de experimentar la caída y ser redimidos y restaurados por Dios en Cristo.
El único cuerpo que actualmente posee la inmortalidad es el cuerpo resucitado de Cristo – las primicias de los muertos (Rom 6:9; 1Cor 15:20). Moisés y Elías aparecieron en forma visible en el monte de la transfiguración pero no eran inmortales porque aún esperan la resurrección. Enoc caminó con Dios y desapareció, porque Dios le llevó. Al decir que Dios se lo llevó, deja en claro que Enoc fue llevado a la presencia de Dios donde está disfrutando de una comunión consciente con Él, pero aún no ha sido revestido de inmortalidad. Jesús es las primicias de la resurrección: Entonces nosotros también, como primicias de Su nueva creación, seremos glorificados con un cuerpo inmortal en Su venida (Stg 1:18). Pero ese aún no es el fin. El fin no viene hasta que todos hayan doblado rodilla, sometiéndose a Cristo, y entonces Cristo se someterá al Padre, resultando que Dios sea todo en todos (1Cor 15:28).
Aunque Adán y Eva fueron expulsados del huerto y privados del árbol de la vida, y por el momento solo Dios tiene la inmortalidad en Su poder, la vida y la inmortalidad ahora son dados gratuitamente a todos los que a Él vienen por medio de Jesús. Y las buenas nuevas es que todos finalmente serán atraídos a Él y recibirán la vida y la inmortalidad, aunque no al mismo tiempo que nosotros – las primicias, somos vivificados:
“Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. 21 Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. 22 Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. 23 Pero cada uno en su debido orden…” (1Cor 15:20-23).
Este pasaje claramente declara que al final todos habrán sido vivificados. Todos los que mueren en Adán (que incluye toda la humanidad) serán vivificados en Cristo, pero cada uno en su debido orden. Algunos argumentan que solamente los que están “en Cristo” antes que venga, serán vivificados. Sin embargo, Pablo no dice “todos en Cristo” sino “en Cristo todos.” Es el mismo “todos” que mueren en Adán que serán vivificados en Cristo. Esto es aún más claro en Romanos 5 donde dice “todos los hombres” en vez de “en Cristo todos”:
“Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida.” (Rom 5:18)
Así como el pecado de Adán puso a todos los hombres bajo juicio, de la misma manera la justicia de uno trajo la justificación de vida a todos los hombres. Aquí no es posible limitar “todos los hombres” a solamente los que actualmente están en Cristo. La palabra “todos,” con el comparativo “de la misma manera,” requiere que el segundo “todos” sea igual al primer “todos.” Si los “todos” del segundo grupo no son los mismos “todos” en el primer grupo, no tendría sentido decir “de la misma manera”. Para ilustrar esto, imagina que un ladrón fuera a robarte 100.000 dólares y era todo lo que tenías, y al encontrar al ladrón le dirías: “Así como tú me robaste todo, de la misma manera, quiero que me devuelvas todo”, ¿Qué estarías exigiéndole? ¿Un diezmo? No. La expresión “así…de la misma manera…” quiere decir que la última tiene que corresponder a la primera.
Cuando Pablo dice que en Cristo todos serán “vivificados,” es claro en el contexto que él se está refiriendo a la resurrección de nuestros cuerpos mortales a la inmortalidad. También podemos ver que habla de la inmortalidad por el significado de la palabra griega traducida “vivificado.” La palabra es zoopoiéo. Hay otras dos palabras utilizadas para expresar resurrección en el griego, (egueiro y anastasis) pero ellos a veces solo hablan de la resucitación del cuerpo. Son utilizados muchas veces para resurrecciones temporales como en el caso de Lázaro y otros que volvieron a vivir, solo para morirse más adelante. En cambio, zoopoiéo siempre se usa en referencia a la resurrección y glorificación. Se usa para referirse a la vida perpetua, y será dado por Cristo a todos, pero “en su debido orden.” Jesús dijo: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.” (Apo 21:5) [i] Cuando todos hayan sido resucitados con un cuerpo inmortal, entonces la nueva creación que incluye todo y comenzó con la resurrección de Cristo, será completa.
El Espíritu del Creyente ya tiene la Vida Eterna
“De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna.” (Juan 6:47)
“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.” (Juan 5:24)
“Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna…” (1 Juan 5:13)
El creyente no tiene que esperar hasta la resurrección para saber si tiene vida eterna o no. Él ya es una nueva creación en Cristo. Es obvio que nuestro cuerpo físico aún no ha sido inmortalizado, pero hay una parte de nosotros que ya ha nacido de nuevo. Sin embargo, lo que ha nacido de nuevo no es nuestro cuerpo sino nuestro espíritu.
Jesús le dijo a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” (Juan 3:3). Nicodemo tenía la misma confusión que los Aniquilacionistas – él no sabía distinguir entre nuestro cuerpo físico y nuestro espíritu. Él le respondió a Jesús: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?” Podemos simpatizar con Nicodemo, dado que el Antiguo Testamento solo contenía pistas tenues de una distinción entre la parte material del hombre y la parte inmaterial. Jesús, sin embargo, hizo muy clara la distinción entre nuestro cuerpo y nuestro espíritu. Él le explicó a Nicodemo:
“De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. 6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.” (Juan 3:5-6)
Aquí Jesús explica que hay dos nacimientos: primero nuestro nacimiento físico por medio del agua amniótico de nuestra madre, y entonces el nacimiento espiritual en lo cual nuestros espíritus son regenerados por el Espíritu Santo. Desde ese momento en adelante, aunque nuestro hombre exterior se va gastando, ya poseemos la vida eterna en nuestro espíritu regenerado. Nuestros cuerpos no nacen de nuevo. Al nacer de nuevo puede que te veas diferente en el espejo pero solo porque tu nuevo hombre interior está reflejándose en tu rostro.
Muchos se confunden al leer 2Corintios 5:17, como a menudo es traducido, porque aparenta contradecir su realidad: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” La verdad es que nuestro cuerpo no es nuevo. No será renovado hasta la resurrección y nuestra alma obviamente no es nueva aunque está siendo renovada. La confusión resulta debido a que los traductores agregaron las palabras “cosas” y “todas.” La realidad es que, aunque la nueva creación ha comenzado con nuestro espíritu regenerado, aun necesitamos la renovación de nuestra alma y seguimos muriendo físicamente hasta que nuestro cuerpo vuelve al polvo de donde vino. Una traducción correcta corrige esta confusión:
“Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!” (2Co 5:17 NVI)
Nuestros cuerpos mueren y vuelven al polvo, pero nuestro espíritu ya es nuevo y vivo con la vida eterna del Cristo resucitado que ahora es nuestra vida (Col 3:3,4). Es por eso que Jesús pudo decir: “Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” (John 11:26). Esto es lo Pablo quería decir cuando dijo:
“Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. 11 Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.” (Rom 8:10-11)
Aunque nuestro cuerpo está condenado a morir, nuestro espíritu ya vive a causa de la justicia. La justicia en vista en el contexto es la justicia de Dios en Cristo, que es recibido – no alcanzado (cf. Rom 3:21-24). Nuestro espíritu nacido de nuevo ya es un espíritu con el Señor (1Cor 6:17). Ya hemos sido perfeccionados para siempre (Heb 10:14). Ahora somos la Iglesia de los primogénitos – los espíritus hechos perfectos (Heb 12:22-23). Estamos ya sentados con Cristo en lugares celestiales (Ef 2:6). Ha de ser obvio que esto no hace referencia a nuestro cuerpo físico, sino nuestro perfecto espíritu que ya es un espíritu con el Señor.
También, el nuevo nacimiento de nuestros espíritus - siendo vivificados con la vida eterna de Dios, garantiza la futura resurrección de nuestros cuerpos. Al recibir la vida eterna por el renacimiento de nuestro espíritu, también recibimos una herencia irrevocable e incorruptible – la salvación o glorificación de nuestros cuerpos:
“Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, 4 para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, 5 que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero.” (1 Peter 1:3-5)
La promesa de la glorificación de los cuerpos de los que ya han nacido de nuevo con la vida eterna es irrevocable porque somos guardados por el poder de Dios. Por eso Pablo pudo decir que todos los que Dios llama ya han sido glorificados aunque nuestra glorificación espera el fin de la época (Rom 8:30). También, Jesús dijo: “y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. 29 Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre”(Juan 10:28-29). Una vez recibida la vida eterna, jamás pereceremos – nadie nos la puede quitar porque Él que nos la dio es mayor que todos (c.f. Rom 8:37-39). Así que, ya tenemos la vida eterna en nuestro espíritu y tenemos la aseguranza de recibir la inmortalidad en nuestros cuerpos en el futuro.
Todas estas realidades tan gloriosas son ocultas a los Aniquilacionistas, dado que creen que el hombre es indivisible y no un alma habitando en un cuerpo o “tabernáculo,” con un espíritu que tiene comunión con Dios. Veremos sus argumentos y textos de prueba más adelante, y veremos la revelación Nuevo-Testamentario de la distinción entre el cuerpo, alma y espíritu (1Tes 5:24; Heb 4:12). Por el momento, me gustaría señalar que, según Jesús, nuestra naturaleza sí es divisible, dado que el hombre puede matar el cuerpo pero no puede matar el alma (Mt 10:28). Así que, el alma tiene una existencia separada del cuerpo.
Su error, como yo lo veo, es que basan su antropología en la luz limitada del Antiguo Testamento, y tratan de hacer que la revelación mayor del Nuevo Testamento encaje en el odre viejo del Antiguo. La revelación en las Escrituras es progresiva. Lo que era obscuro en el Antiguo Testamento es traído a mayor luz en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, la trinidad está implícita en el Antiguo Testamento, pero no se revela con claridad hasta el Nuevo Testamento. En la época del Antiguo Testamento solo hubo un par de alusiones vagas a Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo (Isa 63:7-16; Pro 30:4). Vemos lo mismo en cuanto a la revelación acerca de la naturaleza del hombre, y de la muerte y la resurrección. La palabra hebrea seol no significaba más que el lugar misterioso y desconocido donde iban todos los muertos, fueran buenos o malos. Aunque la vida después de la muerte es implícita en el Antiguo Testamento, ellos ni tenían revelación específica acerca de una resurrección hasta que fue revelada al profeta Daniel, menos de 600 años antes de Cristo (Dan 12:2).
Muchos misterios, ocultos a generaciones previas, son revelados en el Nuevo Testamento. Uno de estos misterios que es relevante al tema que estamos considerando, es la revelación en Cristo acerca de la vida eterna y la inmortalidad:
“quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, 10 pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz LA VIDA y LA INMORTALIDAD por el evangelio.” (2 Tim 1:9-10)
¿Qué es lo que estaba oculto de las generaciones anteriores pero que ahora fue manifestada o sacada a la luz? Que por Su muerte y resurrección, Cristo iba a quitar (lit. anular) la muerte, sacando a la luz la vida y la inmortalidad. Si los príncipes de este siglo hubieran previsto esto, jamás hubieran crucificado al Señor de gloria (1Cor 2:8). Si queremos comprender la vida y la inmortalidad tenemos que buscar la revelación desvelada en el Nuevo Testamento.
Del Antiguo Testamento jamás podríamos descubrir a plenitud el plan eterno de Dios en Cristo de hacer en Él una nueva creación, haciendo nuevos a todos (Apo 21:5 lit.). En el Nuevo Testamento vemos lo que Nicodemo aún no podía ver. Ahora sabemos que recibimos la vida de Dios a través del nuevo nacimiento de nuestro espíritu, y que en Cristo nuestros cuerpos mortales también serán vivificados, vistiéndonos de la inmortalidad cuando Cristo venga por nosotros. Las almas de los que han muerto en Él vendrán con Él para ser reunidos con un cuerpo glorificado, y nosotros que aún estamos viviendo en nuestros cuerpos viejos y mortales seremos glorificados – nuestros cuerpos serán inmortalizados en un abrir y cerrar de ojos (1Tes 4:13-17; 1Cor 15:51-52).
La Inmortalidad Bíblica no es la Doctrina de Platón
Muchos Aniquilacionistas intentan hacer una conexión entre la creencia de Platón en la inmortalidad del alma y la creencia tradicional de los cristianos de que el alma existe para siempre – sea en el cuerpo o fuera de él. Fudge, en “The Fire that Consumes” (El Fuego que Consume), hizo muchos esfuerzos para hacer esa conexión. Sin embargo, existe más disimilitud que similitud entre la creencia de Platón y las declaraciones del Nuevo Testamento.
En primer lugar, aunque el alma puede existir independientemente del cuerpo, y continúa más allá de la muerte física (como espero demostrar), no es el alma que es llamada inmortal en las Escrituras, como Platón afirmaba. En el Nuevo Testamento, es el cuerpo resucitado y glorificado lo que llega a ser inmortal en la Segunda Venida de Cristo.
En segundo lugar, Platón enseñaba que el alma era inherentemente inmortal, igual como Dios, mientras las Escrituras enseñan que nuestra existencia y naturaleza esencial originó en Dios en la creación y dependen de Él. Además, Platón enseñaba que el alma seguía reencarnando, mientras las Escrituras enseñan una sola muerte física seguida por una resurrección en un cuerpo permanente e inmortal en vez de un alma inmortal reencarnándose en una serie de cuerpos mortales y temporales.
Platón, y otras grandes mentes como él, han hecho muchos descubrimientos basados solamente en la razón y la observación. Platón fue el primero en formular la hipótesis de que la eternidad es una realidad que existe independientemente del tiempo. Solo recientemente la ciencia ha podido confirmar su hipótesis.
Sin duda, Platón había experimentado u oído de las experiencias cercanas de la muerte o fuera del cuerpo como Pablo describe (2Cor 12:2-3). Muchos siglos antes de Platón, vemos que los vivos consultaban a los muertos – algo que no hubieran intentado hacer a menos que creyeran que el alma tuviera una existencia aparte del cuerpo. Dios prohibió el consultar a los muertos, sin negar la posibilidad de hacerlo. Sin duda, Platón formuló sus creencias acerca del alma basado en la historia y de alguna forma en la observación, utilizando su razón.
Sin embargo, cualquier paralelo que exista entre sus conclusiones y la revelación bíblica son coincidencias y no comprueban ni desmienten nuestra doctrina cristiana, más que la negación de Aristóteles de la existencia del alma aparte del cuerpo prueba o desmiente el Condicionalismo. Los Aniquilacionistas a menudo se quejan de estar categorizados con las sectas cismáticas, como los Testigos de Jehová y otros que comparten la doctrina de Aniquilación. Señalan que, por tan erradas que sean estas sectas, algunas de sus doctrinas, sin embargo, están de acuerdo con las Escrituras, y por lo tanto no es justo que sus oponentes intenten establecer culpa por asociación. Sin embargo, ellos usan las mismas tácticas, a menudo dedicando grandes porciones de sus libros en su intento a establecer una supuesta asociación a la doctrina tradicional de la inmortalidad del alma con la filosofía platónica. Sin ignorar tales paralelos, a fin de cuentas, nuestras creencias deben ser abrazadas o rechazadas solamente basadas en las Escrituras, entendiendo el Antiguo Testamento a través de la mayor luz del Nuevo.
[i] Nuestra palabra “cosas” no tiene equivalente en el griego. Tampoco necesariamente indica el género neutro que el sujeto es un objeto como en español. Cuando los traductores agregan nuestra palabra “cosas” en contextos que claramente refieren principalmente a personas y no a objetos inanimados, tomo la libertad de tachar la palabra “cosas” para mantener el enfoque en las personas y no los objetos inanimados.
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por George Sidney Hurd
La Regeneración Bautismal en contraste con la Justificación por la Gracia por medio de la Fe solamente
Un examen de la ordenanza Nuevo-testamentaria del bautismo en agua en contraste con la doctrina tradicional de la Regeneración Bautismal como un sacramento y de la insistencia en la necesidad del bautismo en agua y en el Espíritu Santo con el hablar en lenguas para la salvación, hecha por algunas sectas modernas como la del “Movimiento de la Última Reforma” de Torben Søndergaard de Dinamarca.
Introducción
El Nuevo Testamento es muy claro y enfático en su declaración que nuestra salvación se basa solamente en lo que Dios ha hecho por nosotros en la persona de Jesucristo a través de Su muerte, sepultura y resurrección por nosotros. Según Pablo, Su muerte, sepultura y resurrección es el evangelio completo (1Cor 15:1-4). Nuestra salvación es un regalo de la gracia de Dios, dado gratuitamente a todos los que creen. Pablo dice:
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6 y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, 7 para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe.” (Ef 2:4-9)
De comienzo a fin, es todo acerca de lo que Dios ha hecho por nosotros en Su misericordia y gran amor mientras aun estábamos muertos. Una persona muerta no puede bautizarse para ser salvo – mucho menos hacer que vuelva a vivir. La gracia tiene todo que ver con lo que Dios ha hecho por nosotros y nada que ver con lo que hacemos para él. ¿Cómo va a manifestar las riquezas de Su gracia a través de nosotros si a fin de cuentas es debido (al menos en parte), a algo que nosotros hemos hecho? Es por eso que Pablo continúa explicando, “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe.” ¿Por qué dice Pablo, “no por obras,” en vez de decir “no por obras (con la excepción del bautismo)?” Porque si fuera condicionada en alguna obra, por más mínima que sea, como la circuncisión o el bautismo en agua ya dejaría de ser gracia. Buscar ser justificado por la ley, sea lo que sea la ley, es caer de la gracia:
“Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley. 4 De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído. 5 Pues nosotros por el Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia; 6 porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor.” (Gál 5:3-6)
Aunque Pablo aquí menciona la circuncisión en vez del bautismo, el mismo principio se aplica – si uno busca ser justificado delante de Dios basado en algo que hace, en vez de lo que Cristo ya ha hecho para nuestra justificación gratuita en la cruz, entonces ha caído de la gracia y necesita arrepentirse.
No es un pecado ser circuncidado. Muchos lo hacen por motivos puramente higiénicos. Pero es un pecado contra la gracia buscar justificarse delante de Dios basado en su circuncisión o cualquier otro rito u obra que hagamos para aceptación. Buenas obras no deben ser hechas para ser aceptos delante de Dios sino que deben ser hechas desde de nuestra posición de aceptación como Sus hijos. Es una cosa obedecer a Dios como Sus hijos amados y otra cosa hacer las obras para llegar a ser Sus hijos, o para seguir siendo Sus hijos. Un obsequio de gracia tiene que ser recibido por fe solamente; de otra manera deja de ser un obsequio y llega a ser un rechazo de la gracia gratuita de Dios:
“Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra.” (Rom 11:5)
“No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.” (Gál 2:21)
No es aceptable razonar que Pablo no quería incluir el bautismo en la categoría de “obras.” Cualquier cosa que hagamos para obtener la aceptación delante de Dios en vez de simplemente recibir la justicia de Cristo solamente por la fe, convierte la salvación en un premio o algo que Dios nos debe, haciendo que la salvación ya no sea un regalo de la gracia. La salvación en el Nuevo Testamento es por gracia por medio de la fe solamente sin obras, y eso incluye el bautismo en agua.
Eso no es decir que el bautismo no es importante. Como hijos obedientes debemos observar a todo lo que nuestro Padre nos ha mandado, pero tal obediencia es la obediencia de hijos – no para llegar a ser hijos. Obedecemos como los ya aceptos y no para ser aceptos. En el Nuevo Testamento, el bautismo en agua y la Cena del Señor son presentados como ordenanzas – no sacramentos. Las ordenanzas refieren a lo que hacemos en obediencia a nuestro Señor, mientras un sacramento es por definición “un medio para obtener la gracia.” [1] Tal concepto es ajeno al Nuevo Testamento e incompatible con el evangelio de la gracia. La gracia es ofrecida gratuitamente y jamás puede ser obtenida. Solo puede ser recibida como un regalo.
Entrando en la Época Oscura, los mandatos del Señor fueron convertidos poco a poco en sacramentos, u obras que tenían que ser cumplidas para obtener la gracia de Dios. En la actualidad la Iglesia Católica Romana tiene siete sacramentos que tienen que ser debidamente observados para obtener la salvación. Estos siete sacramentos fueron declarados como esenciales para la salvación en el Concilio de Trento (1545 – 1563):
CÁNON I. Si alguien dice que los sacramentos de la Nueva Ley no fueron en su totalidad instituidos por Jesucristo nuestro Señor, o que son más o menos de siete; es decir, Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Extremaunción, Orden y Matrimonio; o que uno o todos estos siete no son verdaderamente y correctamente un sacramento; que sea anatema.
CÁNON IV. Si alguien dice que los sacramentos de la Nueva Ley no son necesarios para la salvación, sino superfluo, y que sin ellos, o sin el deseo de ellos, los hombres pueden obtener de Dios la gracia de justificación por medio de la fe solamente…que sea anatema. [2]
Mientras parece que los Anabaptistas [3] generalmente consideraban el bautismo en agua como una ordenanza para observar después de creer en el evangelio en vez de un sacramento salvífico, la mayoría de las Iglesias Protestantes Reformadas como los Luteranos, Episcopales y Metodistas seguían con la tradición de considerar la Cena del Señor y el bautismo con agua como un sacramento.
Sin embargo, hoy en día la mayoría de las Iglesias Evangélicas y Fundamentalistas rechazan la doctrina de la “Regeneración Bautismal” (la doctrina que enseña que nacemos de nuevo en el sacramento de bautismo en agua) enseñada por la Iglesia Católica Romana y perpetuada por otras Iglesias Protestantes Reformadas. La mayoría de los cristianos Evangélicos, rechazando la influencia de la tradición por encima de la Biblia, han vuelto a la doctrina bíblica de la justificación por la fe solamente, aparte de las obras, y ven la Cena del Señor y el bautismo como ordenanzas para obedecer, en vez de sacramentos necesarios para la salvación.
La Creencia que el Bautismo en Agua es necesario para la Salvación es común entre las Sectas
Una excepción notable a la posición evangélica conservadora sobre el bautismo como una ordenanza para obedecer, en vez de un sacramento que procura la salvación, es la enseñanza de muchas sectas modernas cismáticas. Una “secta cismática,” según los cristianos Evangélicos conservadores, es cualquier grupo que pretende tener revelación exclusiva a ellos mismos que socave el evangelio de Jesucristo, presentando un “evangelio” diferente, así causando división en el Cuerpo de Cristo.
El dios de este mundo no está en contra de la religión. De hecho él es el autor de ella. La religión ha servido bien su propósito - que es el de cegar los corazones de los hombres al glorioso evangelio de Jesucristo, reemplazándolo con otro “evangelio” que no es otro evangelio sino un “evangelio de la gracia mezclada.” Este evangelio de la gracia mezclada redefine la gracia, mezclándola con obras sacramentales, así invalidando por completo la gracia y haciendo como si fuera en vano la muerte de Cristo (Gál 2:21). Algunas sectas también socavan el evangelio diciendo que Jesucristo nuestro Redentor no fue Dios encarnado, sino simplemente un ángel, “un dios,” o un hombre que llegó a ser un dios.
Estoy familiarizado con las sectas cismáticas. Nací en una familia de los Adventistas del Séptimo Día en 1950. Los Adventistas han evolucionado considerablemente desde ese entonces, debido a sus esfuerzos a ser aceptados por los Evangélicos y por ese motivo estoy reticente a categorizarlos aun como una secta como muchos hacen. Sin embargo, aún están aferrados a los escritos de su profetiza Ellen G. White, interpretando la Biblia a la luz de sus escritos en vez de juzgar sus profecías por las Escrituras como Pablo nos manda hacer (1Cor 14:29). Muchas de sus revelaciones – en especial los primeros, son anti-bíblicas y muy difíciles de reconciliar con el evangelio de la gracia como presentado en las Escrituras y los Evangelios.
Como niño, no recuerdo haber oído el puro evangelio. Lo que recuerdo es ser enseñado que el “tiempo de aflicción” o tribulación (inglés “time of trouble”) podría comenzar en cualquier momento, y que uno tenía que llegar a estar sin pecado antes, porque durante ese tiempo Jesús ya no estará intercediendo por nosotros en el santuario celestial. Así que ningún pecado cometido durante aquel tiempo sería perdonado jamás.
A los 12 años di la espalda a la Iglesia y al Dios que pensé que conocía, y logré convencerme que era ateo hasta tocar fondo cuando tenía 18 años. Un día en el trabajo clamé de corazón a Dios y le dije: “Señor, quiero vivir por ti pero no puedo.” En ese momento por primera vez escuché la voz de Dios. Él me dijo: “He estado esperando que dijeras eso. Ahora vas a ver lo que yo haré por ti.” Desde ese momento, sabía que algo era nuevo en mi interior. El siguiente domingo en la noche asistí a una Iglesia Bautista donde un misionero del África estaba compartiendo. A la mitad del servicio el Espíritu del Señor vino sobre mí de una manera maravillosa y poderosa. Me mostró que desde ese momento pertenecía a la familia de Dios. Sentí como barriles de amor líquido estaban siendo derramados sobre mí, lavándome y limpiándome. Hasta ese momento era un drogadicto y delincuente compulsivo, pero desde ese instante todas mis cadenas cayeron. La presencia del Señor era tan maravillosa que el pecado y las tentaciones ya no me atraían.
Unas semanas después de mi encuentro con el Señor, uno de mis compañeros del trabajo, que era de los Pentecostales Unidos, me preguntó si había sido bautizado. Cuando le dije que no, me dijo que necesitaba ser bautizado y me invitó al servicio del miércoles en su iglesia. Como me gustaba ir a la iglesia dije que sí. No tenía idea de lo que me esperaba. Era un grupo pequeño esa noche, y todos se juntaron alrededor de mí. Me dijeron que aún no era salvo. Dijeron que, para ser salvo era necesario ser bautizado en el Espíritu con la evidencia de hablar en lenguas, y que era necesario ser bautizado en el nombre de Jesús.
Estaba desconcertado. Sabía que yo era una persona nueva desde el momento que recibí a Cristo, pero ellos insistían que no entendería lo que realmente significa ser salvo hasta recibir al Espíritu Santo con el hablar en lenguas. Pero por cuanto intentaba, no pude experimentar lo que ellos describían y hablar en lenguas. Me dijeron que tenía que haber pecado en mi vida que necesitaba renunciar antes, pero no podía pensar en nada. Estaba tan enamorado de Jesús que no quería nada en mi vida contrario a Su voluntad y estaba muy dispuesto a confesar cualquier pecado.
Después que habían orado por mí un par de horas en vano mientras me decían que simplemente dejara salir las lenguas, ellos finalmente se dieron por vencidos y me dejaron ir. Esa noche casi no dormí. Estaba confundido. La próxima mañana el compañero del trabajo me regaló un manojo de su literatura explicando sus doctrinas. Eso era lo mejor que me hubiera podido hacer. Llevé la literatura a casa y con la Biblia abierta, buscaba cada texto de prueba que ellos presentaban. En las pocas semanas que había conocido al Señor ya había leído el Nuevo Testamento más de una vez y alguien me había enseñado como usar mi Strong’s Concordancia Exhaustiva nueva (todavía tengo la misma concordancia unos 50 años después). Basado en el poco conocimiento que había acumulado en ese breve tiempo, descubrí varios errores en su doctrina y mi sentido de paz y el gozo del Señor volvió. Cuando le mostré a mi compañero desde las Escrituras por qué sentí que estaban errados, me di cuenta que no tenía respuestas satisfactorias. Él dejó de “evangelizarme” y pude poner ese encuentro confuso con una secta cismática atrás.
Unos días después, otro compañero del trabajo que era de la Iglesia de Cristo me confrontó, preguntándome si había sido bautizado. Cuando le dije que no, él me dijo que aún estaba en mis pecados porque es el bautismo en agua que nos salva. Esta vez tenía más conocimiento de la verdad acerca del bautismo y sus textos de prueba no me convencieron. Sin embargo decidí encontrar a un pastor que me bautizara para que las sectas me dejaran en paz. [4] El pastor de la iglesia donde asistía no bautizaba nuevos convertidos, dando tiempo para ver evidencias de que habían realmente nacido de nuevo.
Desde el año 2000, mi esposa, mis hijos y yo hemos estado sirviendo como misioneros en la pequeña ciudad remota de Mitú, en el corazón de la selva Colombiana del Amazonas. En el año 2005, nuestra congregación estaba creciendo rápidamente. Habían convertidos siendo bautizados cada pocas semanas. Uno de los nuevos convertidos fue una mujer indígena, que descubrí más tarde, practicaba una de las brujerías más pesadas de Brasil. Aparentaba estar muy entregada al Señor. A menudo decía cosas raras, pero razonaba que ella era una creyente nueva y era difícil entenderla de todas formas porque su español estaba mezclado con su lengua indígena, y que, con el tiempo, bajo la enseñanza de la Palabra ella cambiaría.
Sin embargo, después de unas semanas empezamos a tener preocupaciones. Ella oraba por los enfermos y parecía que recibían sanidad y ella comenzó a dar profecías y contar sueños donde supuestamente le fue revelado que iba a ser el nuevo líder, y debido al fenómeno sobrenatural que la acompañaba, los nuevos convertidos - y hasta un par de familias que habían estado con nosotros por mucho tiempo, comenzaron a seguirla a ella. Algunos de ellos me preguntaron si ella podía bautizarlos en vez de yo, y en el momento no vi ningún problema con eso. Pero dentro de una semana de ese bautismo, ella llevó su grupo, que era casi la mitad de la congregación, y comenzó a tener reuniones en su casa. Su nueva iglesia solo duró unas semanas. Comenzó volviendo a bautizar a todos los que habían sido bautizados por mí. Y ese primer domingo, bautizando en el río agarraban a la gente pasando, insistiendo que ellos se bautizaran con tal de ser salvos.
Ella ordenó a todos, incluyendo a los niños, a entrar en un ayuno de tres semanas para cerrar nuestra iglesia. Los que la seguían eran totalmente embrujados. El mismo domingo del bautismo ella les mandó a quemar todo lo que tenían de color negro porque el negro era malo. Hicieron una gran fogata al lado del río donde quemaban sus televisores, muebles, ropa – cualquier cosa negra. Pintaron las paredes exteriores de nuestra iglesia con pintura negra. Recogían flores para echar a sus pies cuando salía de su cuarto a la sala donde tenían sus reuniones y se postraban ante ella. En presencia de ella había fenómenos como polvo de oro cayendo alrededor de ella y una nube de gloria, etc., que los mantenía hipnotizados, haciendo todo lo que ella pedía. A la mitad de la segunda semana del ayuno que ella había declarado para cerrar nuestra iglesia, uno de los padres que no era discípulo de ella la reportó a las autoridades que ella tenía a sus hijos encerrados para no romper el ayuno. Cuando llegó la policía, la encontraron a ella desnuda con los niños. A pesar de ese incidente, muchos de ellos seguían bajo su influencia. Unas semanas después ella se fue y jamás regresó, pero algunos de sus seguidores continuaban bajo su hechizo, mandándole ofrendas.
Por estas experiencias con las sectas a través de los años he aprendido a sospechar cualquier grupo cuyo líder insista que el bautismo en agua es necesario para la salvación. El enemigo es el maestro del engaño y hará cualquier cosa dentro de su poder para socavar el evangelio no adulterado que declara que Jesús lo hizo todo, y que nosotros simplemente respondemos en fe. Él hasta hace falsos milagros y señales pero detrás de esto es la doctrina que dice que tenemos que hacer algo para recibir el don de la gracia de Dios. Puede que no lo llamen un sacramento como hacen los Católicos, pero siempre es algo que tenemos que hacer para obtener la gracia de Dios – algo adicional más allá de simplemente recibir la salvación de Dios como un puro regalo de gracia, de Su corazón a nosotros.
Hace poco, alguien compartió un documental de una hora y media en Facebook, llamado “La Última Reforma,” producido por Torben Søndergaard de Dinamarca. Era una presentación bien editada mostrando milagro tras milagro. Dado que yo creo que los milagros siguen a los que predican el evangelio, estaba emocionado – eso fue hasta que vi que presentaba el bautismo en agua con el bautismo en el Espíritu y con el hablar en lenguas como necesarios para la salvación, en adición a la fe.
Como el video no se enfocaba en el tema del bautismo y fue mi deseo creer que era un nuevo mover de Dios, decidí visitar su sitio web. Compré su libro “La Última Reforma,” que básicamente presenta un modelo de vida de la Iglesia similar a lo del libro de los Hechos, y aunque hablaba de la importancia de ser bautizado inmediatamente al arrepentirse y creer en el evangelio, él no dijo que el bautismo era un sacramento, o algo necesario para la salvación. Buscando en Amazon, estaba sorprendido al encontrar otro libro del mismo título, “La Última Reforma,” escrito hace un siglo por F.G. Smith. Fue obvio que el libro de Torben estaba basado en el mismo libro de Smith. Sin embargo, Smith hablaba en contra de la salvación bautismal, mostrando como la Iglesia primitiva consideraba el bautismo en agua una ordenanza y no un sacramento. Smith mostró como el bautismo sacramental era una de las perversiones del evangelio que fue introducido en la Iglesia entrando en la Época Oscura.
Sin embargo, he estado expuesto a muchas sectas a través de los años – especialmente en el avivamiento de Jesús durante los ´70, y no podía evitar la premonición de que había algo errado con el movimiento “Última Reforma” de Torben. Así que volví a visitar su página web y comencé a escuchar sus enseñanzas en MP3 audio. Es en esas enseñanzas donde él explica que el Señor le dio una revelación mayor sobre la salvación por el bautismo con agua, que aún no tenía cuando escribió su libro, “La Última Reforma.” Él explica que era después de escribir su libro que él llegó a ver que no es solamente el arrepentirnos y creer lo que nos salva, sino que hay varios pasos más que uno tiene que tomar para concretar la transacción. Aquí están algunas citas tomadas de los videos de sus enseñanzas:
“Tenemos que cambiar nuestra manera de salvación y ver que la salvación no es una sola cosa, son más cosas juntas. Y no podemos dividir estas tres cosas (arrepentimiento y fe, el bautismo en agua y bautismo en el Espíritu con el hablar en lenguas). No es suficiente creer en Jesús solamente.” (video 10, 9:00 min.)
“En el arrepentimiento, esto es solamente el comienzo: estás comenzando a ser salvo. Allí recibes el nuevo corazón. Pero no es suficiente arrepentirse y creer en Jesús – también necesitas obedecer a la palabra de Jesús y bautizarte en agua, porque con el bautismo en agua entierras la vieja vida. Pero esto tampoco es suficiente: necesitas ser bautizado con el Espíritu Santo porque allí recibes lo que necesitas para vivir la vida cristiana, guiado por el Espíritu.” (video 10, 8:32 min.)
Cuando el carcelero Filipense preguntó a Pablo y a Silas: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?,” su respuesta fue solamente: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo.” (Hch 16:31). Sin embargo, según Torben, necesitamos cambiar nuestra manera de salvación y ver que no es suficiente creer en Jesús, y entender que creer es solamente el comienzo de un proceso de salvación. Y, ¿por cuánto tiempo tiene que continuar este proceso hasta ser salvos y seguros? Según él, no tendremos una salvación completa y segura hasta comer del Árbol de la Vida en la Nueva Jerusalén. Él dice:
“¿Creo yo que una vez uno es salvo es salvo para siempre? Sí. Una vez que comamos del Árbol de la Vida en el último capítulo de la Biblia…. Un día no podemos perder la salvación. Eso es el día que comamos del Árbol de la Vida.” (video 08, 1:12:17; video 15, 0:37:56)
Jesús dijo: “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, TIENE vida eterna.” (Juan 6:47). Pero Torben responde: “No tan rápido. Uno no puede estar seguro de su salvación y la vida eterna hasta después de morirse.” Debe ser obvio que su nuevo camino a la salvación no es lo enseñado por Jesús y por Sus apóstoles. Él invalida la gracia de Dios, convirtiendo las ordenanzas del Señor en sacramentos que tenemos que cumplir para ganar la gracia. Él es un ejemplo clásico de un maestro de la gracia mezclado, que intenta redefinir la gracia, convirtiendo la gracia de Dios en algo que tenemos que ganar. Él dice acerca de la gracia de Dios:
“Puedo ser tan atrevido como para decirles que todo lo que han oído de la gracia de Dios y acerca del Nuevo y Antiguo Pacto ha sido una mentira.” (video 15, 1:07:35)
La Reforma, bajo el liderazgo de Martín Lutero, parcialmente restauró la doctrina bíblica de la justificación por gracia por medio de la fe, dejando de enseñar todos los sacramentos con excepción de dos: La Santa Comunión y la Regeneración Bautismal. Una “Última Reforma” lógicamente continuaría la verdad de la justificación por la fe solamente, aparte de obras, removiendo todas las obras sacramentales requeridas para ganar la gracia gratuita de Dios, incluyendo la Santa Comunión y la Regeneración Bautismal. Sin embargo, el “nuevo camino de la salvación” presentado por Torben es una regresión a la salvación sacramental de la Época Oscura – un reverso total de la Reforma comenzada en el Siglo XVI.
Señales y maravillas siguen a los que creen en Jesús, mientras van proclamando las buenas nuevas de salvación por la gracia por medio de la fe, en obediencia a Su mandato. Pero, mientras Jesús promete que señales seguirán a los que creen, Él también advirtió que es una generación mala y perversa la que pide señales (Mt 16:4). Ha sido mi experiencia que, mientras nos ocupamos en ministrar a los perdidos y compartimos las buenas nuevas, el Señor a menudo sana y libera a los que estamos ministrando. Sin embargo, tendemos a hacer lo opuesto. Corremos de aquí para allá buscando señales en vez de ocuparnos con la proclamación del evangelio en fe y obediencia, dejando que las señales nos sigan.
Si somos honestos, la mayoría de nosotros tendríamos que confesar que es nuestra tendencia enfocarnos en nosotros mismos, corriendo de aquí para allá buscando señales y maravillas para fortalecer nuestra fe en vez de estar enfocados en las necesidades de otros que están perdidos y heridos - necesitados de las buenas nuevas de la salvación, simplemente dejando que el Señor nos use como a Él le plazca. Si nuestros motivos y prioridades son equivocados, llegamos a ser susceptibles al engaño y falsas doctrinas ocultándose detrás de señales y maravillas. Por el otro lado, si nuestros motivos están alineados con los de Cristo, quedaremos atónitos y maravillados por las señales y maravillas asombrosas siendo cumplidos al beneficio de los que Jesús quiere tocar.
Muy a menudo somos embrujados por ver piernas estiradas, dolores de cabeza y espalda sanados, polvo de oro, plumas, etc., etc., suponiendo que todas estas manifestaciones son evidencia de que Dios está con ellos sin tomar el tiempo para examinar su doctrina o mirar sus frutos (carácter y hechos).
Pablo comendó a los de Berea, diciendo que eran nobles porque no rechazaron su mensaje simplemente porque era algo nuevo para ellos. Sin embargo, no estaban convencidos basados solamente en las señales y maravillas que él hizo, sino que escudriñaban cada día las Escrituras para ver si las cosas proclamadas por Pablo eran así (Hch 17:11). Eso es lo que me gustaría invitarte hacer conmigo - que examinemos las Escrituras para ver lo que tienen que decir acerca del bautismo en agua.
La Verdad Fundamental del Evangelio
El fundamento del evangelio no es lo que hemos hecho, estamos haciendo, o haremos, sino lo que Jesús hizo por nosotros en Su muerte y resurrección. Dios en Su bondad y misericordia, pagó nuestra deuda en su totalidad y nos da Su perfecta justicia como un obsequio que simplemente recibimos por fe (Rom 3:22-24). Si hubiera tan solo una cosa que tuviéramos que hacer para obtener Su justicia, entonces dejaría de ser un regalo. Cuando el recipiente tiene que hacer algo más que recibirlo, entonces es una transacción – no un regalo (si tú… entonces yo….).
Aunque la única respuesta razonable, al recibir la salvación gratuita de Dios, sería ofrecernos a Él como un sacrificio vivo para amarle y obedecerlo, tal respuesta no debe ser tomada como ganando o reembolsándole a Dios por Su obsequio. Tal motivo para servir sería una afrenta a la gracia de Dios e inaceptable.
Si un padre fuera comprar un nuevo carro deportivo como regalo de grado, ¿Cómo se sentiría el padre si una semana después el hijo fuera entregarle un cheque de $100 a su padre diciéndole: “Aquí tienes papá. Esto es mi primer pago”? ¿No sería eso un insulto a la generosidad de su padre? Sin embargo, esa es la manera en que muchos entienden el regalo de la salvación, dado por nuestro Padre.
O peor aún, muchos son como Torben que dicen que uno no puede estar seguro de que el regalo realmente es nuestro hasta después de la muerte. Eso es como si el padre fuera dar al hijo el regalo de grado del carro deportivo, diciendo que era un regalo, pero que él iba a tener que esperar por muchos años más para ver si merecía recibirlo o no. ¿Podría ser considerado el carro deportivo como un regalo en este caso? No. Solo sería un regalo si fue dado sin condiciones. De la misma manera, nuestra salvación es un regalo, dado una vez para siempre al recibirlo. En el mismo momento que creímos fuimos sellados hasta el día de la redención:
“En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, 14 que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.” (Ef 1:13-14)
“Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.” (Ef 4:30)
Es al creer – no al ser bautizado, etc., etc., que uno es salvo y sellado por el Espíritu Santo. Y este sello no es un sello que puede ser roto en cualquier momento: Hemos sido sellados con el Espíritu Santo hasta el día de la redención, i.e. cuando Jesús nos lleva a estar con Él. Jesús dijo acerca de la permanencia del regalo de la salvación:
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, 28 y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. 29 Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. 30 Yo y el Padre uno somos.” (Juan 10:27-30)
Cuando creemos recibimos la vida eterna como un regalo y el resultado es que no pereceremos jamás. Algunos dirían que el regalo de la vida eterna aquí es condicional - que depende en que le sigamos. Sin embargo, cuando Jesús dice que Sus ovejas le siguen, Él está haciendo una afirmación: no está condicionando la vida eterna en si le seguimos o no. Una oveja sigue a su pastor porque es del pastor – no para llegar a ser oveja del pastor. De la misma manera, seguimos a nuestro Pastor porque somos Suyos – no para llegar a ser Suyos. El regalo de Dios de vida eterna nos hace inseparables de Dios y nos hace seguirlo – andando con Él.
Es solamente por el sacrificio de Cristo, hecho una vez para siempre, que nos ha perfeccionado para siempre: “porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Heb 10:14). El religionista cambiaría el orden y el tiempo de este versículo, haciendo que diga: “Los que están siendo santificados algún día serán perfeccionados para siempre (i.e. cuando coman del Árbol de Vida después de la muerte). Mientras que el escritor de Hebreos presenta el regalo de la salvación como un regalo completo incluyendo la salvación pasada, presente y futura, el religionista hace que la salvación sea algo que recibamos en plazos o sacramentos - como premios y no como un obsequio.
Una vez que verdaderamente entendemos que la salvación es un regalo de gracia, entonces sabemos que lo único necesario para la salvación es recibirla por fe. Un regalo de gracia no puede ser ganado, de otra manera deja de ser un regalo. Es por eso que Pablo dice que es un regalo de Dios, no por obras, para que nadie se gloríe (Ef 2:8,9). Decir que uno no es salvo porque solamente recibieron a Cristo sin hacer tal y tal cosa (circuncisión, bautismo, etc.), es intentar convertir el regalo de Dios en un premio o un pago. Como Pablo decía acerca de la nación de Israel en su tiempo:
“Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia. 6 Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra.” (Rom 11:5-6)
La fe que salva es fe solamente. Las obras que siguen la salvación inicial son parte del regalo de la gracia (Ef 2:10). Nuestra justificación vino como resultado de Su muerte. Nuestras obras de la nueva creación son el resultado de Su resurrección. Nuestra obediencia de fe como nuevas criaturas en Cristo son nada más y nada menos que la vida de resurrección de Cristo obrando en nosotros, dándonos el querer y el poder para hacer lo que a Él le plazca. De esta manera toda jactancia es excluida – no solamente en cuanto a obras para salvación, sino también obras después de ser salvo:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe.” (Ef 2:8-9)
Aquí vemos que la salvación es un regalo de gracia que hemos recibido en el pasado por la fe solamente, así excluyendo toda jactancia. En 1Corintios, Pablo enfatiza que no solamente es la justificación inicial exclusivamente una obra de Dios, excluyendo así toda jactancia, sino que la santificación presente y hasta la redención futura - todos son parte del regalo de la gracia, así excluyendo toda jactancia:
“Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; 27 sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; 28 y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, 29 a fin de que nadie se jacte en su presencia. 30 Mas POR ÉL estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; 31 para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.” (1Cor 1:26-31)
Mientras la mente religiosa tiene gran dificultad para creer que la salvación: pasado, presente y futuro es todo de Él – solamente recibida por la fe sin obras, eso es precisamente lo que encontramos en el Nuevo Testamento. Eso es lo que hace que sean las “buenas nuevas.” Es un REGALO gratuito de la gracia de Dios, simplemente recibido por fe. Cuando unas personas le preguntaron a Jesús: “¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras (pl.) de Dios?” Jesús les respondió diciéndo: “Esta es la obra (sing.) de Dios, que creáis en el que él ha enviado.” (Juan 6:28-29). La mente religiosa sigue insistiendo, “sí, ya lo sé, pero, ¿Qué tengo yo que hacer para ser salvo?” En las epístolas, después de la cruz, vemos a Pablo y Silas respondiendo a la misma pregunta de la misma manera, diciendo: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo.” (Hch 16:31). No fue hasta que el carcelero y su familia ya habían creído, recibiendo la salvación como un regalo, que Pablo y Silas les bautizó. Bautismo es algo que sigue la salvación – no algo que la obtiene.
Siguiendo la ilustración del padre regalando el nuevo carro deportivo a su hijo, desde el momento en que su padre compró el carro, era un regalo para su hijo. Lo único que el hijo tuvo que hacer fue recibir las llaves y era suyo. Obviamente, necesita meter las llaves y prender el motor para disfrutar de su regalo pero no era el acto de meter las llaves que hizo que el carro fuera su posesión. Lo que hizo que el carro fuera su posesión fue recibirlo como un regalo por fe. Seguramente, sabiendo que el carro es de él, hará muchas cosas que no podía hacer antes porque ahora tiene el carro, pero el carro no llegó a ser suyo porque metió las llaves y lo manejó. Es igual con la salvación. Hay muchas cosas que haremos que no podíamos hacer antes de recibir la salvación, pero no somos salvos por las cosas que hacemos. Es un regalo, comprado en la cruz a gran precio y es ofrecido gratuitamente a todos los que lo reciban. Aunque muchas obras siguen la salvación, no hay sacramentos u obras necesarias para obtener o mantenerla – de otra forma no sería un regalo.
Capítulo uno: ¿Qué es el Bautismo en Agua?
Habiendo visto que el bautismo sigue el regalo de la salvación en vez de ser un medio para recibirla, podemos ver el bautismo más de cerca para entender qué es, y por qué somos mandados a bautizarnos al recibir la salvación por fe.
Bautismo es Sumersión
Aunque la Iglesia tradicional se apartó de la práctica del bautismo por sumersión – solo salpicando con “agua bendita,” Jesús mandó a Sus discípulos a sumergirse en agua a los que creían – no simplemente salpicarlos. La palabra “bautizar” es la palabra griega baptizo que significa “inmergir o sumergir.” La palabra bapto se usaba para referirse al proceso de teñir tela, sumergiéndola en el tinte hasta que la tela quedaba impregnada con el color del tinte. [5]
También podemos ver que el bautismo era por sumersión examinando algunos de los pasajes en el Nuevo Testamento donde bautismos ocurrían:
“Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan EN el Jordán. 10 Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él.” (Marcos 1:9,10)
“Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al (gr. eís “dentro de”) agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó. 39 Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; y el eunuco no le vio más, y siguió gozoso su camino.” (Hch 8:38,39)
Aparte del hecho de que el bautismo literalmente significa sumergir, podemos ver por expresiones como “descender en el agua” y “subir del agua” que el bautismo por sumersión es la forma practicada en el Nuevo Testamento. De hecho, la única razón por la cual baptizo fue transliterada en vez de traducida en nuestras versiones en español era porque contradecía el sacramento tradicional de bautizar salpicando en vez de hacerlo por sumersión como vemos en el Nuevo Testamento. Entonces, ¿Por qué abandonaron la práctica de sumersión a favor de aspersión?
Una vez adoptada la doctrina de la Regeneración Bautismal, haciendo el bautismo necesario para la salvación, la Iglesia tuvo un dilema: ¿Qué podemos hacer con los que necesitan ser bautizados donde no hay suficiente agua o cuando el individuo es demasiado enfermo o herido para sumergir en el agua? Para resolver este dilema la Iglesia comenzó a aceptar efusión (riego) o aspersión (salpicadura) como métodos alternativos. Aunque estos métodos alternativos del bautismo no adecuadamente ilustran nuestra identificación con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección como hace la sumersión, fueron necesitados por su doctrina de la Regeneración Bautismal, porque muchos se arrepentían y creían pero no había agua disponible o la enfermedad o heridas hacían impráctico o imposible sumergirlos para que pudieran ser salvos. [6]
El Bautismo en Agua es una Representación Visible de una Realidad Espiritual
La Biblia es un libro lleno de figuras, imágenes, y sombras dadas para ilustrar la obra de Cristo en la cruz. Los sacrificios no podían quitar los pecados, sino que eran figuras o imágenes ilustrando el sacrificio de Cristo que quitaría de una vez para siempre los pecados del mundo, haciendo disponible la salvación a todos los que crean (Heb 10:3,4,12).
Las dos ordenanzas del Nuevo Testamento, de la misma manera que los sacrificios y ceremonias del Antiguo Pacto, son imágenes ilustrando nuestra participación en lo que Él hizo por nosotros, iniciando el Nuevo Pacto de la gracia. La primera Cena del Señor tomó lugar en el primer Día de los Panes sin Levadura al comienzo de la Pascua ese año. Ese mismo día Jesús, nuestro Cordero de Pascua, se ofreció a Si mismo por nosotros. Para nuestra mente occidental Jesús fue crucificado el próximo día, pero el día judío de la Pascua, (el 14 de Nissan), comenzaba al ponerse el sol y termina al ponerse el sol el próximo día – no de la medianoche a la medianoche, como nosotros contamos los días.
En la fiesta de los Panes Sin Levadura, los judíos comenzaban con una cena. Estando en la mesa, la cabeza de la casa tomaba el pan sin levadura, lo partía en dos y lo pasaba a los demás para que todos ellos participaran. Entonces tomaba la copa de vino y lo pasaba para que cada uno tomara de la copa. Esta cena no era algo nuevo para los discípulos. La habían celebrado cada año en el mismo 14 de Nissan del calendario judío. Sin embargo, esta celebración de la cena de los Panes sin Levadura iba a ser única porque Jesús iba a explicarles qué era lo que representaba la ceremonia. Imagina que estás en sus sandalias pensando que solamente van a participar una vez más en ese rito. Pero, en ese momento Jesús, por primera vez, explica lo que siempre había representado:
“Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. 27 Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; 28 porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados. 29 Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.” (Mt 26:26-29)
En ese momento, Él les reveló que el pan sin levadura que partían ceremonialmente cada año representaba Su cuerpo sin pecado que iba a ser partido en ese mismo día por ellos, y que el vino representaba Su propia sangre que Él, como nuestro Cordero de Pascua, derramaría por la remisión de los pecados, introduciendo el Nuevo Pacto en el cual Dios no se acuerda más de nuestros pecados (Jer 31:31-34).
Siglos después, la Iglesia Católica Romana introduciría la doctrina de la Transubstanciación, que enseña que en la Santa Cena el pan literalmente se convierte en el cuerpo de Cristo y el vino es transformado literalmente en la sangre de Cristo. La Cena del Señor, que Él estableció como una ordenanza para hacer en memoria de Él (Lucas 22:19), llegó a ser otro sacramento u obra necesaria para la salvación.
Sin embargo, lo que no toman en cuenta aquellos que creen esto, es que, cuando Jesús instituyó esta ordenanza Él aún no había dado Su cuerpo ni derramado Su sangre. Así que, en la primera Cena del Señor no pudo haber sido el cuerpo y la sangre literal de Cristo que ellos estaban tomando. Él simplemente les estaba explicando qué representaban el pan y el vino que siempre tomaban en la cena de los Panes sin Levadura cada año. Si yo fuera a mostrarte una foto de mi esposa y decirte: “Esta es mi esposa,” ¿pensarías que estaba casado con una foto? Claro que no. Todos entendemos que es solamente un imagen y una representación de otra realidad – mi esposa. ¡Imagínate si tú fueras a andar diciéndole a todo el mundo que yo estaba casado con una foto! Todos dirían que estabas loco. Todos entienden que solamente es una representación – una imagen de una realidad mayor – mi esposa. Sin embargo, los religionistas a menudo son tan místicos que conviertan meras sombras en realidad.
La tradición hizo lo mismo con el bautismo en agua que lo que hicieron con la Cena del Señor. Tomaron el bautismo del Nuevo Pacto, que es una figura de nuestra identificación con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección por nosotros, y declaró que es el bautismo en agua lo que literalmente nos une con Cristo en Su muerte y resurrección. Así que, en vez de ver el bautismo como un testimonio externo de nuestra unión con Cristo, hacen que sea un sacramento que tenemos que observar para llegar a ser unidos con Cristo y recibir la salvación.
El Bautismo en Agua es una Imagen de lo que el Espíritu Santo hace en el momento en que uno cree
“Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.” (1Cor 12:13)
En el momento que creímos y recibimos a Cristo fuimos bautizados en el Cuerpo de Cristo por el Espíritu Santo; regenerados con la vida eterna de Cristo y sellados con el Espíritu Santo hasta el día de la redención (Ef 1:13,14; 4:30). Este bautismo, regeneración y sellamiento no es algo observable en lo que activamente participamos. Es lo que el Espíritu Santo hizo en el momento que creímos el evangelio y recibimos a Cristo.
Muchos no reconocen la distinción importante entre el bautismo por el Espíritu y el bautismo en el Espíritu. Tenga en mente que bautizar es sumergir. En el bautismo por el Espíritu el Espíritu Santo, es el agente bautizando, y Cristo es la persona en quien somos bautizados. En cambio, con el bautismo en el Espíritu Santo, Cristo es el agente y el Espíritu Santo es la persona en quien somos bautizados:
“Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.” (Mt 3:11)
“Yo a la verdad os he bautizado con (en) agua; pero él os bautizará con (en) Espíritu Santo.” (Marcos 1:8)
“Yo os he bautizado en agua, pero él os bautizará en el Espíritu Santo.” (Marcos 1:8 RVA)
Aquí Juan el Bautista, que bautizaba en agua, habló de Cristo que vendría después de él, bautizando en el Espíritu Santo. Algunas traducciones tradicionales traducen la preposición griega “en” como si fuera “con” en vez del sentido normal que es “en.” La razón es obvia. Como abandonaron el bautismo por sumersión entrando en la Época Oscura, no podían traducir el griego “en” como “en” porque “en” en español expresa inmersión. Sin embargo, de las 2,752 ocurrencias de la preposición griego “en” encontrados en el Nuevo Testamento, solo vi unas pocas instancias donde se puede justificar el traducir el griego “en” por “con” en español, y traduciéndola como “con” cuando habla de sumersión no se justifica. Solamente insisten en esta rendición para poder justificar su sacramento de bautismo por aspersión en lugar de sumersión. Algunas traducciones han corregido esto, como vemos en la Reina Valera Actualizada (RVA) citada arriba. Otras versiones; para apaciguar a los sacramentalistas tradicionales, solo dan la lectura alterna “en” en sus anotaciones.
Mientras que el bautismo en el Espíritu es a menudo acompañado con una experiencia que puede ser observada por otros (Hch 8:18; 10:44-46), el bautismo por el Espíritu no es algo que experimentamos – sucede en el momento que creemos y recibimos a Jesús. En ese momento llegamos a ser uno con Cristo porque el Espíritu Santo nos bautizó o sumergió en Él. “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.” (1Cor 12:13). Desde ese momento, si somos conscientes de eso o no, Su muerte al pecado es nuestra muerte al pecado - Su resurrección es nuestra resurrección a la vida eterna:
“¿Ignoráis que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? 4 Pues, por el bautismo fuimos sepultados juntamente con él en la muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida.” (Rom 6:3-4 RVA)
Este pasaje se refiere al verdadero bautismo que nos salva en el instante que creemos – la sumersión por el Espíritu Santo, uniéndonos a Cristo. Algunos erróneamente piensan que se está refiriendo al bautismo en agua, pero el bautismo en agua es solamente una imagen, una representación externa de esta unión con Cristo que sucedió cuando el Espíritu nos bautizó en Cristo (no en agua). Esto es un evento espiritual del cual el bautismo en agua es solamente una figura, de la misma manera que el pan y el vino en la Cena del Señor. Tenemos que cuidarnos de las tendencias religiosas y humanistas de tomar la salvación - que es del Señor, haciendo que, a fin de cuentas, dependa de lo que nosotros hacemos y no lo que Él ya ha hecho por nosotros. Las Escrituras son muy enfáticas en decir:
“Mas POR ÉL estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; 31 para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.” (1Cor 1:30-31)
La mayoría aceptaría que muchos muriendo en el campo de batalla o agonizando clamaran al Señor y fueran salvos sin necesidad de ser bautizados, igual como con el ladrón en la cruz. La mayoría tenemos amigos o familiares que recibieron a Cristo al último momento y estamos confiados de que fueron salvos y están con el Señor. ¿Por qué? Porque en el momento en que creemos somos salvos, sellados con el Espíritu, nacidos de nuevo del Espíritu y unidos con Cristo por el Espíritu. Si no fuera así, ¿de qué servirían los capellanes militares y hospitalarios?
Otro texto que es erróneamente aplicado al bautismo en agua es el siguiente:
“En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo; 12 sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos.” (Col 2:11-12)
En este pasaje vemos que, tanto la circuncisión y el bautismo mencionados no son físicos sino espirituales – no algo que hace el hombre sino algo que hace Dios. Los que promueven la doctrina de la salvación por el bautismo en agua nos acusan de estar haciendo una separación entre lo físico y lo espiritual, pero eso es precisamente lo que vemos hacer a Jesús y los discípulos. En las Escrituras, vemos que son los carnales los que no logran distinguir entre el rito y la realidad.
El error de no distinguir el pan y vino físico, con la aplicación espiritual al sacrificio de Cristo en la cruz, resultó en la doctrina de la transubstanciación, que sostiene que el pan y vino se convierten en el cuerpo y sangre literal de Cristo. En el video de propaganda de Torben Søndergaard “La Última Reforma,” encontramos este mismo error aplicado al bautismo en agua:
“A menudo vemos el bautismo como una señal externa a una realidad interna. Y lo que es interesante con esa definición es que toma lo espiritual y lo físico y separa completamente estas dos cosas. Y como resultado solo vemos el bautismo como algo ceremonial que no tiene conexión alguna en la esfera espiritual. En otras palabras, es como una confirmación de algo ceremonial que no tiene conexión con nada en la esfera del espíritu. Pero el bautismo es muy diferente a esto. Lo que hemos descubierto es que el bautismo no es algo que es simplemente sacramental como una señal de una realidad interior. Estamos viendo que cuando desciendes en esa agua el Espíritu de Dios está tocando eso, y cuando el físico y el espiritual se conectan en el bautismo en agua Dios hace algo milagroso.” (“La Última Reforma” 50:30 min.)
Al contrario, así como la Cena del Señor fue instituida como una ordenanza (no un sacramento), para recordar lo que Cristo hizo en la cruz, de la misma manera el bautismo en agua es una ordenanza (no un sacramento), recordando lo que el Espíritu hizo cuando creímos, uniéndonos con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección a vida nueva. Pablo compara el bautismo con la circuncisión, enfatizando que la verdadera circuncisión, de la cual la circuncisión en la carne solamente es una figura, es la circuncisión de Cristo hecha sin manos. De la misma manera, el verdadero bautismo es el bautismo hecho por el Espíritu y no hecho por los hombres.
El Bautismo en Agua No nos Salva
“…esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua. 21 El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo.” (1Pedro 3:20,21)
En este texto, Pedro hace un paralelo entre la salvación de Noé y su familia de la destrucción del diluvio y el bautismo que nos salva a nosotros. Sin embargo, él rápidamente aclara que no está refiriéndose al bautismo en agua sino a nuestra unión con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección. Él comienza diciendo que la salvación de Noé y su familia de la destrucción en el Arca es como nuestra salvación de la destrucción, siendo unidos con Cristo en Su resurrección, pero se da cuenta que puede ser malinterpretado. Es por eso que incluyó la aclaración en paréntesis “(no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios).”
Pedro quiere dejar en claro que el bautismo en agua no es lo que salva, sino que la salvación es el resultado de “una buena conciencia hacia Dios,” o en otras palabras, una respuesta de “una fe no fingida.” Si no fuera por algunos que podían malinterpretarlo, pensando que él estaba hablando del bautismo en agua, no habría necesitado incluir la oración parentética. Simplemente hubiera dicho: “El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva - por la resurrección de Jesucristo.” Es el bautismo por el Espíritu que nos une con Cristo en Su resurrección – no el bautismo en agua. [7] “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo.” (1 Cor 12:13)
Si agregamos solamente un elemento humano al regalo de nuestra salvación por la gracia de Dios, deja de ser de gracia y llega a ser un mensaje de la gracia mezclada. Excluiría millones de creyentes que, por una razón u otra, murieron antes de recibir el bautismo en agua. Excluiría a los que creyeron en el último momento antes de morirse. Excluiría a todos los millones de creyentes que no fueron bautizados porque su iglesia no practicaba el bautismo en agua inmediatamente después de creer. Excluiría a los que vivían en áreas donde el agua era demasiado escasa, obligándoles a esperar.
Aún excluiría al ladrón en la cruz, a pesar del hecho que Jesús le prometió que estaría con Él en el paraíso ese mismo día después de morirse. Su salvación – al igual que la nuestra, dependía enteramente de lo que Cristo hizo por Él en la cruz y nada que ver con cualquier obra o sacramento hecho por él. Decir que el ladrón en la cruz fue exento del requisito del bautismo en agua porque todavía estaba bajo el Antiguo Pacto es exagerado y no tiene lógica. Él ladrón estaba crucificado al lado de Cristo cuando Él gritó diciendo: “Consumado es,” librando al hombre del Antiguo Pacto e introduciendo el Nuevo por Su propia sangre derramada. Esta interpretación presenta la salivación antes de la cruz como si fuera por fe solamente pero la salvación después de la cruz por fe más el bautismo. Creo que podemos adaptar las palabras de Pedro en el concilio de Jerusalén, aplicándolas a este caso también: “Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que (el ladrón)” (Hch 15:11).
Capítulo dos: Textos utilizados para enseñar la Salvación Bautismal
Hay numerosos textos que a menudo son interpretados como si estuvieran diciendo que el bautismo en agua es necesario para la salvación. Si uno no tiene su esperanza de salvación firmemente fundada en la sangre y justicia de Cristo solamente, algunos versículos, como traducidos e interpretados podría llevarle a uno a pensar que la salvación es en parte lo que Jesús hizo por nosotros y en parte lo que nosotros hacemos. Sin embargo, espero que nos quede claro a todos nosotros que la salvación es a través de Cristo solamente, solo por la gracia, enteramente aparte de obras de justicia que hayamos hecho o haremos, incluyendo las ordenanzas del bautismo y la Cena del Señor. Lo siguiente es una consideración de los textos de prueba presentados a favor de la Regeneración Bautismal.
Hechos 2:38
“Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” (Hch 2:38)
Elegí este pasaje primero porque es el texto de prueba que usa Torben Søndergaard para sustanciar sus tres pasos para iniciar el proceso de la salvación. Según él y otras sectas similares, como los Pentecostales Unidos, todos los tres elementos: arrepentimiento, el bautismo en agua y el don del Espíritu Santo (que ellos entienden como el bautismo del Espíritu Santo acompañado con el hablar en lenguas), son necesarios para finalizar la transacción de la salvación inicial.
Para ellos, estos tres “requisitos para la salvación” (arrepentimiento, bautismo en agua y el bautismo en el Espíritu Santo con el hablar en lenguas) deben ser entendidos como también implícitos en todos los demás pasajes donde la fe es la única condición presentada para la salvación. En el próximo sermón de Pedro, solamente el número de los hombres que creyeron, sin contar a las mujeres y niños, llegó a ser como 5.000. ¿Qué era lo que Pedro les dijo que era necesario para el perdón de pecados? Él ni mencionó el bautismo. Simplemente les dijo: “arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados.” (Hch 3:19). En contraste con el bautismo en agua, arrepentimiento y conversión son integrales con la fe salvífica. Para creer en Jesús, un judío inconverso tendría que arrepentirse o “cambiar de parecer” (metanoéo) acerca de Jesús, reconociendo su necesidad de Él. También, para tener fe verdadera tendría que convertirse, o “dar vuelta” (epistrefo). Esto es cuando damos vuelta al pecado y al mundo, poniendo la mira en Jesús. Ambos - arrepentimiento y conversión, son una parte integral de lo que significa creer en Jesús. No son algo aparte de la fe, o algo adicional a la fe, como sería el caso con el bautismo en agua, dado que simplemente son una parte de lo que significa verdaderamente creer en Jesús y recibirlo.
De unas 48 veces que el evangelio es predicado y recibido en el libro de los Hechos, en solamente 8 instancias hay mención de que los que creyeron fueron bautizados después, y en ninguna de estas instancias podríamos concluir que el bautismo era necesario para ser salvos. Pedro, en una instancia, hablando a Cornelio y a los de su casa, dice que es la fe la que resulta en la remisión de pecados – no el bautismo:
“De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.” (Hch 10:43)
Nuestro entendimiento de Hechos 2:38 debe tomar en cuenta lo que Pedro dice aquí, que recibimos perdón cuando creemos – no cuando somos bautizados en agua. En esta instancia creyeron y fueron bautizados en el Espíritu Santo y solo después fueron bautizados en agua (v. 47).
Hechos 22:16, a primera vista, parece contradecir esto. Las traducciones tradicionales más antiguas como la Reina Valera, consistentes con su creencia en la Regeneración Bautismal lo traducen:
“Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre.” (Hch 22:16)
Sin embargo, estudios más recientes favorecen traducir la frase “invocando su nombre,” como “por invocar su nombre.” Esta es una traducción válida del texto en el griego. La preposición “invocando” (epikaléomai) es mejor entendida como un participio circunstancial en el griego, expresando manera o medio. Esto es de acuerdo con el resto de las Escrituras que dicen que todos los que invocan el nombre del Señor serán salvos (Rom 10:13). No es el bautismo que nos salva sino el Señor, cuando ponemos nuestra fe en Él, invocando Su nombre. Por este motivo muchas de las traducciones más recientes hicieron esta corrección:
“Ahora, ¿qué esperas? Levántate y bautízate, y lava sus pecados mediante invocar Su nombre.” (Hch 22:16 Holman Christian Standard Bible)
Si es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quiten los pecados (Heb 10:4), ¡Cuánto menos es posible que el agua nos lave de los pecados! Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados (Heb 9:22). Aun así, solamente la sangre de Jesucristo el Hijo de Dios puede lavarnos de nuestros pecados. (1John 1:7). Traducir este pasaje de tal manera como para presentar el bautismo en agua como si fuera lo que nos lava de nuestros pecados, y no la sangre de Cristo, es una afrenta a Su sangre redentora derramada por nosotros en la cruz.
Volviendo al texto bajo consideración en Hechos 2:38, quiero enfocarme en la oración: “bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados.” Los que enseñan la Regeneración Bautismal entienden la preposición “para” en el sentido de “con tal de recibir.” Sin embargo, esta preposición tiene varios sentidos posibles. Obviamente, basado en todo lo que hemos visto, la rendición “con tal de recibir el perdón de los pecados” no es la traducción correcta.
Aquí en la selva amazónica muchos sufren de hongo de uñas debido a la humedad. Si yo fuera a decirle a mi vecino: “deja tus pies en remojo con vinagre y agua para el hongo de las uñas,” sabrías que no quiero decir, “con tal de recibir.” En este caso “para” significa “en vista de” o “debido a.” Entendido de esta manera el versículo dice: “bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo en vista del perdón de los pecados (que recibiste al creer).” Esto concuerda con el hecho que las ordenanzas de la Cena del Señor y el bautismo en agua son una figura de una realidad mayor, de la misma manera que fueron los sacrificios del Antiguo Testamento. Nos arrepentimos y somos bautizados en agua en vista de la remisión de los pecados, que ya tenemos debido a que hemos sido bautizados en el Cuerpo de Cristo a través del bautismo por el Espíritu, que tomó lugar en el momento en que creímos.
Vale mencionar que la misma preposición es utilizada en otro lugar en relación con el bautismo donde es evidente que la preposición “para” no significa “con tal de recibir.” Juan usa la misma preposición (eís) cuando dijo “Yo a la verdad os bautizo en agua para (eís) arrepentimiento….” (Mt 3:11). Es obvio que somos bautizados en vista de o debido a nuestro arrepentimiento – no con tal de recibir arrepentimiento.
Juan 3:3-6
“Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. 4 Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? 5 Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. 6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.” (Juan 3:3-6)
La doctrina de la “Regeneración Bautismal” está fundamentada en una interpretación errónea de este texto. Los que enseñan esta doctrina entienden la frase “el que no naciere de agua y del Espíritu” como refiriéndose a un nuevo nacimiento por medio del bautismo en agua y el Espíritu. Sin embargo, hay más de un problema con identificar el uso de la palabra “agua” aquí como refiriéndose al “bautismo en agua.”
En primer lugar, Jesús no utilizó la palabra “bautismo” aquí. Nicodemo hubiera estado familiarizado con el bautismo con agua, porque todo gentil que se convertía al judaísmo tenía que ser bautizado. Además estaba familiarizado con el bautismo de Juan. Así que, si Jesús estuviera refiriéndose al bautismo con agua Él habría dicho simplemente: “El que no naciera de nuevo por medio de ser bautizado en agua y el Espíritu, no puede ver el reino de Dios.” Sin embargo Jesús, en respuesta a la pregunta hecha por Nicodemo, estaba explicándole que hay dos nacimientos distintos – el nacimiento de la carne y el del Espíritu.
En segundo lugar, los que creen en la Regeneración Bautismal dicen que el ladrón en la cruz fue salvo sin la necesidad de ser bautizado porque el bautismo no era un requisito para ser salvo bajo el Antiguo Pacto. Esto presenta una contradicción porque esta conversación entre Jesús y Nicodemo sucedió bajo el Antiguo Pacto, antes de la cruz. Si el bautismo en agua no era un requisito para la salvación en el caso del ladrón en la cruz porque vivía en una dispensación anterior, entonces tampoco fue necesaria para Nicodemo.
Más adelante en el verso 10, Jesús reprocha a Nicodemo diciéndole: “¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?” ¿Qué era lo que Nicodemo debía de haber sabido del Antiguo Testamento como maestro en Israel? ¿El bautismo en agua? No. Ni es mencionado en el Antiguo Pacto. Lo que él debía de haber conocido era la promesa de recibir un nuevo espíritu, como vemos en Ezequiel:
“Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne.” (Ez 11:19)
Jesús no pudo haber estado reprochando a Nicodemo por no saber de una Regeneración Bautismal, dado que el bautismo en agua no aparece en el Antiguo Testamento. Así que, necesitamos examinar el texto para ver qué era lo que Jesús quería comunicarle cuando Él dijo que era necesario nacer del agua y del Espíritu.
En el contexto, vemos que Jesús estaba respondiendo a la confusión de Nicodemo acerca del nuevo nacimiento. Cuando Jesús dijo que era necesario nacer de nuevo, Nicodemo preguntó: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?” Obviamente, la primera prioridad de Jesús sería clarificar, haciendo una distinción entre nuestro primer nacimiento, que es físico, y el nuevo nacimiento que es espiritual. Jesús le dio una respuesta de dos partes – ambas enfatizando la distinción entre el nacimiento físico y el nacimiento espiritual:
Respuesta #1: el que no naciere de agua (ek) y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.
Respuesta #2: Lo que es nacido de (ek) la carne, carne es; y lo que es nacido del (ek) Espíritu, espíritu es.
Ambas son respuestas a la pregunta presentada por Nicodemo. Ambas hacen el contraste entre el nacimiento natural y el nacimiento espiritual. Ser “nacido de la carne” es una aclaración de lo que significa ser “nacido del agua.” La preposición “de” que es utilizada varias veces en este pasaje es ek que habla de origen. Nuestro nacimiento se originó en agua amniótica del vientre de nuestras madres y esa misma agua nos ayudó a entrar en el mundo material. La interpretación tradicional haría que el agua bautismal física sea la fuente u origen (ek) de nuestra vida espiritual, mucho como la doctrina Católica Romana de la Transubstanciación que dice que el pan y vino físico se convierten en el Cuerpo y sangre de Cristo con propiedades salvíficas en la Santa Misa.
La interpretación tradicional presenta a Jesús como si ignorase la equivocación de Nicodemo acerca del nuevo nacimiento, pero en realidad Él está respondiendo al malentendido de Nicodemo explicando que en el nuevo nacimiento es nuestro espíritu, y no nuestro cuerpo lo que nace de nuevo. Y el nuevo nacimiento no es de agua o de carne sino del Espíritu como su fuente. Así que, la referencia al nacimiento por agua hecho por Jesús en Juan 3 no se está refiriendo al bautismo en agua, ni a nuestro nacimiento espiritual, que es por el Espíritu y no por el agua.
Marcos 16:16
“El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” (Marcos 16:16)
Lo que este texto nos dice es que los que creen y son bautizados serán salvos, mientras los que no creen serán condenados. Sin embargo, lo que no dice es tan importante como lo que dice. Lo que no dice es lo que pasa con los que creen pero por una razón u otra no se bautizan. Los que enseñan la Salvación Bautismal tiene que suponer algo que el texto no dice. Tienen que suponer que no es fe solamente lo que salva sino la fe más bautismo, y por lo tanto los que no son bautizados antes de morir son condenados, aún si eran creyentes. Lo que suponen contradice otros textos que presentan la fe solamente como necesaria para la salvación, como lo que Jesús había dicho anteriormente en Juan 3:18:
“El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.” (Juan 3:18)
Si lo que ellos suponen es cierto, entonces Jesús dejó fuera un ingrediente esencial en Su presentación de la Salvación en Juan 3:18, porque aquí menciona fe como lo único necesario para ser justificado – no fe más bautismo. Ellos asumen que lo que Jesús quería decir en Marcos 16:16 es: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere (y sea bautizado), será condenado.” De esta manera ellos hacen que las palabras de Jesús aquí contradigan lo que claramente dijo en Juan 3:18 y muchos textos más – que uno es salvo por fe solamente, sin las obras (cf. Juan 5:24; 20:31; Ef 2:8,9; 1Juan 5:11-13).
Son culpables de razonamiento sin-séquito. Si una declaración es cierta, no debemos automáticamente suponer que lo contrario también sea cierto. Por ejemplo, si yo fuera a decir: “Todos que creen y vienen al altar serán salvos, pero los que no creen se perderán,” sería incorrecto concluir que los que creyeron pero no llegaron al altar estarían perdidos simplemente porque creyeron donde estaban, sin ir al altar. Es creer - no creer más ir al altar que salva, aunque los invité a hacer las dos cosas.
Gálatas 3:27
“porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos.” (Gál 3:27)
Algunos argumentan que esto está refiriéndose al bautismo en agua. Sin embargo, no es el agua lo que nos une con Cristo sino el Espíritu – no el bautismo en el Espíritu, que vamos a examinar en breve, sino el bautismo por el Espíritu que nos sumerge o bautiza en Cristo, como ya vimos en 1Corintios 12:12,13:
“Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. 13 Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.” (1 Cor 12:12,13)
Si Pablo hubiera estado refiriéndose al bautismo en agua habría dicho: “Por un solo ministro fueron bautizados en agua.” En el bautismo en agua somos bautizados en agua – no en Cristo. El bautismo en agua es un testimonio externo de lo que ya sucedió el momento que creímos, cuando el Espíritu nos bautizó en Cristo. El bautismo en agua es solamente una imagen, un símbolo, una sombra. Confundir la sombra con la realidad es como decir que los toros y los machos cabríos ofrecidos en sacrificios cada año era lo que quitaba los pecados y no el sacrificio de Cristo, el Cordero de Dios – el único que pudo quitar los pecados del mundo (Heb 10:4).
Viendo Gálatas 3:27, junto con el versículo anterior, deja aún más claro que no es el bautismo en agua que nos une a Cristo: “todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos.” Cuandoquiera que vemos una oración introducida por “porque” debemos de preguntarnos por qué está allí. Después de decir que llegamos a ser hijos de Dios por medio de la fe, él introduce la explanación de qué era lo que hizo que llegáramos a ser hijos de Dios: Habiendo creído fuimos bautizados (voz pasiva) en Cristo – el Primogénito entre muchos hermanos. Este bautismo fue hecho por nosotros por el Espíritu, bautizándonos en Cristo cuando creímos – no hecho por nosotros mismos cuando fuimos bautizados en agua.
Tito 3:4-7
“Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, 5 nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, 6 el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, 7 para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.” (Tito 3:4-7)
Algunos ven la ordenanza del bautismo en agua incluida en este texto en la frase “lavamiento de la regeneración.” Sin embargo, el énfasis de este pasaje es sobre lo que Dios hace por nosotros por Su pura gracia; antes de, y aparte de cualquiera cosa que podríamos hacer después. Aquí el lavamiento de la regeneración y renovación es del Espíritu Santo – Su obra interior. Somos lavados por la sangre de Jesús, regenerados y renovados en el momento que recibimos a Cristo en nuestros corazones. En ese momento Él derramó su Espíritu sobre nosotros abundantemente, sellándonos, limpiándonos, bautizándonos y permaneciendo con nosotros. Todo esto es para la alabanza de la gloria de Su gracia. Introducir una condición humana dentro de este texto, que obviamente fue escrito para exaltar las riquezas de Su gracia, es hacer nula la gracia de Dios.
Ni pienses por un momento que Pablo hubiera dicho: “Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio” si el evangelio fuera de ningún efecto aparte del bautismo en agua (1Cor 1:17). Mirando atrás en la eternidad entenderemos que nuestra salvación tenía todo que ver con lo que Cristo hizo por nosotros y en nosotros, y absolutamente nada que ver con cualquier contribución de parte nuestra. Es todo por la gracia, para la alabanza de Su gracia. Ninguno en el cielo podrá decir: “Estoy en el cielo porque me circuncidé o porque fui bautizado y fielmente cumplía todos los sacramentos. Todo gloriarse (menos gloriarse en la cruz), será excluido por completo (Ef 2:8,9; 1Cor 1:18, 28-31).
Capítulo tres: El Bautismo en el Espíritu con la Evidencia de hablan Lenguas
Sectas, como “La Última Reforma” de Torben Søndergaard, Pentecostales Unidos y otras denominaciones Pentecostales de “Jesús Solo,” añaden otro requisito más para la salvación en adición a la fe. Dicen que uno no solo tiene que haber sido bautizado en agua para ser salvo sino que tiene que ser bautizado en el nombre de Jesús, recibiendo el bautismo del Espíritu con la evidencia de hablar en lenguas – de otra manera uno no es salvo.
Simplemente haciendo que el bautismo en el Espíritu, como una experiencia, sea necesario para la salvación, en adición a, y acompañando el bautismo en agua, excluiría 99% de todos los cristianos a través de los siglos que simplemente creyeron y fueron bautizados en agua sin esa experiencia. [8] Agregando a la experiencia del bautismo en el Espíritu el requisito adicional que tiene que ser evidenciado con el hablar en lenguas haría que la salvación sea algo exclusiva a estas pequeñas sectas aisladas. Debemos de tener presente que uno de los indicios de una secta cismática es que insisten en que poseen verdades exclusivas a ellos que son necesarias para la salvación, en adición a la fe en Cristo solamente, así causando división en el Cuerpo de Cristo.
Cada maestro, teólogo o profeta merece ser escuchado, examinando su enseñanza o profecía a la luz de las Escrituras. Nadie debe ser censurado simplemente porque presentan algo distinto a lo que siempre hemos creído. Si eso fuera el caso con Martín Lutero y los otros Reformadores, nunca hubiéramos salido de la Época Oscura. Sin embargo, al examinar las interpretaciones de sectas como Pentecostales Unidos y La Última Reforma, podemos ver que lo que ellas, y otras sectas hacen, es presentar condiciones a la salvación adicionales a la justificación por la fe solamente, de esa manera deshaciendo lo que comenzaron los Reformadores. Según el camino a la salvación de Torben Søndergaard, ni los reformadores como Lutero y Calvino eran salvos porque ellos ni creyeron en la experiencia del bautismo en el Espíritu con el hablar en lenguas. De hecho, la mayoría de los Reformadores ni fueron bautizados al creer, dado que ellos seguían creyendo en el bautismo infantil como un sacramento salvífico. En realidad el movimiento de Torben llamado “La Última Reforma” es un retroceso de la Reforma, que hundiría la Iglesia de nuevo en la Época Oscura, diciendo que la justificación no es de gracia por medio de la fe solamente, dado que, según ellos, hay otros requisitos para la salvación.
¿Es la Experiencia del Bautismo en el Espíritu un Requisito para la Salvación?
Ya hemos visto que una fe que recibe a Cristo es la única condición para la salvación. No hay clausulas ocultas en la respuesta de Pablo y Silas a la pregunta: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” Cuando respondieron diciendo sencillamente: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo,” estaban dándole la única respuesta necesaria para ser salvos. Eso es lo mismo que vemos a través de todo el Nuevo Testamento. Si aún tienes dudas de que la salvación sea de gracia por medio de la fe solamente, te animo a tomar unos momentos para leer los siguientes textos antes de continuar: Juan 1:12; 3:15,16, 36; 6:40,47; 7:38; 11:25,26; 20:3; Hch 13:38,39; Rom 5:1; Gál 3:22, 36; Ef 2:8; 1Juan 5:10-13.
Todas las obras que siguen nuestra justificación por fe, como siendo bautizados, testificando, dando etc. son obradas desde la salvación – no para la salvación. No son nuestras obras, sino llegamos a ser hechura Suya (Ef 2:8-10). Es Él mismo quien obra en nosotros dándonos tanto el querer como el poder para hacer Su buena voluntad (Fil 2:12,13; Ezeq 36:26,27). Ahora ya no somos nosotros los que vivimos, sino Cristo quien vive a través de nosotros (Gál 2:20). Cualquiera presentación del evangelio que no considere la fe en Cristo únicamente, como suficiente para la salvación, es otro evangelio y no el verdadero evangelio de nuestro Señor Jesucristo.
El Don del Espíritu es diverso en sus Manifestaciones
“Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. 39 Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.” (Hch 2:38-39)
Muchos que simplemente creyeron en el evangelio de Jesucristo, habiéndolo recibido como su Salvador y Señor, han sido llevados a cuestionar su experiencia de salvación por sectas como La Última Reforma, simplemente porque no fue acompañada por la experiencia emocional que ellos definen como el bautismo en el Espíritu Santo con el hablar en lenguas. La gran mayoría de los creyentes simplemente creyeron en el evangelio, y por fe se consideraban salvos por la gracia solamente. Algunos recibieron lo que describen como un poderoso bautismo en el Espíritu Santo al creer, igual como yo. Pero otros; aunque sus vidas fueron transformadas, posiblemente no sintieron más que una paz con Dios, sabiendo que fueron aceptos ante Dios basados en su fe en lo que Cristo hizo por ellos.
El don del Espíritu es recibido por todos en el momento que creemos y nacemos de nuevo del Espíritu. Es una parte inseparable del paquete de la salvación. Sin embargo, algunos solamente asocian el don del Espíritu con un elemento del don – el bautismo en El Espíritu Santo. En su opinión, si uno no recibe la experiencia que ellos llaman el bautismo en el Espíritu con todas sus manifestaciones acompañantes, entonces ese individuo no ha sido salvo aún. Para ellos, si el Espíritu no se manifiesta de la misma manera que hizo en el aposento alto en el Día del Pentecostés, entonces uno aún no ha recibido el don del Espíritu.
Sin embargo, viendo a través del Nuevo Testamento – especialmente en el libro de los Hechos (y también cómo el Espíritu ha obrado a través de los siglos siguientes), es evidente que el Espíritu se mueve como Él quiere y según Su tiempo, y no se deja encajonar por alguna fórmula o modelo de operación que impondríamos sobre Él para limitar o confinar Sus operaciones (1Cor 12:11). Los ministerios del Espíritu Santo en nuestras vidas son muy diversos y no pueden ser limitados a la experiencia que ellos definen como el bautismo en el Espíritu Santo.
Capítulo cuatro: Operaciones del Espíritu Santo terminadas
Cada creyente tiene el don del Espíritu Santo. Sin minimizar el bautismo en el Espíritu Santo, siento que es importante enfatizar que el don del Espíritu es el Espíritu Santo mismo y no solamente el bautismo en el Espíritu. Los dones y obras del Espíritu son diversos. Algunos de Sus dones y obras suceden por necesidad en el momento que creemos, mientras otros pueden ser efectuados o impartidos después de la salvación, según Su beneplácito y tiempo, y no necesariamente en el momento que uno es salvo. Estos ministerios que fueron efectuados, y los dones que fueron dados al comienzo cuando creímos, son los siguientes:
El Espíritu nos bautizó a todos en Cristo
“Porque POR un solo Espíritu fuimos todos bautizados EN (eis) un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.” (1 Cor 12:13)
Como ya hemos visto, muchos confunden el bautismo en el Espíritu con nuestro bautismo en Cristo. En la primera instancia Cristo es El que bautiza y el Espíritu Santo es Él en quien somos bautizados. En el segundo caso, es el Espíritu Santo El que bautiza y Cristo es Él en quien somos bautizados. Sin embargo, como veremos, ambos bautismos invariablemente suceden en el momento en que somos salvos e independientemente de cualquier experiencia que los acompañe. Por medio de esta unión con Él, por el bautismo por el Espíritu, fuimos unidos con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección. El bautismo en agua es simplemente un símbolo externo que representa esta unión con Cristo que fue efectuado por el Espíritu Santo cuando nos convertimos. Esto es claramente lo que Pablo describe en Romanos 6:
“los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? 3 ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en (eis) Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? 4 Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. 5 Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; 6 sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. 7 Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. 8 Y si morimos (pasado “hemos muerto”) con Cristo, creemos que también viviremos con él; 9 sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. 10 Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. 11 Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.” (Rom 6:2-11)
En este bautismo en Romanos 6, fuimos bautizados en Cristo. Es la obra del Espíritu, bautizándonos en Cristo Jesús (no en agua), que nos une con Él en Su muerte, sepultura y resurrección. Jesús tomó el Hombre Viejo (la vieja humanidad en Adán), crucificándolo con Él en la cruz. Cristo fue sepultado y resucitó de nuevo a la vida eterna como el Nuevo Hombre – como nuestro Último Adán, llegando a ser el primogénito entre muchos hermanos en la Nueva Creación. Este bautismo – llegando a ser uno con Cristo, no era algo que hicimos o conscientemente experimentamos, como es el caso con el bautismo en agua o la llenura del Espíritu. Fue algo que Él hizo por nosotros al creer. Este bautismo en Cristo nos salva – no la experiencia de la llenura del Espíritu que uno puede o no experimentar al creer, ni tampoco quitando la mugre por bautizarnos en agua (1Pedro 3:21).
Si la salvación dependiera de alguna manera de algo que nosotros hagamos, o aún algo que el Espíritu hace adicional a la muerte, sepultura y resurrección de Cristo por nosotros, entonces llega a ser otro evangelio y no el evangelio de Jesucristo en Su muerte y resurrección que ya fue consumado por nosotros en la cruz hace 2.000 años.
La Residencia del Espíritu Santo en Nosotros es inmediata y permanenteHasta el Día del Pentecostés el Espíritu Santo no podía tomar residencia en nosotros porque Jesucristo aún no había hecho la expiación por nuestros pecados, así quitándolos de nosotros. Sin embargo, cuando Jesús ascendió al Padre el Espíritu Santo prometido fue enviado a tomar residencia permanente en cada creyente redimido. En la Última Cena el Señor les explicó a Sus discípulos que su relación con el Espíritu Santo estaba a punto de pasar a una nueva dimensión:
“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: 17 el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros.” (Juan 14:16-17)
Hay dos verdades gloriosas en este pasaje. En primer lugar, vemos que ahora el Espíritu Santo no simplemente viene a reposar sobre nosotros o permanecer con nosotros temporalmente para lograr Sus propósitos como hizo bajo el Antiguo Pacto, sino que ahora bajo el Nuevo Pacto, desde el Día del Pentecostés, Él no está simplemente permaneciendo con nosotros sino que está en nosotros, según la promesa del Padre en Ezequiel 36:27: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.” En segundo lugar, vemos la permanencia de esta relación – Él permanecerá con nosotros para siempre. Pablo, sabiendo que el Espíritu Santo siempre reside en nosotros, nos manda a vivir en santidad:
“Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para (eis) el día de la redención.” (Ef 4:30)
El don del Espíritu Santo en Su relación de estar morando en nosotros es inmediato y permanente desde el momento que recibiste a Cristo y naciste de nuevo. Su tu eres de Cristo, el Espíritu Santo reside en ti permanentemente. Tal vez no experimentaste una llenura poderosa del Espíritu al creer. Es posible que no ha sido constante en su andar en el Espíritu, siendo lleno de Él y guiado por Él debidamente. Pero si eres de Cristo entonces has recibido el don del Espíritu y Él mora en ti:
“Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.” (Rom 8:9)
La promesa del Padre es el Espíritu Santo mismo tomando residencia permanente en nosotros. Todos los demás aspectos de Su ministerio por, en y sobre nosotros simplemente son facetas del mismo don. Pablo preguntó a los 12 discípulos de Juan el Bautista en Éfeso: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?” (Hch 19:2). Aparentemente había evidencias faltantes en estos discípulos que permitía a Pablo discernir que ellos aún no lo habían recibido y después de imponerles las manos el Espíritu vino sobre ellos de tal manera que hablaban en lenguas y profetizaban, pero hablando en lenguas y profetizando simplemente son dos de los dones o manifestaciones del Espíritu. El don prometido era el Espíritu mismo.
Fuimos sellados por el Espíritu cuando creímos
“En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, 14 que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.” (Ef 1:13-14)
Pablo dice aquí que el Espíritu Santo prometido nos selló en el mismo momento que creímos. Este sellamiento con el Espíritu garantiza nuestra herencia celestial que recibiremos cuando seamos redimidos como Su posesión adquirida en la venida de Cristo por nosotros (cf. Ef 4:30). Nuestro precio de redención ya ha sido pagado en su totalidad por la sangre de Cristo y la presencia permanente del Espíritu Santo es la garantía de nuestra glorificación futura.
Recuerdo la primera vez que leí estos pasajes y comprendí que había sido sellado con el Espíritu Santo en el momento en que creí en Cristo. Esta verdad para mí era una bendición y me fortaleció. Sin embargo, no era algo que experimenté en el momento que sucedió. Así como, cuando el Espíritu Santo me bautizó en el cuerpo de Cristo cuando creí, era algo que el Espíritu hizo por mí sin que yo lo supiera hasta después. Es lo mismo con el sellamiento con el Espíritu. Es este sello del Espíritu, y no nuestro bautismo en agua, es lo que garantiza nuestra herencia, de la misma manera que es el Espíritu bautizándonos en Cristo lo que nos salva y no el bautismo en agua.
Todos fuimos Bautizados en el Espíritu Santo cuando creímos
Mientras muchos evangélicos estarían de acuerdo en que cada creyente tiene el don del Espíritu que mora en nosotros y que todos fuimos bautizados por el Espíritu en Cristo y sellados con el Espíritu hasta el día de la redención sin la necesidad de ser acompañados con manifestaciones externas, hay mucho desacuerdo acerca del bautismo en el Espíritu Santo.
Aunque todos los evangélicos enfatizan que la salvación es solo por fe en Cristo y rechazan cualquier enseñanza que condicione la salvación en el bautismo en el Espíritu Santo, hay mucho desacuerdo acerca del bautismo en el Espíritu Santo. Algunos dicen que siempre tiene que estar evidenciado por el hablar en lenguas. Otros insisten que las lenguas solamente son una señal de muchos dando evidencia que uno ha recibido el bautismo en el Espíritu Santo, mientras otros más (los Cesacionistas) niegan que lenguas, o cualquier otro don sobrenatural, son para hoy. Algunos dicen que el bautismo en el Espíritu tiene que suceder en el momento que uno es salvo, mientras otros insisten que uno puede buscarlo y recibirlo en cualquier momento subsiguiente a la salvación. Algunos dicen que es una sola experiencia, mientras otros dicen que puede ser experimentado varias veces en la vida.
Un entendimiento correcto del bautismo en el Espíritu Santo es de gran importancia. Algunas de estas enseñanzas acerca del bautismo en el Espíritu Santo han resultado en que creyentes nacidos de nuevo, o se sienten como cristianos de segunda clase, o peor, dudan de su experiencia de la salvación, porque, aunque han creído en el Señor Jesucristo, no han hablado en lenguas ni experimentado las manifestaciones del Espíritu Santo como otros a su alrededor.
He experimentado tiempos de avivamiento más de una vez, comenzando con el avivamiento del Movimiento de Jesús en los años ´60 y ´70 y he leído acerca de los muchos avivamientos a través de la historia de la Iglesia y sé que cuando el Espíritu cae sobre nosotros hay evidencias – o el hablar en lenguas y profecía u otras manifestaciones como gozo inefable con risa, llanto, caer postrado, temblar, etc., dependiendo en lo que el Espíritu está haciendo en cada individuo.
Sin embargo, como espero demostrar en las Escrituras, el bautismo en el Espíritu sucede en el momento en que uno cree y no es, en sí mismo, una experiencia emocional, como es el caso con la llenura del Espíritu (con sus manifestaciones acompañantes, tales como el hablar en lenguas, profetizar, etc.), que puede o no acompañar nuestro bautismo en el Espíritu Santo.
Nuestro Bautismo en el Espíritu Santo y Su venida a permanecer en Nosotros son simultáneos
“Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.” (Mt 3:11)
“Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con (gr. en “en”) el Espíritu Santo.” (Juan 1:33)
“Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con (gr. en “en”) el Espíritu Santo dentro de no muchos días.” (Hch 1:5)
“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre…. porque mora con vosotros, y estará en vosotros.” (Juan 14:16-17)
La importancia y centralidad del bautismo en el Espíritu Santo puede ser vista en el hecho de que cada uno de los cuatro evangelios comienza con la declaración de que Jesús nos bautizaría en el Espíritu Santo. Es lamentable que la mayoría de las traducciones favorecen a los tradicionalistas que ya no practican el bautismo en agua con sumersión. La preposición griega “en” normalmente significa “en” y bautizar (baptizo) significa “sumergir.” Sin embargo, debido al hecho de que la Iglesia tradicional ya no practica la sumersión, ellos tradujeron “en” como “con” en vez de “en” y en vez de traducir baptizo como “sumergir” la transliteraron “bautizar” para ocultar su verdadero significado. La mayoría de las traducciones siguen la tradición, solo presentando “en” como una traducción alterna en el margen.
Por haber cambiado la práctica bíblica del bautismo por sumersión a aspersión por conveniencia, ocultaron el verdadero significado del bautismo espiritual. Cuando el Espíritu nos bautizó en Cristo, no simplemente nos salpicó con Cristo – Él nos unió a Cristo, literalmente sumergiéndonos en Él. Esto era lo que Jesús les explicaba en la Última Cena cuando Él les dijo del Día del Pentecostés: “En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros.” (Juan 14:20). ¿Cómo fue que llegamos a estar en Jesucristo y Él en nosotros? El Espíritu Santo nos bautizó (sumergió) en Él (Rom 6:3,4; 1Cor 12:13; Gal 3:27). Ahora somos uno con Cristo, habiendo sido bautizados o sumergidos en Él. Debido a esta unión, como Él es, así somos nosotros en este mundo (1Juan 4:17).
Entendiendo nuestra sumersión por el Espíritu en Cristo, resultando en que estamos en Cristo y Él en nosotros, nos ayuda a entender el bautismo de Cristo, bautizándonos en el Espíritu Santo. Hasta el Pentecostés Jesús dijo que el Espíritu estaba con ellos pero que, en aquel día, el Espíritu estaría en nosotros y que estaríamos en el Espíritu (Juan 14:16-17; Rom 8:9; Hch 1:5). De la manera que llegamos a ser uno con Cristo a través del bautismo del Espíritu Santo, bautizándonos en Cristo, así también llegamos a ser uno con el Espíritu Santo a través del bautismo de Cristo, bautizándonos en el Espíritu Santo. Es a través de estas preciosas promesas del Nuevo Pacto (i.e. que en aquel día el Espíritu estará en nosotros y Cristo estará en nosotros) que todos los creyentes desde el Día del Pentecostés hemos llegado a ser partícipes de la naturaleza divina (2Pedro 1:4).
Capítulo cinco: La Evidencia del Bautismo en el Espíritu Santo
Debe ser obvio que cuando somos bautizados o sumergidos en el Espíritu Santo, Su presencia en nosotros será evidente desde ese día en adelante. Esto puede ser ilustrado por el uso de la palabra bapto “sumergir” cuando se refiere al teñir las telas para cambiar su color. Una vez la tela haya sido sumergida en el tinte seguirá siendo la misma tela - sin embargo jamás será igual. Aunque la tela sigue existiendo, ha sido impregnada con el tinte, llegando a ser uno con ella desde ese momento. Si uno fuera a mirar una sábana de lienzo que ha sido sumergida en tinte rojo, aunque sigue siendo una sábana de lienzo, también es una sábana roja. De hecho, desde ese momento en adelante la mayoría se referiría a la sábana como una sábana roja en vez de una sábana de lienzo, aunque sigue siendo roja y de lienzo.
Así también, cuando fuimos bautizados en Cristo, desde ese momento en adelante, podríamos decir como Pablo: “He sido sumergido en Cristo – unido con Él en su muerte en la cruz, sin embargo vivo por la fe del Cristo resucitado que vive en mí” (cf. Gal 2:20). A través de nuestro bautismo en Cristo llegamos a ser un espíritu con el Señor (1Cor 6:17). Basado en este bautismo en Cristo, Pablo argumenta que uno que verdaderamente fue bautizado en Cristo no puede continuar viviendo en el pecado (Rom 6:1-4).
De la misma manera, cuando fuimos bautizados o sumergidos en el Espíritu Santo, el Espíritu llegó a ser uno con nosotros y Él puede manifestar Su poder, dones y fruto en nuestras vidas. Sin embargo, creo que cometemos un error cuando definimos una manifestación del Espíritu - como la de la llenura del Espíritu con el hablar en lenguas, como el bautismo mismo. En el libro de los Hechos hay solamente dos instancias donde vemos este orden de eventos mencionados. La primera es en el Día del Pentecostés cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre los judíos. La segunda instancia es cuando el Espíritu cayó sobre los gentiles por primera vez en la casa de Cornelio. En ninguna de estas instancias es referida la experiencia misma como el bautismo en el Espíritu Santo. Sabemos que en el Día del Pentecostés fueron bautizados en el Espíritu porque antes que Jesús ascendió les dijo que serían bautizados en el Espíritu:
“Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con (en) el Espíritu Santo dentro de no muchos días.” (Hch 1:5-6)
En la casa de Cornelio dice que el Espíritu Santo cayó sobre ellos, o fue derramado sobre sobre ellos y hablaron en lenguas. Después fueron bautizados en agua. Otra vez, vemos que la experiencia no es mencionada como el bautismo en el Espíritu en el contexto inmediato. Sin embargo, cuando Pedro recuenta el incidente a aquellos en Jerusalén, él reconoció el evento como confirmación de que Dios también había bautizado a los gentiles en el Espíritu, al igual que a ellos:
“Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. 16 Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo. 17 Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?” (Hch 11:15-17)
No es razonable concluir de estas dos instancias solitarias que, a menos que uno experimente la llenura con el hablar en lenguas, que no ha recibido aún el don del Espíritu Santo, siendo bautizado en Él. Lo que sucedió en el aposento alto en el Pentecostés y después en la casa de Cornelio eran dos eventos claves e históricos. En el Pentecostés los creyentes judíos recibieron el don del Espíritu Santo por primera vez, y en la casa de Cornelio los primeros creyentes gentiles recibieron el don del Espíritu Santo. La llenura con el hablar en lenguas fue dada como una señal para que otros vieran la cosa nueva que Dios estaba haciendo.
Eso no quiere decir que el Espíritu nunca viene sobre individuos hoy de la misma manera que vemos descrito en estas dos instancias. Pero en ninguna parte de las Escrituras se dice que el bautismo en el Espíritu tiene que estar acompañado de la llenura del Espíritu con el hablar en lenguas. De hecho, en todas las 48 instancias en los Hechos donde el evangelio es predicado y recibido, solo en una otra ocasión, en Hechos 19:6, vemos mención de que recibieron la llenura con el hablar en lenguas: “Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban.”
Hay dos dificultades principales en intentar imponer este modelo al bautismo en el Espíritu. En el primer lugar, nunca ha sido la experiencia cristiana normal al convertirse, y por eso muchos creyentes sinceros se sienten como cristianos de segunda clase y hasta comienzan a dudar de su salvación simplemente porque no experimentan el Espíritu de la misma manera que los 120 en el aposento alto en el Día del Pentecostés o como otros que lo estiman como ejemplo a seguir. Hay múltiples maneras en que la presencia del Espíritu Santo puede ser manifiesta en nuestras vidas al recibir la promesa del Padre. No debemos considerar la llenura con el hablar en lenguas como la única evidencia de que uno haya recibido el don del Espíritu.
La evidencia principal del bautismo en el Espíritu es libertad del pecado y la transformación de nuestro carácter a la imagen de Cristo. Tristemente a muchos que dicen que han recibido el bautismo en el Espíritu con el hablar en lenguas les faltan estas dos características tan esenciales. Conforme uno ande en el Espíritu, los dones del Espíritu también se manifiestan. Mientras no todos hablan en lenguas (1Cor 12:30), todos nosotros que formamos el Cuerpo de Cristo tenemos dones distintos según la gracia específica dada a cada uno de nosotros (1Cor 12:4-8). Uno no debe sentirse inferior a otros creyentes simplemente porque su experiencia y dones difieren de otros (1Cor 12:15-26).
La segunda dificultad que veo es que los que los que reciben una llenura poderosa del Espíritu con el hablar en lenguas cuando son bautizados en el Espíritu Santo, a menudo piensan que esa experiencia es una experiencia de por vida y que no debemos anticipar ni buscar múltiples llenuras del Espíritu Santo, igual a, o aún mayores que esa experiencia inicial. Puede que uno haya sentido la llenura del Espíritu cuando inicialmente recibió el don del Espíritu Santo, pero esa experiencia inicial debe ser solamente la primera de muchas llenuras del Espíritu, dándonos poder para el ministerio.
La llenura del Espíritu no es en sí misma el bautismo en el Espíritu Santo. El bautismo en el Espíritu es un solo evento, mientras la llenura es experimentada vez tras vez cuando el Espíritu Santo viene sobre nosotros, ungiéndonos para el ministerio. La llenura del Espíritu normalmente nos es dada capacitándonos a hablar con poder, convicción y autoridad, pero no solamente para hablar en lenguas (Lucas 1:41-42; 1:67; Hch 4:8;13:9-10; Ef 5:18-19). Unos días después del Día del Pentecostés los discípulos estaban orando, pidiendo denuedo para seguir proclamando el evangelio a pesar de haber sido prohibido hacerlo por el Sanedrín. Una vez más el Espíritu Santo cayó sobre ellos como en el Día del Pentecostés, dándoles poder para hablar. Sin embargo, Él no les dio poder para hablar en lenguas como la primera vez, sino para proclamar el evangelio con denuedo:
“Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios.” (Hch 4:31)
La llenura no es normalmente dada como una experiencia simplemente para poder sentirla. Más bien, mientras andamos en el Espíritu, siguiendo la guía del Espíritu, Él nos empodera para el ministerio que Él quiere que hagamos en aquel momento. Conforme nos movamos en el área de nuestros dones, el Espíritu viene sobre nosotros, llenándonos con Su poder en esa capacidad específica – sea evangelismo, profecía, lenguas, intercesión, sanidades, escritura, cantando, dirigiendo las alabanzas, etc., etc. La mayoría podemos dar testimonio que cuando tomamos pasos adelante en obediencia a Su guía, ahí es cuando experimentamos la unción o llenura del Espíritu. Creo que eso es lo que Pedro estaba diciendo cuando él respondió al Sanedrín diciendo:
“Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen.” (Hch 5:32)
La llenura del Espíritu Santo es para poder hacer Su voluntad. Por otro lado, los que simplemente buscan experiencias, raras veces experimentan la llenura. Está bien buscar la presencia y llenura del Espíritu Santo. Sin embargo, muchos van de una breve experiencia a otra en vez de permitir que el Espíritu los use en el área de sus dones. Enfatizo “en el área de sus dones” porque a menudo tomamos sobre nosotros un yugo hecho por el hombre e intentamos servirle a Dios, pero no en el área donde el Espíritu nos ha llamado y dotado. A veces recibimos una palabra profética, indicando que el Señor nos va a usar en cierto ministerio, pero a menudo no tomamos en cuenta Sus tiempos e intentamos hacer prematuramente lo que Él aún no nos ha dotado hacer.
David fue ungido rey, pero volvió a apacentar las ovejas hasta que era el tiempo para asumir el trono. Si hubiera intentado tomar el trono prematuramente, no habría tenido el respaldo divino. Aunque tenemos que pasar desiertos para el crecimiento espiritual y no siempre es fácil permanecer en el lugar de nuestro llamado, creo que muchos cristianos viven vidas frustradas simplemente porque están intentando servir a Dios en una capacidad en que el Espíritu Santo aún no los ha dotado. Si no nos estamos moviendo en las áreas de nuestros dones actuales, la unción o llenura no será impartida por el Espíritu y viviremos vidas frustradas y sin fruto.
Cada uno de nosotros tenemos dones que difieren según la necesidad actual y la etapa del plan de Dios para la vida de cada uno. Algunos de nosotros necesitamos parar y preguntarnos en qué ministerio sentimos la llenura del Espíritu capacitándonos, y comenzar a movernos con el Espíritu en esa área. Necesitamos entender que separados de Él no podemos hacer nada para avanzar el reino, y aún con Él solo podemos hacer lo que Él está haciendo a través de nosotros.
Insistir, como hacen algunos, que uno no ha sido bautizado y lleno del Espíritu a menos que hable en lenguas es limitar la diversidad del Espíritu en repartir Sus dones. Es basado solamente en dos eventos históricos en el libro de los Hechos que no deben ser tomados como normativos (La impartición del Espíritu a los judíos en el Día del Pentecostés y los gentiles en la casa de Cornelio). Por imponer el don de lenguas sobre nuevos creyentes, creo que estamos en peligro de actuar en la carne y resistir al Espíritu. A menudo personas son presionadas por ministros que les exigen comenzar a hablar en lenguas con tal de recibir el bautismo en el Espíritu Santo. Eso es muy distinto a lo que vemos en el libro de los Hechos donde estaban sorprendidos al comenzar a hablar en lenguas.
Muchos, con tal de poder decir que recibieron el bautismo en el Espíritu, hacen lo que son mandados hacer, pero dado que saben en el fondo que no fue producido por el Espíritu, cuestionan si realmente recibieron el bautismo en el Espíritu Santo. Uno solo puede imaginar el temor e inseguridad que esto produce en aquellos que le han dicho que uno no es salvo hasta recibir el bautismo en el Espíritu con el hablar en lenguas. Necesitamos entender que cada creyente es salvo y bautizado en el Espíritu Santo, con o sin una experiencia acompañante.
La llenura del Espíritu con el don de lenguas no es la única evidencia de que uno ha sido bautizado en el Espíritu. Si eso fuera el caso estaría claramente especificado en el Nuevo Testamento. También, anticiparíamos que el Espíritu de la gracia produjera esta misma experiencia en todos los que el Padre ha atraído a Sí mismo en vez de tener necesidad de ser animados a hablar en lenguas por ministros humanos. El Espíritu Santo es infinitamente diverso y personal en Sus operaciones, y en mi opinión, decir que en cada instancia el Espíritu tiene que hacerlo de la misma manera que Él lo hizo en el Día del Pentecostés, es apagar al Espíritu en Sus operaciones, e impedir el crecimiento espiritual de Su pueblo.
[1] Webster’s New World Dictionary.
[2] The Seventh Session of the Council of Trent. London: Dolman: Hanover Historical Texts Project. 1848. pp. 53–67. Retrieved 23 April 2014.
[3] Anabaptistas eran muy perseguidos tanto por los Católicos como las Iglesias Reformadas por su insistencia en volver a bautizar a los que habían sido bautizados como infantes. Ellos insistían en el requisito del Nuevo Testamento que uno tiene que haber creído en el Señor Jesucristo antes de ser bautizados. (Hch 8:37; 16:31,33b).
[4] Desde ese entonces la Iglesia de Cristo ha dejado de insistir tanto en el bautismo en agua para la salvación, entre otras doctrinas, para ser aceptada por los Evangélicos.
[5] Vine's Expository Dictionary of Biblical Words,NT:907 “bapto, ‘hundir, meter,’ fue utilizada entre los Griegos para definirlo como el proceso de teñir la ropa….”
[6] International Standard Bible Encyclopaedia, Baptism
[7] Algunos argumentan que la correspondencia o anti-tipo es “agua,” porque en 1Pedro 3:20,21 ambos “agua” en verso 20 y el pronombre (ho) comenzando el verso 21 son de género neutro. Sin embargo, el pronombre es neutro porque el tipo, del cual el bautismo es un anti-tipo es toda la ilustración dada de Noé y su familia siendo salvos de la destrucción en el Arca, y no simplemente el agua. Si el tipo fuera solamente el agua, no sería un anti-tipo porque no fue el agua lo que los salvó.
[8] Enfatizo el bautismo en el Espíritu como una experiencia con itálicas porque (como explico más adelante), el bautismo en el Espíritu es algo que todos recibimos al creer. Para algunos es una experiencia de llenura con el hablar en lenguas, pero esa no es la única evidencia del bautismo en el Espíritu.
La Regeneración Bautismal en contraste con la Justificación por la Gracia por medio de la Fe solamente
Un examen de la ordenanza Nuevo-testamentaria del bautismo en agua en contraste con la doctrina tradicional de la Regeneración Bautismal como un sacramento y de la insistencia en la necesidad del bautismo en agua y en el Espíritu Santo con el hablar en lenguas para la salvación, hecha por algunas sectas modernas como la del “Movimiento de la Última Reforma” de Torben Søndergaard de Dinamarca.
Introducción
El Nuevo Testamento es muy claro y enfático en su declaración que nuestra salvación se basa solamente en lo que Dios ha hecho por nosotros en la persona de Jesucristo a través de Su muerte, sepultura y resurrección por nosotros. Según Pablo, Su muerte, sepultura y resurrección es el evangelio completo (1Cor 15:1-4). Nuestra salvación es un regalo de la gracia de Dios, dado gratuitamente a todos los que creen. Pablo dice:
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6 y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, 7 para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe.” (Ef 2:4-9)
De comienzo a fin, es todo acerca de lo que Dios ha hecho por nosotros en Su misericordia y gran amor mientras aun estábamos muertos. Una persona muerta no puede bautizarse para ser salvo – mucho menos hacer que vuelva a vivir. La gracia tiene todo que ver con lo que Dios ha hecho por nosotros y nada que ver con lo que hacemos para él. ¿Cómo va a manifestar las riquezas de Su gracia a través de nosotros si a fin de cuentas es debido (al menos en parte), a algo que nosotros hemos hecho? Es por eso que Pablo continúa explicando, “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe.” ¿Por qué dice Pablo, “no por obras,” en vez de decir “no por obras (con la excepción del bautismo)?” Porque si fuera condicionada en alguna obra, por más mínima que sea, como la circuncisión o el bautismo en agua ya dejaría de ser gracia. Buscar ser justificado por la ley, sea lo que sea la ley, es caer de la gracia:
“Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley. 4 De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído. 5 Pues nosotros por el Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia; 6 porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor.” (Gál 5:3-6)
Aunque Pablo aquí menciona la circuncisión en vez del bautismo, el mismo principio se aplica – si uno busca ser justificado delante de Dios basado en algo que hace, en vez de lo que Cristo ya ha hecho para nuestra justificación gratuita en la cruz, entonces ha caído de la gracia y necesita arrepentirse.
No es un pecado ser circuncidado. Muchos lo hacen por motivos puramente higiénicos. Pero es un pecado contra la gracia buscar justificarse delante de Dios basado en su circuncisión o cualquier otro rito u obra que hagamos para aceptación. Buenas obras no deben ser hechas para ser aceptos delante de Dios sino que deben ser hechas desde de nuestra posición de aceptación como Sus hijos. Es una cosa obedecer a Dios como Sus hijos amados y otra cosa hacer las obras para llegar a ser Sus hijos, o para seguir siendo Sus hijos. Un obsequio de gracia tiene que ser recibido por fe solamente; de otra manera deja de ser un obsequio y llega a ser un rechazo de la gracia gratuita de Dios:
“Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra.” (Rom 11:5)
“No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.” (Gál 2:21)
No es aceptable razonar que Pablo no quería incluir el bautismo en la categoría de “obras.” Cualquier cosa que hagamos para obtener la aceptación delante de Dios en vez de simplemente recibir la justicia de Cristo solamente por la fe, convierte la salvación en un premio o algo que Dios nos debe, haciendo que la salvación ya no sea un regalo de la gracia. La salvación en el Nuevo Testamento es por gracia por medio de la fe solamente sin obras, y eso incluye el bautismo en agua.
Eso no es decir que el bautismo no es importante. Como hijos obedientes debemos observar a todo lo que nuestro Padre nos ha mandado, pero tal obediencia es la obediencia de hijos – no para llegar a ser hijos. Obedecemos como los ya aceptos y no para ser aceptos. En el Nuevo Testamento, el bautismo en agua y la Cena del Señor son presentados como ordenanzas – no sacramentos. Las ordenanzas refieren a lo que hacemos en obediencia a nuestro Señor, mientras un sacramento es por definición “un medio para obtener la gracia.” [1] Tal concepto es ajeno al Nuevo Testamento e incompatible con el evangelio de la gracia. La gracia es ofrecida gratuitamente y jamás puede ser obtenida. Solo puede ser recibida como un regalo.
Entrando en la Época Oscura, los mandatos del Señor fueron convertidos poco a poco en sacramentos, u obras que tenían que ser cumplidas para obtener la gracia de Dios. En la actualidad la Iglesia Católica Romana tiene siete sacramentos que tienen que ser debidamente observados para obtener la salvación. Estos siete sacramentos fueron declarados como esenciales para la salvación en el Concilio de Trento (1545 – 1563):
CÁNON I. Si alguien dice que los sacramentos de la Nueva Ley no fueron en su totalidad instituidos por Jesucristo nuestro Señor, o que son más o menos de siete; es decir, Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Extremaunción, Orden y Matrimonio; o que uno o todos estos siete no son verdaderamente y correctamente un sacramento; que sea anatema.
CÁNON IV. Si alguien dice que los sacramentos de la Nueva Ley no son necesarios para la salvación, sino superfluo, y que sin ellos, o sin el deseo de ellos, los hombres pueden obtener de Dios la gracia de justificación por medio de la fe solamente…que sea anatema. [2]
Mientras parece que los Anabaptistas [3] generalmente consideraban el bautismo en agua como una ordenanza para observar después de creer en el evangelio en vez de un sacramento salvífico, la mayoría de las Iglesias Protestantes Reformadas como los Luteranos, Episcopales y Metodistas seguían con la tradición de considerar la Cena del Señor y el bautismo con agua como un sacramento.
Sin embargo, hoy en día la mayoría de las Iglesias Evangélicas y Fundamentalistas rechazan la doctrina de la “Regeneración Bautismal” (la doctrina que enseña que nacemos de nuevo en el sacramento de bautismo en agua) enseñada por la Iglesia Católica Romana y perpetuada por otras Iglesias Protestantes Reformadas. La mayoría de los cristianos Evangélicos, rechazando la influencia de la tradición por encima de la Biblia, han vuelto a la doctrina bíblica de la justificación por la fe solamente, aparte de las obras, y ven la Cena del Señor y el bautismo como ordenanzas para obedecer, en vez de sacramentos necesarios para la salvación.
La Creencia que el Bautismo en Agua es necesario para la Salvación es común entre las Sectas
Una excepción notable a la posición evangélica conservadora sobre el bautismo como una ordenanza para obedecer, en vez de un sacramento que procura la salvación, es la enseñanza de muchas sectas modernas cismáticas. Una “secta cismática,” según los cristianos Evangélicos conservadores, es cualquier grupo que pretende tener revelación exclusiva a ellos mismos que socave el evangelio de Jesucristo, presentando un “evangelio” diferente, así causando división en el Cuerpo de Cristo.
El dios de este mundo no está en contra de la religión. De hecho él es el autor de ella. La religión ha servido bien su propósito - que es el de cegar los corazones de los hombres al glorioso evangelio de Jesucristo, reemplazándolo con otro “evangelio” que no es otro evangelio sino un “evangelio de la gracia mezclada.” Este evangelio de la gracia mezclada redefine la gracia, mezclándola con obras sacramentales, así invalidando por completo la gracia y haciendo como si fuera en vano la muerte de Cristo (Gál 2:21). Algunas sectas también socavan el evangelio diciendo que Jesucristo nuestro Redentor no fue Dios encarnado, sino simplemente un ángel, “un dios,” o un hombre que llegó a ser un dios.
Estoy familiarizado con las sectas cismáticas. Nací en una familia de los Adventistas del Séptimo Día en 1950. Los Adventistas han evolucionado considerablemente desde ese entonces, debido a sus esfuerzos a ser aceptados por los Evangélicos y por ese motivo estoy reticente a categorizarlos aun como una secta como muchos hacen. Sin embargo, aún están aferrados a los escritos de su profetiza Ellen G. White, interpretando la Biblia a la luz de sus escritos en vez de juzgar sus profecías por las Escrituras como Pablo nos manda hacer (1Cor 14:29). Muchas de sus revelaciones – en especial los primeros, son anti-bíblicas y muy difíciles de reconciliar con el evangelio de la gracia como presentado en las Escrituras y los Evangelios.
Como niño, no recuerdo haber oído el puro evangelio. Lo que recuerdo es ser enseñado que el “tiempo de aflicción” o tribulación (inglés “time of trouble”) podría comenzar en cualquier momento, y que uno tenía que llegar a estar sin pecado antes, porque durante ese tiempo Jesús ya no estará intercediendo por nosotros en el santuario celestial. Así que ningún pecado cometido durante aquel tiempo sería perdonado jamás.
A los 12 años di la espalda a la Iglesia y al Dios que pensé que conocía, y logré convencerme que era ateo hasta tocar fondo cuando tenía 18 años. Un día en el trabajo clamé de corazón a Dios y le dije: “Señor, quiero vivir por ti pero no puedo.” En ese momento por primera vez escuché la voz de Dios. Él me dijo: “He estado esperando que dijeras eso. Ahora vas a ver lo que yo haré por ti.” Desde ese momento, sabía que algo era nuevo en mi interior. El siguiente domingo en la noche asistí a una Iglesia Bautista donde un misionero del África estaba compartiendo. A la mitad del servicio el Espíritu del Señor vino sobre mí de una manera maravillosa y poderosa. Me mostró que desde ese momento pertenecía a la familia de Dios. Sentí como barriles de amor líquido estaban siendo derramados sobre mí, lavándome y limpiándome. Hasta ese momento era un drogadicto y delincuente compulsivo, pero desde ese instante todas mis cadenas cayeron. La presencia del Señor era tan maravillosa que el pecado y las tentaciones ya no me atraían.
Unas semanas después de mi encuentro con el Señor, uno de mis compañeros del trabajo, que era de los Pentecostales Unidos, me preguntó si había sido bautizado. Cuando le dije que no, me dijo que necesitaba ser bautizado y me invitó al servicio del miércoles en su iglesia. Como me gustaba ir a la iglesia dije que sí. No tenía idea de lo que me esperaba. Era un grupo pequeño esa noche, y todos se juntaron alrededor de mí. Me dijeron que aún no era salvo. Dijeron que, para ser salvo era necesario ser bautizado en el Espíritu con la evidencia de hablar en lenguas, y que era necesario ser bautizado en el nombre de Jesús.
Estaba desconcertado. Sabía que yo era una persona nueva desde el momento que recibí a Cristo, pero ellos insistían que no entendería lo que realmente significa ser salvo hasta recibir al Espíritu Santo con el hablar en lenguas. Pero por cuanto intentaba, no pude experimentar lo que ellos describían y hablar en lenguas. Me dijeron que tenía que haber pecado en mi vida que necesitaba renunciar antes, pero no podía pensar en nada. Estaba tan enamorado de Jesús que no quería nada en mi vida contrario a Su voluntad y estaba muy dispuesto a confesar cualquier pecado.
Después que habían orado por mí un par de horas en vano mientras me decían que simplemente dejara salir las lenguas, ellos finalmente se dieron por vencidos y me dejaron ir. Esa noche casi no dormí. Estaba confundido. La próxima mañana el compañero del trabajo me regaló un manojo de su literatura explicando sus doctrinas. Eso era lo mejor que me hubiera podido hacer. Llevé la literatura a casa y con la Biblia abierta, buscaba cada texto de prueba que ellos presentaban. En las pocas semanas que había conocido al Señor ya había leído el Nuevo Testamento más de una vez y alguien me había enseñado como usar mi Strong’s Concordancia Exhaustiva nueva (todavía tengo la misma concordancia unos 50 años después). Basado en el poco conocimiento que había acumulado en ese breve tiempo, descubrí varios errores en su doctrina y mi sentido de paz y el gozo del Señor volvió. Cuando le mostré a mi compañero desde las Escrituras por qué sentí que estaban errados, me di cuenta que no tenía respuestas satisfactorias. Él dejó de “evangelizarme” y pude poner ese encuentro confuso con una secta cismática atrás.
Unos días después, otro compañero del trabajo que era de la Iglesia de Cristo me confrontó, preguntándome si había sido bautizado. Cuando le dije que no, él me dijo que aún estaba en mis pecados porque es el bautismo en agua que nos salva. Esta vez tenía más conocimiento de la verdad acerca del bautismo y sus textos de prueba no me convencieron. Sin embargo decidí encontrar a un pastor que me bautizara para que las sectas me dejaran en paz. [4] El pastor de la iglesia donde asistía no bautizaba nuevos convertidos, dando tiempo para ver evidencias de que habían realmente nacido de nuevo.
Desde el año 2000, mi esposa, mis hijos y yo hemos estado sirviendo como misioneros en la pequeña ciudad remota de Mitú, en el corazón de la selva Colombiana del Amazonas. En el año 2005, nuestra congregación estaba creciendo rápidamente. Habían convertidos siendo bautizados cada pocas semanas. Uno de los nuevos convertidos fue una mujer indígena, que descubrí más tarde, practicaba una de las brujerías más pesadas de Brasil. Aparentaba estar muy entregada al Señor. A menudo decía cosas raras, pero razonaba que ella era una creyente nueva y era difícil entenderla de todas formas porque su español estaba mezclado con su lengua indígena, y que, con el tiempo, bajo la enseñanza de la Palabra ella cambiaría.
Sin embargo, después de unas semanas empezamos a tener preocupaciones. Ella oraba por los enfermos y parecía que recibían sanidad y ella comenzó a dar profecías y contar sueños donde supuestamente le fue revelado que iba a ser el nuevo líder, y debido al fenómeno sobrenatural que la acompañaba, los nuevos convertidos - y hasta un par de familias que habían estado con nosotros por mucho tiempo, comenzaron a seguirla a ella. Algunos de ellos me preguntaron si ella podía bautizarlos en vez de yo, y en el momento no vi ningún problema con eso. Pero dentro de una semana de ese bautismo, ella llevó su grupo, que era casi la mitad de la congregación, y comenzó a tener reuniones en su casa. Su nueva iglesia solo duró unas semanas. Comenzó volviendo a bautizar a todos los que habían sido bautizados por mí. Y ese primer domingo, bautizando en el río agarraban a la gente pasando, insistiendo que ellos se bautizaran con tal de ser salvos.
Ella ordenó a todos, incluyendo a los niños, a entrar en un ayuno de tres semanas para cerrar nuestra iglesia. Los que la seguían eran totalmente embrujados. El mismo domingo del bautismo ella les mandó a quemar todo lo que tenían de color negro porque el negro era malo. Hicieron una gran fogata al lado del río donde quemaban sus televisores, muebles, ropa – cualquier cosa negra. Pintaron las paredes exteriores de nuestra iglesia con pintura negra. Recogían flores para echar a sus pies cuando salía de su cuarto a la sala donde tenían sus reuniones y se postraban ante ella. En presencia de ella había fenómenos como polvo de oro cayendo alrededor de ella y una nube de gloria, etc., que los mantenía hipnotizados, haciendo todo lo que ella pedía. A la mitad de la segunda semana del ayuno que ella había declarado para cerrar nuestra iglesia, uno de los padres que no era discípulo de ella la reportó a las autoridades que ella tenía a sus hijos encerrados para no romper el ayuno. Cuando llegó la policía, la encontraron a ella desnuda con los niños. A pesar de ese incidente, muchos de ellos seguían bajo su influencia. Unas semanas después ella se fue y jamás regresó, pero algunos de sus seguidores continuaban bajo su hechizo, mandándole ofrendas.
Por estas experiencias con las sectas a través de los años he aprendido a sospechar cualquier grupo cuyo líder insista que el bautismo en agua es necesario para la salvación. El enemigo es el maestro del engaño y hará cualquier cosa dentro de su poder para socavar el evangelio no adulterado que declara que Jesús lo hizo todo, y que nosotros simplemente respondemos en fe. Él hasta hace falsos milagros y señales pero detrás de esto es la doctrina que dice que tenemos que hacer algo para recibir el don de la gracia de Dios. Puede que no lo llamen un sacramento como hacen los Católicos, pero siempre es algo que tenemos que hacer para obtener la gracia de Dios – algo adicional más allá de simplemente recibir la salvación de Dios como un puro regalo de gracia, de Su corazón a nosotros.
Hace poco, alguien compartió un documental de una hora y media en Facebook, llamado “La Última Reforma,” producido por Torben Søndergaard de Dinamarca. Era una presentación bien editada mostrando milagro tras milagro. Dado que yo creo que los milagros siguen a los que predican el evangelio, estaba emocionado – eso fue hasta que vi que presentaba el bautismo en agua con el bautismo en el Espíritu y con el hablar en lenguas como necesarios para la salvación, en adición a la fe.
Como el video no se enfocaba en el tema del bautismo y fue mi deseo creer que era un nuevo mover de Dios, decidí visitar su sitio web. Compré su libro “La Última Reforma,” que básicamente presenta un modelo de vida de la Iglesia similar a lo del libro de los Hechos, y aunque hablaba de la importancia de ser bautizado inmediatamente al arrepentirse y creer en el evangelio, él no dijo que el bautismo era un sacramento, o algo necesario para la salvación. Buscando en Amazon, estaba sorprendido al encontrar otro libro del mismo título, “La Última Reforma,” escrito hace un siglo por F.G. Smith. Fue obvio que el libro de Torben estaba basado en el mismo libro de Smith. Sin embargo, Smith hablaba en contra de la salvación bautismal, mostrando como la Iglesia primitiva consideraba el bautismo en agua una ordenanza y no un sacramento. Smith mostró como el bautismo sacramental era una de las perversiones del evangelio que fue introducido en la Iglesia entrando en la Época Oscura.
Sin embargo, he estado expuesto a muchas sectas a través de los años – especialmente en el avivamiento de Jesús durante los ´70, y no podía evitar la premonición de que había algo errado con el movimiento “Última Reforma” de Torben. Así que volví a visitar su página web y comencé a escuchar sus enseñanzas en MP3 audio. Es en esas enseñanzas donde él explica que el Señor le dio una revelación mayor sobre la salvación por el bautismo con agua, que aún no tenía cuando escribió su libro, “La Última Reforma.” Él explica que era después de escribir su libro que él llegó a ver que no es solamente el arrepentirnos y creer lo que nos salva, sino que hay varios pasos más que uno tiene que tomar para concretar la transacción. Aquí están algunas citas tomadas de los videos de sus enseñanzas:
“Tenemos que cambiar nuestra manera de salvación y ver que la salvación no es una sola cosa, son más cosas juntas. Y no podemos dividir estas tres cosas (arrepentimiento y fe, el bautismo en agua y bautismo en el Espíritu con el hablar en lenguas). No es suficiente creer en Jesús solamente.” (video 10, 9:00 min.)
“En el arrepentimiento, esto es solamente el comienzo: estás comenzando a ser salvo. Allí recibes el nuevo corazón. Pero no es suficiente arrepentirse y creer en Jesús – también necesitas obedecer a la palabra de Jesús y bautizarte en agua, porque con el bautismo en agua entierras la vieja vida. Pero esto tampoco es suficiente: necesitas ser bautizado con el Espíritu Santo porque allí recibes lo que necesitas para vivir la vida cristiana, guiado por el Espíritu.” (video 10, 8:32 min.)
Cuando el carcelero Filipense preguntó a Pablo y a Silas: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?,” su respuesta fue solamente: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo.” (Hch 16:31). Sin embargo, según Torben, necesitamos cambiar nuestra manera de salvación y ver que no es suficiente creer en Jesús, y entender que creer es solamente el comienzo de un proceso de salvación. Y, ¿por cuánto tiempo tiene que continuar este proceso hasta ser salvos y seguros? Según él, no tendremos una salvación completa y segura hasta comer del Árbol de la Vida en la Nueva Jerusalén. Él dice:
“¿Creo yo que una vez uno es salvo es salvo para siempre? Sí. Una vez que comamos del Árbol de la Vida en el último capítulo de la Biblia…. Un día no podemos perder la salvación. Eso es el día que comamos del Árbol de la Vida.” (video 08, 1:12:17; video 15, 0:37:56)
Jesús dijo: “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, TIENE vida eterna.” (Juan 6:47). Pero Torben responde: “No tan rápido. Uno no puede estar seguro de su salvación y la vida eterna hasta después de morirse.” Debe ser obvio que su nuevo camino a la salvación no es lo enseñado por Jesús y por Sus apóstoles. Él invalida la gracia de Dios, convirtiendo las ordenanzas del Señor en sacramentos que tenemos que cumplir para ganar la gracia. Él es un ejemplo clásico de un maestro de la gracia mezclado, que intenta redefinir la gracia, convirtiendo la gracia de Dios en algo que tenemos que ganar. Él dice acerca de la gracia de Dios:
“Puedo ser tan atrevido como para decirles que todo lo que han oído de la gracia de Dios y acerca del Nuevo y Antiguo Pacto ha sido una mentira.” (video 15, 1:07:35)
La Reforma, bajo el liderazgo de Martín Lutero, parcialmente restauró la doctrina bíblica de la justificación por gracia por medio de la fe, dejando de enseñar todos los sacramentos con excepción de dos: La Santa Comunión y la Regeneración Bautismal. Una “Última Reforma” lógicamente continuaría la verdad de la justificación por la fe solamente, aparte de obras, removiendo todas las obras sacramentales requeridas para ganar la gracia gratuita de Dios, incluyendo la Santa Comunión y la Regeneración Bautismal. Sin embargo, el “nuevo camino de la salvación” presentado por Torben es una regresión a la salvación sacramental de la Época Oscura – un reverso total de la Reforma comenzada en el Siglo XVI.
Señales y maravillas siguen a los que creen en Jesús, mientras van proclamando las buenas nuevas de salvación por la gracia por medio de la fe, en obediencia a Su mandato. Pero, mientras Jesús promete que señales seguirán a los que creen, Él también advirtió que es una generación mala y perversa la que pide señales (Mt 16:4). Ha sido mi experiencia que, mientras nos ocupamos en ministrar a los perdidos y compartimos las buenas nuevas, el Señor a menudo sana y libera a los que estamos ministrando. Sin embargo, tendemos a hacer lo opuesto. Corremos de aquí para allá buscando señales en vez de ocuparnos con la proclamación del evangelio en fe y obediencia, dejando que las señales nos sigan.
Si somos honestos, la mayoría de nosotros tendríamos que confesar que es nuestra tendencia enfocarnos en nosotros mismos, corriendo de aquí para allá buscando señales y maravillas para fortalecer nuestra fe en vez de estar enfocados en las necesidades de otros que están perdidos y heridos - necesitados de las buenas nuevas de la salvación, simplemente dejando que el Señor nos use como a Él le plazca. Si nuestros motivos y prioridades son equivocados, llegamos a ser susceptibles al engaño y falsas doctrinas ocultándose detrás de señales y maravillas. Por el otro lado, si nuestros motivos están alineados con los de Cristo, quedaremos atónitos y maravillados por las señales y maravillas asombrosas siendo cumplidos al beneficio de los que Jesús quiere tocar.
Muy a menudo somos embrujados por ver piernas estiradas, dolores de cabeza y espalda sanados, polvo de oro, plumas, etc., etc., suponiendo que todas estas manifestaciones son evidencia de que Dios está con ellos sin tomar el tiempo para examinar su doctrina o mirar sus frutos (carácter y hechos).
Pablo comendó a los de Berea, diciendo que eran nobles porque no rechazaron su mensaje simplemente porque era algo nuevo para ellos. Sin embargo, no estaban convencidos basados solamente en las señales y maravillas que él hizo, sino que escudriñaban cada día las Escrituras para ver si las cosas proclamadas por Pablo eran así (Hch 17:11). Eso es lo que me gustaría invitarte hacer conmigo - que examinemos las Escrituras para ver lo que tienen que decir acerca del bautismo en agua.
La Verdad Fundamental del Evangelio
El fundamento del evangelio no es lo que hemos hecho, estamos haciendo, o haremos, sino lo que Jesús hizo por nosotros en Su muerte y resurrección. Dios en Su bondad y misericordia, pagó nuestra deuda en su totalidad y nos da Su perfecta justicia como un obsequio que simplemente recibimos por fe (Rom 3:22-24). Si hubiera tan solo una cosa que tuviéramos que hacer para obtener Su justicia, entonces dejaría de ser un regalo. Cuando el recipiente tiene que hacer algo más que recibirlo, entonces es una transacción – no un regalo (si tú… entonces yo….).
Aunque la única respuesta razonable, al recibir la salvación gratuita de Dios, sería ofrecernos a Él como un sacrificio vivo para amarle y obedecerlo, tal respuesta no debe ser tomada como ganando o reembolsándole a Dios por Su obsequio. Tal motivo para servir sería una afrenta a la gracia de Dios e inaceptable.
Si un padre fuera comprar un nuevo carro deportivo como regalo de grado, ¿Cómo se sentiría el padre si una semana después el hijo fuera entregarle un cheque de $100 a su padre diciéndole: “Aquí tienes papá. Esto es mi primer pago”? ¿No sería eso un insulto a la generosidad de su padre? Sin embargo, esa es la manera en que muchos entienden el regalo de la salvación, dado por nuestro Padre.
O peor aún, muchos son como Torben que dicen que uno no puede estar seguro de que el regalo realmente es nuestro hasta después de la muerte. Eso es como si el padre fuera dar al hijo el regalo de grado del carro deportivo, diciendo que era un regalo, pero que él iba a tener que esperar por muchos años más para ver si merecía recibirlo o no. ¿Podría ser considerado el carro deportivo como un regalo en este caso? No. Solo sería un regalo si fue dado sin condiciones. De la misma manera, nuestra salvación es un regalo, dado una vez para siempre al recibirlo. En el mismo momento que creímos fuimos sellados hasta el día de la redención:
“En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, 14 que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.” (Ef 1:13-14)
“Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.” (Ef 4:30)
Es al creer – no al ser bautizado, etc., etc., que uno es salvo y sellado por el Espíritu Santo. Y este sello no es un sello que puede ser roto en cualquier momento: Hemos sido sellados con el Espíritu Santo hasta el día de la redención, i.e. cuando Jesús nos lleva a estar con Él. Jesús dijo acerca de la permanencia del regalo de la salvación:
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, 28 y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. 29 Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. 30 Yo y el Padre uno somos.” (Juan 10:27-30)
Cuando creemos recibimos la vida eterna como un regalo y el resultado es que no pereceremos jamás. Algunos dirían que el regalo de la vida eterna aquí es condicional - que depende en que le sigamos. Sin embargo, cuando Jesús dice que Sus ovejas le siguen, Él está haciendo una afirmación: no está condicionando la vida eterna en si le seguimos o no. Una oveja sigue a su pastor porque es del pastor – no para llegar a ser oveja del pastor. De la misma manera, seguimos a nuestro Pastor porque somos Suyos – no para llegar a ser Suyos. El regalo de Dios de vida eterna nos hace inseparables de Dios y nos hace seguirlo – andando con Él.
Es solamente por el sacrificio de Cristo, hecho una vez para siempre, que nos ha perfeccionado para siempre: “porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Heb 10:14). El religionista cambiaría el orden y el tiempo de este versículo, haciendo que diga: “Los que están siendo santificados algún día serán perfeccionados para siempre (i.e. cuando coman del Árbol de Vida después de la muerte). Mientras que el escritor de Hebreos presenta el regalo de la salvación como un regalo completo incluyendo la salvación pasada, presente y futura, el religionista hace que la salvación sea algo que recibamos en plazos o sacramentos - como premios y no como un obsequio.
Una vez que verdaderamente entendemos que la salvación es un regalo de gracia, entonces sabemos que lo único necesario para la salvación es recibirla por fe. Un regalo de gracia no puede ser ganado, de otra manera deja de ser un regalo. Es por eso que Pablo dice que es un regalo de Dios, no por obras, para que nadie se gloríe (Ef 2:8,9). Decir que uno no es salvo porque solamente recibieron a Cristo sin hacer tal y tal cosa (circuncisión, bautismo, etc.), es intentar convertir el regalo de Dios en un premio o un pago. Como Pablo decía acerca de la nación de Israel en su tiempo:
“Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia. 6 Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra.” (Rom 11:5-6)
La fe que salva es fe solamente. Las obras que siguen la salvación inicial son parte del regalo de la gracia (Ef 2:10). Nuestra justificación vino como resultado de Su muerte. Nuestras obras de la nueva creación son el resultado de Su resurrección. Nuestra obediencia de fe como nuevas criaturas en Cristo son nada más y nada menos que la vida de resurrección de Cristo obrando en nosotros, dándonos el querer y el poder para hacer lo que a Él le plazca. De esta manera toda jactancia es excluida – no solamente en cuanto a obras para salvación, sino también obras después de ser salvo:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe.” (Ef 2:8-9)
Aquí vemos que la salvación es un regalo de gracia que hemos recibido en el pasado por la fe solamente, así excluyendo toda jactancia. En 1Corintios, Pablo enfatiza que no solamente es la justificación inicial exclusivamente una obra de Dios, excluyendo así toda jactancia, sino que la santificación presente y hasta la redención futura - todos son parte del regalo de la gracia, así excluyendo toda jactancia:
“Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; 27 sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; 28 y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, 29 a fin de que nadie se jacte en su presencia. 30 Mas POR ÉL estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; 31 para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.” (1Cor 1:26-31)
Mientras la mente religiosa tiene gran dificultad para creer que la salvación: pasado, presente y futuro es todo de Él – solamente recibida por la fe sin obras, eso es precisamente lo que encontramos en el Nuevo Testamento. Eso es lo que hace que sean las “buenas nuevas.” Es un REGALO gratuito de la gracia de Dios, simplemente recibido por fe. Cuando unas personas le preguntaron a Jesús: “¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras (pl.) de Dios?” Jesús les respondió diciéndo: “Esta es la obra (sing.) de Dios, que creáis en el que él ha enviado.” (Juan 6:28-29). La mente religiosa sigue insistiendo, “sí, ya lo sé, pero, ¿Qué tengo yo que hacer para ser salvo?” En las epístolas, después de la cruz, vemos a Pablo y Silas respondiendo a la misma pregunta de la misma manera, diciendo: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo.” (Hch 16:31). No fue hasta que el carcelero y su familia ya habían creído, recibiendo la salvación como un regalo, que Pablo y Silas les bautizó. Bautismo es algo que sigue la salvación – no algo que la obtiene.
Siguiendo la ilustración del padre regalando el nuevo carro deportivo a su hijo, desde el momento en que su padre compró el carro, era un regalo para su hijo. Lo único que el hijo tuvo que hacer fue recibir las llaves y era suyo. Obviamente, necesita meter las llaves y prender el motor para disfrutar de su regalo pero no era el acto de meter las llaves que hizo que el carro fuera su posesión. Lo que hizo que el carro fuera su posesión fue recibirlo como un regalo por fe. Seguramente, sabiendo que el carro es de él, hará muchas cosas que no podía hacer antes porque ahora tiene el carro, pero el carro no llegó a ser suyo porque metió las llaves y lo manejó. Es igual con la salvación. Hay muchas cosas que haremos que no podíamos hacer antes de recibir la salvación, pero no somos salvos por las cosas que hacemos. Es un regalo, comprado en la cruz a gran precio y es ofrecido gratuitamente a todos los que lo reciban. Aunque muchas obras siguen la salvación, no hay sacramentos u obras necesarias para obtener o mantenerla – de otra forma no sería un regalo.
Capítulo uno: ¿Qué es el Bautismo en Agua?
Habiendo visto que el bautismo sigue el regalo de la salvación en vez de ser un medio para recibirla, podemos ver el bautismo más de cerca para entender qué es, y por qué somos mandados a bautizarnos al recibir la salvación por fe.
Bautismo es Sumersión
Aunque la Iglesia tradicional se apartó de la práctica del bautismo por sumersión – solo salpicando con “agua bendita,” Jesús mandó a Sus discípulos a sumergirse en agua a los que creían – no simplemente salpicarlos. La palabra “bautizar” es la palabra griega baptizo que significa “inmergir o sumergir.” La palabra bapto se usaba para referirse al proceso de teñir tela, sumergiéndola en el tinte hasta que la tela quedaba impregnada con el color del tinte. [5]
También podemos ver que el bautismo era por sumersión examinando algunos de los pasajes en el Nuevo Testamento donde bautismos ocurrían:
“Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan EN el Jordán. 10 Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él.” (Marcos 1:9,10)
“Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al (gr. eís “dentro de”) agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó. 39 Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; y el eunuco no le vio más, y siguió gozoso su camino.” (Hch 8:38,39)
Aparte del hecho de que el bautismo literalmente significa sumergir, podemos ver por expresiones como “descender en el agua” y “subir del agua” que el bautismo por sumersión es la forma practicada en el Nuevo Testamento. De hecho, la única razón por la cual baptizo fue transliterada en vez de traducida en nuestras versiones en español era porque contradecía el sacramento tradicional de bautizar salpicando en vez de hacerlo por sumersión como vemos en el Nuevo Testamento. Entonces, ¿Por qué abandonaron la práctica de sumersión a favor de aspersión?
Una vez adoptada la doctrina de la Regeneración Bautismal, haciendo el bautismo necesario para la salvación, la Iglesia tuvo un dilema: ¿Qué podemos hacer con los que necesitan ser bautizados donde no hay suficiente agua o cuando el individuo es demasiado enfermo o herido para sumergir en el agua? Para resolver este dilema la Iglesia comenzó a aceptar efusión (riego) o aspersión (salpicadura) como métodos alternativos. Aunque estos métodos alternativos del bautismo no adecuadamente ilustran nuestra identificación con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección como hace la sumersión, fueron necesitados por su doctrina de la Regeneración Bautismal, porque muchos se arrepentían y creían pero no había agua disponible o la enfermedad o heridas hacían impráctico o imposible sumergirlos para que pudieran ser salvos. [6]
El Bautismo en Agua es una Representación Visible de una Realidad Espiritual
La Biblia es un libro lleno de figuras, imágenes, y sombras dadas para ilustrar la obra de Cristo en la cruz. Los sacrificios no podían quitar los pecados, sino que eran figuras o imágenes ilustrando el sacrificio de Cristo que quitaría de una vez para siempre los pecados del mundo, haciendo disponible la salvación a todos los que crean (Heb 10:3,4,12).
Las dos ordenanzas del Nuevo Testamento, de la misma manera que los sacrificios y ceremonias del Antiguo Pacto, son imágenes ilustrando nuestra participación en lo que Él hizo por nosotros, iniciando el Nuevo Pacto de la gracia. La primera Cena del Señor tomó lugar en el primer Día de los Panes sin Levadura al comienzo de la Pascua ese año. Ese mismo día Jesús, nuestro Cordero de Pascua, se ofreció a Si mismo por nosotros. Para nuestra mente occidental Jesús fue crucificado el próximo día, pero el día judío de la Pascua, (el 14 de Nissan), comenzaba al ponerse el sol y termina al ponerse el sol el próximo día – no de la medianoche a la medianoche, como nosotros contamos los días.
En la fiesta de los Panes Sin Levadura, los judíos comenzaban con una cena. Estando en la mesa, la cabeza de la casa tomaba el pan sin levadura, lo partía en dos y lo pasaba a los demás para que todos ellos participaran. Entonces tomaba la copa de vino y lo pasaba para que cada uno tomara de la copa. Esta cena no era algo nuevo para los discípulos. La habían celebrado cada año en el mismo 14 de Nissan del calendario judío. Sin embargo, esta celebración de la cena de los Panes sin Levadura iba a ser única porque Jesús iba a explicarles qué era lo que representaba la ceremonia. Imagina que estás en sus sandalias pensando que solamente van a participar una vez más en ese rito. Pero, en ese momento Jesús, por primera vez, explica lo que siempre había representado:
“Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. 27 Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; 28 porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados. 29 Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.” (Mt 26:26-29)
En ese momento, Él les reveló que el pan sin levadura que partían ceremonialmente cada año representaba Su cuerpo sin pecado que iba a ser partido en ese mismo día por ellos, y que el vino representaba Su propia sangre que Él, como nuestro Cordero de Pascua, derramaría por la remisión de los pecados, introduciendo el Nuevo Pacto en el cual Dios no se acuerda más de nuestros pecados (Jer 31:31-34).
Siglos después, la Iglesia Católica Romana introduciría la doctrina de la Transubstanciación, que enseña que en la Santa Cena el pan literalmente se convierte en el cuerpo de Cristo y el vino es transformado literalmente en la sangre de Cristo. La Cena del Señor, que Él estableció como una ordenanza para hacer en memoria de Él (Lucas 22:19), llegó a ser otro sacramento u obra necesaria para la salvación.
Sin embargo, lo que no toman en cuenta aquellos que creen esto, es que, cuando Jesús instituyó esta ordenanza Él aún no había dado Su cuerpo ni derramado Su sangre. Así que, en la primera Cena del Señor no pudo haber sido el cuerpo y la sangre literal de Cristo que ellos estaban tomando. Él simplemente les estaba explicando qué representaban el pan y el vino que siempre tomaban en la cena de los Panes sin Levadura cada año. Si yo fuera a mostrarte una foto de mi esposa y decirte: “Esta es mi esposa,” ¿pensarías que estaba casado con una foto? Claro que no. Todos entendemos que es solamente un imagen y una representación de otra realidad – mi esposa. ¡Imagínate si tú fueras a andar diciéndole a todo el mundo que yo estaba casado con una foto! Todos dirían que estabas loco. Todos entienden que solamente es una representación – una imagen de una realidad mayor – mi esposa. Sin embargo, los religionistas a menudo son tan místicos que conviertan meras sombras en realidad.
La tradición hizo lo mismo con el bautismo en agua que lo que hicieron con la Cena del Señor. Tomaron el bautismo del Nuevo Pacto, que es una figura de nuestra identificación con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección por nosotros, y declaró que es el bautismo en agua lo que literalmente nos une con Cristo en Su muerte y resurrección. Así que, en vez de ver el bautismo como un testimonio externo de nuestra unión con Cristo, hacen que sea un sacramento que tenemos que observar para llegar a ser unidos con Cristo y recibir la salvación.
El Bautismo en Agua es una Imagen de lo que el Espíritu Santo hace en el momento en que uno cree
“Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.” (1Cor 12:13)
En el momento que creímos y recibimos a Cristo fuimos bautizados en el Cuerpo de Cristo por el Espíritu Santo; regenerados con la vida eterna de Cristo y sellados con el Espíritu Santo hasta el día de la redención (Ef 1:13,14; 4:30). Este bautismo, regeneración y sellamiento no es algo observable en lo que activamente participamos. Es lo que el Espíritu Santo hizo en el momento que creímos el evangelio y recibimos a Cristo.
Muchos no reconocen la distinción importante entre el bautismo por el Espíritu y el bautismo en el Espíritu. Tenga en mente que bautizar es sumergir. En el bautismo por el Espíritu el Espíritu Santo, es el agente bautizando, y Cristo es la persona en quien somos bautizados. En cambio, con el bautismo en el Espíritu Santo, Cristo es el agente y el Espíritu Santo es la persona en quien somos bautizados:
“Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.” (Mt 3:11)
“Yo a la verdad os he bautizado con (en) agua; pero él os bautizará con (en) Espíritu Santo.” (Marcos 1:8)
“Yo os he bautizado en agua, pero él os bautizará en el Espíritu Santo.” (Marcos 1:8 RVA)
Aquí Juan el Bautista, que bautizaba en agua, habló de Cristo que vendría después de él, bautizando en el Espíritu Santo. Algunas traducciones tradicionales traducen la preposición griega “en” como si fuera “con” en vez del sentido normal que es “en.” La razón es obvia. Como abandonaron el bautismo por sumersión entrando en la Época Oscura, no podían traducir el griego “en” como “en” porque “en” en español expresa inmersión. Sin embargo, de las 2,752 ocurrencias de la preposición griego “en” encontrados en el Nuevo Testamento, solo vi unas pocas instancias donde se puede justificar el traducir el griego “en” por “con” en español, y traduciéndola como “con” cuando habla de sumersión no se justifica. Solamente insisten en esta rendición para poder justificar su sacramento de bautismo por aspersión en lugar de sumersión. Algunas traducciones han corregido esto, como vemos en la Reina Valera Actualizada (RVA) citada arriba. Otras versiones; para apaciguar a los sacramentalistas tradicionales, solo dan la lectura alterna “en” en sus anotaciones.
Mientras que el bautismo en el Espíritu es a menudo acompañado con una experiencia que puede ser observada por otros (Hch 8:18; 10:44-46), el bautismo por el Espíritu no es algo que experimentamos – sucede en el momento que creemos y recibimos a Jesús. En ese momento llegamos a ser uno con Cristo porque el Espíritu Santo nos bautizó o sumergió en Él. “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.” (1Cor 12:13). Desde ese momento, si somos conscientes de eso o no, Su muerte al pecado es nuestra muerte al pecado - Su resurrección es nuestra resurrección a la vida eterna:
“¿Ignoráis que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? 4 Pues, por el bautismo fuimos sepultados juntamente con él en la muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida.” (Rom 6:3-4 RVA)
Este pasaje se refiere al verdadero bautismo que nos salva en el instante que creemos – la sumersión por el Espíritu Santo, uniéndonos a Cristo. Algunos erróneamente piensan que se está refiriendo al bautismo en agua, pero el bautismo en agua es solamente una imagen, una representación externa de esta unión con Cristo que sucedió cuando el Espíritu nos bautizó en Cristo (no en agua). Esto es un evento espiritual del cual el bautismo en agua es solamente una figura, de la misma manera que el pan y el vino en la Cena del Señor. Tenemos que cuidarnos de las tendencias religiosas y humanistas de tomar la salvación - que es del Señor, haciendo que, a fin de cuentas, dependa de lo que nosotros hacemos y no lo que Él ya ha hecho por nosotros. Las Escrituras son muy enfáticas en decir:
“Mas POR ÉL estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; 31 para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.” (1Cor 1:30-31)
La mayoría aceptaría que muchos muriendo en el campo de batalla o agonizando clamaran al Señor y fueran salvos sin necesidad de ser bautizados, igual como con el ladrón en la cruz. La mayoría tenemos amigos o familiares que recibieron a Cristo al último momento y estamos confiados de que fueron salvos y están con el Señor. ¿Por qué? Porque en el momento en que creemos somos salvos, sellados con el Espíritu, nacidos de nuevo del Espíritu y unidos con Cristo por el Espíritu. Si no fuera así, ¿de qué servirían los capellanes militares y hospitalarios?
Otro texto que es erróneamente aplicado al bautismo en agua es el siguiente:
“En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo; 12 sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos.” (Col 2:11-12)
En este pasaje vemos que, tanto la circuncisión y el bautismo mencionados no son físicos sino espirituales – no algo que hace el hombre sino algo que hace Dios. Los que promueven la doctrina de la salvación por el bautismo en agua nos acusan de estar haciendo una separación entre lo físico y lo espiritual, pero eso es precisamente lo que vemos hacer a Jesús y los discípulos. En las Escrituras, vemos que son los carnales los que no logran distinguir entre el rito y la realidad.
El error de no distinguir el pan y vino físico, con la aplicación espiritual al sacrificio de Cristo en la cruz, resultó en la doctrina de la transubstanciación, que sostiene que el pan y vino se convierten en el cuerpo y sangre literal de Cristo. En el video de propaganda de Torben Søndergaard “La Última Reforma,” encontramos este mismo error aplicado al bautismo en agua:
“A menudo vemos el bautismo como una señal externa a una realidad interna. Y lo que es interesante con esa definición es que toma lo espiritual y lo físico y separa completamente estas dos cosas. Y como resultado solo vemos el bautismo como algo ceremonial que no tiene conexión alguna en la esfera espiritual. En otras palabras, es como una confirmación de algo ceremonial que no tiene conexión con nada en la esfera del espíritu. Pero el bautismo es muy diferente a esto. Lo que hemos descubierto es que el bautismo no es algo que es simplemente sacramental como una señal de una realidad interior. Estamos viendo que cuando desciendes en esa agua el Espíritu de Dios está tocando eso, y cuando el físico y el espiritual se conectan en el bautismo en agua Dios hace algo milagroso.” (“La Última Reforma” 50:30 min.)
Al contrario, así como la Cena del Señor fue instituida como una ordenanza (no un sacramento), para recordar lo que Cristo hizo en la cruz, de la misma manera el bautismo en agua es una ordenanza (no un sacramento), recordando lo que el Espíritu hizo cuando creímos, uniéndonos con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección a vida nueva. Pablo compara el bautismo con la circuncisión, enfatizando que la verdadera circuncisión, de la cual la circuncisión en la carne solamente es una figura, es la circuncisión de Cristo hecha sin manos. De la misma manera, el verdadero bautismo es el bautismo hecho por el Espíritu y no hecho por los hombres.
El Bautismo en Agua No nos Salva
“…esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua. 21 El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo.” (1Pedro 3:20,21)
En este texto, Pedro hace un paralelo entre la salvación de Noé y su familia de la destrucción del diluvio y el bautismo que nos salva a nosotros. Sin embargo, él rápidamente aclara que no está refiriéndose al bautismo en agua sino a nuestra unión con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección. Él comienza diciendo que la salvación de Noé y su familia de la destrucción en el Arca es como nuestra salvación de la destrucción, siendo unidos con Cristo en Su resurrección, pero se da cuenta que puede ser malinterpretado. Es por eso que incluyó la aclaración en paréntesis “(no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios).”
Pedro quiere dejar en claro que el bautismo en agua no es lo que salva, sino que la salvación es el resultado de “una buena conciencia hacia Dios,” o en otras palabras, una respuesta de “una fe no fingida.” Si no fuera por algunos que podían malinterpretarlo, pensando que él estaba hablando del bautismo en agua, no habría necesitado incluir la oración parentética. Simplemente hubiera dicho: “El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva - por la resurrección de Jesucristo.” Es el bautismo por el Espíritu que nos une con Cristo en Su resurrección – no el bautismo en agua. [7] “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo.” (1 Cor 12:13)
Si agregamos solamente un elemento humano al regalo de nuestra salvación por la gracia de Dios, deja de ser de gracia y llega a ser un mensaje de la gracia mezclada. Excluiría millones de creyentes que, por una razón u otra, murieron antes de recibir el bautismo en agua. Excluiría a los que creyeron en el último momento antes de morirse. Excluiría a todos los millones de creyentes que no fueron bautizados porque su iglesia no practicaba el bautismo en agua inmediatamente después de creer. Excluiría a los que vivían en áreas donde el agua era demasiado escasa, obligándoles a esperar.
Aún excluiría al ladrón en la cruz, a pesar del hecho que Jesús le prometió que estaría con Él en el paraíso ese mismo día después de morirse. Su salvación – al igual que la nuestra, dependía enteramente de lo que Cristo hizo por Él en la cruz y nada que ver con cualquier obra o sacramento hecho por él. Decir que el ladrón en la cruz fue exento del requisito del bautismo en agua porque todavía estaba bajo el Antiguo Pacto es exagerado y no tiene lógica. Él ladrón estaba crucificado al lado de Cristo cuando Él gritó diciendo: “Consumado es,” librando al hombre del Antiguo Pacto e introduciendo el Nuevo por Su propia sangre derramada. Esta interpretación presenta la salivación antes de la cruz como si fuera por fe solamente pero la salvación después de la cruz por fe más el bautismo. Creo que podemos adaptar las palabras de Pedro en el concilio de Jerusalén, aplicándolas a este caso también: “Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que (el ladrón)” (Hch 15:11).
Capítulo dos: Textos utilizados para enseñar la Salvación Bautismal
Hay numerosos textos que a menudo son interpretados como si estuvieran diciendo que el bautismo en agua es necesario para la salvación. Si uno no tiene su esperanza de salvación firmemente fundada en la sangre y justicia de Cristo solamente, algunos versículos, como traducidos e interpretados podría llevarle a uno a pensar que la salvación es en parte lo que Jesús hizo por nosotros y en parte lo que nosotros hacemos. Sin embargo, espero que nos quede claro a todos nosotros que la salvación es a través de Cristo solamente, solo por la gracia, enteramente aparte de obras de justicia que hayamos hecho o haremos, incluyendo las ordenanzas del bautismo y la Cena del Señor. Lo siguiente es una consideración de los textos de prueba presentados a favor de la Regeneración Bautismal.
Hechos 2:38
“Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” (Hch 2:38)
Elegí este pasaje primero porque es el texto de prueba que usa Torben Søndergaard para sustanciar sus tres pasos para iniciar el proceso de la salvación. Según él y otras sectas similares, como los Pentecostales Unidos, todos los tres elementos: arrepentimiento, el bautismo en agua y el don del Espíritu Santo (que ellos entienden como el bautismo del Espíritu Santo acompañado con el hablar en lenguas), son necesarios para finalizar la transacción de la salvación inicial.
Para ellos, estos tres “requisitos para la salvación” (arrepentimiento, bautismo en agua y el bautismo en el Espíritu Santo con el hablar en lenguas) deben ser entendidos como también implícitos en todos los demás pasajes donde la fe es la única condición presentada para la salvación. En el próximo sermón de Pedro, solamente el número de los hombres que creyeron, sin contar a las mujeres y niños, llegó a ser como 5.000. ¿Qué era lo que Pedro les dijo que era necesario para el perdón de pecados? Él ni mencionó el bautismo. Simplemente les dijo: “arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados.” (Hch 3:19). En contraste con el bautismo en agua, arrepentimiento y conversión son integrales con la fe salvífica. Para creer en Jesús, un judío inconverso tendría que arrepentirse o “cambiar de parecer” (metanoéo) acerca de Jesús, reconociendo su necesidad de Él. También, para tener fe verdadera tendría que convertirse, o “dar vuelta” (epistrefo). Esto es cuando damos vuelta al pecado y al mundo, poniendo la mira en Jesús. Ambos - arrepentimiento y conversión, son una parte integral de lo que significa creer en Jesús. No son algo aparte de la fe, o algo adicional a la fe, como sería el caso con el bautismo en agua, dado que simplemente son una parte de lo que significa verdaderamente creer en Jesús y recibirlo.
De unas 48 veces que el evangelio es predicado y recibido en el libro de los Hechos, en solamente 8 instancias hay mención de que los que creyeron fueron bautizados después, y en ninguna de estas instancias podríamos concluir que el bautismo era necesario para ser salvos. Pedro, en una instancia, hablando a Cornelio y a los de su casa, dice que es la fe la que resulta en la remisión de pecados – no el bautismo:
“De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.” (Hch 10:43)
Nuestro entendimiento de Hechos 2:38 debe tomar en cuenta lo que Pedro dice aquí, que recibimos perdón cuando creemos – no cuando somos bautizados en agua. En esta instancia creyeron y fueron bautizados en el Espíritu Santo y solo después fueron bautizados en agua (v. 47).
Hechos 22:16, a primera vista, parece contradecir esto. Las traducciones tradicionales más antiguas como la Reina Valera, consistentes con su creencia en la Regeneración Bautismal lo traducen:
“Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre.” (Hch 22:16)
Sin embargo, estudios más recientes favorecen traducir la frase “invocando su nombre,” como “por invocar su nombre.” Esta es una traducción válida del texto en el griego. La preposición “invocando” (epikaléomai) es mejor entendida como un participio circunstancial en el griego, expresando manera o medio. Esto es de acuerdo con el resto de las Escrituras que dicen que todos los que invocan el nombre del Señor serán salvos (Rom 10:13). No es el bautismo que nos salva sino el Señor, cuando ponemos nuestra fe en Él, invocando Su nombre. Por este motivo muchas de las traducciones más recientes hicieron esta corrección:
“Ahora, ¿qué esperas? Levántate y bautízate, y lava sus pecados mediante invocar Su nombre.” (Hch 22:16 Holman Christian Standard Bible)
Si es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quiten los pecados (Heb 10:4), ¡Cuánto menos es posible que el agua nos lave de los pecados! Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados (Heb 9:22). Aun así, solamente la sangre de Jesucristo el Hijo de Dios puede lavarnos de nuestros pecados. (1John 1:7). Traducir este pasaje de tal manera como para presentar el bautismo en agua como si fuera lo que nos lava de nuestros pecados, y no la sangre de Cristo, es una afrenta a Su sangre redentora derramada por nosotros en la cruz.
Volviendo al texto bajo consideración en Hechos 2:38, quiero enfocarme en la oración: “bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados.” Los que enseñan la Regeneración Bautismal entienden la preposición “para” en el sentido de “con tal de recibir.” Sin embargo, esta preposición tiene varios sentidos posibles. Obviamente, basado en todo lo que hemos visto, la rendición “con tal de recibir el perdón de los pecados” no es la traducción correcta.
Aquí en la selva amazónica muchos sufren de hongo de uñas debido a la humedad. Si yo fuera a decirle a mi vecino: “deja tus pies en remojo con vinagre y agua para el hongo de las uñas,” sabrías que no quiero decir, “con tal de recibir.” En este caso “para” significa “en vista de” o “debido a.” Entendido de esta manera el versículo dice: “bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo en vista del perdón de los pecados (que recibiste al creer).” Esto concuerda con el hecho que las ordenanzas de la Cena del Señor y el bautismo en agua son una figura de una realidad mayor, de la misma manera que fueron los sacrificios del Antiguo Testamento. Nos arrepentimos y somos bautizados en agua en vista de la remisión de los pecados, que ya tenemos debido a que hemos sido bautizados en el Cuerpo de Cristo a través del bautismo por el Espíritu, que tomó lugar en el momento en que creímos.
Vale mencionar que la misma preposición es utilizada en otro lugar en relación con el bautismo donde es evidente que la preposición “para” no significa “con tal de recibir.” Juan usa la misma preposición (eís) cuando dijo “Yo a la verdad os bautizo en agua para (eís) arrepentimiento….” (Mt 3:11). Es obvio que somos bautizados en vista de o debido a nuestro arrepentimiento – no con tal de recibir arrepentimiento.
Juan 3:3-6
“Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. 4 Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? 5 Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. 6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.” (Juan 3:3-6)
La doctrina de la “Regeneración Bautismal” está fundamentada en una interpretación errónea de este texto. Los que enseñan esta doctrina entienden la frase “el que no naciere de agua y del Espíritu” como refiriéndose a un nuevo nacimiento por medio del bautismo en agua y el Espíritu. Sin embargo, hay más de un problema con identificar el uso de la palabra “agua” aquí como refiriéndose al “bautismo en agua.”
En primer lugar, Jesús no utilizó la palabra “bautismo” aquí. Nicodemo hubiera estado familiarizado con el bautismo con agua, porque todo gentil que se convertía al judaísmo tenía que ser bautizado. Además estaba familiarizado con el bautismo de Juan. Así que, si Jesús estuviera refiriéndose al bautismo con agua Él habría dicho simplemente: “El que no naciera de nuevo por medio de ser bautizado en agua y el Espíritu, no puede ver el reino de Dios.” Sin embargo Jesús, en respuesta a la pregunta hecha por Nicodemo, estaba explicándole que hay dos nacimientos distintos – el nacimiento de la carne y el del Espíritu.
En segundo lugar, los que creen en la Regeneración Bautismal dicen que el ladrón en la cruz fue salvo sin la necesidad de ser bautizado porque el bautismo no era un requisito para ser salvo bajo el Antiguo Pacto. Esto presenta una contradicción porque esta conversación entre Jesús y Nicodemo sucedió bajo el Antiguo Pacto, antes de la cruz. Si el bautismo en agua no era un requisito para la salvación en el caso del ladrón en la cruz porque vivía en una dispensación anterior, entonces tampoco fue necesaria para Nicodemo.
Más adelante en el verso 10, Jesús reprocha a Nicodemo diciéndole: “¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?” ¿Qué era lo que Nicodemo debía de haber sabido del Antiguo Testamento como maestro en Israel? ¿El bautismo en agua? No. Ni es mencionado en el Antiguo Pacto. Lo que él debía de haber conocido era la promesa de recibir un nuevo espíritu, como vemos en Ezequiel:
“Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne.” (Ez 11:19)
Jesús no pudo haber estado reprochando a Nicodemo por no saber de una Regeneración Bautismal, dado que el bautismo en agua no aparece en el Antiguo Testamento. Así que, necesitamos examinar el texto para ver qué era lo que Jesús quería comunicarle cuando Él dijo que era necesario nacer del agua y del Espíritu.
En el contexto, vemos que Jesús estaba respondiendo a la confusión de Nicodemo acerca del nuevo nacimiento. Cuando Jesús dijo que era necesario nacer de nuevo, Nicodemo preguntó: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?” Obviamente, la primera prioridad de Jesús sería clarificar, haciendo una distinción entre nuestro primer nacimiento, que es físico, y el nuevo nacimiento que es espiritual. Jesús le dio una respuesta de dos partes – ambas enfatizando la distinción entre el nacimiento físico y el nacimiento espiritual:
Respuesta #1: el que no naciere de agua (ek) y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.
Respuesta #2: Lo que es nacido de (ek) la carne, carne es; y lo que es nacido del (ek) Espíritu, espíritu es.
Ambas son respuestas a la pregunta presentada por Nicodemo. Ambas hacen el contraste entre el nacimiento natural y el nacimiento espiritual. Ser “nacido de la carne” es una aclaración de lo que significa ser “nacido del agua.” La preposición “de” que es utilizada varias veces en este pasaje es ek que habla de origen. Nuestro nacimiento se originó en agua amniótica del vientre de nuestras madres y esa misma agua nos ayudó a entrar en el mundo material. La interpretación tradicional haría que el agua bautismal física sea la fuente u origen (ek) de nuestra vida espiritual, mucho como la doctrina Católica Romana de la Transubstanciación que dice que el pan y vino físico se convierten en el Cuerpo y sangre de Cristo con propiedades salvíficas en la Santa Misa.
La interpretación tradicional presenta a Jesús como si ignorase la equivocación de Nicodemo acerca del nuevo nacimiento, pero en realidad Él está respondiendo al malentendido de Nicodemo explicando que en el nuevo nacimiento es nuestro espíritu, y no nuestro cuerpo lo que nace de nuevo. Y el nuevo nacimiento no es de agua o de carne sino del Espíritu como su fuente. Así que, la referencia al nacimiento por agua hecho por Jesús en Juan 3 no se está refiriendo al bautismo en agua, ni a nuestro nacimiento espiritual, que es por el Espíritu y no por el agua.
Marcos 16:16
“El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” (Marcos 16:16)
Lo que este texto nos dice es que los que creen y son bautizados serán salvos, mientras los que no creen serán condenados. Sin embargo, lo que no dice es tan importante como lo que dice. Lo que no dice es lo que pasa con los que creen pero por una razón u otra no se bautizan. Los que enseñan la Salvación Bautismal tiene que suponer algo que el texto no dice. Tienen que suponer que no es fe solamente lo que salva sino la fe más bautismo, y por lo tanto los que no son bautizados antes de morir son condenados, aún si eran creyentes. Lo que suponen contradice otros textos que presentan la fe solamente como necesaria para la salvación, como lo que Jesús había dicho anteriormente en Juan 3:18:
“El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.” (Juan 3:18)
Si lo que ellos suponen es cierto, entonces Jesús dejó fuera un ingrediente esencial en Su presentación de la Salvación en Juan 3:18, porque aquí menciona fe como lo único necesario para ser justificado – no fe más bautismo. Ellos asumen que lo que Jesús quería decir en Marcos 16:16 es: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere (y sea bautizado), será condenado.” De esta manera ellos hacen que las palabras de Jesús aquí contradigan lo que claramente dijo en Juan 3:18 y muchos textos más – que uno es salvo por fe solamente, sin las obras (cf. Juan 5:24; 20:31; Ef 2:8,9; 1Juan 5:11-13).
Son culpables de razonamiento sin-séquito. Si una declaración es cierta, no debemos automáticamente suponer que lo contrario también sea cierto. Por ejemplo, si yo fuera a decir: “Todos que creen y vienen al altar serán salvos, pero los que no creen se perderán,” sería incorrecto concluir que los que creyeron pero no llegaron al altar estarían perdidos simplemente porque creyeron donde estaban, sin ir al altar. Es creer - no creer más ir al altar que salva, aunque los invité a hacer las dos cosas.
Gálatas 3:27
“porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos.” (Gál 3:27)
Algunos argumentan que esto está refiriéndose al bautismo en agua. Sin embargo, no es el agua lo que nos une con Cristo sino el Espíritu – no el bautismo en el Espíritu, que vamos a examinar en breve, sino el bautismo por el Espíritu que nos sumerge o bautiza en Cristo, como ya vimos en 1Corintios 12:12,13:
“Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. 13 Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.” (1 Cor 12:12,13)
Si Pablo hubiera estado refiriéndose al bautismo en agua habría dicho: “Por un solo ministro fueron bautizados en agua.” En el bautismo en agua somos bautizados en agua – no en Cristo. El bautismo en agua es un testimonio externo de lo que ya sucedió el momento que creímos, cuando el Espíritu nos bautizó en Cristo. El bautismo en agua es solamente una imagen, un símbolo, una sombra. Confundir la sombra con la realidad es como decir que los toros y los machos cabríos ofrecidos en sacrificios cada año era lo que quitaba los pecados y no el sacrificio de Cristo, el Cordero de Dios – el único que pudo quitar los pecados del mundo (Heb 10:4).
Viendo Gálatas 3:27, junto con el versículo anterior, deja aún más claro que no es el bautismo en agua que nos une a Cristo: “todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos.” Cuandoquiera que vemos una oración introducida por “porque” debemos de preguntarnos por qué está allí. Después de decir que llegamos a ser hijos de Dios por medio de la fe, él introduce la explanación de qué era lo que hizo que llegáramos a ser hijos de Dios: Habiendo creído fuimos bautizados (voz pasiva) en Cristo – el Primogénito entre muchos hermanos. Este bautismo fue hecho por nosotros por el Espíritu, bautizándonos en Cristo cuando creímos – no hecho por nosotros mismos cuando fuimos bautizados en agua.
Tito 3:4-7
“Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, 5 nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, 6 el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, 7 para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.” (Tito 3:4-7)
Algunos ven la ordenanza del bautismo en agua incluida en este texto en la frase “lavamiento de la regeneración.” Sin embargo, el énfasis de este pasaje es sobre lo que Dios hace por nosotros por Su pura gracia; antes de, y aparte de cualquiera cosa que podríamos hacer después. Aquí el lavamiento de la regeneración y renovación es del Espíritu Santo – Su obra interior. Somos lavados por la sangre de Jesús, regenerados y renovados en el momento que recibimos a Cristo en nuestros corazones. En ese momento Él derramó su Espíritu sobre nosotros abundantemente, sellándonos, limpiándonos, bautizándonos y permaneciendo con nosotros. Todo esto es para la alabanza de la gloria de Su gracia. Introducir una condición humana dentro de este texto, que obviamente fue escrito para exaltar las riquezas de Su gracia, es hacer nula la gracia de Dios.
Ni pienses por un momento que Pablo hubiera dicho: “Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio” si el evangelio fuera de ningún efecto aparte del bautismo en agua (1Cor 1:17). Mirando atrás en la eternidad entenderemos que nuestra salvación tenía todo que ver con lo que Cristo hizo por nosotros y en nosotros, y absolutamente nada que ver con cualquier contribución de parte nuestra. Es todo por la gracia, para la alabanza de Su gracia. Ninguno en el cielo podrá decir: “Estoy en el cielo porque me circuncidé o porque fui bautizado y fielmente cumplía todos los sacramentos. Todo gloriarse (menos gloriarse en la cruz), será excluido por completo (Ef 2:8,9; 1Cor 1:18, 28-31).
Capítulo tres: El Bautismo en el Espíritu con la Evidencia de hablan Lenguas
Sectas, como “La Última Reforma” de Torben Søndergaard, Pentecostales Unidos y otras denominaciones Pentecostales de “Jesús Solo,” añaden otro requisito más para la salvación en adición a la fe. Dicen que uno no solo tiene que haber sido bautizado en agua para ser salvo sino que tiene que ser bautizado en el nombre de Jesús, recibiendo el bautismo del Espíritu con la evidencia de hablar en lenguas – de otra manera uno no es salvo.
Simplemente haciendo que el bautismo en el Espíritu, como una experiencia, sea necesario para la salvación, en adición a, y acompañando el bautismo en agua, excluiría 99% de todos los cristianos a través de los siglos que simplemente creyeron y fueron bautizados en agua sin esa experiencia. [8] Agregando a la experiencia del bautismo en el Espíritu el requisito adicional que tiene que ser evidenciado con el hablar en lenguas haría que la salvación sea algo exclusiva a estas pequeñas sectas aisladas. Debemos de tener presente que uno de los indicios de una secta cismática es que insisten en que poseen verdades exclusivas a ellos que son necesarias para la salvación, en adición a la fe en Cristo solamente, así causando división en el Cuerpo de Cristo.
Cada maestro, teólogo o profeta merece ser escuchado, examinando su enseñanza o profecía a la luz de las Escrituras. Nadie debe ser censurado simplemente porque presentan algo distinto a lo que siempre hemos creído. Si eso fuera el caso con Martín Lutero y los otros Reformadores, nunca hubiéramos salido de la Época Oscura. Sin embargo, al examinar las interpretaciones de sectas como Pentecostales Unidos y La Última Reforma, podemos ver que lo que ellas, y otras sectas hacen, es presentar condiciones a la salvación adicionales a la justificación por la fe solamente, de esa manera deshaciendo lo que comenzaron los Reformadores. Según el camino a la salvación de Torben Søndergaard, ni los reformadores como Lutero y Calvino eran salvos porque ellos ni creyeron en la experiencia del bautismo en el Espíritu con el hablar en lenguas. De hecho, la mayoría de los Reformadores ni fueron bautizados al creer, dado que ellos seguían creyendo en el bautismo infantil como un sacramento salvífico. En realidad el movimiento de Torben llamado “La Última Reforma” es un retroceso de la Reforma, que hundiría la Iglesia de nuevo en la Época Oscura, diciendo que la justificación no es de gracia por medio de la fe solamente, dado que, según ellos, hay otros requisitos para la salvación.
¿Es la Experiencia del Bautismo en el Espíritu un Requisito para la Salvación?
Ya hemos visto que una fe que recibe a Cristo es la única condición para la salvación. No hay clausulas ocultas en la respuesta de Pablo y Silas a la pregunta: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” Cuando respondieron diciendo sencillamente: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo,” estaban dándole la única respuesta necesaria para ser salvos. Eso es lo mismo que vemos a través de todo el Nuevo Testamento. Si aún tienes dudas de que la salvación sea de gracia por medio de la fe solamente, te animo a tomar unos momentos para leer los siguientes textos antes de continuar: Juan 1:12; 3:15,16, 36; 6:40,47; 7:38; 11:25,26; 20:3; Hch 13:38,39; Rom 5:1; Gál 3:22, 36; Ef 2:8; 1Juan 5:10-13.
Todas las obras que siguen nuestra justificación por fe, como siendo bautizados, testificando, dando etc. son obradas desde la salvación – no para la salvación. No son nuestras obras, sino llegamos a ser hechura Suya (Ef 2:8-10). Es Él mismo quien obra en nosotros dándonos tanto el querer como el poder para hacer Su buena voluntad (Fil 2:12,13; Ezeq 36:26,27). Ahora ya no somos nosotros los que vivimos, sino Cristo quien vive a través de nosotros (Gál 2:20). Cualquiera presentación del evangelio que no considere la fe en Cristo únicamente, como suficiente para la salvación, es otro evangelio y no el verdadero evangelio de nuestro Señor Jesucristo.
El Don del Espíritu es diverso en sus Manifestaciones
“Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. 39 Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.” (Hch 2:38-39)
Muchos que simplemente creyeron en el evangelio de Jesucristo, habiéndolo recibido como su Salvador y Señor, han sido llevados a cuestionar su experiencia de salvación por sectas como La Última Reforma, simplemente porque no fue acompañada por la experiencia emocional que ellos definen como el bautismo en el Espíritu Santo con el hablar en lenguas. La gran mayoría de los creyentes simplemente creyeron en el evangelio, y por fe se consideraban salvos por la gracia solamente. Algunos recibieron lo que describen como un poderoso bautismo en el Espíritu Santo al creer, igual como yo. Pero otros; aunque sus vidas fueron transformadas, posiblemente no sintieron más que una paz con Dios, sabiendo que fueron aceptos ante Dios basados en su fe en lo que Cristo hizo por ellos.
El don del Espíritu es recibido por todos en el momento que creemos y nacemos de nuevo del Espíritu. Es una parte inseparable del paquete de la salvación. Sin embargo, algunos solamente asocian el don del Espíritu con un elemento del don – el bautismo en El Espíritu Santo. En su opinión, si uno no recibe la experiencia que ellos llaman el bautismo en el Espíritu con todas sus manifestaciones acompañantes, entonces ese individuo no ha sido salvo aún. Para ellos, si el Espíritu no se manifiesta de la misma manera que hizo en el aposento alto en el Día del Pentecostés, entonces uno aún no ha recibido el don del Espíritu.
Sin embargo, viendo a través del Nuevo Testamento – especialmente en el libro de los Hechos (y también cómo el Espíritu ha obrado a través de los siglos siguientes), es evidente que el Espíritu se mueve como Él quiere y según Su tiempo, y no se deja encajonar por alguna fórmula o modelo de operación que impondríamos sobre Él para limitar o confinar Sus operaciones (1Cor 12:11). Los ministerios del Espíritu Santo en nuestras vidas son muy diversos y no pueden ser limitados a la experiencia que ellos definen como el bautismo en el Espíritu Santo.
Capítulo cuatro: Operaciones del Espíritu Santo terminadas
Cada creyente tiene el don del Espíritu Santo. Sin minimizar el bautismo en el Espíritu Santo, siento que es importante enfatizar que el don del Espíritu es el Espíritu Santo mismo y no solamente el bautismo en el Espíritu. Los dones y obras del Espíritu son diversos. Algunos de Sus dones y obras suceden por necesidad en el momento que creemos, mientras otros pueden ser efectuados o impartidos después de la salvación, según Su beneplácito y tiempo, y no necesariamente en el momento que uno es salvo. Estos ministerios que fueron efectuados, y los dones que fueron dados al comienzo cuando creímos, son los siguientes:
El Espíritu nos bautizó a todos en Cristo
“Porque POR un solo Espíritu fuimos todos bautizados EN (eis) un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.” (1 Cor 12:13)
Como ya hemos visto, muchos confunden el bautismo en el Espíritu con nuestro bautismo en Cristo. En la primera instancia Cristo es El que bautiza y el Espíritu Santo es Él en quien somos bautizados. En el segundo caso, es el Espíritu Santo El que bautiza y Cristo es Él en quien somos bautizados. Sin embargo, como veremos, ambos bautismos invariablemente suceden en el momento en que somos salvos e independientemente de cualquier experiencia que los acompañe. Por medio de esta unión con Él, por el bautismo por el Espíritu, fuimos unidos con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección. El bautismo en agua es simplemente un símbolo externo que representa esta unión con Cristo que fue efectuado por el Espíritu Santo cuando nos convertimos. Esto es claramente lo que Pablo describe en Romanos 6:
“los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? 3 ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en (eis) Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? 4 Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. 5 Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; 6 sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. 7 Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. 8 Y si morimos (pasado “hemos muerto”) con Cristo, creemos que también viviremos con él; 9 sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. 10 Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. 11 Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.” (Rom 6:2-11)
En este bautismo en Romanos 6, fuimos bautizados en Cristo. Es la obra del Espíritu, bautizándonos en Cristo Jesús (no en agua), que nos une con Él en Su muerte, sepultura y resurrección. Jesús tomó el Hombre Viejo (la vieja humanidad en Adán), crucificándolo con Él en la cruz. Cristo fue sepultado y resucitó de nuevo a la vida eterna como el Nuevo Hombre – como nuestro Último Adán, llegando a ser el primogénito entre muchos hermanos en la Nueva Creación. Este bautismo – llegando a ser uno con Cristo, no era algo que hicimos o conscientemente experimentamos, como es el caso con el bautismo en agua o la llenura del Espíritu. Fue algo que Él hizo por nosotros al creer. Este bautismo en Cristo nos salva – no la experiencia de la llenura del Espíritu que uno puede o no experimentar al creer, ni tampoco quitando la mugre por bautizarnos en agua (1Pedro 3:21).
Si la salvación dependiera de alguna manera de algo que nosotros hagamos, o aún algo que el Espíritu hace adicional a la muerte, sepultura y resurrección de Cristo por nosotros, entonces llega a ser otro evangelio y no el evangelio de Jesucristo en Su muerte y resurrección que ya fue consumado por nosotros en la cruz hace 2.000 años.
La Residencia del Espíritu Santo en Nosotros es inmediata y permanenteHasta el Día del Pentecostés el Espíritu Santo no podía tomar residencia en nosotros porque Jesucristo aún no había hecho la expiación por nuestros pecados, así quitándolos de nosotros. Sin embargo, cuando Jesús ascendió al Padre el Espíritu Santo prometido fue enviado a tomar residencia permanente en cada creyente redimido. En la Última Cena el Señor les explicó a Sus discípulos que su relación con el Espíritu Santo estaba a punto de pasar a una nueva dimensión:
“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: 17 el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros.” (Juan 14:16-17)
Hay dos verdades gloriosas en este pasaje. En primer lugar, vemos que ahora el Espíritu Santo no simplemente viene a reposar sobre nosotros o permanecer con nosotros temporalmente para lograr Sus propósitos como hizo bajo el Antiguo Pacto, sino que ahora bajo el Nuevo Pacto, desde el Día del Pentecostés, Él no está simplemente permaneciendo con nosotros sino que está en nosotros, según la promesa del Padre en Ezequiel 36:27: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.” En segundo lugar, vemos la permanencia de esta relación – Él permanecerá con nosotros para siempre. Pablo, sabiendo que el Espíritu Santo siempre reside en nosotros, nos manda a vivir en santidad:
“Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para (eis) el día de la redención.” (Ef 4:30)
El don del Espíritu Santo en Su relación de estar morando en nosotros es inmediato y permanente desde el momento que recibiste a Cristo y naciste de nuevo. Su tu eres de Cristo, el Espíritu Santo reside en ti permanentemente. Tal vez no experimentaste una llenura poderosa del Espíritu al creer. Es posible que no ha sido constante en su andar en el Espíritu, siendo lleno de Él y guiado por Él debidamente. Pero si eres de Cristo entonces has recibido el don del Espíritu y Él mora en ti:
“Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.” (Rom 8:9)
La promesa del Padre es el Espíritu Santo mismo tomando residencia permanente en nosotros. Todos los demás aspectos de Su ministerio por, en y sobre nosotros simplemente son facetas del mismo don. Pablo preguntó a los 12 discípulos de Juan el Bautista en Éfeso: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?” (Hch 19:2). Aparentemente había evidencias faltantes en estos discípulos que permitía a Pablo discernir que ellos aún no lo habían recibido y después de imponerles las manos el Espíritu vino sobre ellos de tal manera que hablaban en lenguas y profetizaban, pero hablando en lenguas y profetizando simplemente son dos de los dones o manifestaciones del Espíritu. El don prometido era el Espíritu mismo.
Fuimos sellados por el Espíritu cuando creímos
“En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, 14 que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.” (Ef 1:13-14)
Pablo dice aquí que el Espíritu Santo prometido nos selló en el mismo momento que creímos. Este sellamiento con el Espíritu garantiza nuestra herencia celestial que recibiremos cuando seamos redimidos como Su posesión adquirida en la venida de Cristo por nosotros (cf. Ef 4:30). Nuestro precio de redención ya ha sido pagado en su totalidad por la sangre de Cristo y la presencia permanente del Espíritu Santo es la garantía de nuestra glorificación futura.
Recuerdo la primera vez que leí estos pasajes y comprendí que había sido sellado con el Espíritu Santo en el momento en que creí en Cristo. Esta verdad para mí era una bendición y me fortaleció. Sin embargo, no era algo que experimenté en el momento que sucedió. Así como, cuando el Espíritu Santo me bautizó en el cuerpo de Cristo cuando creí, era algo que el Espíritu hizo por mí sin que yo lo supiera hasta después. Es lo mismo con el sellamiento con el Espíritu. Es este sello del Espíritu, y no nuestro bautismo en agua, es lo que garantiza nuestra herencia, de la misma manera que es el Espíritu bautizándonos en Cristo lo que nos salva y no el bautismo en agua.
Todos fuimos Bautizados en el Espíritu Santo cuando creímos
Mientras muchos evangélicos estarían de acuerdo en que cada creyente tiene el don del Espíritu que mora en nosotros y que todos fuimos bautizados por el Espíritu en Cristo y sellados con el Espíritu hasta el día de la redención sin la necesidad de ser acompañados con manifestaciones externas, hay mucho desacuerdo acerca del bautismo en el Espíritu Santo.
Aunque todos los evangélicos enfatizan que la salvación es solo por fe en Cristo y rechazan cualquier enseñanza que condicione la salvación en el bautismo en el Espíritu Santo, hay mucho desacuerdo acerca del bautismo en el Espíritu Santo. Algunos dicen que siempre tiene que estar evidenciado por el hablar en lenguas. Otros insisten que las lenguas solamente son una señal de muchos dando evidencia que uno ha recibido el bautismo en el Espíritu Santo, mientras otros más (los Cesacionistas) niegan que lenguas, o cualquier otro don sobrenatural, son para hoy. Algunos dicen que el bautismo en el Espíritu tiene que suceder en el momento que uno es salvo, mientras otros insisten que uno puede buscarlo y recibirlo en cualquier momento subsiguiente a la salvación. Algunos dicen que es una sola experiencia, mientras otros dicen que puede ser experimentado varias veces en la vida.
Un entendimiento correcto del bautismo en el Espíritu Santo es de gran importancia. Algunas de estas enseñanzas acerca del bautismo en el Espíritu Santo han resultado en que creyentes nacidos de nuevo, o se sienten como cristianos de segunda clase, o peor, dudan de su experiencia de la salvación, porque, aunque han creído en el Señor Jesucristo, no han hablado en lenguas ni experimentado las manifestaciones del Espíritu Santo como otros a su alrededor.
He experimentado tiempos de avivamiento más de una vez, comenzando con el avivamiento del Movimiento de Jesús en los años ´60 y ´70 y he leído acerca de los muchos avivamientos a través de la historia de la Iglesia y sé que cuando el Espíritu cae sobre nosotros hay evidencias – o el hablar en lenguas y profecía u otras manifestaciones como gozo inefable con risa, llanto, caer postrado, temblar, etc., dependiendo en lo que el Espíritu está haciendo en cada individuo.
Sin embargo, como espero demostrar en las Escrituras, el bautismo en el Espíritu sucede en el momento en que uno cree y no es, en sí mismo, una experiencia emocional, como es el caso con la llenura del Espíritu (con sus manifestaciones acompañantes, tales como el hablar en lenguas, profetizar, etc.), que puede o no acompañar nuestro bautismo en el Espíritu Santo.
Nuestro Bautismo en el Espíritu Santo y Su venida a permanecer en Nosotros son simultáneos
“Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.” (Mt 3:11)
“Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con (gr. en “en”) el Espíritu Santo.” (Juan 1:33)
“Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con (gr. en “en”) el Espíritu Santo dentro de no muchos días.” (Hch 1:5)
“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre…. porque mora con vosotros, y estará en vosotros.” (Juan 14:16-17)
La importancia y centralidad del bautismo en el Espíritu Santo puede ser vista en el hecho de que cada uno de los cuatro evangelios comienza con la declaración de que Jesús nos bautizaría en el Espíritu Santo. Es lamentable que la mayoría de las traducciones favorecen a los tradicionalistas que ya no practican el bautismo en agua con sumersión. La preposición griega “en” normalmente significa “en” y bautizar (baptizo) significa “sumergir.” Sin embargo, debido al hecho de que la Iglesia tradicional ya no practica la sumersión, ellos tradujeron “en” como “con” en vez de “en” y en vez de traducir baptizo como “sumergir” la transliteraron “bautizar” para ocultar su verdadero significado. La mayoría de las traducciones siguen la tradición, solo presentando “en” como una traducción alterna en el margen.
Por haber cambiado la práctica bíblica del bautismo por sumersión a aspersión por conveniencia, ocultaron el verdadero significado del bautismo espiritual. Cuando el Espíritu nos bautizó en Cristo, no simplemente nos salpicó con Cristo – Él nos unió a Cristo, literalmente sumergiéndonos en Él. Esto era lo que Jesús les explicaba en la Última Cena cuando Él les dijo del Día del Pentecostés: “En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros.” (Juan 14:20). ¿Cómo fue que llegamos a estar en Jesucristo y Él en nosotros? El Espíritu Santo nos bautizó (sumergió) en Él (Rom 6:3,4; 1Cor 12:13; Gal 3:27). Ahora somos uno con Cristo, habiendo sido bautizados o sumergidos en Él. Debido a esta unión, como Él es, así somos nosotros en este mundo (1Juan 4:17).
Entendiendo nuestra sumersión por el Espíritu en Cristo, resultando en que estamos en Cristo y Él en nosotros, nos ayuda a entender el bautismo de Cristo, bautizándonos en el Espíritu Santo. Hasta el Pentecostés Jesús dijo que el Espíritu estaba con ellos pero que, en aquel día, el Espíritu estaría en nosotros y que estaríamos en el Espíritu (Juan 14:16-17; Rom 8:9; Hch 1:5). De la manera que llegamos a ser uno con Cristo a través del bautismo del Espíritu Santo, bautizándonos en Cristo, así también llegamos a ser uno con el Espíritu Santo a través del bautismo de Cristo, bautizándonos en el Espíritu Santo. Es a través de estas preciosas promesas del Nuevo Pacto (i.e. que en aquel día el Espíritu estará en nosotros y Cristo estará en nosotros) que todos los creyentes desde el Día del Pentecostés hemos llegado a ser partícipes de la naturaleza divina (2Pedro 1:4).
Capítulo cinco: La Evidencia del Bautismo en el Espíritu Santo
Debe ser obvio que cuando somos bautizados o sumergidos en el Espíritu Santo, Su presencia en nosotros será evidente desde ese día en adelante. Esto puede ser ilustrado por el uso de la palabra bapto “sumergir” cuando se refiere al teñir las telas para cambiar su color. Una vez la tela haya sido sumergida en el tinte seguirá siendo la misma tela - sin embargo jamás será igual. Aunque la tela sigue existiendo, ha sido impregnada con el tinte, llegando a ser uno con ella desde ese momento. Si uno fuera a mirar una sábana de lienzo que ha sido sumergida en tinte rojo, aunque sigue siendo una sábana de lienzo, también es una sábana roja. De hecho, desde ese momento en adelante la mayoría se referiría a la sábana como una sábana roja en vez de una sábana de lienzo, aunque sigue siendo roja y de lienzo.
Así también, cuando fuimos bautizados en Cristo, desde ese momento en adelante, podríamos decir como Pablo: “He sido sumergido en Cristo – unido con Él en su muerte en la cruz, sin embargo vivo por la fe del Cristo resucitado que vive en mí” (cf. Gal 2:20). A través de nuestro bautismo en Cristo llegamos a ser un espíritu con el Señor (1Cor 6:17). Basado en este bautismo en Cristo, Pablo argumenta que uno que verdaderamente fue bautizado en Cristo no puede continuar viviendo en el pecado (Rom 6:1-4).
De la misma manera, cuando fuimos bautizados o sumergidos en el Espíritu Santo, el Espíritu llegó a ser uno con nosotros y Él puede manifestar Su poder, dones y fruto en nuestras vidas. Sin embargo, creo que cometemos un error cuando definimos una manifestación del Espíritu - como la de la llenura del Espíritu con el hablar en lenguas, como el bautismo mismo. En el libro de los Hechos hay solamente dos instancias donde vemos este orden de eventos mencionados. La primera es en el Día del Pentecostés cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre los judíos. La segunda instancia es cuando el Espíritu cayó sobre los gentiles por primera vez en la casa de Cornelio. En ninguna de estas instancias es referida la experiencia misma como el bautismo en el Espíritu Santo. Sabemos que en el Día del Pentecostés fueron bautizados en el Espíritu porque antes que Jesús ascendió les dijo que serían bautizados en el Espíritu:
“Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con (en) el Espíritu Santo dentro de no muchos días.” (Hch 1:5-6)
En la casa de Cornelio dice que el Espíritu Santo cayó sobre ellos, o fue derramado sobre sobre ellos y hablaron en lenguas. Después fueron bautizados en agua. Otra vez, vemos que la experiencia no es mencionada como el bautismo en el Espíritu en el contexto inmediato. Sin embargo, cuando Pedro recuenta el incidente a aquellos en Jerusalén, él reconoció el evento como confirmación de que Dios también había bautizado a los gentiles en el Espíritu, al igual que a ellos:
“Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. 16 Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo. 17 Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?” (Hch 11:15-17)
No es razonable concluir de estas dos instancias solitarias que, a menos que uno experimente la llenura con el hablar en lenguas, que no ha recibido aún el don del Espíritu Santo, siendo bautizado en Él. Lo que sucedió en el aposento alto en el Pentecostés y después en la casa de Cornelio eran dos eventos claves e históricos. En el Pentecostés los creyentes judíos recibieron el don del Espíritu Santo por primera vez, y en la casa de Cornelio los primeros creyentes gentiles recibieron el don del Espíritu Santo. La llenura con el hablar en lenguas fue dada como una señal para que otros vieran la cosa nueva que Dios estaba haciendo.
Eso no quiere decir que el Espíritu nunca viene sobre individuos hoy de la misma manera que vemos descrito en estas dos instancias. Pero en ninguna parte de las Escrituras se dice que el bautismo en el Espíritu tiene que estar acompañado de la llenura del Espíritu con el hablar en lenguas. De hecho, en todas las 48 instancias en los Hechos donde el evangelio es predicado y recibido, solo en una otra ocasión, en Hechos 19:6, vemos mención de que recibieron la llenura con el hablar en lenguas: “Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban.”
Hay dos dificultades principales en intentar imponer este modelo al bautismo en el Espíritu. En el primer lugar, nunca ha sido la experiencia cristiana normal al convertirse, y por eso muchos creyentes sinceros se sienten como cristianos de segunda clase y hasta comienzan a dudar de su salvación simplemente porque no experimentan el Espíritu de la misma manera que los 120 en el aposento alto en el Día del Pentecostés o como otros que lo estiman como ejemplo a seguir. Hay múltiples maneras en que la presencia del Espíritu Santo puede ser manifiesta en nuestras vidas al recibir la promesa del Padre. No debemos considerar la llenura con el hablar en lenguas como la única evidencia de que uno haya recibido el don del Espíritu.
La evidencia principal del bautismo en el Espíritu es libertad del pecado y la transformación de nuestro carácter a la imagen de Cristo. Tristemente a muchos que dicen que han recibido el bautismo en el Espíritu con el hablar en lenguas les faltan estas dos características tan esenciales. Conforme uno ande en el Espíritu, los dones del Espíritu también se manifiestan. Mientras no todos hablan en lenguas (1Cor 12:30), todos nosotros que formamos el Cuerpo de Cristo tenemos dones distintos según la gracia específica dada a cada uno de nosotros (1Cor 12:4-8). Uno no debe sentirse inferior a otros creyentes simplemente porque su experiencia y dones difieren de otros (1Cor 12:15-26).
La segunda dificultad que veo es que los que los que reciben una llenura poderosa del Espíritu con el hablar en lenguas cuando son bautizados en el Espíritu Santo, a menudo piensan que esa experiencia es una experiencia de por vida y que no debemos anticipar ni buscar múltiples llenuras del Espíritu Santo, igual a, o aún mayores que esa experiencia inicial. Puede que uno haya sentido la llenura del Espíritu cuando inicialmente recibió el don del Espíritu Santo, pero esa experiencia inicial debe ser solamente la primera de muchas llenuras del Espíritu, dándonos poder para el ministerio.
La llenura del Espíritu no es en sí misma el bautismo en el Espíritu Santo. El bautismo en el Espíritu es un solo evento, mientras la llenura es experimentada vez tras vez cuando el Espíritu Santo viene sobre nosotros, ungiéndonos para el ministerio. La llenura del Espíritu normalmente nos es dada capacitándonos a hablar con poder, convicción y autoridad, pero no solamente para hablar en lenguas (Lucas 1:41-42; 1:67; Hch 4:8;13:9-10; Ef 5:18-19). Unos días después del Día del Pentecostés los discípulos estaban orando, pidiendo denuedo para seguir proclamando el evangelio a pesar de haber sido prohibido hacerlo por el Sanedrín. Una vez más el Espíritu Santo cayó sobre ellos como en el Día del Pentecostés, dándoles poder para hablar. Sin embargo, Él no les dio poder para hablar en lenguas como la primera vez, sino para proclamar el evangelio con denuedo:
“Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios.” (Hch 4:31)
La llenura no es normalmente dada como una experiencia simplemente para poder sentirla. Más bien, mientras andamos en el Espíritu, siguiendo la guía del Espíritu, Él nos empodera para el ministerio que Él quiere que hagamos en aquel momento. Conforme nos movamos en el área de nuestros dones, el Espíritu viene sobre nosotros, llenándonos con Su poder en esa capacidad específica – sea evangelismo, profecía, lenguas, intercesión, sanidades, escritura, cantando, dirigiendo las alabanzas, etc., etc. La mayoría podemos dar testimonio que cuando tomamos pasos adelante en obediencia a Su guía, ahí es cuando experimentamos la unción o llenura del Espíritu. Creo que eso es lo que Pedro estaba diciendo cuando él respondió al Sanedrín diciendo:
“Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen.” (Hch 5:32)
La llenura del Espíritu Santo es para poder hacer Su voluntad. Por otro lado, los que simplemente buscan experiencias, raras veces experimentan la llenura. Está bien buscar la presencia y llenura del Espíritu Santo. Sin embargo, muchos van de una breve experiencia a otra en vez de permitir que el Espíritu los use en el área de sus dones. Enfatizo “en el área de sus dones” porque a menudo tomamos sobre nosotros un yugo hecho por el hombre e intentamos servirle a Dios, pero no en el área donde el Espíritu nos ha llamado y dotado. A veces recibimos una palabra profética, indicando que el Señor nos va a usar en cierto ministerio, pero a menudo no tomamos en cuenta Sus tiempos e intentamos hacer prematuramente lo que Él aún no nos ha dotado hacer.
David fue ungido rey, pero volvió a apacentar las ovejas hasta que era el tiempo para asumir el trono. Si hubiera intentado tomar el trono prematuramente, no habría tenido el respaldo divino. Aunque tenemos que pasar desiertos para el crecimiento espiritual y no siempre es fácil permanecer en el lugar de nuestro llamado, creo que muchos cristianos viven vidas frustradas simplemente porque están intentando servir a Dios en una capacidad en que el Espíritu Santo aún no los ha dotado. Si no nos estamos moviendo en las áreas de nuestros dones actuales, la unción o llenura no será impartida por el Espíritu y viviremos vidas frustradas y sin fruto.
Cada uno de nosotros tenemos dones que difieren según la necesidad actual y la etapa del plan de Dios para la vida de cada uno. Algunos de nosotros necesitamos parar y preguntarnos en qué ministerio sentimos la llenura del Espíritu capacitándonos, y comenzar a movernos con el Espíritu en esa área. Necesitamos entender que separados de Él no podemos hacer nada para avanzar el reino, y aún con Él solo podemos hacer lo que Él está haciendo a través de nosotros.
Insistir, como hacen algunos, que uno no ha sido bautizado y lleno del Espíritu a menos que hable en lenguas es limitar la diversidad del Espíritu en repartir Sus dones. Es basado solamente en dos eventos históricos en el libro de los Hechos que no deben ser tomados como normativos (La impartición del Espíritu a los judíos en el Día del Pentecostés y los gentiles en la casa de Cornelio). Por imponer el don de lenguas sobre nuevos creyentes, creo que estamos en peligro de actuar en la carne y resistir al Espíritu. A menudo personas son presionadas por ministros que les exigen comenzar a hablar en lenguas con tal de recibir el bautismo en el Espíritu Santo. Eso es muy distinto a lo que vemos en el libro de los Hechos donde estaban sorprendidos al comenzar a hablar en lenguas.
Muchos, con tal de poder decir que recibieron el bautismo en el Espíritu, hacen lo que son mandados hacer, pero dado que saben en el fondo que no fue producido por el Espíritu, cuestionan si realmente recibieron el bautismo en el Espíritu Santo. Uno solo puede imaginar el temor e inseguridad que esto produce en aquellos que le han dicho que uno no es salvo hasta recibir el bautismo en el Espíritu con el hablar en lenguas. Necesitamos entender que cada creyente es salvo y bautizado en el Espíritu Santo, con o sin una experiencia acompañante.
La llenura del Espíritu con el don de lenguas no es la única evidencia de que uno ha sido bautizado en el Espíritu. Si eso fuera el caso estaría claramente especificado en el Nuevo Testamento. También, anticiparíamos que el Espíritu de la gracia produjera esta misma experiencia en todos los que el Padre ha atraído a Sí mismo en vez de tener necesidad de ser animados a hablar en lenguas por ministros humanos. El Espíritu Santo es infinitamente diverso y personal en Sus operaciones, y en mi opinión, decir que en cada instancia el Espíritu tiene que hacerlo de la misma manera que Él lo hizo en el Día del Pentecostés, es apagar al Espíritu en Sus operaciones, e impedir el crecimiento espiritual de Su pueblo.
[1] Webster’s New World Dictionary.
[2] The Seventh Session of the Council of Trent. London: Dolman: Hanover Historical Texts Project. 1848. pp. 53–67. Retrieved 23 April 2014.
[3] Anabaptistas eran muy perseguidos tanto por los Católicos como las Iglesias Reformadas por su insistencia en volver a bautizar a los que habían sido bautizados como infantes. Ellos insistían en el requisito del Nuevo Testamento que uno tiene que haber creído en el Señor Jesucristo antes de ser bautizados. (Hch 8:37; 16:31,33b).
[4] Desde ese entonces la Iglesia de Cristo ha dejado de insistir tanto en el bautismo en agua para la salvación, entre otras doctrinas, para ser aceptada por los Evangélicos.
[5] Vine's Expository Dictionary of Biblical Words,NT:907 “bapto, ‘hundir, meter,’ fue utilizada entre los Griegos para definirlo como el proceso de teñir la ropa….”
[6] International Standard Bible Encyclopaedia, Baptism
[7] Algunos argumentan que la correspondencia o anti-tipo es “agua,” porque en 1Pedro 3:20,21 ambos “agua” en verso 20 y el pronombre (ho) comenzando el verso 21 son de género neutro. Sin embargo, el pronombre es neutro porque el tipo, del cual el bautismo es un anti-tipo es toda la ilustración dada de Noé y su familia siendo salvos de la destrucción en el Arca, y no simplemente el agua. Si el tipo fuera solamente el agua, no sería un anti-tipo porque no fue el agua lo que los salvó.
[8] Enfatizo el bautismo en el Espíritu como una experiencia con itálicas porque (como explico más adelante), el bautismo en el Espíritu es algo que todos recibimos al creer. Para algunos es una experiencia de llenura con el hablar en lenguas, pero esa no es la única evidencia del bautismo en el Espíritu.
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$Atanasio y la reversin universal
por George Sidney Hurd
¿Cuántos se han dado cuenta de que Atanasio, en honor al cual se nombró el Credo Atanasiano, enseñó que, literalmente todos los que mueren en Adán serán vivificados a través de la muerte sustitutiva de Cristo? Esto es algo que aquellos que niegan que todos serán finalmente restaurados tratan de negar, ya que el Credo Atanasiano es muy apreciado por los cristianos ortodoxos. Me di cuenta de esto mientras investigaba lo que él tenía que decir sobre la expiación sustitutiva penal de Cristo. He aquí un par de extractos de su tratado «Sobre la encarnación del Verbo». Él dijo:
«Él es quien fue crucificado ante el sol y toda la creación como testigos, y ante aquellos que lo mataron; y por su muerte ha llegado la salvación a todos, y toda la creación ha sido rescatada. Él es la Vida de todos, y Él es quien, como una oveja, entregó su cuerpo a la muerte como sustituto para la salvación de todos, aunque los judíos no lo crean» (Sobre la encarnación del Verbo, capítulo 37).
«Porque el Verbo, al percibir que no había otra forma de deshacer la corrupción de los hombres salvo mediante la muerte como condición necesaria, y que era imposible que el Verbo sufriera la muerte, siendo inmortal e Hijo del Padre, tomó para sí un cuerpo capaz de morir, para que, al participar del Verbo que está por encima de todo, fuera digno de morir en lugar de todos… Al estar por encima de todo, el Verbo de Dios, al ofrecer su propio templo e instrumento corporal por la vida de todos, satisfizo naturalmente la deuda con su muerte. Y así, Él, el Hijo de Dios incorruptible, al unirse a todos por una naturaleza similar, vistió naturalmente a todos con incorrupción, mediante la promesa de la resurrección» (Sobre la encarnación del Verbo, capítulo 37).
También encontré este artículo que corrobora mis conclusiones: The School of Alexandria and Athanasius .
¿Cuántos se han dado cuenta de que Atanasio, en honor al cual se nombró el Credo Atanasiano, enseñó que, literalmente todos los que mueren en Adán serán vivificados a través de la muerte sustitutiva de Cristo? Esto es algo que aquellos que niegan que todos serán finalmente restaurados tratan de negar, ya que el Credo Atanasiano es muy apreciado por los cristianos ortodoxos. Me di cuenta de esto mientras investigaba lo que él tenía que decir sobre la expiación sustitutiva penal de Cristo. He aquí un par de extractos de su tratado «Sobre la encarnación del Verbo». Él dijo:
«Él es quien fue crucificado ante el sol y toda la creación como testigos, y ante aquellos que lo mataron; y por su muerte ha llegado la salvación a todos, y toda la creación ha sido rescatada. Él es la Vida de todos, y Él es quien, como una oveja, entregó su cuerpo a la muerte como sustituto para la salvación de todos, aunque los judíos no lo crean» (Sobre la encarnación del Verbo, capítulo 37).
«Porque el Verbo, al percibir que no había otra forma de deshacer la corrupción de los hombres salvo mediante la muerte como condición necesaria, y que era imposible que el Verbo sufriera la muerte, siendo inmortal e Hijo del Padre, tomó para sí un cuerpo capaz de morir, para que, al participar del Verbo que está por encima de todo, fuera digno de morir en lugar de todos… Al estar por encima de todo, el Verbo de Dios, al ofrecer su propio templo e instrumento corporal por la vida de todos, satisfizo naturalmente la deuda con su muerte. Y así, Él, el Hijo de Dios incorruptible, al unirse a todos por una naturaleza similar, vistió naturalmente a todos con incorrupción, mediante la promesa de la resurrección» (Sobre la encarnación del Verbo, capítulo 37).
También encontré este artículo que corrobora mis conclusiones: The School of Alexandria and Athanasius .
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&Procurando llegar a la Resurreccin
por George Sidney Hurd
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“a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, 11 si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos.” (Filipenses 3:10-11)
¿Qué quiso decir Pablo cuando dijo: “si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos”? Creo que Pedro pudo haber tenido este versículo en mente cuando dijo que algunas de las declaraciones de Pablo eran difíciles de entender y perturbaban la fe de los indoctos e inestables (2 Pedro 3:14-16). Confieso que, al no tener en cuenta la forma peculiar que tenía Pablo de expresar ciertas verdades, este versículo me inquietaba hasta hace poco. Parecía estar en conflicto con el contexto y la enseñanza general de Pablo. La mayoría de los comentarios que consulté no me fueron de ayuda. Sea lo que sea lo que Pablo quisiera decir con “la resurrección de entre los muertos”, la frase condicional “si en alguna manera” (εἴ πως, ei pōs) expresa sin lugar a dudas su incertidumbre sobre si la alcanzaría o no, y no puede explicarse razonablemente como mera humildad por su parte. Pablo nunca tuvo ninguna duda de que él, o cualquier otro creyente renacido, sería resucitado en la segunda venida de Cristo. Esta certeza se expresa en numerosos pasajes:
“sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús, y nos presentará juntamente con vosotros.” (2 Cor 4:14)
“Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos.” (2 Cor 5:1)
“No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, 52 en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.” (1 Cor 15:51-52)
“Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. 22 Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.” (1 Cor 15:21-22)
Pablo dice que en el momento en que creímos, fuimos sellados por el Espíritu Santo para el día de la redención (Ef 1:13-14; 4:30). Lejos de limitarse a esperar que de alguna manera pudiera alcanzar la resurrección, dijo: “porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Tim 1:12).
Es evidente que Pablo no tenía ninguna duda de que todos los creyentes nacidos de nuevo serían resucitados o transformados en la segunda venida de Cristo para su Iglesia. Algunos han argumentado que la razón de la incertidumbre de Pablo en Filipenses 3:11 era porque creía que solo los vencedores participarían en la primera resurrección y, por esa razón, no podía estar seguro de que resucitaría al regreso de Cristo hasta que hubiera terminado la carrera. ¡Imagínense! Si incluso Pablo no estaba seguro de si resucitaría cuando Cristo viniera por su esposa, ¿dónde nos dejaría eso al resto de nosotros? Sin embargo, como señalo en mi artículo, Los vencedores, todo aquel que ha nacido de Dios es un vencedor (1 Juan 5:4). El cuerpo de Cristo no está dividido entre los vencedores y los demás. Todos resucitarán al final de esta época cuando Cristo regrese. Como dijo Jesús:
“Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. 40 Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero." (Juan 6:39-40)
Creo que la clave para entender a qué se refería Pablo en Filipenses 3:11 es verlo en contexto. En los versículos 7 al 16, no está hablando de nuestra resurrección física en la segunda venida de Cristo, sino más bien de nuestra resurrección espiritual de entre los muertos, entrando plenamente en nuestra nueva vida de resurrección en Cristo, prosiguiendo para alcanzar esa nueva vida a la que Jesucristo nos ha llamado. No es hasta el final del capítulo que Pablo menciona nuestra resurrección física de entre los muertos, y la presenta como algo que ya es seguro que ocurrirá. Él dijo:
“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; 21 el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.” (Fil 3:20-21)
Obviamente, su certeza de que ya era ciudadano del cielo y de que Cristo transformaría su cuerpo, haciéndolo como el cuerpo glorificado de Cristo cuando Él venga en gloria en el versículo 20, no deja lugar a la interpretación que lo presenta en el versículo 11 como si estuviera inseguro de si alcanzaría o no la resurrección física de entre los muertos.
Aunque claramente es una minoría los eruditos que consideran que la resurrección a la que Pablo se esforzaba por alcanzar en el versículo 11 es estrictamente espiritual, esta interpretación no es exclusiva mía. En el Vines Expository Dictionary se dice:
“En Filipenses 3:11, καταντάω, katantaō (alcanzar) se utiliza para referirse a los objetivos primordiales de la vida del apóstol, que dice: ‘si por cualquier medio pudiera alcanzar la resurrección de entre los muertos’, no la resurrección física, que está asegurada para todos los creyentes en el cielo, sino la vida presente de identificación con Cristo en su resurrección”. [1]
Dan Haley Jr. también considera que la resurrección a la que Pablo aspiraba era una resurrección espiritual. Al comentar Filipenses 3:11, dice:
“esto es, en sentido figurado, una resurrección de entre los muertos que aún están en sus pecados”. [2]
Aparte del hecho de que en el mismo capítulo Pablo expresó su certeza acerca de su resurrección de entre los muertos en la segunda venida de Cristo, ¿qué otra base contextual hay para considerar que la resurrección del versículo 11 es espiritual y no física? Veo dos factores principales que, en mi opinión, indican que Pablo se refería a una resurrección espiritual: 1) Las frecuentes referencias de Pablo a una resurrección espiritual, y 2) El flujo del contexto inmediato.
1) Las frecuentes referencias de Pablo a una resurrección espiritual
Un tema recurrente en todas las epístolas de Pablo es el de nuestra nueva vida resucitada en Cristo. De hecho, habla más a menudo de nuestra resurrección espiritual que de nuestra resurrección corporal al regreso de Cristo. En Efesios 2:4-7 dice:
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6 y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, 7 para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.”
De semejante manera dice en Colosenses 2:12-13:
“sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos. 13 Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados.”
Cada vez que nos dice que fuimos resucitados espiritualmente de entre los muertos, nos exhorta a vivir de acuerdo con nuestra nueva realidad como personas que han resucitado de entre los muertos. En Efesios 4:17-18 dice:
“Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, 18 teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón.”
Del la misma manera, en Colosenses 3:1-5, después de decirnos en el capítulo 2 que hemos sido resucitados con Cristo, nos exhorta a vivir de acuerdo con ello:
“Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. 2 Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. 3 Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. 4 Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria. 5 Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría.”
Este es un patrón recurrente en las epístolas de Pablo. En Romanos 6, Pablo argumenta que si hemos sido unidos a Cristo en su muerte y resurrección, debemos caminar en consecuencia.
“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? 4 Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.” (Rom 6;3-4)
Aunque hemos resucitado espiritualmente con Cristo, debemos aprender a caminar en esta nueva vida por la fe. Pablo continúa diciendo que no basta con saber que hemos resucitado con Cristo: debemos considerarlo como cierto y, en lugar de dejar que el pecado reine en nosotros, someter nuestros miembros como los que han resucitado de entre los muertos:
“Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. 12 No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; 13 ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia.” (Rom 6:11-13)
Así que, aunque hemos sido resucitados con Cristo, aún no hemos alcanzado plenamente la resurrección de entre los muertos en nuestro caminar diario. Pablo dijo: “Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal” (2 Corintios 4:11). Todo creyente regenerado tiene la vida resucitada de Cristo dentro de sí. Sin embargo, mientras estemos en este cuerpo de carne, tenemos la ley del pecado en nuestros miembros y, por esa razón, debemos presentarnos diariamente ante Dios como quienes vivimos de entre los muertos, sin dar lugar a la carne para que satisfaga sus deseos. Al igual que Pablo en Filipenses 3, debemos procurar alcanzar esa vida de resurrección, asir aquello para lo cual fuimos también asido por Cristo Jesús (Fil. 3:11-12).
2) El flujo del contexto inmediato indica una resurrección espiritual
“a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, 11 si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos. 12 No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. 13 Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, 14 prosigo a la meta, al premio (βραβεῖον, brabeion) del supremo llamamiento (τῆς ἄνω κλήσεως τῆς ἄνω κλήσεως, “la llamada hacia arriba”) de Dios en Cristo Jesús. 15 Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios. 16 Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa. 17 Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros…
20 Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; 21 el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.” (Fil 3:10-21)
Aquí podemos ver que, aunque Pablo consideraba que nuestra ciudadanía en el cielo y el hecho de recibir un cuerpo glorificado al regreso del Señor eran seguros (vv. 20-21), había un premio que llegar a obtener o alcanzar. En el momento en que nacimos de nuevo, recibimos una herencia incorruptible y fuimos sellados para el día de la redención, guardados por el poder de Dios hasta que seamos transformados o resucitados (Ef 1:13-14; 1 Pedro 1:3-5). La vida eterna de Cristo no es un premio que hay que ganar, sino un regalo que hay que recibir (Rom 5:15; 6:23). En el versículo 12, él dijo que aún no había alcanzado la resurrección de entre los muertos. Eso sería evidente si, de hecho, se estuviera refiriendo a su resurrección corporal en la segunda venida de Cristo.
Siempre que Pablo habla de la salvación, la presenta como un don gratuito de la gracia de Dios (Ef 2:8-9; 2 Tim 1:9; Tit 3:5-7, etc.). Sin embargo, cuando habla de nuestra participación en la santificación y el ministerio, a menudo lo presenta como si fuéramos atletas en los Juegos Olímpicos griegos, esforzándonos por obtener el premio (βραβεῖον, brabeion) al que se refiere como una corona de laurel (στέφανος, stephanos). Dado que trato este tema con más detalle en mi blog, Galardones por las Buenas Obras, no entraré en más detalles aquí, salvo para señalar que este es el lenguaje que él utiliza aquí para describir su objetivo de conformarse a la muerte de Cristo para alcanzar la resurrección de entre los muertos, o la plenitud de la vida resucitada de Cristo que mora en él, aferrándose a aquello por lo que Cristo se aferró a él. Repite varias veces que seguía adelante para alcanzar la meta que era la llamada hacia arriba de Dios en Cristo Jesús. La “llamada hacia arriba” alude al momento en que los atletas que ganaban la competición eran llamados a subir al estrado (βῆμα, bēma), situado en una plataforma elevada en la arena, para recibir su premio, que era una corona de laurel (corona corruptible, stephanos). [3] La diferencia es que nosotros competimos por una corona incorruptible (1 Corintios 9:25).
Aunque nuestras obras serán juzgadas en el tribunal de Cristo, será para recibir galardones o perderlas, no para obtener la salvación, ya que la salvación es un regalo de Dios. Si nosotros, como creyentes nacidos de nuevo, no corremos bien, podemos ser descalificados y no recibir una recompensa (1 Corintios 9:24-27), pero aun así seremos salvos. Como dice Pablo de todos aquellos que han edificado sobre el fundamento que es Cristo:
“la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. 14 Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. 15 Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego.” (1 Cor 3:13-15)
Por lo tanto, 1) entendiendo que la salvación es un regalo gratuito de Dios y que todos los que han sido salvos y nacidos de nuevo ya son ciudadanos del cielo y serán transformados o resucitados corporalmente en la segunda venida de Cristo; 2) considerando las frecuentes referencias de Pablo a una resurrección espiritual, exhortándonos a caminar en la novedad de la vida del Cristo resucitado, en lugar de permitir que el pecado reine en nuestros cuerpos mortales, y 3) considerando que él presenta el alcanzar esta resurrección de entre los muertos como un premio que hay que alcanzar, en lugar de un regalo que ya había recibido, resulta evidente que la resurrección de entre los muertos a la que se refería Pablo en Filipenses 3:11 era su resurrección espiritual de entre los muertos, y no una resurrección corporal.
[1] Vine's Expository Dictionary of Biblical Words, NT:2658.
[2] Dan Haley Jr., The Out Resurrection, https://www.youtube.com/watch?v=H149cn5KjYU ,26:10
[3] F. F. Bruce, Philippians, Understanding the Bible Commentary Series, 1989.
Gordon D. Fee, Paul’s Letter to the Philippians, New International Commentary on the New Testament, 1995
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8Son las Visiones Modernas del Infierno Obra de Dios?
por George Sidney Hurd
“Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios”. (1 Juan 4:1)
En los últimos años, muchos han quedado traumatizados por una avalancha de libros y vídeos que describen de forma gráfica y vívida relatos aterradores de visiones del infierno. En su mayoría, quienes no profesan la fe cristiana los descartan, señalándolos como una justificación más para rechazar el mensaje cristiano.
Los más afectados por las visiones del infierno son los niños y los creyentes recién convertidos que carecen de la plena seguridad de la fe, ya que aún no comprenden completamente que nuestra salvación no se basa en nuestras obras, sino enteramente en la obra consumada de Cristo en la cruz.
Cuando conocí al Señor en 1969, recuerdo haber leído ciertos versículos fuera de contexto y sentir desesperación hasta que continué leyendo y pude ver el versículo en su contexto. En aquella época no existían esos vídeos ni Internet. ¡No puedo ni imaginar cómo sería ser un nuevo creyente hoy en día, consciente de sus propias deficiencias y escuchando testimonios tan gráficos de cristianos que están siendo atormentados en el infierno para siempre por pecados con los que todavía están luchando!
Aunque algunos testimonios sobre el infierno, como “El Pozo al Infierno” en Siberia, han sido posteriormente desmentidos como fraudulentos, creo que la mayoría de ellos fueron realmente visiones sobrenaturales. Sin embargo, con demasiada frecuencia, el origen de tales encuentros sobrenaturales no se cuestiona en los círculos pentecostales y carismáticos. A menudo, el mero hecho de poner en duda una visión o una profecía se considera equivalente a blasfemar contra el Espíritu Santo. En las Escrituras se nos dice que no creamos a todo espíritu, sino que probemos los espíritus para ver si son de Dios. Y tenemos las Escrituras para probarlos. Como dijo Pedro acerca de las Escrituras, tenemos “una palabra profética más segura” (2 Pedro 1:19-21). La Palabra escrita de Dios es la única norma objetiva para discernir entre lo que es verdadero y lo que es falso. En lugar de que las declaraciones de los profetas sean incuestionables, Pablo dijo: “Hable dos o tres profetas, y los demás juzguen” (1 Corintios 14:29-30).
Aunque cada uno de nosotros debe sacar sus propias conclusiones, en este artículo voy a presentar las razones por las que no creo que estas visiones del infierno sean de Dios: 1) Invalidan el evangelio, 2) Presentan a un Cristo diferente, y 3) No se corresponden con la descripción bíblica.
1) Invalidan el evangelio
El evangelio de Jesucristo trata exclusivamente de lo que Él hizo por nosotros, y nada de lo que nosotros hemos hecho o haremos por Él. En 1 Corintios 15:1-4, Pablo nos dice que el evangelio es que Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó de entre los muertos. Cuando Cristo clamó desde la cruz “Consumado es”, fue la declaración de que había pagado el precio por los pecados del mundo. La salvación es un regalo de Dios, ofrecido gratuitamente a la humanidad. No trabajamos para obtener este regalo, simplemente lo recibimos por fe. En el momento en que lo recibimos, somos salvos.
Algunos han argumentado erróneamente que nuestra salvación no se consuma en el momento en que ponemos nuestra confianza en Jesús. Señalan que “todo aquel que cree” en Juan 3:16 está en tiempo presente, y a partir de ahí argumentan que debería decir “todo aquel que sigue creyendo”. Interpretado de esa manera, uno nunca podría tener la seguridad de la salvación.
Sin embargo, a riesgo de ser demasiado técnico, la frase “todo aquel que cree en él” (πᾶς ὁ πιστεύων εἰς αὐτόν) en Juan 3:16 es un claro ejemplo del presente gnómico en griego. Expresa una verdad universal y atemporal. En otras palabras, significa que cualquiera, en cualquier momento, que crea en Jesús recibirá la vida eterna. Este uso subraya el alcance universal de la salvación más que la acción continua de creer.
Esto queda aún más claro con el ejemplo que Jesús dio en los dos versículos anteriores. En Juan 3:14-15, Jesús dijo:
“Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el Hijo del Hombre, 15 para que todo aquel que en él cree no perezca, sino que tenga vida eterna”.
Jesús se refería a Números 21, donde los hijos de Israel pecaron contra el Señor y Él envió serpientes mortíferas contra ellos. Cuando Moisés intercedió por ellos, el Señor le dijo que hiciera una serpiente de bronce y la levantara en un poste, diciendo que todo el que mirara a la serpiente viviría. Jesús estaba diciendo que, así como una sola mirada de fe a la serpiente de bronce daba vida, así también todo aquel que cree en Él no perecerá, sino que tendrá vida eterna. Obviamente, no tenían que mantener sus ojos fijos en la serpiente por el resto de sus vidas para poder vivir. De la misma manera, en el momento en que creímos, pasamos de la muerte a la vida. Esto se aclara aún más unos versículos más adelante, donde Jesús dijo:
“De cierto, de cierto os digo que el que oye mi palabra y cree en el que me envió, tiene vida eterna, y no vendrá en juicio, sino que ha pasado de muerte a vida”. (Juan 5:24)
Aquí, al igual que en Juan 3:16, “oye” y “cree” son participios gnómicos en tiempo presente, que no se refieren a un acto continuo, sino a aquellos que pertenecen a la categoría de oyentes y creyentes. Si has oído el evangelio y has respondido con fe, ya posees la vida eterna y no entrarás en juicio (es decir, no irás al infierno). En el momento en que escuchaste el evangelio y creíste con tu corazón, tu destino eterno quedó sellado. Pablo dijo:
“En él también creísteis, después de haber oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación; en quien también, habiendo creído, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, 14 que es la garantía de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria”. (Efesios 1:13-14)
Al escuchar y creer, fuimos sellados hasta que Cristo venga a recibirnos en gloria. Pablo dijo: “Y no entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con quien fuisteis sellados para el día de la redención” (Efesios 4:30). Si pecamos, entristecemos al Espíritu y podemos ser castigados, pero Dios no romperá Su sello ni desnacer a los que han nacido de Dios. No desjustificará a los que ya han sido justificados: eso sería doble castigo. No retirará el don de la vida una vez que lo ha dado: “los dones y llamamiento de Dios son irrevocables” (Rom 11:29).
El Nuevo Testamento enfatiza repetidamente que la salvación es un regalo gratuito de Dios que se recibe al creer, independientemente de las obras. Pablo dijo:
“Porque por gracia habéis sido salvados (pasivo perfecto) mediante la fe, y esto no de vosotros, es don de Dios, 9 no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9).
Aquí vemos que en el momento en que creímos por gracia en lo que Cristo hizo por nosotros, fuimos salvos. El pasivo perfecto, “hemos sido salvos”, indica que la salvación es algo que recibimos pasivamente en el pasado con el resultado duradero de que permanecemos en un estado salvo. No contribuimos en absoluto; la salvación es enteramente un regalo de Dios. Como vemos en el versículo siguiente (Efesios 2:10), todo cambio en nosotros después de ser salvos es hechura de Dios. De esta manera, se elimina todo motivo de jactancia. Dios, que comienza la buena obra en nosotros, es quien la lleva a la perfección (Filipenses 1:6). Él es quien lleva a cabo nuestra posterior santificación completa. Pablo dice de nuestra santificación:
“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. 24Fiel es el que os llama, el cual también lo hará”. (1 Tesalonicenses 5:23-24)
Judas dice que Dios nuestro Salvador es capaz de guardarnos de la caída y presentarnos sin mancha delante de su trono glorioso con gran alegría (Judas 24-25). ¡Alabado sea su maravilloso nombre! Podemos estar en paz, sabiendo que hemos sido justificados gratuitamente de una vez por todas por gracia, sin obras (Rom 3:21-24; 4:4-5; 5:1). No hay condenación para los que están en Cristo Jesús (Rom 8:1). Nadie ni nada podrá separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor (Rom 8:38-39). Comprender estas verdades nos permite entrar en Su reposo, dejando de luchar por nuestra propia salvación y confiando en Su obra redentora consumada (Heb 1:3; 4:10; 10:12,14).
Los testimonios de visiones del infierno procuran invalidar estas buenas nuevas de salvación, diciendo que ellos vieron a verdaderos creyentes nacidos de nuevo en el infierno. Un testimonio habla de un pastor que fue al infierno porque murió en un accidente después de salir de su casa sin haberse reconciliado con su esposa tras una discusión. [1] En otro testimonio, una mujer que fue fiel y activa en el liderazgo de su iglesia durante años dijo que se le mostró que hubiera estado en el infierno para siempre solo por haber apoyado el ministerio de su pastor, sabiendo que él estaba empezando a centrarse más en su ministerio que en Cristo. [2] A muchos, como Angélica Zambrano, se les mostraron cristianos en el infierno por cosas como no pagar el diezmo o escuchar música secular. [3] Algunos que eran miembros de iglesias legalistas dijeron que vieron a mujeres en el infierno por llevar pantalones o joyas, maquillarse o pintar el pelo.
El libro de Mary Baxter, Una revelación divina del infierno, ha vendido más de 1.3 millones de copias. En él, ella cuenta por qué cristianos renacidos estaban en el infierno. Un hermano estaba en el infierno porque no le prestó dinero a alguien para pagar un funeral. [4] Otro dijo que estaba en el infierno por negarse a darle dinero a un alcohólico con el pretexto de que quería comprarle ropa y zapatos a su hijo. [5] En estas condiciones, sería imposible que alguien aquí en América Latina evitara ir al infierno, ya que la gente pide limosna continuamente, lo que hace imposible dar a todos los que piden.
Podría dar muchos más ejemplos en los que las visiones del infierno describen a creyentes nacidos de nuevo como estando en el infierno por un pecado que cometieron sin haberse arrepentido a tiempo. Estoy convencido de que estas visiones provienen del enemigo disfrazado de mensajero de luz en un intento de invalidar el evangelio de la gracia, haciendo que los creyentes busquen la salvación en sí mismos en lugar de confiar en la obra consumada de Cristo. En Romanos 11:6, Pablo insiste enfáticamente en que, si es por gracia, no puede ser por obras. Dice:
“Y si es por gracia, ya no es por obras; de lo contrario, la gracia ya no es gracia. Pero si es por obras, ya no es gracia; de lo contrario, la obra ya no es obra”.
La salvación es por gracia o por obras; no puede ser ambas cosas. No puede ser una transacción 50/50: ni siquiera puede ser una transacción 99/1. La salvación es 100 % un regalo de la gracia de Dios. Las obras posteriores son el fruto de la salvación, no lo que la obtiene. Somos hechura suya, y “el que comenzó en vosotros la buena obra lo hará también perfeccionar hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).
Las visiones del infierno han hecho que muchos creyentes apartaran sus ojos de Jesús y se centraran en su propio desempeño, como dijo Pablo que él hizo en Romanos 7:9-25. En el momento en que apartamos nuestros ojos de Jesús, el autor y consumador de la fe, caemos del caminar en la gracia al esfuerzo carnal y la auto condena. Satanás es nuestro acusador, y debemos ser conscientes de sus estrategias. Pablo aborda una situación similar en su epístola a los Gálatas. Los judaizantes habían “hechizado” a los creyentes de Gálata, haciéndoles dudar de la suficiencia de Cristo, diciendo que si querían ser justificados, tendrían que añadir sus propias obras. Él dejó claro que cuando se añaden obras, ya no son las buenas nuevas. Dijo:
“Me maravilla que tan pronto os hayáis alejado de aquel que os llamó por la gracia de Cristo, a un evangelio diferente, 7 que no es otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo”.
“¡Oh, gálatas insensatos! ¿Quién os ha hechizado para que no obedezcáis a la verdad, ante cuyos ojos Jesucristo fue claramente representado entre vosotros como crucificado?”
“Yo no anulo la gracia de Dios, porque si la justicia viene por la ley, entonces Cristo murió en vano”. (Gálatas 1:6-7; 3:1-2; 2:21)
Si Pablo caracterizó la adición de obras a la simple fe en Cristo por parte de los judaizantes como una perversión del evangelio, ¿qué diría de las vívidas y grotescas descripciones de los creyentes nacidos de nuevo en el infierno por carecer de obras suficientes o por morir sin haber confesado todos sus pecados? Cuanto más nos acercamos al Señor, más nos damos cuenta de que pecamos a diario en nuestros pensamientos y acciones. Estas visiones modernas del infierno no solo “perturban” a los creyentes, sino que a menudo los traumatizan, haciéndoles caer del caminar en la gracia, dejando de lado la gracia de Dios, intentando llegar a ser lo suficientemente justos como para escapar del horrible infierno eterno descrito en estas visiones demoníacas. Es evidente que estas visiones del infierno invalidan el evangelio de la gracia y son tropiezo para muchos cristianos sinceros.
2) Presentan a un Cristo diferente
En muchos de estos testimonios sobre visiones del infierno, afirman que Jesús mismo los llevó en un recorrido guiado por el infierno. Muchos temen incluso considerar la posibilidad de que no sea el verdadero Cristo, sino un falso Cristo, un mensajero de Satanás disfrazado de mensajero de la luz (2 Corintios 11:14). Jesús nos advirtió de estos tiempos, diciendo:
“Porque se levantarán falsos cristos y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, para engañar, si fuera posible, aun a los escogidos”. (Mateo 24:24)
En mi opinión, el objetivo principal de estas visiones del infierno es tratar de engañar a los elegidos para que piensen que su salvación depende de sus propias obras, en lugar de descansar en la obra consumada de Cristo. Jesús dijo que muchos vendrían en su nombre, diciendo: “Yo soy el Cristo”, y engañarían a muchos (Mateo 24:5). La mayoría de las apariciones actuales de aquellos que afirman ser “el Cristo” no son personas físicas, sino apariciones en visiones, por lo que debemos aprender a examinar los espíritus.
Varios supuestos encuentros con Jesús en el infierno, como el del cantante de rock, Tim Ehmann, fueron experimentados por no creyentes mientras estaban bajo los efectos de las drogas. [6] Aunque eso en sí mismo no descarta la posibilidad de que Jesús se apareciera realmente a alguien bajo los efectos de las drogas, aumenta enormemente la probabilidad de que se tratara de un espíritu engañoso que se hacía pasar por un mensajero de la luz.
La mayoría describe a Jesús de una manera incompatible con su carácter tal y como se revela en las Escrituras. Según Mary Baxter, Jesús la llevó al infierno durante 30 noches y le mostró a quienes estaban allí sufriendo tormentos. Cuando aquellos que sufrían tormentos indescriptibles clamaban a Jesús pidiendo misericordia, su respuesta, repetida con frecuencia, era: “Paz, calma”. La única vez que el Jesús de los Evangelios dijo “paz, calma” fue cuando calmó el mar. Decir “paz, calma” a alguien que está sufriendo tormentos, para luego dejarlo en la misma situación, sería una burla e inconsistente con su naturaleza. Además, a los que son llevados al infierno se les suele describir como más compasivos que el propio Cristo. Cuando Mary Baxter quería aliviar su sufrimiento, Jesús le decía “es demasiado tarde”. Por el contrario, el Jesús de las Escrituras dice que atraerá a todos hacia sí, que buscará y salvará a los perdidos hasta que la última oveja perdida esté a salvo en el redil (Jn 12:32; Lc 19:10; Mt 18:12). ¿No es Él el Dios que dijo que no desechará a ninguno de los hijos de los hombres para siempre? (Lam 3:31-33).
Además, algo común al Jesús de estas visiones es que a menudo deja solo a aquel a quien lleva al infierno para que sufra los tormentos del infierno y lo experimente por sí mismo. Lo siguiente es solo el comienzo de las torturas cada vez más impensables a las que el Jesús de la visión de María la abandonó en las “mandíbulas del infierno:
“¡Y entonces sentí que mi carne y mi piel comenzaban a desprenderse de mis huesos! (Por alguna razón, parecía que tenía carne). Grité horrorizada. ‘¡Oh, Jesús!’, grité, ‘¿dónde estás?’”.[7]
A partir de ahí, sus tormentos solo empeoraron. Ella dijo que después de ser atormentada en el infierno, estuvo enferma y traumatizada durante varios días. Para mí, es difícil imaginar al Jesús de los Evangelios, que andaba haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, sometiendo a alguien a tales horrores, y mucho menos a una creyente renacida y justificada.
Aún peor es lo que Angelica Zambrano (que solo tenía 18 años en ese entonces) dijo que Jesús le hizo. Según su relato, Jesús le dijo que el 7 de noviembre de 2009 iba a matarla y llevarla al infierno para que viera cómo era y así pudiera advertir a los demás, pero que después la resucitaría. Ella le suplicó que no la matara, pero Él insistió en que era su voluntad. Ella dijo que cuando murió y estaba bajando al infierno, se horrorizó y le pidió al Señor que la trajera de vuelta, pero él le dijo que era necesario. De manera similar a Mary Baxter, la dejó sola para que sintiera los tormentos del infierno en primera persona. Ella dijo que cuando la resucitó después de 23 horas tirada en el suelo, tardó dos semanas en poder levantarse de la cama, y que los demonios entraban en su habitación y la atormentaban. Y eso no fue todo. Dijo que Jesús la llevó al infierno tres veces más, aunque en esas ocasiones no tuvo que morir. Como era de esperar, muchos han sufrido trastorno de estrés postraumático como resultado de lo que vivieron. No puedo imaginar al Jesús de la Biblia sometiendo a una niña, cuyo único deseo era complacerlo, a una experiencia tan infernal. Según ella, Jesús incluso le mostró niños que estaban en el infierno por haber visto dibujos animados. [8]
Teniendo en cuenta todos estos detalles, y el hecho de que las visiones presentan a Jesús negando el evangelio, dando la impresión que la salvación dependa de lo que hacemos por Él, en lugar de lo que Él hizo por nosotros en la cruz, diría que la única conclusión lógica a la que podemos llegar es que el Jesús de estas visiones del infierno no es el Jesús de la Biblia.
3) No se corresponden con la descripción bíblica
Otra razón por la que no creo que estas visiones del infierno sean de Dios es porque hay numerosas formas en las que no se corresponden con lo que vemos en las Escrituras. Para abreviar, no señalaré la distinción entre el Seol o Hades, el Tártaro y el fuego del Gehena o el fuego eterno.
1. Jesús indicó que las personas no se dejarán persuadir por alguien que haya visto el infierno
La razón que da el Jesús de las visiones para llevarlos al infierno es para que otros no vayan a ese lugar de tormento. Sin embargo, en la parábola del hombre rico y Lázaro, cuando el hombre rico implora a Abraham que Lázaro sea enviado de vuelta de entre los muertos para advertir a los demás y que no vayan a ese lugar de tormento, la respuesta de Abraham presenta un fuerte argumento en contra de su afirmación de que Jesús los llevó al infierno y los trajo de vuelta para que otros no fueran a ese lugar de tormento:
“Entonces dijo: ‘Te ruego, padre, que lo envíes a la casa de mi padre, 28 porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, no sea que ellos también vengan a este lugar de tormento’. 29 Abraham le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen’. 30 Y él dijo: ‘No, padre Abraham; pero si alguno de entre los muertos va a ellos, se arrepentirán’. 31 Pero él le dijo: ‘Si no escuchan a Moisés ni a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levante de entre los muertos’”. (Lucas 16:27-31)
Si Jesús indicó en esta parábola que la gente no creería aún si alguien resucitara de entre los muertos para advertirles, ¿por qué lo haría hoy? ¿Por qué someter a sus amados hijos a tormentos tan horribles?
Jesús no se retuerce las manos esperando que la gente venga a Él. Él dijo: “Nadie puede venir a mí, a menos que el Padre que me envió lo atraiga; y yo lo resucitaré en el último día” (Juan 6:44). El hombre está tan perdido y cegado por el pecado que no podría creer, aunque alguien volviera de entre los muertos para advertirle. Las buenas nuevas es que, aunque algunos recibirán su parte en el lago de fuego, sufriendo daño de la muerte segunda, en la dispensación final del cumplimiento de los tiempos, Él habrá atraído a todos a sí mismo, con el resultado de que Dios será todo en todos (Jn 12:32; Ef 1:10; 1Co 15:28). Dios ha jurado por sí mismo que todos los confines de la tierra, incluidos los que actualmente están bajo la tierra, mirarán a Él y serán salvos, doblando la rodilla y confesando a Jesucristo como Señor (Isaías 45:22-24, cf. Filipenses 2:10-11). Desarrollo estos puntos con más detalle en mi libro, La solución universal.
Por lo tanto, es muy poco probable que el Jesús de los Evangelios enviara a Sus hijos al infierno y los trajera de vuelta para que advirtieran a otros que no fueran allí. Es más probable que se trate de otra estratagema del enemigo, con el propósito de llenar de miedo los corazones de las personas, especialmente los de los cristianos, para que, en lugar de descansar en la obra consumada de Cristo, comiencen a luchar frenéticamente por la salvación. También comenzarán a predicar el otro evangelio que Pablo dijo que en realidad no era un evangelio en absoluto. El resultado es que los conversos predican un evangelio falso de obras, haciendo que otros sean dos veces más hijos del infierno (Gehena) que ellos mismos (Mateo 23:15).
2. Satanás y sus demonios no están en el infierno
Muchos de los que afirman haber estado en el infierno y regresado dicen que el mismo Satanás estaba al mando, y que los demonios no estaban siendo atormentados, sino que eran los que atormentan a las personas. Según estas visiones, Satanás y sus demonios nunca son atormentados, sino que son ellos quienes administran los tormentos por toda la eternidad.
Sin embargo, no hay ninguna indicación de que Satanás y sus demonios se encuentren en el infierno en este momento. Los ángeles que abandonaron su morada no están con los muertos, sino atados en el abismo o Tártaro (Judas 6). Satanás es actualmente el príncipe de la potestad del aire (Efesios 2:2). No es hasta que Cristo regresa y establece su reinado milenario que Satanás es arrojado al abismo (Apocalipsis 20:1-3). Los únicos lugares donde se ve a los demonios operando en las Escrituras es en los cielos y sobre la tierra (Efesios 6:12; Lucas 11:24). Jesús dijo en Mateo 25:41 que el fuego eterno (equivalente al Gehena y al lago de fuego) fue preparado para el diablo y sus ángeles, pero ellos aún no estaban allí. Esto lo podemos ver en Mateo 8:29, donde la legión de demonios que poseía al endemoniado de Gadarena gritó a Jesús diciendo: “¿Qué tenemos con tú, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?”
Además, cuando Jesús dijo que el fuego eterno estaba preparado para el diablo y sus ángeles, es obvio que no se refería a que Dios lo había preparado como un reino para que ellos lo gobernaran, como lo describen las visiones del infierno, sino que ellos mismos sufrirían los tormentos del fuego. No serán los torturadores, sino los torturados. La descripción de los demonios atormentando almas en el infierno, tal y como la vemos por primera vez en la literatura cristiana posterior, como en el pseudo Apocalipsis de Pedro del siglo II y ampliada en la Divina Comedia de Dante en el siglo XIV, no se deriva de las Escrituras, sino de fuentes grecorromanas y del Antiguo Medio Oriente. Creo que en realidad son doctrinas de demonios que derriban la fe de algunos.
3. Las descripciones del infierno son contradictorias y no bíblicas
Hay casi tantas descripciones diferentes y contradictorias del infierno como personas que han tenido visiones. Sin embargo, por razones de espacio, me limitaré a dar algunos ejemplos. En la visión de R. Cook, él vio que el infierno tenía nueve niveles en espiral descendente, tal y como se describe en la Divina Comedia de Dante. [9] En marcado contraste, Mary Baxter dijo que el infierno tenía forma de cuerpo humano y que durante treinta noches fue llevada a diferentes partes del cuerpo del infierno. Esta es una cita de su libro:
“Jesús dijo: ‘Estamos a punto de entrar en un túnel que nos llevará al vientre del infierno. El infierno tiene la forma de un cuerpo humano acostado en el centro de la tierra. El cuerpo está acostado boca arriba, con los brazos y las piernas estirados. Así como yo tengo un cuerpo de creyentes, el infierno tiene un cuerpo de pecado y muerte. Así como el cuerpo de Cristo se construye cada día, también el cuerpo del infierno se construye cada día’”. [10]
Ella presenta a Jesús diciendo que, así como Cristo está construyendo su cuerpo, Satanás está construyendo su propio cuerpo literal en el infierno. Fue en las mandíbulas del cuerpo del infierno donde ella afirmó que Jesús la había dejado sola para ser torturada, para que pudiera experimentar de primera mano lo que se sentía al ser atormentada para siempre en el infierno. Sin embargo, cuando Jesús dijo que el fuego eterno estaba preparado para el diablo y sus ángeles, Él no quería decir que Satanás mismo fuera quien lo estaba preparando (Mateo 25:41).
En el libro de Bill Wiese, 23 Minutes in Hell (23 minutos en el infierno), que ha vendido más de un millón de copias y ha estado en la lista de los más vendidos del New York Times, él dijo que no vio ningún niño en el infierno, y dio una explicación bíblica de por qué no habría niños en el infierno. [11] Sin embargo, otros, como Angélica Zambrano, dicen que vieron niños que estaban en el infierno por hacer cosas como faltarle el respeto a sus padres o ver dibujos animados. [12]
Estos son solo algunos ejemplos breves de las inconsistencias entre estas diferentes visiones, pero deberían servir para demostrar que no debemos creer a todos los espíritus, sino que debemos probar los espíritus para ver si son de Dios. Algunos temen cuestionar las visiones debido a su naturaleza sobrenatural. Sin embargo, en las Escrituras, las visiones y los trances a menudo eran un engaño del enemigo. Ezequiel dice de los falsos profetas de Israel:
“Sus profetas los han enyesado con mortero sin ligar, han tenido visiones falsas y han adivinado mentiras para ellos, diciendo: ‘Así dice el Señor Dios’, cuando el Señor no ha hablado’”. (Ezequiel 22:28)
Los falsos profetas tuvieron visiones, pero eran visiones falsas. No estoy cuestionando la realidad de las visiones del infierno ni la sinceridad de quienes las tuvieron. Algunos de ellos, como Mary Baxter y Bill Wiese, han ganado millones de dólares con la venta de sus libros, pero eso no significa que su motivo para escribirlos fuera monetario. Sin embargo, la prueba de la verdad son las Escrituras, no los motivos de quienes afirman haberlas experimentado.
No estoy diciendo que todas las visiones del cielo y del infierno sean visiones mentirosas. Hay un infierno que evitar y un cielo para recibir. Sin embargo, toda visión y toda profecía deben resistir la prueba de las Escrituras. Como sostengo en mi libro, El Triunfo de la Misericordia, y en mi artículo, Azufre, Sal y el Fuego del Fundidor, el infierno de las Escrituras, llamado correctamente el lago (o estanque) de fuego, no es comparable al infierno de Dante ni al cuerpo del infierno de Mary Baxter. Entendido correctamente, es el crisol del Fundidor, y no dura para siempre, sino solo “hasta que” (Mateo 5:26; Ap 21:8; Lc 12:47). Demuestro que aion y aionios, a menudo traducidos erróneamente como “eterno” o “para siempre”, cuando se refieren al castigo, significan “eonia” o “época duradera” en mi artículo, La duración del castigo.
En resumen, juzgando las visiones del infierno por sus frutos, no concuerdan con lo que las Escrituras nos presentan acerca del infierno, y niegan el evangelio de la gracia, trastornando la fe de muchos cristianos sinceros. Creo que Pablo diría sobre ellos lo mismo que dijo a los creyentes de Corinto:
“Pero temo que, como la serpiente engañó a Eva con su astucia, vuestras mentes sean corrompidas y se aparten de la sencillez que hay en Cristo”. (2 Corintios 11:3)
[1] https://www.youtube.com/watch?v=mnqPEVo4b-A
[2] https://www.youtube.com/watch?v=XZ_AXQIom3Y&list=PPSV
[3]https://www.youtube.com/watch?v=5KoTzVVBnAk&list=PLINRBYs9Hc-3qWtkjqtJ1TXYFxo3-F5pt
[4] Baxter, Mary K.. A Divine Revelation of Hell (p. 192). Whitaker House. Kindle Edition.
[5] Baxter, Mary K.. A Divine Revelation of Hell (p. 194). Whitaker House. Kindle Edition.
[6] Ehmann, Tim. I Met God in Hell (p. 76). BroadStreet Publishing Group LLC. Kindle Edition.
[7] Baxter, Mary K.. A Divine Revelation of Hell (pp. 175-176). Whitaker House. Kindle Edition.
[8]https://www.youtube.com/watch?v=5KoTzVVBnAk&list=PLINRBYs9Hc-3qWtkjqtJ1TXYFxo3-F5pt
[9] https://www.youtube.com/watch?v=78QEtegZ90g&t=25s
[10] Baxter, Mary K.. A Divine Revelation of Hell (p. 63). Whitaker House. Kindle Edition.
[11] Wiese, Bill. 23 Minutes In Hell: One Man's Story About What He Saw, Heard, and Felt in that Place of Torment . Strang Communications. Loc. 1496 - A. Kindle Edition.
[12]https://www.youtube.com/watch?v=5KoTzVVBnAk&list=PLINRBYs9Hc-3qWtkjqtJ1TXYFxo3-F5pt
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(Con Quin debo Compartir y Cundo?
por George Sidney Hurd
“¡Gran Rey, cuánta sabiduría requieren tus preceptos! Te necesito, no solo para abrir mi boca, sino a veces también para mantenerla cerrada”. [1]
Charles Hadden Spurgeon
El descubrimiento de la verdad bíblica de la restauración final de todos es tan glorioso y liberador que a menudo queremos gritarlo al mundo entero. Sin embargo, aunque no debemos ser restauracionistas clandestinos, necesitamos sabiduría y discernimiento, no solo para saber a quién, sino también cuándo y cómo compartir esta preciosa perla con los demás. Aunque no hay sustituto para ser sensibles a la guía del Espíritu, creo que hay ciertas pautas generales que pueden ayudarnos a ser mejores administradores de la verdad que Dios nos ha confiado.
¿Con quién debemos compartir?
Algunos de los primeros Padres de la Iglesia que creían en la restauración final de todos practicaban la reserva, compartiendo esta verdad solo con aquellos que consideraban lo suficientemente maduros para recibirla adecuadamente. Orígenes dijo lo siguiente sobre la restauración de todos y la naturaleza correctiva temporal del castigo post mortem:
“Pero las observaciones que podrían hacerse sobre este tema no deben hacerse a todos, ni pronunciarse en la presente ocasión; pues no está exento de peligro escribir sobre estos temas, ya que la multitud no necesita más instrucción que la relativa al castigo de los pecadores; y no conviene ir más allá, por el bien de aquellos que, incluso con el temor del castigo eterno (aionios kolasis), tienen dificultades para abstenerse de caer en cualquier grado de maldad y en el torrente de males que resultan del pecado”. [2]
Por lo tanto, Orígenes omitía generalmente la verdad de la restauración final de todos cuando se dirigía a las masas, solamente enfatizando la severidad del castigo de Dios hacia los pecadores, creyendo que solo el temor al castigo disuadiría al hombre común de su maldad. Del mismo modo, su predecesor, Clemente de Alejandría, justificó la práctica de la reserva basándose en el hecho de que Jesús advirtió contra arrojar nuestras perlas a los cerdos, hablando a las multitudes solamente en parábolas que más tarde explicaba a sus discípulos en privado. Clemente dijo:
“Él (Jesús) ciertamente no reveló a los muchos lo que no era para ellos; sino a los pocos a quienes sabía que era para ellos, que eran capaces de recibirlo y ser moldeados según ello”.
“Omito deliberadamente algunas cosas, en ejercicio de una sabia selección, por temor a escribir lo que me he guardado de decir: no porque las considere erróneas, sino por temor a mis lectores, no sea que tropiecen al tomarlas en un sentido equivocado; y, como dice el proverbio, que se nos acuse de ‘dar una espada a un niño’”. [3]
Aunque nunca debemos ser engañosos con respecto a lo que creemos, necesitamos la discreción divina para saber si un individuo o un grupo de personas están preparados para recibir esta revelación tan gloriosa. Aunque algunos Padres, como Clemente y Orígenes, pueden haber practicado la reserva hasta el extremo, sin embargo, como indicaron Judas y el apóstol Pablo, necesitamos saber distinguir entre los obstinadamente rebeldes y los que tienen un espíritu quebrantado y contrito, que necesitan palabras de esperanza y consuelo (Judas 22-23; 1 Tesalonicenses 5:14).
Como dice Judas, hay hombres impíos que convierten la gracia de Dios en una licencia para la inmoralidad (Judas 4). Por otro lado, hay quienes están quebrantados de espíritu, como la mujer samaritana en el pozo, o la mujer que se arrodilló ante Jesús y le lavó sus pies con sus lágrimas (Lucas 7:36-47). El salmista dijo: “El secreto del Señor es para los que le temen, y les mostrará su pacto” (Sal 25:14). Dios no revela sus secretos a cualquiera, y debemos ser sensibles a su guianza.
Otro grupo de personas a quienes Dios les oculta Sus secretos son los orgullosos y los que son justos en sus propios ojos, que se apoyan en su propio entendimiento en lugar de ser receptivos y dispuestos a aprender, como los de Berea (Hechos 17:11). Dios incluso oculta los misterios del reino a aquellos que no reciben el amor de la verdad (2 Tesalonicenses 2:10-12). Jesús enseñaba en parábolas porque, aunque oían la verdad, la mayoría no la entendía. Cuando sus discípulos se le acercaron y le preguntaron por qué enseñaba en parábolas, Él les respondió:
“Porque a vosotros os ha sido dado conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no les ha sido dado... Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden”. (Mateo 13:11, 13)
Estoy seguro de que Jesús habría explicado los misterios del reino a cualquiera que se le acercara y le preguntara con el deseo de comprender y aprender más de Él. Jesús se refirió a todos aquellos que eran receptivos como “niños” o Sus “hijitos,” diciendo:
“Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has revelado a los niños. Así es, Padre, porque así te pareció bien”. (Mateo 11:25-26)
Justo antes de esta declaración de alabanza al Padre, Jesús había enviado a sus discípulos a proclamar el reino de Dios, diciendo: “Y a cualquiera que no os reciba ni oiga vuestras palabras, cuando salgáis de aquella casa o de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies” (Mateo 10:14). Otra frase similar que a menudo se malinterpreta es el imperativo: “El que es injusto, que siga siendo injusto” (Apocalipsis 22:10). De estos imperativos aprendemos que, cuando se hace evidente que alguien no es receptivo a una verdad determinada, aunque sepamos que es cierta, no debemos insistir, ya que no tiene oídos para oír. Lo mejor que podemos hacer en tales casos es plantar una semilla y seguir adelante, confiando en que, a su debido tiempo, el Señor hará que eche raíces y crezca en sus corazones. Considero este imperativo divino más a fondo en mi artículo: ¿Qué significa la frase “El que es injusto, que siga siendo injusto”?
Aunque Charles Hadden Spurgeon no creía en la restauración final de todos, él tenía algunas palabras de sabiduría cuando se trataba de compartir cualquier verdad preciosa con los que no eran receptivos. Comentando sobre Mateo 7:6, dijo:
“Cuando los hombres son evidentemente incapaces de percibir la pureza de una gran verdad, no se la pongáis delante... Cuando estéis en medio de los malvados, que son como ‘cerdos’, no les reveléis los preciosos misterios de la fe, porque los despreciarán y los ‘pisotearán con sus pies’ en el fango. No debéis provocar innecesariamente ataques contra vosotros mismos ni contra las verdades superiores del evangelio. No debéis juzgar, pero tampoco debéis actuar sin juicio”. [4]
¿Cuándo debemos compartir?
Un error común que muchos cometen es comenzar a compartir con otros su nueva creencia en la restauración final de todos de manera prematura, antes de haberse tomado el tiempo para comprender completamente lo que dicen las Escrituras sobre el tema. No basta con que una enseñanza nos resulte atractiva o lógicamente convincente. Debemos escudriñar las Escrituras con cuidado y diligencia para ver exactamente lo que dice Dios. Como dijo Pablo:
“Esfuérzate por presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, dividiendo rectamente (ὀρθοτομέω, orthotomeō) la palabra de verdad”. (2 Timoteo 2:15)
Dividir rectamente (ὀρθοτομέω, orthotomeō) significa literalmente “cortar rectamente una línea recta”. La idea es interpretar correctamente la palabra de verdad, extrayendo cuidadosamente nuestro entendimiento de las propias Escrituras, en lugar de intentar introducir en ellas nuestro propio entendimiento sesgado, algo que técnicamente se conoce como eiségesis.
El antónimo de orthotomeō es στρεβλόω (strebloō), que significa “doblar o torcer”. Pedro utilizó esta palabra para describir la forma en que algunos habían manejado las epístolas de Pablo, diciendo que “las personas ignorantes e inestables las tergiversan (strebloō) para su propia perdición, como también hacen con el resto de las Escrituras” (2 Pedro 3:16).
Antes de compartir nuestras creencias con otros sobre cualquier doctrina, primero debemos estudiar diligentemente las Escrituras relevantes para redescubrir la enseñanza directa de las Escrituras, en contraposición a las doctrinas de los hombres que se han impuesto sobre las Escrituras. Esto a menudo requiere mucho tiempo y diligencia debido a nuestros propios prejuicios doctrinales heredados.
Yo ni siquiera compartí la verdad de la reconciliación universal con mi esposa y mis hijos hasta después de casi un año de estudio y meditación en oración sobre el tema día y noche durante casi un año, y no la compartí con la congregación a la que pastoreaba hasta que pasaron casi tres años y había escrito mi primer libro sobre el tema, El Triunfo de la Misericordia. Después de publicarlo para que pudieran leerlo y de impartir una serie de enseñanzas sobre el tema, todos ellos se convencieron igualmente de que el plan de Dios para los siglos culmina en la restauración final de todos en lugar de un dualismo eterno en el que Dios mantiene a la mayoría de la humanidad en tormentos eternos.
Además de nuestra inclinación heredada, el hecho de que se promuevan tantas variedades no bíblicas del universalismo puede hacer que la tarea de discernir la verdad del error parezca aún más abrumadora. Gran parte de lo que se presenta hoy en día sobre este tema en libros y redes sociales de una forma u otra no supera la prueba de las Escrituras. La única manera de examinarlo todo y llegar a una comprensión clara de la verdad es poner a prueba cada afirmación de verdad según lo que está escrito en la Palabra de Dios. Jesús dijo de las Escrituras: “Tu palabra es verdad” (Jn 17:17). Gran parte de lo que se promueve hoy en día en las redes sociales no es bíblico y, por esa razón, a menudo se busca socavar la fiabilidad y la autoridad de las Escrituras como Palabra inspirada de Dios. Pero si tenemos las Sagradas Escrituras en la misma estima que Jesús y los apóstoles, el Espíritu Santo que las inspiró nos guiará a toda la verdad.
Pedro dijo que siempre debemos estar preparados para dar una defensa (ἀπολογία, apología) a todo el que nos pida que expliquemos la esperanza que hay en nosotros, con mansedumbre y temor (1 Pedro 3:15). Derivamos nuestra palabra apologética de la palabra apología. Todos debemos ser apologistas, capaces de dar una defensa razonada y basada en las Escrituras de nuestras convicciones a cualquiera que nos la pida. Las redes sociales nos ofrecen una gran oportunidad para aprender las creencias de los demás. Sin embargo, muchos se han vuelto perezosos, sustituyendo YouTube y la inteligencia artificial por su propio estudio personal de la Biblia. He descubierto que, aunque estas fuentes pueden ser útiles, la verdadera convicción profunda solo proviene del estudio personal de las Escrituras. Cuando descubres una verdad en las Escrituras, se convierte en parte de ti de una manera que no es posible por otros medios. Como dijo Pablo, la fe viene por el oír la palabra de Dios (Romanos 10:17).
Por lo tanto, aunque naturalmente queramos gritarlo a los cuatro vientos, suele ser más prudente actuar con moderación hasta llegar al punto de tener una convicción firme de la validez bíblica de la doctrina, ser capaces de distinguir el universalismo bíblico de sus otras variantes heterodoxas y poder defender la doctrina de forma razonada ante los demás.
¿Cómo debemos compartirlo?
Más importante que cuándo o con quién compartimos las buenas nuevas de la reconciliación universal es la manera en que lo hacemos. Debemos tener los conocimientos suficientes para poder dar una explicación razonada de la esperanza que hay en nosotros, pero más importante que el conocimiento es el espíritu con el que lo compartimos. Nuestra principal motivación debe ser el amor a la verdad y a la persona con quien la compartimos. Con demasiada frecuencia, nuestro orgullo se interpone y se convierte más en una cuestión de ganar una discusión que de compartir una perla preciosa. Nuestro motivo no debe ser demostrar nuestro conocimiento, sino bendecir a nuestros oyentes. Como dijo Pablo: “Sabemos que todos tenemos conocimiento. El conocimiento envanece, pero el amor edifica” (1 Corintios 8:1).
Aunque debemos ser firmes con la verdad, siempre debemos hablar la verdad con amor (Ef 4:15). No debemos imponer nuestras propias convicciones a nadie. Como la mayoría de nosotros sabemos por experiencia, las creencias arraigadas son fortalezas mentales que, en última instancia, solo el Espíritu Santo puede penetrar, y aún así, a la mayoría de nosotros nos llevó mucho tiempo asimilar la verdad. He descubierto que muy pocos han sido preparados de antemano por el Señor para aceptar inmediatamente la verdad de la reconciliación universal la primera vez que se les presenta. Incluso aquellos que están abiertos a considerarla suelen tener muchas objeciones que deben resolverse a partir de las Escrituras durante un largo período de tiempo. A menudo, en nuestro celo por la verdad, tratamos de imponer nuestras creencias a los demás en lugar de presentárselas de una manera que despierte en ellos el deseo de aceptarlas. Creo que eso es lo que Pablo tenía en mente cuando dijo:
“Que vuestra palabra sea siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno”. (Col 4:6)
Por último, por muy puros que sean nuestros motivos para compartir esta gloriosa verdad con los demás, debemos estar preparados para experimentar el rechazo. He sido misionero aquí en la Amazonía colombiana durante muchos años. Cuando la noticia de mi creencia en la restauración final de todos llegó a las iglesias que nos apoyaban en los Estados Unidos, nuestro apoyo mensual se redujo drásticamente. Sin embargo, para mí personalmente, eso fue un pequeño precio a pagar por una verdad tan preciosa, y a lo largo de los años hemos aprendido que el Señor es nuestro proveedor y que siempre es fiel para suplir nuestras necesidades.
Que el Señor nos conceda a cada uno de nosotros la gracia de saber cuándo, cómo y con quién debemos compartir esta maravillosa noticia de la salvación universal.
[1] Charles Spurgeon, Commentary on Matthew, 7:6.
[2] Origen, Contra Celsius. VI. 25.
[3] Clement of Alexandria, Stramata, book I, chapter 1
[4] Charles Spurgeon, Commentary on Matthew, 7:3-5
“¡Gran Rey, cuánta sabiduría requieren tus preceptos! Te necesito, no solo para abrir mi boca, sino a veces también para mantenerla cerrada”. [1]
Charles Hadden Spurgeon
El descubrimiento de la verdad bíblica de la restauración final de todos es tan glorioso y liberador que a menudo queremos gritarlo al mundo entero. Sin embargo, aunque no debemos ser restauracionistas clandestinos, necesitamos sabiduría y discernimiento, no solo para saber a quién, sino también cuándo y cómo compartir esta preciosa perla con los demás. Aunque no hay sustituto para ser sensibles a la guía del Espíritu, creo que hay ciertas pautas generales que pueden ayudarnos a ser mejores administradores de la verdad que Dios nos ha confiado.
¿Con quién debemos compartir?
Algunos de los primeros Padres de la Iglesia que creían en la restauración final de todos practicaban la reserva, compartiendo esta verdad solo con aquellos que consideraban lo suficientemente maduros para recibirla adecuadamente. Orígenes dijo lo siguiente sobre la restauración de todos y la naturaleza correctiva temporal del castigo post mortem:
“Pero las observaciones que podrían hacerse sobre este tema no deben hacerse a todos, ni pronunciarse en la presente ocasión; pues no está exento de peligro escribir sobre estos temas, ya que la multitud no necesita más instrucción que la relativa al castigo de los pecadores; y no conviene ir más allá, por el bien de aquellos que, incluso con el temor del castigo eterno (aionios kolasis), tienen dificultades para abstenerse de caer en cualquier grado de maldad y en el torrente de males que resultan del pecado”. [2]
Por lo tanto, Orígenes omitía generalmente la verdad de la restauración final de todos cuando se dirigía a las masas, solamente enfatizando la severidad del castigo de Dios hacia los pecadores, creyendo que solo el temor al castigo disuadiría al hombre común de su maldad. Del mismo modo, su predecesor, Clemente de Alejandría, justificó la práctica de la reserva basándose en el hecho de que Jesús advirtió contra arrojar nuestras perlas a los cerdos, hablando a las multitudes solamente en parábolas que más tarde explicaba a sus discípulos en privado. Clemente dijo:
“Él (Jesús) ciertamente no reveló a los muchos lo que no era para ellos; sino a los pocos a quienes sabía que era para ellos, que eran capaces de recibirlo y ser moldeados según ello”.
“Omito deliberadamente algunas cosas, en ejercicio de una sabia selección, por temor a escribir lo que me he guardado de decir: no porque las considere erróneas, sino por temor a mis lectores, no sea que tropiecen al tomarlas en un sentido equivocado; y, como dice el proverbio, que se nos acuse de ‘dar una espada a un niño’”. [3]
Aunque nunca debemos ser engañosos con respecto a lo que creemos, necesitamos la discreción divina para saber si un individuo o un grupo de personas están preparados para recibir esta revelación tan gloriosa. Aunque algunos Padres, como Clemente y Orígenes, pueden haber practicado la reserva hasta el extremo, sin embargo, como indicaron Judas y el apóstol Pablo, necesitamos saber distinguir entre los obstinadamente rebeldes y los que tienen un espíritu quebrantado y contrito, que necesitan palabras de esperanza y consuelo (Judas 22-23; 1 Tesalonicenses 5:14).
Como dice Judas, hay hombres impíos que convierten la gracia de Dios en una licencia para la inmoralidad (Judas 4). Por otro lado, hay quienes están quebrantados de espíritu, como la mujer samaritana en el pozo, o la mujer que se arrodilló ante Jesús y le lavó sus pies con sus lágrimas (Lucas 7:36-47). El salmista dijo: “El secreto del Señor es para los que le temen, y les mostrará su pacto” (Sal 25:14). Dios no revela sus secretos a cualquiera, y debemos ser sensibles a su guianza.
Otro grupo de personas a quienes Dios les oculta Sus secretos son los orgullosos y los que son justos en sus propios ojos, que se apoyan en su propio entendimiento en lugar de ser receptivos y dispuestos a aprender, como los de Berea (Hechos 17:11). Dios incluso oculta los misterios del reino a aquellos que no reciben el amor de la verdad (2 Tesalonicenses 2:10-12). Jesús enseñaba en parábolas porque, aunque oían la verdad, la mayoría no la entendía. Cuando sus discípulos se le acercaron y le preguntaron por qué enseñaba en parábolas, Él les respondió:
“Porque a vosotros os ha sido dado conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no les ha sido dado... Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden”. (Mateo 13:11, 13)
Estoy seguro de que Jesús habría explicado los misterios del reino a cualquiera que se le acercara y le preguntara con el deseo de comprender y aprender más de Él. Jesús se refirió a todos aquellos que eran receptivos como “niños” o Sus “hijitos,” diciendo:
“Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has revelado a los niños. Así es, Padre, porque así te pareció bien”. (Mateo 11:25-26)
Justo antes de esta declaración de alabanza al Padre, Jesús había enviado a sus discípulos a proclamar el reino de Dios, diciendo: “Y a cualquiera que no os reciba ni oiga vuestras palabras, cuando salgáis de aquella casa o de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies” (Mateo 10:14). Otra frase similar que a menudo se malinterpreta es el imperativo: “El que es injusto, que siga siendo injusto” (Apocalipsis 22:10). De estos imperativos aprendemos que, cuando se hace evidente que alguien no es receptivo a una verdad determinada, aunque sepamos que es cierta, no debemos insistir, ya que no tiene oídos para oír. Lo mejor que podemos hacer en tales casos es plantar una semilla y seguir adelante, confiando en que, a su debido tiempo, el Señor hará que eche raíces y crezca en sus corazones. Considero este imperativo divino más a fondo en mi artículo: ¿Qué significa la frase “El que es injusto, que siga siendo injusto”?
Aunque Charles Hadden Spurgeon no creía en la restauración final de todos, él tenía algunas palabras de sabiduría cuando se trataba de compartir cualquier verdad preciosa con los que no eran receptivos. Comentando sobre Mateo 7:6, dijo:
“Cuando los hombres son evidentemente incapaces de percibir la pureza de una gran verdad, no se la pongáis delante... Cuando estéis en medio de los malvados, que son como ‘cerdos’, no les reveléis los preciosos misterios de la fe, porque los despreciarán y los ‘pisotearán con sus pies’ en el fango. No debéis provocar innecesariamente ataques contra vosotros mismos ni contra las verdades superiores del evangelio. No debéis juzgar, pero tampoco debéis actuar sin juicio”. [4]
¿Cuándo debemos compartir?
Un error común que muchos cometen es comenzar a compartir con otros su nueva creencia en la restauración final de todos de manera prematura, antes de haberse tomado el tiempo para comprender completamente lo que dicen las Escrituras sobre el tema. No basta con que una enseñanza nos resulte atractiva o lógicamente convincente. Debemos escudriñar las Escrituras con cuidado y diligencia para ver exactamente lo que dice Dios. Como dijo Pablo:
“Esfuérzate por presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, dividiendo rectamente (ὀρθοτομέω, orthotomeō) la palabra de verdad”. (2 Timoteo 2:15)
Dividir rectamente (ὀρθοτομέω, orthotomeō) significa literalmente “cortar rectamente una línea recta”. La idea es interpretar correctamente la palabra de verdad, extrayendo cuidadosamente nuestro entendimiento de las propias Escrituras, en lugar de intentar introducir en ellas nuestro propio entendimiento sesgado, algo que técnicamente se conoce como eiségesis.
El antónimo de orthotomeō es στρεβλόω (strebloō), que significa “doblar o torcer”. Pedro utilizó esta palabra para describir la forma en que algunos habían manejado las epístolas de Pablo, diciendo que “las personas ignorantes e inestables las tergiversan (strebloō) para su propia perdición, como también hacen con el resto de las Escrituras” (2 Pedro 3:16).
Antes de compartir nuestras creencias con otros sobre cualquier doctrina, primero debemos estudiar diligentemente las Escrituras relevantes para redescubrir la enseñanza directa de las Escrituras, en contraposición a las doctrinas de los hombres que se han impuesto sobre las Escrituras. Esto a menudo requiere mucho tiempo y diligencia debido a nuestros propios prejuicios doctrinales heredados.
Yo ni siquiera compartí la verdad de la reconciliación universal con mi esposa y mis hijos hasta después de casi un año de estudio y meditación en oración sobre el tema día y noche durante casi un año, y no la compartí con la congregación a la que pastoreaba hasta que pasaron casi tres años y había escrito mi primer libro sobre el tema, El Triunfo de la Misericordia. Después de publicarlo para que pudieran leerlo y de impartir una serie de enseñanzas sobre el tema, todos ellos se convencieron igualmente de que el plan de Dios para los siglos culmina en la restauración final de todos en lugar de un dualismo eterno en el que Dios mantiene a la mayoría de la humanidad en tormentos eternos.
Además de nuestra inclinación heredada, el hecho de que se promuevan tantas variedades no bíblicas del universalismo puede hacer que la tarea de discernir la verdad del error parezca aún más abrumadora. Gran parte de lo que se presenta hoy en día sobre este tema en libros y redes sociales de una forma u otra no supera la prueba de las Escrituras. La única manera de examinarlo todo y llegar a una comprensión clara de la verdad es poner a prueba cada afirmación de verdad según lo que está escrito en la Palabra de Dios. Jesús dijo de las Escrituras: “Tu palabra es verdad” (Jn 17:17). Gran parte de lo que se promueve hoy en día en las redes sociales no es bíblico y, por esa razón, a menudo se busca socavar la fiabilidad y la autoridad de las Escrituras como Palabra inspirada de Dios. Pero si tenemos las Sagradas Escrituras en la misma estima que Jesús y los apóstoles, el Espíritu Santo que las inspiró nos guiará a toda la verdad.
Pedro dijo que siempre debemos estar preparados para dar una defensa (ἀπολογία, apología) a todo el que nos pida que expliquemos la esperanza que hay en nosotros, con mansedumbre y temor (1 Pedro 3:15). Derivamos nuestra palabra apologética de la palabra apología. Todos debemos ser apologistas, capaces de dar una defensa razonada y basada en las Escrituras de nuestras convicciones a cualquiera que nos la pida. Las redes sociales nos ofrecen una gran oportunidad para aprender las creencias de los demás. Sin embargo, muchos se han vuelto perezosos, sustituyendo YouTube y la inteligencia artificial por su propio estudio personal de la Biblia. He descubierto que, aunque estas fuentes pueden ser útiles, la verdadera convicción profunda solo proviene del estudio personal de las Escrituras. Cuando descubres una verdad en las Escrituras, se convierte en parte de ti de una manera que no es posible por otros medios. Como dijo Pablo, la fe viene por el oír la palabra de Dios (Romanos 10:17).
Por lo tanto, aunque naturalmente queramos gritarlo a los cuatro vientos, suele ser más prudente actuar con moderación hasta llegar al punto de tener una convicción firme de la validez bíblica de la doctrina, ser capaces de distinguir el universalismo bíblico de sus otras variantes heterodoxas y poder defender la doctrina de forma razonada ante los demás.
¿Cómo debemos compartirlo?
Más importante que cuándo o con quién compartimos las buenas nuevas de la reconciliación universal es la manera en que lo hacemos. Debemos tener los conocimientos suficientes para poder dar una explicación razonada de la esperanza que hay en nosotros, pero más importante que el conocimiento es el espíritu con el que lo compartimos. Nuestra principal motivación debe ser el amor a la verdad y a la persona con quien la compartimos. Con demasiada frecuencia, nuestro orgullo se interpone y se convierte más en una cuestión de ganar una discusión que de compartir una perla preciosa. Nuestro motivo no debe ser demostrar nuestro conocimiento, sino bendecir a nuestros oyentes. Como dijo Pablo: “Sabemos que todos tenemos conocimiento. El conocimiento envanece, pero el amor edifica” (1 Corintios 8:1).
Aunque debemos ser firmes con la verdad, siempre debemos hablar la verdad con amor (Ef 4:15). No debemos imponer nuestras propias convicciones a nadie. Como la mayoría de nosotros sabemos por experiencia, las creencias arraigadas son fortalezas mentales que, en última instancia, solo el Espíritu Santo puede penetrar, y aún así, a la mayoría de nosotros nos llevó mucho tiempo asimilar la verdad. He descubierto que muy pocos han sido preparados de antemano por el Señor para aceptar inmediatamente la verdad de la reconciliación universal la primera vez que se les presenta. Incluso aquellos que están abiertos a considerarla suelen tener muchas objeciones que deben resolverse a partir de las Escrituras durante un largo período de tiempo. A menudo, en nuestro celo por la verdad, tratamos de imponer nuestras creencias a los demás en lugar de presentárselas de una manera que despierte en ellos el deseo de aceptarlas. Creo que eso es lo que Pablo tenía en mente cuando dijo:
“Que vuestra palabra sea siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno”. (Col 4:6)
Por último, por muy puros que sean nuestros motivos para compartir esta gloriosa verdad con los demás, debemos estar preparados para experimentar el rechazo. He sido misionero aquí en la Amazonía colombiana durante muchos años. Cuando la noticia de mi creencia en la restauración final de todos llegó a las iglesias que nos apoyaban en los Estados Unidos, nuestro apoyo mensual se redujo drásticamente. Sin embargo, para mí personalmente, eso fue un pequeño precio a pagar por una verdad tan preciosa, y a lo largo de los años hemos aprendido que el Señor es nuestro proveedor y que siempre es fiel para suplir nuestras necesidades.
Que el Señor nos conceda a cada uno de nosotros la gracia de saber cuándo, cómo y con quién debemos compartir esta maravillosa noticia de la salvación universal.
[1] Charles Spurgeon, Commentary on Matthew, 7:6.
[2] Origen, Contra Celsius. VI. 25.
[3] Clement of Alexandria, Stramata, book I, chapter 1
[4] Charles Spurgeon, Commentary on Matthew, 7:3-5
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:Se cumpli la Gran Comisin antes del Ao 70 d. C.?
por George Sidney Hurd
“Éste es el evangelio que ustedes oyeron y que ha sido proclamado en toda la creación debajo del cielo, y del que yo, Pablo, he llegado a ser servidor.” (Col 1:23 NVI)
En la Gran Comisión, Jesús ordenó a sus discípulos diciendo: “Id a todo el mundo (κόσμος, kosmos) y predicad el evangelio a toda criatura, haciéndoles discípulos a todas las naciones” (Marcos 16:15; Mateo 28:19). También dijo: “Y este evangelio del reino será predicado en todo el mundo (οἰκουμένη, oikoumenē) como testimonio a todas las naciones (ἔθνος, ethnos), y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14). Les dijo que serían sus testigos “en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra (γῆ)” (Hechos 1:8).
Históricamente, la Iglesia ha entendido el mandato de Cristo en su sentido más obvio, es decir, que abarca todo el planeta y que nuestra misión no se completará hasta que el evangelio haya llegado a todo el mundo. Sin embargo, basándose en la declaración de Pablo en Colosenses 1:23, así como en otros versículos que consideraremos, los preteristas sostienen que la Gran Comisión se cumplió antes del año 70 d. C., momento en el que, según ellos, llegó el fin de la época y Cristo regresó. En este artículo analizaremos más detenidamente los versículos que presentan los preteristas como prueba de que la Gran Comisión ya se había cumplido en el siglo I.
1) Colosenses 1:23
“Este es el evangelio que habéis oído y que ha sido proclamado (τοῦ εὐαγγελίου…τοῦ κηρυχθέντος lit. “el evangelio proclamado”) a toda criatura bajo el cielo, y del cual yo, Pablo, me he hecho servidor”. (Col 1:23 NVI)
Muchas traducciones han traducido erróneamente el participio aoristo articular τοῦ κηρυχθέντος (tou kēryssentos) como si fuera un verbo pasivo perfecto (“ha sido proclamado”). Esta traducción hace que Pablo diga que el evangelio ya había sido proclamado “a toda criatura bajo el cielo” en el momento en que él escribió la epístola a los colosenses alrededor del año 60 d. C., algo que ni siquiera los preteristas afirmarían. La función principal del participio aoristo es describir la naturaleza de la acción, no su secuencia temporal. Por lo tanto, el contexto y la lógica deben determinar si la proclamación era algo ya realizado o algo que aún se estaba llevando a cabo.
La intención evidente de Pablo no era decir que el evangelio ya había sido predicado a toda criatura bajo el cielo, sino que el evangelio que ellos habían oído y recibido es el evangelio “proclamado” a todos bajo el cielo. Muchas traducciones reflejan correctamente la intención evidente de Pablo. La Reina Valera correctamente dice: “se predica”. En inglés a traducción literal (LITV) dice: “proclamado”; la CLV, “anunciado”; la Douay-Rheims, “que se predica”; la WEB, “que se está proclamando”. En este versículo, Pablo simplemente estaba diciendo que el mismo evangelio que ellos habían oído de él se estaba proclamando en todo el mundo a toda criatura, tal y como Cristo nos había encomendado hacer.
2) Colosenses 1:5-6
“por la esperanza que os está reservada en los cielos, de la cual habéis oído antes en la palabra de la verdad del evangelio, 6 que ha llegado a vosotros, como también a todo el mundo (τοῦ παρόντος εἰς ὑμᾶς, καθὼς καὶ ἐν παντὶ τῷ κόσμῳ, lit. “ha llegado a vosotros, como también a todo el mundo”) y está dando fruto, como también entre vosotros desde el día en que oísteis y conocisteis la gracia de Dios en verdad”.
Este versículo también se utiliza como prueba de que la Gran Comisión ya se había cumplido antes del año 70 d. C. Sin embargo, hay al menos dos razones por las que este pasaje no respalda su afirmación. En primer lugar, Pablo utiliza el tiempo presente. Literalmente dice: “la verdad del evangelio llegando a vosotros, como también a todo el mundo”. Este pasaje, cuando se traduce correctamente, confirma aún más que Pablo no quería decir que el evangelio ya había sido proclamado a toda criatura bajo el cielo más adelante en el versículo veintitrés.
En segundo lugar, al igual que la expresión “toda criatura bajo el cielo” tiene un alcance planetario y no se limita a los confines del Imperio Romano, también lo tiene la expresión “todo el mundo” (παντὶ τῷ κόσμῳ, panti tō kosmō). Para fundamentar su argumento a favor del cumplimiento de la Gran Comisión antes del año 70 d. C., los preteristas tratan de restringir el término “mundo” κόσμος (kosmos) para que solo incluya al Imperio Romano. Sin embargo, en 1 Juan 2:2 se dice que Jesús es la propiciación por los pecados de “todo el mundo” (kosmos). Para ser coherentes, también tendrían que limitar la expiación al Imperio Romano. ¿Acaso Jesús no murió por todos? ¿Es posible que Jesús no tuviera en mente a Asia y a los indios americanos cuando les dijo que serían sus testigos hasta los confines de la tierra? Además, tanto entonces como ahora, el término “mundo” se utilizaba a veces en sentido hiperbólico, como en “ahora todo el mundo lo sabrá” (cf. Juan 12:19; Romanos 1:8). Sin embargo, kosmos nunca se utiliza en referencia al Imperio Romano.
Ciertamente, cuando Jesús dio la Gran Comisión, quiso que se proclamara a todos bajo el cielo y no solo a los que vivían dentro de las fronteras del Imperio Romano del siglo I. De hecho, no hay indicios de que regiones del Imperio Romano como la Galia (que abarcaba Francia, partes de Bélgica, algunas zonas de Suiza, Alemania y el norte de Italia) fueran alcanzadas por el evangelio antes del año 70 d. C. No fue hasta finales del siglo II cuando Padres de la Iglesia como Ireneo y Tertuliano describieron los esfuerzos por llevar el evangelio a partes de la Galia.
Por lo tanto, entendido correctamente, al igual que en Colosenses 1:23, los versículos 5 y 6 hablan de la expansión del evangelio que estaba en marcha en el siglo I, en lugar de considerarla una misión ya completada.
3) Romanos 1:8
“En primer lugar, doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo por todos vosotros, porque vuestra fe es conocida en todo el mundo (kosmos)”.
Como ya se ha indicado, este es un ejemplo evidente de hipérbole. Incluso si se pudiera limitar el término kosmos para incluir solo al Imperio Romano, Pablo no podría haberlo dicho en sentido literal, porque aún había partes del Imperio Romano que no habían oído el evangelio, sin mencionar el hecho obvio de que todo el mundo no literalmente hablaba de la fe de los creyentes de la iglesia de Roma.
España estaba dentro del Imperio Romano. Sin embargo, en Romanos 15:20-28, Pablo explicó a los cristianos de Roma que la razón por la que no había ido a visitarlos antes era porque no quería predicar el evangelio donde Cristo ya había sido nombrado, pero que los visitaría de camino a España. El motivo obvio de su viaje a España era predicar el evangelio donde Cristo aún no era conocido.
4) Romanos 10:18
“Pero yo digo: ¿No han oído? Sí, por supuesto: su voz ha salido a toda la tierra (γῆ, gē), y sus palabras hasta los confines del mundo (οἰκουμένη, oikoumenē, “tierra habitada”)”.
Este versículo se cita a menudo como prueba de que la Gran Comisión ya se había cumplido a mediados del siglo I. Se argumenta que los términos “tierra” (γῆ, gē) y “mundo” (οἰκουμένη, oikoumenē) solo se refieren al Imperio Romano. Sin embargo, aparte del hecho de que en el siglo I el evangelio aún no había llegado a todo el Imperio Romano, el salmo que cita David es el Salmo 19:1-4, donde vemos que la voz a que se refiere son los cielos y el firmamento que proclaman la gloria de Dios a los habitantes de todo el planeta, y no solo al Imperio Romano, que ni siquiera existía cuando se escribió el salmo.
La palabra utilizada para “tierra” (γῆ, gē) tiene un significado idéntico al de nuestra palabra “tierra”. Puede significar tierra, refiriéndose al suelo, o a una región o territorio, pero con más frecuencia es simplemente el nombre propio de nuestro planeta Tierra. Aquí claramente se utiliza para referirse a todo nuestro planeta, al igual que en el Salmo 19:4 que cita. El término οἰκουμένη (oikoumenē) normalmente se refiere a todo el mundo habitado. En un caso se limita al Imperio Romano. En Lucas 2:1, el emperador Augusto promulgó un decreto para que “todo el mundo” (oikoumenē) fuera empadronado. A menudo se utiliza en sentido hiperbólico, como diríamos de una cantante: “Todo el mundo vino a verla”.
Sin embargo, está claro que “los confines de la tierra” en el Salmo 19:4 que cita Pablo deben entenderse en el sentido normal de la totalidad de nuestro planeta habitado. Cuando Jesús dijo que el evangelio debía ser “predicado en todo el mundo (οἰκουμένη, oikoumenē) en testimonio a todas las naciones” en Mateo 24:14, obviamente se refería a todo el mundo de la humanidad que Él murió para salvar, y no solo a los que vivían dentro del Imperio Romano. Cuando Pablo dijo en Hechos 17:31 que Dios ha fijado un día en el que juzgará el mundo (oikoumenē) con justicia, se refería claramente a toda la humanidad y no solo a los ciudadanos romanos. Es evidente que Pablo no consideraba que todo el mundo hubiera escuchado ya el evangelio, ya que en el versículo 8 dice que todavía lo estaban proclamándolo (Rom 10:8).
Entonces, ¿cómo debemos entender a Pablo en su cita del Salmo 19:4? Para mí, teniendo en cuenta que el evangelio aún no había llegado ni siquiera a todo el Imperio Romano, sin mencionar el mundo entero, y teniendo en cuenta que el sacrificio expiatorio de Cristo fue por los pecados del mundo entero (1 Jn 2:2) y no solo por los romanos, es obvio que debe entenderse en sentido poético e hiperbólico. En esta misma epístola, Pablo dijo que aún tenía que viajar a España para predicar el evangelio donde aún no había sido proclamado (Rom 15:20-28), por lo que claramente no quería decir que el evangelio ya había llegado a toda la tierra.
5) 1 Timoteo 3:16
“Dios se manifestó en la carne, fue justificado en el Espíritu, visto por los ángeles, predicado entre los gentiles (ἔθνος, ethnos), creído en el mundo (κόσμος, kosmos) y recibido en gloria”.
Este versículo se presenta a veces como prueba de que la Gran Comisión se había cumplido antes del año 70 d. C. Sin embargo, lo único que Pablo dice aquí es que el evangelio había sido proclamado entre los gentiles, no que había sido proclamado a todos los gentiles o grupos étnicos, como Jesús nos encargó hacer. Unos tres años más tarde, en la segunda epístola a Timoteo, seguimos viendo a Pablo proclamando el evangelio, soportando todo para que los elegidos obtuvieran la salvación que es en Cristo Jesús (2 Tim 1:8; 2:8-10; 4:17). Le dijo a Timoteo que predicara la palabra e hiciera la obra de evangelista (2 Tim 4:2-5). Del mismo modo, aunque Cristo fue creído en el mundo (kosmos), no se puede argumentar razonablemente que el kosmos sea el Imperio Romano. Excepto en los casos en que se utiliza en sentido hiperbólico, kosmos se refiere a todo el planeta y, a menudo, a todo el universo creado. Además, Pablo aquí no dice que se creía en Él en todo el mundo. De hecho, en la misma epístola, Pablo dijo que vivió una vida ejemplar como modelo para aquellos que aún iban a creer en Él (1 Timoteo 1:16).
Por lo tanto, los versículos que los preteristas presentan para fundamentar su afirmación de que la Gran Comisión ya se había cumplido antes del año 70 d. C. indican en realidad lo contrario cuando se analizan gramaticalmente y en su contexto. Ninguno de los primeros Padres consideró que la Gran Comisión se hubiera cumplido. Lo que vemos es la descripción de sus continuos esfuerzos por llevar el evangelio a los no alcanzados dentro del Imperio Romano y más allá.
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por George Sidney Hurd
En este último artículo sobre el tema del pecado original, responderé a algunas de las objeciones presentadas por quienes niegan que el pecado original de Adán trajo consigo la muerte física y espiritual o la alienación de Dios a toda su descendencia, argumentando en cambio que nacimos como una “pizarra en blanco” (tabula rasa), y que solo posteriormente nos corrompimos debido a influencias externas.
Como expliqué en los artículos anteriores, “¿Qué del Pecado Original?” y “¿Son los Bebés Víboras con Pañales?”, no creo que hayamos heredado la culpa de Adán por su pecado original, sino las consecuencias del pecado de Adán, que fueron la muerte física y espiritual. Esta era la interpretación de los Padres de la Iglesia primitiva antes de Agustín en el siglo V y sigue siendo la posición mayoritaria en la Iglesia Ortodoxa Oriental hasta el día de hoy. Desde el principio se creyó que el pecado original de Adán provocó la muerte espiritual o el alejamiento de Dios, lo que a su vez nos convirtió a todos en pecadores desde el seno materno. Como dijo Ireneo: “Los alienados son pecadores desde el seno materno: se descarrían tan pronto como nacen”. [i]
Sin embargo, en el siglo V, Agustín argumentó que no solo sufrimos las consecuencias del pecado de Adán, sino que incluso cargamos con su culpa. Esto fue en respuesta a Pelagio, un monje británico que insistía en que el pecado de Adán no provocó que naciéramos con una propensión interna al pecado, sino que la única consecuencia del pecado original de Adán fue dar un mal ejemplo. Pelagio enseñaba que podíamos vivir libres del pecado ejerciendo nuestro libre albedrío, sin necesidad de la gracia divina. Enseñaba que la vida y muerte de Cristo nos proporcionaban un ejemplo moral a seguir, muy similar a la teoría Ejemplo Moral de la expiación defendida por muchos liberales y progresistas en la actualidad.
Agustín añadió el elemento de la culpa heredada para enfatizar nuestra necesidad del sacrificio expiatorio de Cristo y la gracia divina. Sin embargo, como señalé en los artículos anteriores, aunque sufrimos las consecuencias del pecado de Adán, solo somos responsables de nuestros propios pecados personales. El sacrificio expiatorio de Cristo fue necesario para ser justificados de nuestros propios pecados, no del pecado de Adán. Los no arrepentidos serán juzgados por sus propios pecados, no por el pecado de Adán.
Según yo lo entiendo, la doctrina del pecado original tal y como se enseña en las Escrituras es que cuando Adán, nuestro cabeza federal, pecó, su muerte se convirtió en nuestra muerte. Puesto que él murió espiritualmente el día en que comió del árbol, nosotros somos espiritualmente muertos o separados de Dios desde el vientre de nuestra madre. Esta muerte espiritual o separación de Dios es lo que nos constituye pecadores y por naturaleza hijos de ira (Rom 5:19; Ef 2:1-3). En el resto de este artículo, examinaré algunas objeciones presentadas contra esta posición.
Escrituras presentadas contra el pecado original
A continuación, se analizan los pasajes presentados como prueba de que nacemos como una “pizarra en blanco”, sin ninguna propensión interior al pecado.
1) Eclesiastés 7:29: “He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones”.
Este versículo se presenta a veces como prueba de que todos nacemos moralmente rectos, sin ninguna inclinación hacia el pecado. Sin embargo, la mayoría de los estudiosos coinciden en que se refiere a la creación original del hombre a imagen y semejanza de Dios, y no a cómo nos formamos posteriormente a través de la procreación en el útero después de la caída. Si bien, como expliqué en el artículo anterior, aunque los bebés y los niños pequeños nacen “inocentes” (Sal 106:38), inevitablemente adquirirán culpa, ya que nacemos con una inclinación al pecado. Nuestra inclinación pecaminosa es el resultado de nuestra alienación de Dios desde el vientre materno.
Solo unos versículos antes, en el versículo 20, Salomón dijo del hombre: “Porque no hay ningún hombre justo en la tierra que haga el bien y no peque”. El simple hecho de que todos sin excepción pecamos, debería servir para demostrar que no nacemos moralmente neutros. Salomón indicó en otra parte que esta pecaminosidad no es simplemente el resultado de influencias externas, sino más bien una inclinación interna al pecado. Él dijo:
“La necedad está ligada al corazón del niño, pero la vara de la disciplina la alejará de él” (Prov. 22:15).
La palabra traducida como “niño” (נַ֫עַר) se utiliza para referirse a los niños desde la infancia hasta la juventud. Es la misma palabra que se utiliza para referirse al “bebé” Moisés (Éxodo 2:6). Se dice que la necedad o la insensatez es una condición del corazón. La necedad en las Escrituras no es simplemente tontería o irracionalidad, sino que se refiere a un comportamiento pecaminoso y destructivo (Sal 38:5; 69:5; Pr 24:9). Jesús dijo igualmente que la fuente del mal no es externa, sino que procede del corazón del hombre (Mt 15:19).
David, profundamente consciente de su depravación interior tras su pecado con Betsabé, dijo:
“He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Sal 51:5).
Algunos han sugerido que aquí David está echando la culpa a su madre, diciendo que él nació como resultado del adulterio de su madre, como si dijera que él solo estaba siguiendo su mal ejemplo. Sin embargo, a lo largo del salmo no está echando la culpa a nadie, sino reconociendo su propio pecado y depravación ante Dios. No está confesando los pecados de su madre, sino los suyos propios. En el versículo anterior dijo: “Contra ti, solo contra ti he pecado, y he hecho lo malo ante tus ojos”. En el versículo 7 dijo: “Púrgame con hisopo, y seré limpio; lávenme, y seré más blanco que la nieve”. Aquí vemos que él veía la iniquidad como algo dentro de nosotros que necesita ser purgado.
Los que enseñan que nacemos con una pizarra en blanco dicen que si simplemente dejamos a un niño solo en un entorno saludable, se convertirá en un adulto moralmente recto. Sin embargo, las Escrituras dicen lo contrario. En Proverbios 29:15, Salomón dice: “La vara y la reprensión dan sabiduría, pero el niño dejado a sí mismo es vergüenza para su madre”. Un niño dejado a sí mismo no se vuelve justo, sino malvado. Como dice David:
“Los impíos (LXX ἁμαρτωλός, “pecadores”) están separados desde la matriz; se descarrían desde que nacen, y hablan mentiras” (Sal 58:3).
Aunque David destaca aquí a un subgrupo de la humanidad que fue dejado a sí mismo sin la corrección adecuada, todos están alienados de Dios desde la matriz y por lo tanto comienzan a pecar tan pronto como son capaces de hacerlo. Como dice Salomón: “No hay hombre justo en la tierra que haga el bien y no peque” (Ecl 7:20). La única diferencia entre los malvados y los justos es que los justos han entrado en relación con Dios y niegan los deseos pecaminosos de su carne caída. Si se les dejara a su suerte, habrían actuado igualmente de forma malvada, ya que todos están alienados de Dios desde el vientre materno. Los que dicen que nacemos moralmente neutros a menudo intentan desacreditar lo que dice David aquí, señalando que un bebé aún no puede hablar cuando nace para decir mentiras. Sin embargo, cuando alguien utiliza la hipérbole, como hace David aquí, es para enfatizar una verdad, no para negarla. Según yo lo entiendo, lo que él está diciendo es que nuestra inclinación natural es descarriarnos tan pronto como nacemos porque estamos alienados de Dios desde el vientre materno.
Por lo tanto, aunque todo lo que Dios creó era “bueno en gran manera” y Él creó originalmente a Adán y Eva rectos, al pecar murieron, y la muerte espiritual pasó a toda su descendencia. Todos pecamos, no solo porque el mundo es malo, sino porque todos estábamos alienados de Dios desde la matriz. El mundo solo es malo por la maldad que hay en el corazón de los hombres.
2) Salmo 139:13-14: “Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre. 14 Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras”.
Este pasaje se presenta a menudo como prueba de que la creación de cada persona por parte de Dios es intrínsecamente buena, lo que implica que no hay pecado innato al nacer. Sin embargo, nuestra propensión al pecado no se debe a un defecto de nuestra naturaleza esencial, sino más bien a nuestra alienación de Dios desde el seno materno, a la pérdida de la visión beatífica de Dios de la que disfrutaban Adán y Eva antes de caer. En cuanto a nuestra naturaleza esencial, somos a la imagen de Dios. El Hijo de Dios era plenamente humano en su encarnación, pero nunca fue alienado de Dios y por lo tanto no tenía una naturaleza pecaminosa.
3) Salmo 22:9-10: “Pero tú eres el que me sacó del vientre; El que me hizo estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre. 10 Sobre ti fui echado desde antes de nacer; Desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios”.
Este salmo, tomado fuera de contexto, parecería indicar que David confiaba en Dios desde el vientre materno, algo que no sería posible para un bebé normal, ya que sus facultades mentales aún no están lo suficientemente desarrolladas como para confiar realmente en Dios desde el seno materno.
La clave para entender este pasaje es verlo en su contexto. El Salmo 22 en su totalidad es mesiánico. A lo largo del salmo, David, bajo la inspiración del Espíritu Santo, dijo cosas que eran proféticas sobre Cristo y que no se aplicaban literalmente a David mismo. Este salmo continúa describiendo en detalle la crucifixión de Cristo mucho antes de que los romanos utilizaran esa forma de pena capital. Los versículos 14 al 18 dicen lo siguiente:
“He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron;
Mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas. 15 Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte. 16 Porque perros me han rodeado; Me ha cercado cuadrilla de malignos; Horadaron mis manos y mis pies. 17 Contar puedo todos mis huesos; Entre tanto, ellos me miran y me observan. 18 Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes”.
Aunque se podría decir de Cristo colgado en la cruz que sus manos y sus pies fueron traspasados y que todos sus huesos fueron desencajados, no se podía decir lo mismo de David cuando estaba escribiendo este salmo. Lo mismo ocurre con los versículos 9 y 10. El cuerpo de Cristo fue “preparado” directamente por Dios desde el vientre materno (Heb 10:5). Fue concebido milagrosamente por el Espíritu Santo y sacado del vientre por Dios. Solo del Cristo encarnado se puede decir que confió en Dios desde el seno materno. David, al igual que el resto de la humanidad, estaba alienado de Dios desde el vientre materno.
4) Ezequiel 18:20: “El alma que pecare, esa morirá. El hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo. La justicia del justo será sobre él, y la maldad del impío será sobre él”.
Este pasaje se presenta comúnmente como evidencia de que no heredamos la muerte espiritual con su resultante propensión al pecado de Adán y, por lo tanto, los bebés nacen moralmente neutros. Sin embargo, en el contexto, Dios no está hablando en absoluto de la muerte espiritual. Tampoco se refiere a la muerte natural, que es algo común a todos. Todos sin excepción mueren en Adán (1Cor 15:22). Incluso los bebés a menudo mueren sin haber pecado nunca. A lo que Dios se refería en este pasaje es a una muerte prematura como resultado del juicio de Dios. Es similar a lo que dice Deuteronomio 24:16, donde Dios dice:
“No se dará a la muerte al padre por el hijo, ni al hijo por el padre; cada uno morirá por su propio pecado”.
Esta ley civil prohibía matar a toda una familia por la ofensa de un solo individuo. En Ezequiel 18, Dios se dirige a los habitantes de Jerusalén contra quienes había pronunciado juicio por sus pecados persistentes y sus idolatrías, diciendo que todos, excepto un remanente, morirían a manos de los invasores babilónicos (Ezeq 14:21-22). En lugar de arrepentirse, acusaron a Dios de injusticia por darles muerte por los pecados de sus padres, repitiendo un proverbio coloquial que decía: “Los padres han comido uvas agrias y los dientes de los hijos se han ensalazado” (Ezek 18:2).
Este proverbio era una aplicación errónea de lo que Dios quiso decir cuando dijo que visitaría la iniquidad de los padres sobre los hijos y los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación (Éxodo 34:7). Como indicó Jesús en Mateo 23:29-32, esto solo era cierto si se seguían los pasos de los padres.
Es en este contexto que Dios dijo en el versículo 20: “El alma que pecare, esa morirá. El hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo”. Él no se refiere a una muerte natural ni a una muerte espiritual, sino más bien a ser asesinados prematuramente a manos de sus enemigos en juicio por su propia persistencia en el pecado impenitente.
5) Romanos 2:14: “Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, por naturaleza hacen lo que la ley exige, estos, aunque no tengan la ley, son ley para sí mismos”.
Este versículo se presenta a veces como prueba de que no nacemos con una naturaleza corrupta, sino moralmente neutrales y capaces de cumplir la ley. Sin embargo, Pablo está planteando aquí una situación hipotética para demostrar su argumento. También dice en el versículo 7 que los que persisten en hacer el bien recibirán la vida eterna. En el versículo anterior dice que los que cumplen la ley serán justificados.
¿Quería decir realmente que hay algunos que guardan la ley por naturaleza y por lo tanto obtendrán la vida eterna por sus propias buenas obras? ¡Por supuesto que no! En los tres primeros capítulos de Romanos, Pablo presenta su caso como lo haría un fiscal, mostrando primero lo que exigía la ley, para luego reforzar su acusación contra toda la humanidad. En 3:9 dice:
“¿Qué, pues? ¿Somos nosotros (los judíos) mejores que ellos (los gentiles)? En ninguna manera. Pues ya hemos acusado a ambos, a judíos y a griegos, de que todos están bajo el pecado” (Rom 3:9).
Lejos de que los gentiles cumplan la ley por naturaleza, Pablo dice en Efesios 2:3 que, aparte de la justificación y la regeneración, todos son “por naturaleza hijos de ira”. En los versículos siguientes, antes de presentar la justificación gratuita por la fe en Cristo, Pablo cita numerosos pasajes del Antiguo Testamento para reforzar su argumento. Esto es, en parte, lo que él concluye:
“No hay ningún justo, ni siquiera uno... No hay nadie que busque a Dios... No hay nadie que haga lo bueno, ni siquiera uno.
19 Ahora bien, sabemos que todo lo que dice la ley, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede acusado ante Dios. 20 Por lo tanto, por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él, pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado” (Rom 3:10-20).
Por lo tanto, está claro que cuando Pablo habló de los gentiles que hacían “por naturaleza” las cosas de la ley, estaba hablando hipotéticamente, ya que concluye diciendo que nunca ha habido siquiera un solo gentil ni un judío que haya hecho por naturaleza las cosas de la ley. ¿Y por qué es así? Pablo explica más adelante que se debe a “la ley del pecado en nuestros miembros” (Rom 7:23).
6) Romanos 7:9: “Una vez viví sin la ley, pero cuando vino el mandamiento, el pecado revivió (ἀναζάω, “volver a la vida”) y yo morí”.
Algunos han citado este pasaje como prueba de que nacemos espiritualmente vivos y moralmente neutrales, para luego pecar y morir espiritualmente. Otros lo citan como prueba de que, aunque nacemos con una naturaleza pecaminosa, somos inocentes hasta que alcanzamos la edad de responsabilidad, cuando somos capaces de comprender los mandamientos de Dios.
Sin embargo, en primer lugar, esta interpretación del pasaje requiere que se niegue que estamos espiritualmente muertos o separados de Dios desde el seno materno y, por lo tanto, propensos al pecado por naturaleza incluso antes de cometer nuestro primer pecado (Sal 58:3; Sal 51:5; Ef 2:3). En segundo lugar, Pablo no dice simplemente que pecó cuando vino el mandamiento, sino que el pecado “volvió a la vida”. Esto significa que estaba bajo el poder del pecado antes del momento al que se refiere como “cuando vino el mandamiento”.
¿Qué quiere decir Pablo cuando dice que antes estaba vivo sin la ley? ¿En qué sentido volvió a la vida el pecado cuando vino el mandamiento? Para entender a qué se refiere, es necesario verlo en su contexto. En los cinco primeros capítulos de Romanos, Pablo se centra principalmente en la justificación por la fe en Cristo. En los capítulos seis a ocho se centra en la santificación de los que han sido justificados.
En Romanos 7:1-6, Pablo dice que morimos a la ley para poder unirnos a Cristo, caminando en una vida nueva en unión con Él, habiendo sido liberados de la ley para poder servir bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra. A lo largo del resto del capítulo, ilustra con su propia experiencia la futilidad de tratar de servir a Dios bajo el régimen viejo de la letra después de haber sido liberado del viejo esposo, la ley, y unido a Cristo, siendo vivificado en Él.
Es en este contexto que Pablo dice que cuando vino el mandamiento, después de haber sido vivificado, el pecado volvió a vivir en él, y él murió. Estaba experimentando su nueva vida en Cristo hasta que apartó sus ojos de Cristo, su nuevo esposo, y los puso en el mandamiento: “No codiciarás” (v. 7). Cuando apartó sus ojos de Jesús, la fuente de su nueva vida, y los puso en el mandamiento: “No codiciarás”, esto produjo en él toda clase de codicia (v. 8). El resto del capítulo describe su lucha por tratar de guardar la ley en su carne.
Que Pablo está describiendo su lucha como creyente renacido es evidente a lo largo de todo el capítulo. En el capítulo tres, dijo de los no regenerados que no hay nadie que sea bueno, ni siquiera uno. No hay quien busque a Dios (Rom 3:10-18). Sin embargo, en el capítulo 7:21-23, Pablo se describe a sí mismo como alguien que se deleita en la ley de Dios en su interior y desea hacer el bien, pero no puede debido a la ley del pecado que hay en sus miembros. Esta lucha no describe a alguien que no ha recibido un corazón nuevo a través de la regeneración.
Por lo tanto, entendido en su contexto, Romanos 7:6 describe la derrota que experimenta un creyente cuando aparta sus ojos de Jesús, buscando cumplir las exigencias de su viejo esposo, la ley, en el poder de su carne. Pablo cierra el capítulo volviendo sus ojos una vez más a Jesús (Rom 7:25). Entendido correctamente, no dice nada en absoluto sobre nuestro estado espiritual al nacer.
Habiendo considerado los pasajes principales presentados contra el pecado original por aquellos que argumentan que nacemos moralmente neutros, vemos que las Escrituras no apoyan la doctrina de la tabla rasa cuando se ven en contexto. A menudo afirman lo contrario – que venimos a este mundo alienados del útero y somos por naturaleza hijos de la ira.
[i] Ireneo, Contra las herejías, libro 3:5:1.
En este último artículo sobre el tema del pecado original, responderé a algunas de las objeciones presentadas por quienes niegan que el pecado original de Adán trajo consigo la muerte física y espiritual o la alienación de Dios a toda su descendencia, argumentando en cambio que nacimos como una “pizarra en blanco” (tabula rasa), y que solo posteriormente nos corrompimos debido a influencias externas.
Como expliqué en los artículos anteriores, “¿Qué del Pecado Original?” y “¿Son los Bebés Víboras con Pañales?”, no creo que hayamos heredado la culpa de Adán por su pecado original, sino las consecuencias del pecado de Adán, que fueron la muerte física y espiritual. Esta era la interpretación de los Padres de la Iglesia primitiva antes de Agustín en el siglo V y sigue siendo la posición mayoritaria en la Iglesia Ortodoxa Oriental hasta el día de hoy. Desde el principio se creyó que el pecado original de Adán provocó la muerte espiritual o el alejamiento de Dios, lo que a su vez nos convirtió a todos en pecadores desde el seno materno. Como dijo Ireneo: “Los alienados son pecadores desde el seno materno: se descarrían tan pronto como nacen”. [i]
Sin embargo, en el siglo V, Agustín argumentó que no solo sufrimos las consecuencias del pecado de Adán, sino que incluso cargamos con su culpa. Esto fue en respuesta a Pelagio, un monje británico que insistía en que el pecado de Adán no provocó que naciéramos con una propensión interna al pecado, sino que la única consecuencia del pecado original de Adán fue dar un mal ejemplo. Pelagio enseñaba que podíamos vivir libres del pecado ejerciendo nuestro libre albedrío, sin necesidad de la gracia divina. Enseñaba que la vida y muerte de Cristo nos proporcionaban un ejemplo moral a seguir, muy similar a la teoría Ejemplo Moral de la expiación defendida por muchos liberales y progresistas en la actualidad.
Agustín añadió el elemento de la culpa heredada para enfatizar nuestra necesidad del sacrificio expiatorio de Cristo y la gracia divina. Sin embargo, como señalé en los artículos anteriores, aunque sufrimos las consecuencias del pecado de Adán, solo somos responsables de nuestros propios pecados personales. El sacrificio expiatorio de Cristo fue necesario para ser justificados de nuestros propios pecados, no del pecado de Adán. Los no arrepentidos serán juzgados por sus propios pecados, no por el pecado de Adán.
Según yo lo entiendo, la doctrina del pecado original tal y como se enseña en las Escrituras es que cuando Adán, nuestro cabeza federal, pecó, su muerte se convirtió en nuestra muerte. Puesto que él murió espiritualmente el día en que comió del árbol, nosotros somos espiritualmente muertos o separados de Dios desde el vientre de nuestra madre. Esta muerte espiritual o separación de Dios es lo que nos constituye pecadores y por naturaleza hijos de ira (Rom 5:19; Ef 2:1-3). En el resto de este artículo, examinaré algunas objeciones presentadas contra esta posición.
Escrituras presentadas contra el pecado original
A continuación, se analizan los pasajes presentados como prueba de que nacemos como una “pizarra en blanco”, sin ninguna propensión interior al pecado.
1) Eclesiastés 7:29: “He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones”.
Este versículo se presenta a veces como prueba de que todos nacemos moralmente rectos, sin ninguna inclinación hacia el pecado. Sin embargo, la mayoría de los estudiosos coinciden en que se refiere a la creación original del hombre a imagen y semejanza de Dios, y no a cómo nos formamos posteriormente a través de la procreación en el útero después de la caída. Si bien, como expliqué en el artículo anterior, aunque los bebés y los niños pequeños nacen “inocentes” (Sal 106:38), inevitablemente adquirirán culpa, ya que nacemos con una inclinación al pecado. Nuestra inclinación pecaminosa es el resultado de nuestra alienación de Dios desde el vientre materno.
Solo unos versículos antes, en el versículo 20, Salomón dijo del hombre: “Porque no hay ningún hombre justo en la tierra que haga el bien y no peque”. El simple hecho de que todos sin excepción pecamos, debería servir para demostrar que no nacemos moralmente neutros. Salomón indicó en otra parte que esta pecaminosidad no es simplemente el resultado de influencias externas, sino más bien una inclinación interna al pecado. Él dijo:
“La necedad está ligada al corazón del niño, pero la vara de la disciplina la alejará de él” (Prov. 22:15).
La palabra traducida como “niño” (נַ֫עַר) se utiliza para referirse a los niños desde la infancia hasta la juventud. Es la misma palabra que se utiliza para referirse al “bebé” Moisés (Éxodo 2:6). Se dice que la necedad o la insensatez es una condición del corazón. La necedad en las Escrituras no es simplemente tontería o irracionalidad, sino que se refiere a un comportamiento pecaminoso y destructivo (Sal 38:5; 69:5; Pr 24:9). Jesús dijo igualmente que la fuente del mal no es externa, sino que procede del corazón del hombre (Mt 15:19).
David, profundamente consciente de su depravación interior tras su pecado con Betsabé, dijo:
“He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Sal 51:5).
Algunos han sugerido que aquí David está echando la culpa a su madre, diciendo que él nació como resultado del adulterio de su madre, como si dijera que él solo estaba siguiendo su mal ejemplo. Sin embargo, a lo largo del salmo no está echando la culpa a nadie, sino reconociendo su propio pecado y depravación ante Dios. No está confesando los pecados de su madre, sino los suyos propios. En el versículo anterior dijo: “Contra ti, solo contra ti he pecado, y he hecho lo malo ante tus ojos”. En el versículo 7 dijo: “Púrgame con hisopo, y seré limpio; lávenme, y seré más blanco que la nieve”. Aquí vemos que él veía la iniquidad como algo dentro de nosotros que necesita ser purgado.
Los que enseñan que nacemos con una pizarra en blanco dicen que si simplemente dejamos a un niño solo en un entorno saludable, se convertirá en un adulto moralmente recto. Sin embargo, las Escrituras dicen lo contrario. En Proverbios 29:15, Salomón dice: “La vara y la reprensión dan sabiduría, pero el niño dejado a sí mismo es vergüenza para su madre”. Un niño dejado a sí mismo no se vuelve justo, sino malvado. Como dice David:
“Los impíos (LXX ἁμαρτωλός, “pecadores”) están separados desde la matriz; se descarrían desde que nacen, y hablan mentiras” (Sal 58:3).
Aunque David destaca aquí a un subgrupo de la humanidad que fue dejado a sí mismo sin la corrección adecuada, todos están alienados de Dios desde la matriz y por lo tanto comienzan a pecar tan pronto como son capaces de hacerlo. Como dice Salomón: “No hay hombre justo en la tierra que haga el bien y no peque” (Ecl 7:20). La única diferencia entre los malvados y los justos es que los justos han entrado en relación con Dios y niegan los deseos pecaminosos de su carne caída. Si se les dejara a su suerte, habrían actuado igualmente de forma malvada, ya que todos están alienados de Dios desde el vientre materno. Los que dicen que nacemos moralmente neutros a menudo intentan desacreditar lo que dice David aquí, señalando que un bebé aún no puede hablar cuando nace para decir mentiras. Sin embargo, cuando alguien utiliza la hipérbole, como hace David aquí, es para enfatizar una verdad, no para negarla. Según yo lo entiendo, lo que él está diciendo es que nuestra inclinación natural es descarriarnos tan pronto como nacemos porque estamos alienados de Dios desde el vientre materno.
Por lo tanto, aunque todo lo que Dios creó era “bueno en gran manera” y Él creó originalmente a Adán y Eva rectos, al pecar murieron, y la muerte espiritual pasó a toda su descendencia. Todos pecamos, no solo porque el mundo es malo, sino porque todos estábamos alienados de Dios desde la matriz. El mundo solo es malo por la maldad que hay en el corazón de los hombres.
2) Salmo 139:13-14: “Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre. 14 Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras”.
Este pasaje se presenta a menudo como prueba de que la creación de cada persona por parte de Dios es intrínsecamente buena, lo que implica que no hay pecado innato al nacer. Sin embargo, nuestra propensión al pecado no se debe a un defecto de nuestra naturaleza esencial, sino más bien a nuestra alienación de Dios desde el seno materno, a la pérdida de la visión beatífica de Dios de la que disfrutaban Adán y Eva antes de caer. En cuanto a nuestra naturaleza esencial, somos a la imagen de Dios. El Hijo de Dios era plenamente humano en su encarnación, pero nunca fue alienado de Dios y por lo tanto no tenía una naturaleza pecaminosa.
3) Salmo 22:9-10: “Pero tú eres el que me sacó del vientre; El que me hizo estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre. 10 Sobre ti fui echado desde antes de nacer; Desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios”.
Este salmo, tomado fuera de contexto, parecería indicar que David confiaba en Dios desde el vientre materno, algo que no sería posible para un bebé normal, ya que sus facultades mentales aún no están lo suficientemente desarrolladas como para confiar realmente en Dios desde el seno materno.
La clave para entender este pasaje es verlo en su contexto. El Salmo 22 en su totalidad es mesiánico. A lo largo del salmo, David, bajo la inspiración del Espíritu Santo, dijo cosas que eran proféticas sobre Cristo y que no se aplicaban literalmente a David mismo. Este salmo continúa describiendo en detalle la crucifixión de Cristo mucho antes de que los romanos utilizaran esa forma de pena capital. Los versículos 14 al 18 dicen lo siguiente:
“He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron;
Mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas. 15 Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte. 16 Porque perros me han rodeado; Me ha cercado cuadrilla de malignos; Horadaron mis manos y mis pies. 17 Contar puedo todos mis huesos; Entre tanto, ellos me miran y me observan. 18 Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes”.
Aunque se podría decir de Cristo colgado en la cruz que sus manos y sus pies fueron traspasados y que todos sus huesos fueron desencajados, no se podía decir lo mismo de David cuando estaba escribiendo este salmo. Lo mismo ocurre con los versículos 9 y 10. El cuerpo de Cristo fue “preparado” directamente por Dios desde el vientre materno (Heb 10:5). Fue concebido milagrosamente por el Espíritu Santo y sacado del vientre por Dios. Solo del Cristo encarnado se puede decir que confió en Dios desde el seno materno. David, al igual que el resto de la humanidad, estaba alienado de Dios desde el vientre materno.
4) Ezequiel 18:20: “El alma que pecare, esa morirá. El hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo. La justicia del justo será sobre él, y la maldad del impío será sobre él”.
Este pasaje se presenta comúnmente como evidencia de que no heredamos la muerte espiritual con su resultante propensión al pecado de Adán y, por lo tanto, los bebés nacen moralmente neutros. Sin embargo, en el contexto, Dios no está hablando en absoluto de la muerte espiritual. Tampoco se refiere a la muerte natural, que es algo común a todos. Todos sin excepción mueren en Adán (1Cor 15:22). Incluso los bebés a menudo mueren sin haber pecado nunca. A lo que Dios se refería en este pasaje es a una muerte prematura como resultado del juicio de Dios. Es similar a lo que dice Deuteronomio 24:16, donde Dios dice:
“No se dará a la muerte al padre por el hijo, ni al hijo por el padre; cada uno morirá por su propio pecado”.
Esta ley civil prohibía matar a toda una familia por la ofensa de un solo individuo. En Ezequiel 18, Dios se dirige a los habitantes de Jerusalén contra quienes había pronunciado juicio por sus pecados persistentes y sus idolatrías, diciendo que todos, excepto un remanente, morirían a manos de los invasores babilónicos (Ezeq 14:21-22). En lugar de arrepentirse, acusaron a Dios de injusticia por darles muerte por los pecados de sus padres, repitiendo un proverbio coloquial que decía: “Los padres han comido uvas agrias y los dientes de los hijos se han ensalazado” (Ezek 18:2).
Este proverbio era una aplicación errónea de lo que Dios quiso decir cuando dijo que visitaría la iniquidad de los padres sobre los hijos y los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación (Éxodo 34:7). Como indicó Jesús en Mateo 23:29-32, esto solo era cierto si se seguían los pasos de los padres.
Es en este contexto que Dios dijo en el versículo 20: “El alma que pecare, esa morirá. El hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo”. Él no se refiere a una muerte natural ni a una muerte espiritual, sino más bien a ser asesinados prematuramente a manos de sus enemigos en juicio por su propia persistencia en el pecado impenitente.
5) Romanos 2:14: “Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, por naturaleza hacen lo que la ley exige, estos, aunque no tengan la ley, son ley para sí mismos”.
Este versículo se presenta a veces como prueba de que no nacemos con una naturaleza corrupta, sino moralmente neutrales y capaces de cumplir la ley. Sin embargo, Pablo está planteando aquí una situación hipotética para demostrar su argumento. También dice en el versículo 7 que los que persisten en hacer el bien recibirán la vida eterna. En el versículo anterior dice que los que cumplen la ley serán justificados.
¿Quería decir realmente que hay algunos que guardan la ley por naturaleza y por lo tanto obtendrán la vida eterna por sus propias buenas obras? ¡Por supuesto que no! En los tres primeros capítulos de Romanos, Pablo presenta su caso como lo haría un fiscal, mostrando primero lo que exigía la ley, para luego reforzar su acusación contra toda la humanidad. En 3:9 dice:
“¿Qué, pues? ¿Somos nosotros (los judíos) mejores que ellos (los gentiles)? En ninguna manera. Pues ya hemos acusado a ambos, a judíos y a griegos, de que todos están bajo el pecado” (Rom 3:9).
Lejos de que los gentiles cumplan la ley por naturaleza, Pablo dice en Efesios 2:3 que, aparte de la justificación y la regeneración, todos son “por naturaleza hijos de ira”. En los versículos siguientes, antes de presentar la justificación gratuita por la fe en Cristo, Pablo cita numerosos pasajes del Antiguo Testamento para reforzar su argumento. Esto es, en parte, lo que él concluye:
“No hay ningún justo, ni siquiera uno... No hay nadie que busque a Dios... No hay nadie que haga lo bueno, ni siquiera uno.
19 Ahora bien, sabemos que todo lo que dice la ley, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede acusado ante Dios. 20 Por lo tanto, por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él, pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado” (Rom 3:10-20).
Por lo tanto, está claro que cuando Pablo habló de los gentiles que hacían “por naturaleza” las cosas de la ley, estaba hablando hipotéticamente, ya que concluye diciendo que nunca ha habido siquiera un solo gentil ni un judío que haya hecho por naturaleza las cosas de la ley. ¿Y por qué es así? Pablo explica más adelante que se debe a “la ley del pecado en nuestros miembros” (Rom 7:23).
6) Romanos 7:9: “Una vez viví sin la ley, pero cuando vino el mandamiento, el pecado revivió (ἀναζάω, “volver a la vida”) y yo morí”.
Algunos han citado este pasaje como prueba de que nacemos espiritualmente vivos y moralmente neutrales, para luego pecar y morir espiritualmente. Otros lo citan como prueba de que, aunque nacemos con una naturaleza pecaminosa, somos inocentes hasta que alcanzamos la edad de responsabilidad, cuando somos capaces de comprender los mandamientos de Dios.
Sin embargo, en primer lugar, esta interpretación del pasaje requiere que se niegue que estamos espiritualmente muertos o separados de Dios desde el seno materno y, por lo tanto, propensos al pecado por naturaleza incluso antes de cometer nuestro primer pecado (Sal 58:3; Sal 51:5; Ef 2:3). En segundo lugar, Pablo no dice simplemente que pecó cuando vino el mandamiento, sino que el pecado “volvió a la vida”. Esto significa que estaba bajo el poder del pecado antes del momento al que se refiere como “cuando vino el mandamiento”.
¿Qué quiere decir Pablo cuando dice que antes estaba vivo sin la ley? ¿En qué sentido volvió a la vida el pecado cuando vino el mandamiento? Para entender a qué se refiere, es necesario verlo en su contexto. En los cinco primeros capítulos de Romanos, Pablo se centra principalmente en la justificación por la fe en Cristo. En los capítulos seis a ocho se centra en la santificación de los que han sido justificados.
En Romanos 7:1-6, Pablo dice que morimos a la ley para poder unirnos a Cristo, caminando en una vida nueva en unión con Él, habiendo sido liberados de la ley para poder servir bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra. A lo largo del resto del capítulo, ilustra con su propia experiencia la futilidad de tratar de servir a Dios bajo el régimen viejo de la letra después de haber sido liberado del viejo esposo, la ley, y unido a Cristo, siendo vivificado en Él.
Es en este contexto que Pablo dice que cuando vino el mandamiento, después de haber sido vivificado, el pecado volvió a vivir en él, y él murió. Estaba experimentando su nueva vida en Cristo hasta que apartó sus ojos de Cristo, su nuevo esposo, y los puso en el mandamiento: “No codiciarás” (v. 7). Cuando apartó sus ojos de Jesús, la fuente de su nueva vida, y los puso en el mandamiento: “No codiciarás”, esto produjo en él toda clase de codicia (v. 8). El resto del capítulo describe su lucha por tratar de guardar la ley en su carne.
Que Pablo está describiendo su lucha como creyente renacido es evidente a lo largo de todo el capítulo. En el capítulo tres, dijo de los no regenerados que no hay nadie que sea bueno, ni siquiera uno. No hay quien busque a Dios (Rom 3:10-18). Sin embargo, en el capítulo 7:21-23, Pablo se describe a sí mismo como alguien que se deleita en la ley de Dios en su interior y desea hacer el bien, pero no puede debido a la ley del pecado que hay en sus miembros. Esta lucha no describe a alguien que no ha recibido un corazón nuevo a través de la regeneración.
Por lo tanto, entendido en su contexto, Romanos 7:6 describe la derrota que experimenta un creyente cuando aparta sus ojos de Jesús, buscando cumplir las exigencias de su viejo esposo, la ley, en el poder de su carne. Pablo cierra el capítulo volviendo sus ojos una vez más a Jesús (Rom 7:25). Entendido correctamente, no dice nada en absoluto sobre nuestro estado espiritual al nacer.
Habiendo considerado los pasajes principales presentados contra el pecado original por aquellos que argumentan que nacemos moralmente neutros, vemos que las Escrituras no apoyan la doctrina de la tabla rasa cuando se ven en contexto. A menudo afirman lo contrario – que venimos a este mundo alienados del útero y somos por naturaleza hijos de la ira.
[i] Ireneo, Contra las herejías, libro 3:5:1.