por George Sidney Hurd
El siguiente es un extracto del libro Los Caminos de Dios. El objetivo de este artículo es demostrar que la muerte sustitutiva de Cristo liberó a la humanidad de dos penas: 1) la pena por el pecado original de Adán, que es la muerte, y 2) la pena por los pecados personales que, para quienes no se arrepienten, se evalúan y se les impone una sentencia condenatoria justa y mesurada, proporcional a los pecados de cada individuo. La Pena de Muerte por el Pecado El Cristo sin pecado no solo sufrió y murió en nuestro lugar por nuestros pecados, así librándonos de toda culpa legal y resultante sentencia condenatoria (Rom 8:1), véase también mi blog, Expiación Forense en Romanos), sino que su muerte también nos libró de la pena de muerte que sobrevino a toda la humanidad debido al pecado original de Adán. Pablo dijo en Romanos 6:23: “Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro”. Es común escuchar a alguien enfatizar en este versículo que cometer un solo pecado resulta en la muerte. Sin embargo, lo que realmente dice en el contexto es que el único pecado que resultó en la muerte fue el pecado original de Adán, allá en el Edén, que trajo la muerte a toda la humanidad. Cuando el sustantivo “pecado” aparece en singular en un contexto donde no se menciona ningún pecado en particular, normalmente se refiere al pecado original de Adán y a la naturaleza pecaminosa resultante que todos nosotros, como sus descendientes, heredamos de él. Esto queda claro en el contexto de Romanos 6:23, donde Pablo dijo anteriormente: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. 13 Pues antes de la ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado. 14 No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir.” (Rom 5:12-14) Pablo dice aquí que toda la humanidad pecó (tiempo aoristo pasado) y que la pena de muerte nos fue impuesta a todos en el jardín cuando Adán pecó originalmente. Para demostrarlo, señala que, aunque los pecados no fueron imputados en el tiempo entre Adán y Moisés antes de la Ley, ellos sin embargo morían debido al pecado original de Adán. Cuando Adán pecó, él, junto con todos sus descendientes, fueron condenados a morir tanto espiritual como físicamente. Por lo tanto, incluso si alguien nacido de la descendencia de Adán no hubiera pecado en toda su vida, habría muerto debido al pecado original de Adán. Por eso, Jesús no pudo haber sido concebido de la descendencia de Adán. Tomó forma humana a través de María, pero su concepción fue del Espíritu Santo, lo que lo eximió de la pena de muerte por el pecado original de Adán. Como el último Adán sin pecado fue dado muerte injustamente, así ganando la victoria sobre la muerte para toda la humanidad: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, 15 y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.” (Heb 2:14-15) Cristo, mediante la muerte, destruyó a quien tenía poder sobre la muerte y resucitó victorioso, liberando así a la humanidad de la pena de muerte. La muerte perdió su aguijón y su victoria sobre la humanidad porque en Cristo todos serán vivificados. Potencialmente, la sentencia de muerte por el pecado de Adán podría haber condenado a la humanidad por toda la eternidad. Digo potencialmente porque desde la eternidad Dios tenía un plan glorioso para los siglos que culmina con que todos los que murieron en Adán sean vivificados en Cristo, el Último Adán. “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rom 6:23) “Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron MUCHO MÁS para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo. 16 Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó; porque ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación. 17 Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, MUCHO MÁS reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.” (Rom 5:15-17) [1] “Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante.” (1 Cor 15:45) “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. 23 Pero cada uno en su debido orden…” (1Cor 15:22-23) “Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.” (Apo 21:5) [2] Mediante la muerte y resurrección sustitutivas de Jesucristo, quien venció a la muerte, los muchos que murieron en Adán (es decir, “todos”) finalmente serán vivificados en Cristo, el Último Adán, quien en su resurrección inició una nueva creación en la que todos serán hechos nuevos. Una vez que todos se hayan sometido a Cristo, doblando rodilla ante él, la muerte, el último enemigo, será finalmente destruida (1Cor 15:20-28). Si tan solo un alma quedara en un estado eterno de muerte o separación de Dios, sería un final indescriptiblemente trágico para la historia de la creación de Dios. Pero Cristo, el Cordero inmolado desde la fundación del mundo, reconcilió a toda la creación, tanto visible como invisible (Col 1:16,20). Cuando finalmente lleguemos al final de las épocas, todos habrán sido vivificados en Cristo – toda muerte o separación será convertida en vida y entonces Dios será todo en todos (Apo 21:4; 1Cor 15:28). La Pena Justa por nuestros Pecados Personales La muerte sustitutiva de Cristo no solo nos libró de la muerte, la pena por el pecado original, sino que también cargó con todos nuestros pecados personales, sufriendo el castigo que nos correspondía y muriendo como un criminal en nuestro lugar, obteniendo así la justificación gratuita para toda la humanidad, la cual se aplica a cada pecador desde el momento en que cree en Cristo como su Salvador. “quien llevó él mismo nuestros PECADOS en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados… Porque también Cristo padeció una sola vez por los PECADOS, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu.” (1Pedro 2:24; 3:18) “sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada (la justicia), esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, 25 el cual fue entregado por nuestras TRANSGRESIONES, y resucitado para nuestra justificación.” (Rom 4:24-25) “de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree.” (Hch 13:39) En el momento en que fuimos regenerados por el Espíritu Santo, recibiendo a Cristo, fuimos bautizados o sumergidos en Cristo por el Espíritu Santo (1Cor 12:13). Habiendo sido bautizados por el Espíritu en Cristo, su muerte al pecado llega a ser nuestra muerte al pecado (Rom 6:3-4). No solamente es Su vida de resurrección nuestra ahora a través de nuestra unión vital con Él, sino que su resurrección también es la evidencia de que su sufrimiento y muerte por nosotros satisficieron plenamente la justa pena que nos correspondía, tanto por el pecado original, como por todos nuestros pecados personales. Esto es lo que Pablo argumenta en Romanos 6 cuando dice: “Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. 8 Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; 9 sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. 10 Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. 11 Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.” (Rom 6:7-11) En un sentido muy real, vital y también judicial, fuimos unidos con Cristo en su muerte y resurrección. Esto no debe entenderse como una mera verdad posicional. El Espíritu nos unió a Cristo al creer, haciéndonos un solo espíritu con el Señor (1Cor 6:17). Su muerte al pecado es ahora nuestra muerte al pecado. Su resurrección es nuestra resurrección a Su propia vida eterna y Su justicia. En términos judiciales, siendo unidos con Él en Su muerte y resurrección, obtuvo nuestra justificación. En Romanos 6:7 Pablo utiliza el término judicial dikaiáo, que significa “justificación o absolución.” El erudito del Griego Marvin Vincent comenta sobre el significado de dikaiáo de la siguiente manera: “Literalmente… ‘es justificado’ i.e., descargado, absuelto;’ así como la persona muerta ya no peca, siendo absuelta del pecado ante la ley. Como un hombre que está muerto es absuelto de la esclavitud entre los hombres, así un hombre que ha muerto al pecado es absuelto de la culpa del pecado y liberado de su esclavitud.” [3] Para mí, la negación de la expiación sustitutiva penal de Cristo constituye una negación del evangelio de las Escrituras. Pablo claramente presenta la muerte sustitutiva de Cristo, Su sepultura y resurrección como el evangelio que él predicaba: “os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado…. Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; 4 y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.” (1Cor 15:1,3,4). Cuando Pablo dijo que Cristo murió por nuestros pecados “conforme a las Escrituras” ¿a qué Escrituras se estaba refiriendo? Se refería a Isaías 53 y también al sistema sacrificial del Antiguo Testamento, mediante el cual se ofrecían sacrificios de sangre por los pecados del pueblo. La sangre del inocente fue derramada en lugar del culpable. Como Dios dice en las Escrituras: “Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona.” (Lev 17:11) El Nuevo Testamento reitera esto, diciendo: “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Heb 9:22). La sangre inocente fue llevada al Lugar Santísimo y rociada en el propiciatorio que cubría el Arca del Pacto conteniendo los 10 mandamientos, maná y la vara de Aarón que reverdeció – todos representativos de los pecados y rebeldía de Israel. La sangre fue rociada en el propiciatorio para hacer propiciación por los pecados del pueblo. Sin embargo, no es posible que la sangre de animales quite los pecados (Heb 10:4). El sistema sacrificial del Antiguo Testamento solo era una sombra del Cordero de Dios que vendría, quitando los pecados del mundo una vez para siempre (Jn 1:29). Cristo, el Cordero de Dios sin defecto, entró al Lugar Santísimo celestial con Su propia sangre, una vez para siempre, haciendo la propiciación por nuestros pecados y obteniendo nuestra redención eterna: “Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, 12 y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención.” (Heb 9:11,12) [1] El muy estimado erudito del griego Marvin Vincent, correctamente aplica el sentido pasivo de “recibir” (lambano) aquí en Romanos 5:17. Él dice: “los que reciben (hoi lambanontes). No activivamente recibiendo por creer, sino nada más los recipientes.” (Vincent's Word Studies in the New Testament, Romanos 5:17). Aunque él no entra en mayor detalle, su rendición de lambano en el sentido pasivo es necesario debido al contexto. El contraste en todo el pasaje es entre lo que todos reciben en Adán y lo que todos reciben en Cristo, el Último Adán. Como todos los hombres pasivamente reciben la muerte y esclavitud al pecado por la desobediencia de uno, de la misma manera todos reciben vida, justificación y dominio restaurado por un Hombre, Cristo. [2] Nuestra palabra “cosas” no tiene equivalente en el griego. Tampoco necesariamente indica el género neutro que el sujeto es un objeto como en español. Cuando los traductores agregan nuestra palabra “cosas” en contextos que claramente refieren principalmente a personas y no a objetos inanimados, tomo la libertad de tachar la palabra “cosas” para mantener el enfoque en las personas y no los objetos inanimados. [3] Vincent's Word Studies in the New Testament, Romans 6:7
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