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Un análisis de lo que Jesús quiso decir cuando Él dijo: “Temed a Aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.
 
por George Sidney Hurd
 
“Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar (apokateino); temed más bien a aquel que puede destruir (apollumai) el alma (psuque) y el cuerpo en el infierno (Gehena).” (Mateo 10:28)
 
¿Qué quería decir Jesús cuando Él dijo que debemos de temer Aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en Gehena? Él usó la misma palabra, “temer” (phobeo), en relación a nuestro temor por aquellos a quienes no debemos de temer y Aquel a quién debemos de temer, así que, decir que “temor” aquí es simplemente “una actitud de reverencia o asombro” no mantiene el contraste paralelo.
 
Como vimos en el blog anterior, Entendiendo el Temor de Dios, aunque no debemos de tener miedo de Dios, Su temor, sin embargo, debe estar siempre delante de nosotros para que no nos rindamos a los deseos e instintos caídos cada vez que pasamos por una prueba o somos tentados.
 
En el contexto de Mateo 10, Jesús estaba hablando a Sus doce discípulos antes de enviarlos a predicar el evangelio del reino. Él les dijo que los estaba enviando como ovejas entre lobos y advirtió que serían perseguidos por Su nombre. Entonces, él va más allá de los doce para incluir a todos que sufrirían y morirían como mártires por su testimonio hasta que Él venga a reinar.
 
Es en este contexto que Él dice que nuestro temor a Dios debe ser mayor que nuestro temor a los hombres que nos perseguirían y matarían por nuestro testimonio. A través de los siglos, miles de los seguidores de Cristo han sido torturados y matados, escogiendo morir antes que negar a su Señor.
 
¿Significa eso que tenían miedo a Dios? ¡De ninguna manera! Si lees los testimonios de los mártires, verás que a menudo cantaban con gozo mientras que fueron quemados o partidos en dos porque su primer amor era el Señor, y su mayor temor era negar a quién más amaban cuando estaban en la prueba. Ellos no tenían miedo del Señor, sino que Su temor estaba delante de ellos, haciendo tal ofensa contra su Señor impensable. Jesús dijo: “el que me negare delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios” (Lucas 12:9). Cuando viene persecución o martirio, solamente aquellos que Lo aman más que la vida misma serán fieles hasta la muerte, recibiendo la corona de la vida (Apo 2:10). Los demás retrocederán por temor a los hombres, negándole a Él con tal de salvar sus propias vidas.
 
Entonces, según Jesús, ¿qué es lo que debemos de temer? ¿la exterminación? ¿un castigo eterno? ¿Cómo debemos de entender “destruir el alma y el cuerpo en Gehena?” Si estaba advirtiendo de un castigo eterno, como creen muchos, hubiera sido una nueva revelación alarmante para Sus discípulos, dado que en ninguna parte del Antiguo Testamento vemos mención alguna de tormentos postmórtem más allá de vergüenza, y mucho menos hay registro en el Antiguo Testamento de tormentos sin fin.
 
Algunos han sugerido que Jesús no quería que entendiéramos de eso que Dios realmente destruiría un alma y cuerpo en Gehena, sino que Él estaba diciendo nada más que Él tiene la capacidad de hacerlo. Pero, para mí, es muy poco probable que Jesús diera una advertencia de algo que Dios no haría en realidad. Claramente, Jesús quería que entendiéramos que algunos de hecho sufrirían esta destrucción escatológica del alma y el cuerpo en Gehena o el Lago de Fuego.
 
Este pasaje, tomado fuera del contexto, podría aparentar confirmar lo que dicen los aniquilacionistas que creen que el cuerpo resucitado de los impíos, junto con sus almas, serán destruidos o exterminados en Gehena. Pero en el mismo capítulo en versículo 39, aclara que la expresión “destruir el alma”, no está hablando de la aniquilación del alma, sino que está refiriéndose a la subyugación de la vida del alma al espíritu: 
 
“El que halla su vida (suque “alma”), la perderá (apólumi); y el que pierde (apólumi) su vida (alma) por causa de mí, la hallará.” (Mateo 10:39)
 
Jesús aquí usa las mismas palabras que en el versículo 28. La verdad enseñada aquí por Jesús ha sido oculta por los traductores, quienes, en vez de traducir apólumi y suque de la misma manera en ambos versículos, lo tradujeron “destruir el alma” en 28 y en 39 lo cambiaron por “perder su vida.” Es obvio que Jesús quería expresar la misma cosa en ambas instancias, pero los traductores nos dejan con la impresión de que estaba hablando de dos cosas no relacionadas. ¿Qué es lo que Jesús quería decir con la expresión “perder o destruir el alma”?
 
La Biblia deja en claro que el hombre está compuesto de cuerpo, alma y espíritu:
 
“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.” (1Tes 5:23)
 
El hombre entero, según Pablo, es 1) espíritu, 2) alma y 3) cuerpo. Lo inmaterial de nosotros está compuesto de alma y espíritu. Aunque el hombre natural no ve ninguna distinción entre los dos, en Hebreos nos dice que la palabra de Dios distingue entre lo que es del alma y lo que es del espíritu:
 
“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” (Heb 4:12)
 
El hombre, aparte de la revelación de la Palabra de Dios, es incapaz de distinguir entre lo que proviene de su espíritu y lo que proviene de su alma, pero la palabra de Dios es como una espada de dos filos y capaz de revelar cuándo estamos actuando en el alma y cuándo actuamos en el espíritu. 
 
Nuestro espíritu es lo que nos relaciona con Dios quien es Espíritu. Por nuestro espíritu podemos oír la voz de Dios y tener comunión con Él. Dios creó al hombre para vivir con su espíritu en comunión con Él, y el alma y cuerpo sometidos al espíritu del hombre. 
 
Cuando el hombre cayó, perdió la comunión con Dios. Como el espíritu ya no escuchaba la voz de Dios, su alma ya no vivía alineada y sujeta al espíritu, sino al cuerpo con sus cinco sentidos. En esta condición caída, el alma ya no vivía según su espíritu, guiado por Dios, sino según los deseos de la carne. Ya no tenía percepción espiritual, solamente percibía con los cinco sentidos de la carne. El hombre que una vez fue espiritual llegó a ser carne (Gén 6:3). Las personas que viven así; según el alma y no según el espíritu, son llamados “carnales” o “del alma”. La palabra en el griego que expresa “del alma” es súquicos que es el adjetivo de suque (alma).
 
“Pero el hombre natural (súquicos “del alma”) no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. 15 En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie… De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales…” (1Cor 2:14,15; 3:1)
 
“Estos son los que causan divisiones; los sensuales (súquicos “del alma”), que no tienen al Espíritu.” (Judas 19)
 
“porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal (súquicos “del alma”), diabólica.” (Stg 3:15)
 
El hombre natural o “del alma” es carnal, dado que no oye a Dios, y por lo tanto solo vive en el alma, según los cinco sentidos, cumpliendo los deseos de la carne y no los del Espíritu.
 
Cuando uno nace de nuevo, es el espíritu que nace de nuevo. Después de nacer del Espíritu tenemos la capacidad de percibir una vez más las cosas de Dios y hacer la voluntad de Él, viviendo según el Espíritu y no según el alma, cumpliendo los deseos de la carne (Jn 3:3,6).  
 
Sin embargo, la vida del alma tiene que ser destruida y reemplazada por la vida del espíritu. En Adán, nuestra alma ya no estaba sujeta al Espíritu. Ahora, con nuestro espíritu renacido, es necesario subyugar nuestra alma a nuestro espíritu. Cuando Jesús dijo que era necesario perder o destruir (apólumi) nuestra alma, creo que estaba diciendo que era necesario morir al dominio del alma, sujetándola a nuestro espíritu renacido. La palabra apólumi en el Nuevo Testamento significa a veces “destruir, rendir nulo o inoperativa,” y a veces significa “perder.” Creo que la idea expresada en este caso es rendir (inoperativo) el dominio del alma en nuestra vida. Ya no debemos vivir más según nuestros sentimientos y razonamiento, sino según la palabra rhema de Dios. Ya no debemos vivir según nuestra voluntad, sino según la voluntad de Dios. El alma tiene que ser sujetada otra vez al espíritu, en comunión con Dios, y no siguiendo la carne para cumplir los deseos de ella. 
 
“De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. 25 El que ama su vida (alma), la perderá (apólumi); y el que aborrece su vida (alma) en este mundo, para vida eterna (zoe aionios) la guardará.” (Jn 12:24-25)
 
Si nosotros como creyentes tomamos nuestra cruz, siguiendo los pasos de Jesús, poniendo nuestras almas por los demás, estamos sirviéndole al Señor en espíritu. Pero si somos súquicos, “del alma,” entonces Dios interviene con disciplina para que no seamos condenados con el mundo.
 
“Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; 32 mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo.” (1Cor 11:31-32)
 
Aquí vemos que el castigo del Señor tiene un propósito correccional, para que no recibamos nuestra parte con los incrédulos, siendo condenados con el mundo. El propósito de esta disciplina podemos ver en 1Corintios 5:5 donde Pablo dice:
 
“el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús.” (1Cor 5:5)
 
La destrucción de la carne no está hablando del cuerpo físico, sino el actuar del alma, siguiendo los deseos de la carne y no los deseos del Espíritu. Dios permite que uno reciba las consecuencias de actuar en la carne ahora, para que el espíritu sea salvo en el día del Señor, así salvándonos del juicio del Gran Trono Blanco y de sufrir daño de la Segunda Muerte.
 
Si nos sometemos a Dios, subyugando nuestra alma a nuestro espíritu en esta vida, Dios no tendrá que destruir la dominancia del alma después. Si no lo hacemos en esta vida, tendremos que sufrir la destrucción del alma en la Segunda Muerte en el lago de fuego, porque sin la santidad nadie verá al Señor.
 
Muerte, Destrucción y Aniquilación
 
Los que creen que el destino de los impíos es de ser aniquilados, entienden muerte y destrucción como la cesación de toda existencia. En cambio, los tradicionalistas que enseñan castigo eterno en el infierno insisten que la muerte – sea la primera muerte, o la segunda – no es el fin de la existencia. Los universalistas bíblicos, iguales como los tradicionalistas, creen que el alma nunca dejará de existir. Difieren de los tradicionalistas en que creen que la Segunda Muerte es un proceso correccional que termina con restauración y con Dios siendo todo en todos. Para ellos, ni la muerte ni la destrucción significan aniquilación de nuestro ser, sino una transformación y purificación. Los que creen en Cristo en esta vida y destruyen o mueren a la vida del alma ahora, no tienen que sufrir daño de la Segunda Muerte después. Pero los que no creen en esta vida serán purificados en el lago del fuego, teniendo su parte en la Segunda Muerte o la destrucción eonian que sigue después del juicio.
 
En la Biblia, ni la muerte ni la destrucción expresan el concepto de aniquilación. Nada en toda la creación de Dios deja de existir – solo cambia de estado. Yo demuestro esto con detalle en mi libro ¿Exterminación o Restauración? La misma palabra apólumi aparece en 2Pedro 3:6 donde dice, el mundo de entonces pereció (apólumi) anegado en agua. Es evidente que el mundo no dejó de existir, dado que estamos habitándolo ahora. Todavía respiramos el mismo aire, tomamos la misma agua y aramos la misma tierra. Lo que es expresado con la palabra apólumi es que sufre un cambio. En la mayoría de las ocurrencias de la palabra apólumi y sus derivadas, simplemente refiere a algo que se perdió, pero es encontrado después:
 
“¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde (apólumi) una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió (apólumi), hasta encontrarla?” (Lucas 15:4)
 
“¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde (apólumi) una dracma, no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla? 9 Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: Gozaos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido (apólumi).” (Lucas 15:8,9)
 
“porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido (apólumi), y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.” (Lucas 15:24)
 
Muchas veces vemos que apólumi es utilizado en referencia a la muerte, pero la muerte en la Biblia no significa “dejar de existir,” sino refiere a un cambio de existencia. Esto es evidente en varios textos:
 
“Pues tengo por justo, en tanto que estoy en este cuerpo (tabernáculo), el despertaros con amonestación 14 sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo (tabernáculo), como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado. 15 También yo procuraré con diligencia que después de mi partida vosotros podáis en todo momento tener memoria de estas cosas.” (2Pedro 1:14-15)
 
“Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. 22 Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. 23 Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; 24 pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros.” (Fil 1:21-24)
 
“Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo.” (2Cor 12:2-3)
 
El hecho de que Pablo no estaba seguro si estaba o no en su cuerpo, deja en claro que el alma y espíritu tienen una existencia consciente independientemente del cuerpo. Él también habla de partir de su cuerpo de carne o quedarse más tiempo – expresiones que no tendrían sentido si no hubiera existencia independientemente del cuerpo. Pedro habla de vivir en el tabernáculo de su cuerpo, abandonándolo y partiendo de él. Estas expresiones solo tienen sentido entendiendo que uno tiene una existencia independiente del cuerpo.
 
Entonces podemos ver que la destrucción del cuerpo y del alma no hace referencia a la aniquilación, sino el apólumi o cambio del estado del alma y del cuerpo, haciéndolos sujetos a Cristo a través del fuego de las pruebas en esta vida o después en Gehena. Jesús presentó la destrucción del alma como una experiencia mucho peor que solo la muerte física, pero no significa la aniquilación, ni algo interminable, como sería un infierno eterno.
 
En conclusión, es claro que Jesús no estaba refiriéndose a la aniquilación de nuestro ser esencial, y mucho menos estaba hablando de ser confinado a un estado perpetuo de tormentos, sino a ser echado a la corrección (eonian) en el Lago de Fuego purificador, en vez de serle concedida la entrada en la vida (eonian) del reino cuando Cristo venga y separe las ovejas de las cabras.
 
Presento el tema de la naturaleza purificadora de Gehena o el Lago de Fuego en mi blog, Azufre, Sal y el Fuego del Fundidor. Para mí, es claro que, en Mateo 10:28 Jesús está haciendo referencia de la segunda muerte, la muerte de la carne independiente y la vida almática. Claramente es algo que debemos de temer aún más que la corrección del Padre en esta vida.
 
Si Gehena no fuera algo que temer, Jesús no hubiera dicho que sería mejor quitarse un ojo y una mano, que ser excluido del reino y echado al fuego (eonian) de Gehena (Mt 18:8-9). Solamente las ovejas son permitidas a entrar en el reino cuando Cristo viene otra vez. El resto de los que están vivos son enviados a la corrección eonian en Gehena, o el Lago de Fuego purificador preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25:41-46).
 
Al decir eso, Jesús no estaba diciendo que debemos de vivir en un estado continuo de temor. En vez de eso, Jesús nos hubiera dicho de manera semejante de lo que dijo Moisés a los hijos de Israel en Sinaí: “No teman, sino mantengan siempre Su temor delante de ustedes para que, cuando están en la prueba, permanezcan fieles a Él, en vez de caer en el temor de los hombres, negándome a Mí.”
 
Este blog es un extracto de mi libro: El Triunfo de la Misericordia.
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por George Sidney Hurd
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Él será la estabilidad de tus días, te dará en abundancia salvación,
sabiduría y conocimiento;
el temor del SEÑOR será tu tesoro.
(Isa 33:6)
 
Quizás más mal entendido en nuestra generación que el amor de Dios, es el temor del Señor. El temor de Dios es demasiado a menudo presentado como incompatible con el amor a Dios, y en vez de valorar el temor del Señor como un tesoro, nos dicen que debemos de desecharlo. Esto a pesar del hecho de que se dice de Jesús, el mismo Hijo de Dios encarnado, que su deleite es el temor del Señor (Isa 11:2-3).
 
Vemos a través de las Escrituras que el temor del Señor es el principio de la sabiduría e inteligencia (Job 28:28; Pro 1:7); que en vez de debilitar a uno emocionalmente, da fuerte confianza (Pro 14:26); que es un manantial de vida, produciendo honor y prosperidad (Pro 14:27; 19:23; 22:4). Nos libera de los lazos de la muerte y prolonga nuestra vida (Pro 14:27; 10:27). El Señor promete que, si tenemos el temor de Él, Él dirigirá nuestro camino y nos revelará Sus secretos, así como hizo con Su amigo Abraham (Sal 25:12,14). Caminar en el temor del Señor incluso crea un ambiente donde el Espíritu Santo puede obrar, produciendo verdadero arrepentimiento y una verdadera multiplicación (Hch 9:31; 5:11-16).
 
Por lo tanto, en vez de intentar deshacernos del temor de Dios, debemos pedirle al Señor que nos conceda la gracia para caminar en su conocimiento y en su temor, así como hizo nuestro Señor y Salvador (Isa 11:2-3). Bien entendido, el temor del Señor nos libera de todo temor. El que teme al Señor no teme nada. Como dijo David el salmista:
 
“Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores… 7 El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende.” (Sal 34:4,7)
 
En vez de ser causa de la ansiedad, el temor del Señor nos trae seguridad y estabilidad, librándonos así de toda ansiedad conforme andemos en ello. Fue el temor del Señor, lo que le dio a David la valentía para enfrentar a Goliat sin mostrar ni siquiera un poquito de miedo. David sigue diciendo: “Venid, hijos, oídme; El temor de Jehová os enseñaré” (Sal 34:11). ¿Anhelas ser tan libre de temor como David que mataba a los gigantes? Pídale al Señor que te enseñe Su temor, así como David.
 
Andar en el Temor de Dios no significa tener Miedo de Él
 
Muchos de nosotros, antes de recibir una revelación del corazón paternal de Dios, creyendo como la Tradición nos había enseñado, que los castigos de Dios para la gran mayoría de la humanidad eran sin fin y exclusivamente vindicativos y sin ningún propósito redentor, vivíamos constantemente en un estado de temor paralizante de Dios, manteniéndonos lejos de Él, así como huyeron de Dios los hijos de Israel cuando Él se manifestó en el monte de Sinaí. Sin embargo, en el Sinaí Dios dejó en claro que Él no quería que ellos tuvieran miedo de Él, sino que mantuvieran su temor delante de ellos como un freno para no pecar contra Él.
 
“Y Moisés respondió al pueblo: No temáis; porque para probaros vino Dios, y para que su temor esté delante de vosotros, para que no pequéis. Entonces el pueblo estuvo a lo lejos, y Moisés se acercó a la oscuridad en la cual estaba Dios.” (Ex 20:20-21)
 
¿Qué significa tener el temor de Dios “delante de” nosotros? El pueblo tuvo miedo y reaccionó alejándose atemorizados porque sus pecados e idolatrías contra Dios fueron expuestos por la luz de Su presencia. Moisés, en cambio, no tuvo miedo porque Él andaba en el temor del Señor, con Su temor siempre delante de él, lo que hizo que no siguiera los deseos de su carne pecaminosa. En contraste con los hijos de Israel que se alejaron con temor, Moisés se acercó a Dios confiado y sin temor. La única vez que Moisés mostró temor en la presencia de Dios fue cuando tuvo gran temor por el pueblo de Israel después de haber pecado contra Dios, adorando el becerro de oro (Heb 12:21; Deut 9:16-19).
 
Aunque queda corta la comparación, la misma distinción entre el temor positivo y el temor con miedo se puede ver en otras relaciones entre superiores y súbditos. En mi juventud, era un drogadicto y delincuente. No puedo recordar cuantas veces fui detenido por las autoridades, pero al cumplir los 18 años ya había pasado más de tres años de mi vida en instituciones correccionales en todo el estado de California. Como puedes imaginar, la sola vista de un oficial de la ley me llenó de pánico. Sin embargo, en noviembre del año 1969, tuve un encuentro transformador con el Señor y pasé de ser un delincuente, a ser un buen ciudadano. De ese momento en adelante, incluso me he sentido reasegurado por su presencia, con excepción a las veces que he manejado con exceso de velocidad. Aunque la comparación queda corta, Pablo mismo presenta el temor de Dios y el temor a las autoridades como relacionados, diciendo que las autoridades terrenales son ministros de Dios, designados para ejecutar la justicia contra los malhechores. Él dijo:
 
“¿Quieres, pues, no temer (μή φοβέω) la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; 4 porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme (φοβέω); porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo.” (Rom 13:3-4)
 
Si respetamos las autoridades y las leyes de la tierra, no tenemos motivo de temer, pero si estamos violando la ley, tenemos buen motivo para tener miedo. El mismo principio se aplica a nuestra relación con Dios, nuestro Padre y Juez, quien es santidad y justicia absoluta y ve todo.
 
Tristemente, muchos de nosotros tenemos más temor al ser detectado en el radar de la policía que estar pecando ante Dios. Algunos temen más que su esposa los descubra mirando a una mujer con codicia, que al hecho de que Dios los vea, sabiendo que Él está al tanto de lo que están acariciando en su corazón.
 
En un intento de apaciguar la consciencia sin la necesidad del arrepentimiento, algunos van al extremo de decir que no es posible pecar contra Dios, sino solamente pecamos contra nosotros mismos, así intentando eliminar por completo el temor del Señor. En contraste, cuando la esposa de Potifar intentó seducir a José, él demostró que tenía el temor de Dios cuando le respondió diciendo: “¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Gen 39:9). David cometió pecados graves, pero cuando él fue confrontado, no se justificó a sí mismo, diciendo que solo eran pecados contra él mismo. Al contrario, él clamó a Dios diciendo: “Contra ti, contra ti solo he pecadoy he hecho lo malo delante de tus ojos” (Sal 51:4).
 
El Perfecto Amor echa fuera el Temor
 
“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo (κόλασις, kolasis, “disciplina correctiva”). De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.” (1Juan 4:18)
 
Sin tomar en cuenta debidamente el contexto, algunos han malinterpretado la declaración de Juan, “el perfecto amor echa fuera el temor,” como si significara, “si temes pecar delante de Dios, es que no ha sido perfeccionado en el amor, porque el perfecto amor echa fuera todo temor de Dios.” Al contrario, somos mandados a ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor, porque es Dios quien está obrando en nosotros, dándonos el querer y el hacer Su buena voluntad (Fil 2:12-13). Somos mandados a perfeccionar la santidad en el temor de Dios (2Cor 7:1; 1Peter 2:17). Observe que estos son mandatos del Nuevo Pacto. También vemos que la Iglesia Primitiva se multiplicó, caminando en el temor del Señor (Hch 9:31; 5:11-16).
 
La clave para entender lo que significa ser perfeccionado, o hecho perfecto en el amor, se encuentra dentro del contexto de toda la epístola de 1Juan. No está nada más hablando de tener un conocimiento del amor perfecto que Dios tiene por nosotros, aunque eso es esencial para ser perfeccionado en su amor, dado que solo podemos verdaderamente amar, sabiendo que Él nos amó primero (1Jn 4:19).
 
En el contexto, Juan nos lleva más allá de simplemente comprender cuanto nos ama Dios, a ser perfeccionado o llevado a la madurez en ese mismo amor. En 2:5, Juan dice: “el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado.” En otras palabras, un hijo de Dios maduro es uno que guarda Su palabra, porque la obediencia ya ha llegado a ser parte de su carácter. Sería hipocresía decir que amamos a nuestro padre terrenal si nunca le hiciéramos caso. ¡Cuánto más con nuestro Padre celestial! Los hijos de Dios maduros también se caracterizan por su amor a otros porque el perfecto amor de Dios ha sido perfeccionado en ellos. En 4:12 Juan dice: “Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros.” Un creyente que continuamente anda en el amor hacia Dios y su prójimo es un hijo de Dios adulto y maduro – él ha sido perfeccionado en el amor.
 
En contraste, el creyente carnal es un niño en Cristo todavía. En su inmadurez, él a menudo solo ama a aquellos que le correspondan, y él continuamente desobedece a Dios, requiriendo Su intervención correctiva. Como él anda de manera indisciplinada, el amor del Padre a menudo se muestra en la forma de corrección (κόλασις) (cf. Heb 12:6).
 
Saber que nuestro Padre celestial nos va a disciplinar naturalmente produce temor en nuestra relación paternal con Él. Si aún no hemos madurado o sido perfeccionados en el amor, tenemos razón de experimentar el temor de la disciplina, precisamente porque sabemos que nuestro Padre nos ama demasiado como para dejar de corregirnos cuando sea necesario. Es por eso que Juan les dijo a los hijitos que necesitaban continuar permaneciendo en comunión con Él, diciendo:
 
“Y ahora, hijitos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados.” (1 Juan 2:28)
 
Peter Hiett dijo algo una vez que me quedó, y lo repito a menudo. Él dijo: “El temor de Dios es el principio de la sabiduría, pero el perfecto amor echa fuera todo temor.” Cuando éramos niños, sabíamos que nuestros padres nos amaban. Sin embargo, lo que a menudo experimentábamos era su amor en la forma de corrección. Como dice el autor de Hebreos, la disciplina de nuestro Padre de amor es a menudo dolorosa (y por lo tanto, algo que temer), pero los que se dejan disciplinar por ella maduran hasta tener en su vida el fruto apacible de la justicia, llegando a ser hijos maduros de Dios (Heb 12:10-11). Al llegar a ser hijos adultos, nuestra relación con nuestro Padre ya no es una de temor a la corrección, sino un temor reverencial – el temor de deshonrar a Dios o hacer algo contra su voluntad, porque lo amamos. Ese es el temor de Dios en el que Jesús se deleitaba.
 
Hacemos un gran agravio a la obra de Dios, diciendo a aquellos que están viviendo en el pecado que no tienen por qué temer a Dios en su condición no arrepentida, y que, como el perfecto amor echa fuera el temor, ellos no deben temer a su disciplina y sus juicios. Cuando es necesario, Dios incluso juzga a su propio pueblo, como dijo el autor de Hebreos:
 
“Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza (ἐκδίκησις, “la ejecución de la justicia”), yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo.  31 ¡Horrenda (φοβερός) cosa es caer en manos del Dios vivo!” (Heb 10:30-31, cf. 1Cor 11:31-32)
 
Aquí vemos que, aun si nosotros, como los mismos elegidos de Dios, persistimos en la desobediencia a Dios, Él tendrá que intervenir con juicio. Así como ocasionaba temor tener que enfrentar a nuestro padre terrenal después de haberle desobedecido, es motivo de temor saber que el Señor disciplina a todos Sus hijos.
 
Imagina si cuando eras un niño, tú y tu compañero comenzaron a tirar piedras en el patio y él te dijo: “Tiremos piedras al vidrio de la ventana de la sala de tus padres.” Aunque tú, en tu inmadurez, tenías ganas de hacerlo, tú le respondiste: “Temo por lo que mi padre me haría cuando vuelve a casa,” y tu amigo responde, “no hay por qué temer. ¿No sabes que tu padre te ama?” ¿Le hubieras creído?
 
Aun un niño no se dejaría convencer por tal lógica. Sin embargo, hoy en nuestra cultura Postmoderna, muchos confunden el amor con la permisividad. El amor de Dios Padre no es permisivo, sino que Él nos corrige para que maduremos, llegando a ser hijos con carácter santo e íntegro como Él. Contrario a lo que muchos piensan hoy en día, la permisividad paterna no es amor – es negligencia. Concluyo con la admonición de Pedro para nosotros, mandándonos a caminar en el temor del Señor como los hijitos de Dios:
 
Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; 15 sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; 16 porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.  17 Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; 18 sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, 19 sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.” (1 Pedro 1:14-19)
 
Claro que, creyendo en la restauración final de todos, no creo que debemos de temer el horror impensable de tormentos sin fin. Cuando Jesús dijo que debemos de temer a Aquél que puede destruir el alma y el cuerpo en Gehena (Mt 10:28), Él no estaba diciendo que debemos de temer ser exterminados, o mucho menos torturados eternamente. Pero Jesús claramente enseñaba que ser echado en Gehena debe de ser evitado a todo costo (Mt 5:29-30). Considero en detalle lo que Jesús quería decir con este y otros pasajes que han sido malentendidos por muchos, como si enseñaran torturas vindicativas eternas en mi libro: El Triunfo de la Misericordia.
 
También, en el próximo blog voy a considerar lo que Jesús quiso decir cuando Él dijo que debemos de temer a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en Gehena. Como espero demostrar, Jesús claramente no estaba diciendo que debemos de temer que Dios tenga intenciones a torturarnos, o a ningunos de nuestros seres queridos, eterna e irremisiblemente sin fin.
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por George Sidney Hurd
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Cuando las Escrituras hablan de la restauración final de todos, ¿realmente quiere decir que cada individuo finalmente será salvo y seguro en el redil, o puede la palabra “todos” ser de alguna manera limitada para solo incluir a los pocos que han tenido el privilegio de oír y responder positivamente al evangelio antes de su último respiro, o antes de la Segunda Venida de Cristo? Cuando Jesús dijo que atraería eficazmente (ἑλκύω) a todos a Si Mismo, ¿podría todos ser interpretado como algo menos que cada individuo? (Jn 12:32). Cuando Pablo dijo que Cristo es el Salvador de todos, especialmente de los creyentes, ¿podemos todavía afirmar que en realidad Él es nada más el Salvador de los que creen en esta vida fugaz? (1Tim 4:10). Tomando en cuenta que Pablo dijo, “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Rom 5:18), ¿cómo es posible que la mayoría, sin embargo, será condenada eternamente al final?
 
Aquellos que creen en la exclusión eterna de la mayoría, de alguna manera tienen que limitar “todos” para solo incluir a los pocos que han sido salvos en el curso de sus breves vidas. Sus intentos para limitar a “todos” a “algunos” son variados. Algunos argumentan que las referencias a la salvación y restauración de todos es simplemente hipérbole y por lo tanto no debe de ser entendido de manera literal. Otros dicen que solamente significa “algunos de todos los pueblos,” mientras que algunos Calvinistas hasta intentan argumentar que “todos” solamente significa “todos los elegidos.”
 
He procurado mostrar las falencias de estos intentos de limitar el significado todo-inclusivo de la palabra “todo” en mis libros El Triunfo de la Misericordia y La Solución Universal, y también en varios de mis blogs, así que no voy a repetir mucho aquí. En este blog quiero responder al argumento de N.T. Wright donde él dice que estas referencias a “todos” deben ser entendidos como simplemente refiriéndose a todos de los hombres “tanto a judíos como gentiles.” Con referencia al uso de Pablo de “todos” en Romanos, él dice: “El punto que Pablo ha estado haciendo a través de Romanos…es que todos los hombres, tanto judíos como gentiles, están en el mismo plano ante Dios… Dentro de este contexto, la generalización correcta de ‘todos los hombres’ no es ‘todo hombre individualmente, sino ‘tanto hombres de los judíos como de los gentiles’” [1] Esta es una variación del argumento de que “todos” en estos contextos significa “todos sin distinción,” en vez de “todos sin excepción.”
 
Aunque es cierto que Pablo enfatiza de que tanto judíos como gentiles están en el mismo plano ante Dios a través de su epístola a los Romanos, uno no puede ser consistente con la lógica de Pablo y negar que él quería decir “todos sin excepción” en vez de estar refiriendo simplemente a “todo pueblo, sea judío o gentil.” En los primeros tres capítulos Pablo establece que todos sin excepción hemos pecado, estando destituidos de la gloria de Dios, y no simplemente algunos entre todos los judíos y gentiles. En Romanos 3:12 él dice de manera enfática, No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno (ni un solo individuo).” Entonces, en los versículos 22 a 24 él dice que la justificación gratuita es extendida a los mismos “todos,” diciendo:
 
“Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron (sin excepción), y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados (presente pasivo) gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.” (Rom 3:22-23, paréntesis mío)
 
Aquí Pablo declara que el mismo “todos” que han pecado están siendo justificados gratuitamente por la gracia de Dios por medio de la redención universal de Cristo Jesús. Aunque la justificación es un evento de una vez para siempre que ocurre en el mismo momento que uno cree, “siendo justificados” aquí aparece en el presente continuo pasivo, porque los pecadores están siendo justificados uno por uno conforme cada individuo cree. No existe manera para que un pecador sea justificado aparte de la fe en Cristo, pero en Cristo, nuestro Último Adán, la justificación ha venido a todos los hombres sin excepción, así como dice Pablo en Romanos 5:18:
 
“Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres (sin excepción), de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres (sin excepción) la justificación de vida.” (Rom 5:18, paréntesis mío)
 
No es posible argumentar de manera razonable de que “todos los hombres” justificados son menos en número que “todos los hombres” condenados. La comparación paralela, “como…de la misma manera,” requiere que ambos “todos” sean los mismos “todos” y no menos o diferentes. Así, como el juicio, resultando en condenación, vino a cada individuo sin excepción, de la misma manera, la justificación vino a cada individuo, resultando en su justificación tan pronto como la reciban por la fe. A través de Romanos 5, Pablo hace contraste entre lo que toda la humanidad perdió en Adán, y lo que fue restaurado a los mismos todos en Cristo, el Último Adán. Examino las implicaciones de Romanos 5 en mi blog, La Reversión Universal.
 
Sin embargo, a pesar de las implicaciones universales de Romanos 5, basado en su interpretación del versículo 17, N.T. Wright limita los “todos” que benefician de lo que logró el Último Adán a solo incluir a los pocos que activa y personalmente reciben a Cristo en esta vida. Es cierto que este pasaje, sacado de su contexto, podría ser entendido de una manera que aparenta contradecir todo lo que Pablo afirma a través del capítulo. El versículo 17 dice:
 
“Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.” (Rom 5:17)
 
Wright, igual como con muchos otros Parcialistas, entiende “recibir” como refiriéndose al momento cuando activamente recibimos a Cristo. Sin embargo, como vemos a través de todo este pasaje, el contraste es entre lo que todos los hombres sin excepción reciben en Adán y lo que todos los hombres sin excepción reciben en Cristo, el Último Adán. La palabra “recibir” es la palabra griega lambano (que aparece 258 veces en el Nuevo Testamento), y tiene dos sentidos distintos: 1) activamente tomar o recibir, o 2) recibir como un recipiente pasivo. El contexto determina si el recipiente recibe activamente o pasivamente. Por ejemplo, en varios textos vemos que el recipiente recibe algo que ni desea recibir, como una justa retribución por la desobediencia (Heb 2:2), o un juicio mayor (Lucas 20:47). En otras instancias el recipiente recibe lo que ni está anticipando. Por ejemplo, todos en la casa de Cornelio estaban sorprendidos cuando los gentiles recibieron al Espíritu Santo (Hch 10:47). En estos ejemplos es obvio que el recipiente es pasivo.
 
El erudito del griego, Marvin Vincent, correctamente aplica el sentido pasivo a Romanos 5:17, diciendo: “Ellos que reciben (hoi lambanontes). No ‘activamente recibiendo por creer’ sino simplemente siendo ‘los recipientes’.” [2] Aunque él no entra en mayores detalles, su rendición de lambano en el sentido pasivo es necesario, considerando el contexto. El contraste presentado a través de todo el pasaje es entre lo que todos los hombres reciben en Adán y lo que todos los hombres reciben en Cristo, el Último Adán. Así como todos los hombres pasivamente reciben la muerte, condenación y esclavitud al pecado por la desobediencia de un hombre, de la misma manera todos los hombres reciben vida, justificación, y dominio restaurado, a través de un hombre, Cristo, el Último Adán.
 
Sin embargo, habiendo dicho esto, así como no todos los hombres entraron en la experiencia de la muerte, condenación y esclavitud al pecado de Adán en el momento en que Adán pecó, de la misma manera no todos entraron en la experiencia de la vida, justificación y dominio de Cristo, el Último Adán, en el momento en que Él murió y resucitó de los muertos. Así como cada hombre tiene que nacer en Adán para experimentar la muerte, condenación y esclavitud al pecado que él trajo sobre todos los hombres, de la misma manera, cada hombre tiene que ser vivificado o nacer de nuevo para experimentar la justificación y dominio que vino para todos los hombres cuando Cristo, el Último Adán murió y resucitó. De la muerte y resurrección del Último Adán está escrito, “Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante (1Cor 15:45). Y otra vez, “así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados” (1Cor 15:22).
 
Mientras es cierto que nadie recibe los beneficios de la justificación, santificación y vivificación en Cristo de una manera personal y experiencial hasta recibir la fe de Jesús para la salvación, lo que vemos es que todos, en su debido tiempo, llegarán a poner su fe en Cristo, sometiéndose a Él. Cada lengua finalmente confesará que Jesucristo es Señor para la gloria de Dios. En Cristo todos serán vivificados. En esta época solamente los que lo reciben son regenerados y justificados, y están siendo santificados para ser recibidos por Él en Su venida, pero en su debido tiempo, todos estarán en Cristo – justificados, santificados y sujetos a Él como Señor.
 
N.T. Wright también argumenta que, cuando Pablo dijo, “Porque Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos en Romanos 11:32, la palabra “todos” no debe ser entendido como todos individualmente, sino que “todos” tiene que ser generalizado para significar nada más “tanto judío como gentil.” Sin embargo, son los mismos “todos” que han sido sujetados a la desobediencia que recibirán Su misericordia en el momento en que reconocen su condición y claman a Él por misericordia.
 
Romanos 11:32 resume lo que Pablo había establecido en los capítulos anteriores. En los primeros tres capítulos él demuestra que cada individuo es culpable ante Dios. Entonces, comenzando en 3:21, él introduce la misericordia de Dios, diciendo en el versículo 23: “por cuanto todos pecaronsiendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.” Los mismos todos que eran desobedientes y bajo el pecado, son aquellos que después reciben la misericordia de Dios, siendo justificados por Su gracia.
 
El problema es que Wright ve la misericordia de Dios como si solo durara por la vida de uno, cuando en realidad, las Escrituras declaran repetidas veces que Su amor nunca deja de ser y Su misericordia es para siempre. Respondo a los argumentos en contra de la salvación postmórtem en mi blog: Esperanza para los Muertos. Pablo mismo dice en Filipenses 2:10-11 que todos doblarán rodilla, confesándole a Jesucristo como Señor, no solamente los que están en el cielo y en la tierra, sino incluso todos los que están bajo la tierra. Eso es “todos sin excepción.” Y examinando el pasaje que Pablo aquí cita de Isaías, es evidente que son salvos todos sin excepción al doblar rodilla en rendimiento, confesándole a Jesucristo como Señor:
 
“Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más. 23 Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua. Y se dirá de mí (λέγων LXX, “diciendo”) Ciertamente en Jehová está la justicia y la fuerza; a él vendrán” (Isa 45:22-24)
 
Aquí Dios dice que Él incluso ha jurado por Sí Mismo que todos sin excepción mirarán a Él y serán salvos. Cada rodilla se doblará, y cada lengua hará juramento diciendo, “Ciertamente en el Señor tengo mi justicia.” La frase, “Y se dirá de mí,” fue añadida por los traductores, ocultando el hecho de que es cada lengua la que confesará para salvación. La versión de los LXX, que fue la traducción griega del Antiguo Testamento del cual citaba Pablo, simplemente dice que cada lengua tomará juramento de lealtad, diciendo que el Señor es su justicia. Las expresiones, “cada rodilla” y “cada lengua” no pueden ser generalizadas para solo significar “tanto judío como gentil,” como intenta hacer N.T. Wright.
 
Hay otras instancias donde Pablo claramente y de manera enfática expresa “todo sin excepción,” y no nada más “todos sin distinción” o “tanto judío como gentil.” Aquí cito solamente un pasaje que no podría expresar “todos sin excepción” de una manera más clara. En Colosenses Pablo dice:
 
“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo (sin excepción) fue creado por medio de él y para él… 20 y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.” (Col 1:16,20)
 
Nuestra palabra “cosas” no tiene equivalente en el griego. Tampoco necesariamente indica el género neutro que el sujeto es un objeto, como en español. Cuando los traductores agregan nuestra palabra “cosas” en contextos que claramente refieren principalmente a personas y no a objetos inanimados, tomo la libertad de tachar la palabra “cosas” para mantener el enfoque en las personas y no los objetos inanimados. No es posible aplicar “reconciliación” a objetos inanimados porque es una palabra relacional que significa, “la restauración de una relación en la cual antes había enemistad.”
 
No es posible expresar “todos sin excepción” de manera más enfática de lo que Pablo hace aquí. Él dice que todos que Cristo creó, sean en el cielo o en la tierra, visible o invisible – absolutamente todos, fueron reconciliados a Dios por la sangre de Su cruz.
 
Ambas palabras, “reconciliación” y “restauración,” son relacionales e inseparables. Cuando el ofendido en una relación abre camino a la reconciliación, la relación es restaurada tan pronto como corresponda el ofensor, resultando en la restauración de la relación. Pedro habló de los tiempos de la restauración de todos, o lo que los Padres Primitivos Griegos llamaban la apokatastasis, o la restauración de todo ser racional a Dios:
 
“y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; 21 a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración (ἀποκατάστασις, apokatastasis) de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo.” (Hch 3:20-21 paréntesis mío)
 
Aquí otra vez, aunque toda la creación, sea animada o inanimada será restaurada, la restauración, o apokatastasis, principalmente tiene que ver con la restauración de todo ser racional a Dios, así como los Padres Griegos lo entendían, en vez de la renovación de cosas inanimadas. Esta restauración hasta incluye Sodoma y Samaria, como vemos en Ezequiel:
 
“Yo, pues, haré volver a sus cautivos, los cautivos de Sodoma y de sus hijas, y los cautivos de Samaria y de sus hijas, y haré volver los cautivos de tus cautiverios entre ellas, 54 para que lleves tu confusión, y te avergüences de todo lo que has hecho, siendo tú motivo de consuelo para ellas. 55 Y tus hermanas, Sodoma con sus hijas y Samaria con sus hijas, volverán a su primer estado; tú también y tus hijas volveréis a vuestro primer estado.” (Ezequiel 16:53-55)
 
El hecho de que Dios está prometiendo la restauración final de los mismos habitantes de Sodoma y no alguna generación futura, es evidente, dado que toda la población fue eliminada cuando Él destruyó a Sodoma. No hay descendientes de Sodoma actualmente en la tierra para ser restaurados. Si Dios va a restaurar hasta los inicuos de Sodoma y Samaria, ¿cómo podemos seguir insistiendo que “todos” no significa “todos sin excepción” cuando habla de la salvación, reconciliación y restauración final de todos?
 
Finalmente, si “todos” no significaba “todos sin excepción” para Pablo, entonces, ¿qué quería decir cuando él dijo que al final Dios será todo en todos, después de que todos son sujetados a Cristo y vivificados? (1 Cor 15:22-28). Si los “todos” solamente son algunos, un grupo pequeño representativo de unos entre los judíos y gentiles, ¿no implicaría eso que Cristo solo logrará sujetar a algunos entre todos los judíos y gentiles a Sí Mismo? Si es así, ¿cómo podemos decir que Dios llegará a ser todo en todos? ¿Debemos de entender de esto que Pablo solamente quiso decir que Dios llegará a ser todo en algunos judíos y gentiles? ¡Claro que no!
 
Para mí, no es posible negar de manera razonable que al menos algunos pasajes de las Escrituras claramente enseñan la restauración final de todos sin excepción. Siendo así, es en vano que maquinan tantos argumentos enredados que desafían la lógica en un intento de limitar a “todos” a solamente incluir a “algunos” en la epístola de los Romanos. En la consumación de la Época de las épocas finales, todos sin excepción, habrán doblado rodilla en sujeción voluntaria a Cristo, resultando en que Dios sea todo en todos en la eternidad.
 
El plan glorioso de Dios para las épocas culmina en todos reunidos en Cristo (Ef 1:10), en vez de un dualismo eterno con Dios y un remanente de la humanidad consistiendo de algunos judíos y gentiles en el cielo, y Satanás con la tercera parte de los ángeles de Dios y la mayoría de la humanidad eternamente en oposición a Dios en una cuarentena perpetua. En la eternidad no habrá ni siquiera una sola lágrima en toda la creación de Dios, porque Él habrá quitado el velo que cubre todo pueblo y destruirá la muerte para siempre. ¡Alabado sea Su nombre!
 
“Decid a Dios: ¡Cuán asombrosas son tus obras! Por la grandeza de tu poder se someterán a ti TUS ENEMIGOS. 4 TODA la tierra te adorará, y cantará a ti; Cantarán a tu nombre.” (Sal 66:3,4)
 
“Y Jehová de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos banquete de manjares suculentos, banquete de vinos refinados, de gruesos tuétanos y de vinos purificados. 7 Y destruirá en este monte la cubierta con que están cubiertos todos los pueblos, y el velo que envuelve a todas las naciones. 8 Destruirá a la muerte para siempre; y enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros…” (Isa 25:7-8)
 


[1] https://www.thegospelcoalition.org/themelios/article/towards-a-biblical-view-of-universalism/ 

[2] Vincent's Word Studies in the New Testament, Romans 5:17

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