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3 El Amor y el Odio de Dios
por George Sidney Hurd
¿Cómo puede el amor incondicional de Dios estar en armonía con Su odio?
(Lo siguiente es tomado del libro, El Triunfo de la Misericordia)
La Iglesia de la Época Oscura, a excepción de algunas personas, perdió la vista de la revelación del Dios del amor, como ha sido revelado en las Escrituras. El pavor hacia un dios vengativo y airado prevalecía. El temor en las masas fue alimentado con prédicas presentando a Dios como un dios caprichoso, vengativo y enfadado, que solo podría estar aplacado con penitencias y ofrendas monetarias a la Iglesia. Pinturas muy gráficas, esculturas en la arquitectura de las capillas y dramatizados del infierno según fue descrito por Dante, servía bien a los propósitos de la Iglesia, llenando los cofres y manteniendo a la gente en una sujeción esclavizante a la Iglesia.
Martín Lutero, el gran Reformador, de joven era atormentado por el temor a un Dios vindicativo y los tormentos del infierno. Un día, viajando a caballo por el campo, cayó un relámpago muy cerca, y tomándolo como una manifestación de la ira de Dios hacia él, prometió convertirse en monje. Sin embargo, a pesar de todos sus sacrificios y disciplinas, se sentía indigno y seguía con un esclavizante temor a Dios y a un infierno eterno de llamas.
Su revelación transformadora vino cuando, siendo un monje, estaba haciendo penitencias subiendo por las escaleras de una Iglesia de rodillas. Mientras estaba cumpliendo sus penitencias, la verdad de Romanos 1:17 le fue revelada a él: “Mas el justo por la fe vivirá.” Él descubrió en ese momento la verdad de la justicia por fe que nos es dado por medio de la gracia de Dios a través del sacrificio de Jesucristo. Esta revelación pondría en marcha a lo que ahora conocemos como la Reforma.
Sin embargo, a pesar de que había descubierto el amor y el perdón de Dios, Martín Lutero en muchas áreas seguía atado al concepto del Dios Agustiniano de la Época Oscura. A pesar de que había experimentado el poder transformador del amor de Dios en su propia vida, debido a sus raíces en las doctrinas tradicionales de la Iglesia él aún sostenía que Dios aborrecía a la mayoría de la humanidad. Podemos observar esto en sus escritos:
“El amor y el odio de Dios hacia el hombre son inmutables y eternos, existiendo, no solamente antes de que hubiera merito o ‘libre albedrío’, sino antes de que fue creado el mundo; haciendo que todas las cosas sucedan en nosotros por necesidad, según lo que Él amaba o no amaba desde la eternidad… Fe e incredulidad nos vienen, no por obras de nuestra parte, sino a través del amor u odio de Dios.” [1]
Según Lutero, y aún algunos cristianos hasta el día de hoy, Dios, desde la eternidad tiene odio hacia la mayoría de la humanidad. Y lo peor es que dicen que Él nunca lo superará – es un odio inmutable. Para siempre Dios tendrá odio. Tristemente muchos cristianos no están dispuestos a negociar en su insistencia de que Dios es odio e ira eterna. En vez de eso, optan por negociar y contradecir el amor de Dios para proteger su imagen de un Dios airado y lleno de odio. Sin embargo, como ya hemos visto, es el amor de Dios que nunca deja de ser, y no Su ira y odio:
“El amor nunca deja de ser…” (1Cor 13:8)
“Porque no contenderé para siempre, ni para siempre me enojaré; pues decaería ante mí el espíritu, y las almas que yo he creado.” (Isa 57:16)
“Porque el Señor no desecha para siempre; 32 Antes si aflige, también se compadece según la multitud de sus misericordias; 33 Porque no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres.” (Lam 3:31-33)
Dios es amor. El amor nunca deja de ser. No entristece voluntariamente, como hace el odio. Es compasivo y solo aflige para corregir – para quitar lo malo, que es el objeto de Su odio paternal. El Señor no desecha para siempre, como sería el caso si Su odio fuera eterno y dirigido contra el individuo y no contra el pecado que practica.
Dios es amor. Así que no aflige, ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres. Porque Él es amor, no para siempre estará enojado, sino que traerá reconciliación para todos. Tome nota que “los hijos de los hombres” y “las almas que yo he creado,” tienen referencia a toda la humanidad y no solo los elegidos. Los calvinistas dirían que Él va a atormentar por toda la eternidad a los hijos de los hombres que Él ha creado, no solamente voluntariamente sino para Su propio placer. La Confesión de Fe de Westminster dice:
“Tampoco hay otros redimidos por Cristo, eficazmente llamados, justificados, adoptados, santificados, y salvos, sino solamente los elegidos… Al resto de la humanidad le ha placido a Dios, según el inescrutable consejo de Su propia voluntad, por la cual extiende o abstiene misericordia, como le plazca a Él, para la gloria de Su poder Soberano sobre Sus criaturas, pasarles por alto; y a ordenarles deshonra e ira por sus pecados, para la alabanza de Su gloriosa justicia (énfasis mío).” [2]
A Dios, quien es amor, según ellos, le ha placido salvar solamente a los elegidos. Esta contradicción del carácter divino desafía la imaginación humana. Por eso lo llaman “el inescrutable consejo de Su propia voluntad.” Al resto de la humanidad (90%), le ha placido abstener misericordia, reservándolos para la tortura eterna, para Su propio placer, y eso, dicen ellos, resulta en “la alabanza de Su gloriosa justicia”.? Esto supera a todos los dioses paganos como Zeus, Molech, o Dagón. Al menos ellos no dijeron que eran amor.
Es mi convicción, basada en el testimonio de las Escrituras que Dios es amor y, por lo tanto, no aflige voluntariamente a los hijos de los hombres. También creo firmemente que podemos decir, basados en las Escrituras que Dios ama al pecador mientras odia el pecado. Sin embargo, hay los que insisten en que Dios en realidad aborrece al pecador y además tienen textos para apoyar su afirmación. Hay tres pasajes que hablan del odio de Dios hacia ciertos individuos. Son los siguientes:
“Jehová prueba al justo; Pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece.” (Sal 11:5)
“Seis cosas aborrece Jehová, y aun siete abomina su alma: 17 Los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, 18 el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, 19 el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos.” (Pro 6:16-19)
“Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.” (Rom 9:13, cf. Mal 1:2-3)
¿Cómo debemos entender estos textos aislados a la luz de la naturaleza de Dios como ha sido revelada en todas las Escrituras? Claramente vemos declarado el aborrecimiento de Dios hacia los pecadores. Odio, en su sentido más fuerte, sería antónimo con el amor. Los dos se repelen mutuamente. ¿Realmente aborrece Dios de la misma manera que nosotros entendemos el odio? No. Podemos ver claramente en numerosos pasajes que Dios ama también al pecador. De eso se trata la redención que proveyó para los pecadores. Pablo deja en claro que Dios nos ama, aun estando en el pecado:
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Rom 5:8)
Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a Su Hijo para que podamos tener Su vida eterna. Decir que Dios nos odiaba, como entendemos el odio, haría imposible que nos amara, y enviara a Su Hijo unigénito para reconciliarnos a sí mismo.
Además, Jesús nos dice que solo somos como nuestro Padre que está en los cielos cuando amamos a nuestros enemigos en vez de odiarlos.
“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. 44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos.” (Mateo 5:43-45)
¿Cómo reconciliamos estos tres textos que declaran que Dios aborrece al pecador con las abundantes Escrituras que claramente declaran Su amor para todos? Hay dos consideraciones que armonizan estas dos declaraciones aparentemente antónimas: 1) El significado de la palabra aborrecer en el texto original y 2) La naturaleza temporal de Su odio.
El Odio Definido
La palabra en hebreo para “odio” en el Antiguo Testamento es sané. En El Diccionario Expositivo de las Palabras del Antiguo Testamento de Vines, vemos que hay dos sentidos distintos de la palabra:
“Sané representa una emoción que varía entre “odio” intenso y un sentido menos fuerte, “estar en contra”, y es utilizada en referencia a personas y cosas (incluyendo ideas, palabras, u objetos inanimados).” [3]
Es obvio que el aborrecimiento de Dios hacia pecadores es en el sentido menos fuerte, de “estar en contra” de un individuo debido a su pecado y rebeldía. Entendiendo la palabra en este sentido, podemos fácilmente identificarnos con esta emoción, aun en relación con nuestros propios hijos cuando nos desafían o se portan mal.
Con este entendimiento de la palabra en mente, personalicemos este tipo de aborrecimiento hacia nuestros hijos cuando nos desobedecen. Aplicando las siete cosas que el Señor aborrece en Proverbios 6, podríamos decir: “Me pongo en contra de mi hijo y no lo tolero cuando me desobedece y me desafía. Lo resisto cuando me mira con la mirada desafiante, cuando me miente, cuando maltrata a sus hermanitos o cuando causa discordia y pleitos entre ellos, etc.”
De hecho, si fueran hijos de un extraño sería menos probable que intervengamos de esa manera, porque no son nuestra responsabilidad. Entendiendo la palabra sané de esta manera, vemos que es en realidad una intervención de amor y no un odio puro hacia uno que es antónimo con el amor y lo excluye. Es el acto de ponerse en contra de alguien, oponiéndolo con el motivo de corregir su conducta. Este es el propósito de Dios en todos Sus castigos correctivos. Él se pone en nuestra contra, para así separarnos del mal:
“Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo.” (Heb 12:6)
En respuesta al dicho: “Dios ama al pecador mientras odia el pecado”, tradicionalistas dirían que no es posible separar el pecado del pecador. Sin embargo, eso es precisamente lo que hace Dios cuando disciplina:
“Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: 18 Hijo de hombre, la casa de Israel se me ha convertido en escoria; todos ellos son bronce y estaño y hierro y plomo en medio del horno; y en escorias de plata se convirtieron. 19 Por tanto, así ha dicho Jehová el Señor: Por cuanto todos vosotros os habéis convertido en escorias, por tanto, he aquí que yo os reuniré en medio de Jerusalén. 20 Como quien junta plata y bronce y hierro y plomo y estaño en medio del horno, para encender fuego en él para fundirlos, así os juntaré en mi furor y en mi ira, y os pondré allí, y os fundiré. 21 Yo os juntaré y soplaré sobre vosotros en el fuego de mi furor, y en medio de él seréis fundidos. 22 Como se funde la plata en medio del horno, así seréis fundidos en medio de él; y sabréis que yo Jehová habré derramado mi enojo sobre vosotros... 32 Por tanto, derramé sobre ellos mi ira; con el ardor de mi ira los consumí; hice volver el camino de ellos sobre su propia cabeza, dice Jehová el Señor.” (Ezeq 22:17-22,31)
Aquí vemos que el odio de Dios y aun Su ira contra Su amado Israel, vienen en forma de fuegos purificadores de aflicción. Dios “se pone en contra” de Su pueblo y los lanza en el fuego como plata, bronce o plomo. Pero el fuego del horno es para separar la escoria de sus vidas. El resultado final es que salen del horno puro y separado de la escoria o el pecado. Así como en el caso de un padre que ama a su hijo y por lo tanto lo disciplina, Su aborrecimiento es en realidad Su amor actuando en contra del pecado en sus vidas. El resultado final es el fruto apacible de la justicia, como vemos con Israel más adelante en Capítulo 36 de Ezequiel:
“Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país. 25 Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. 26 Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.” (Ez 36:24-26)
El resultado final de la oposición de Dios hacia Israel es que llegan a ser limpios de toda inmundicia y reciben un corazón nuevo. Lo mismo se puede decir de la aflicción de todos los hijos de los hombres que Él ha creado. Él no los aflige ni entristece voluntariamente. Lo que Él hace, lo hace solo para nuestro propio beneficio. Así que, podemos ver que el odio de Dios, correctamente definido, se refiere al trato de Dios Padre a Sus hijos extraviados y rebeldes, y que no es de ninguna manera incompatible con Su amor.
También hemos visto en el ejemplo de Israel en Ezequiel que sí, - es posible separar al pecado del pecador. Ese es el propósito específico del horno del fuego. El infierno no es un lugar diseñado para torturas sin sentido, solo para el placer de Dios y para la alabanza de Su gloriosa justicia, como dicen los tradicionalistas, sino que es un horno purificador. A Su tiempo, Su oposición correctiva habrá cumplido su obra en cada individuo. Y el lago de fuego, habiendo cumplido su propósito, dejará de existir junto con el último enemigo, la Segunda Muerte.
Esto nos lleva a la segunda consideración, que revela que el odio de Dios, bien entendido, no es incompatible con Su amor.
La Temporalidad del Odio de Dios
Es el amor de Dios que nunca deja de ser. Hemos visto que Su enojo, ira y aún Su abandono son temporales y para nuestra corrección. No nos desechará para siempre (Lam 3:31-33). Toda muerte – aún la Segunda Muerte, que es el último enemigo, será finalmente eliminado, habiendo servido su propósito.
El odio de Dios también cesará cuando el pecado es finalmente y eternamente separado del último pecador cuando toda rodilla se haya doblado y todos hayan sido sujetos a Él. No hay tal cosa como un dualismo eterno en el plan de Dios para las épocas. No para siempre estará enojado, eternamente flagelando a 90% de Sus criaturas en el infierno que a Él le plació crear para la alabanza de la gloria de Su justicia. Eso es un invento de la mitología griega y de la Época Oscura que ha sido incorporado en la teología cristiana, habiendo sido inspirado por demonios.
Podemos ver en las Escrituras que Dios vencerá a los que Él aborrece por el poder de Su infinito amor. En vez de atormentar eternamente a Sus enemigos, Él los reconcilia consigo mismo por la sangre de Su cruz:
“Decid a Dios: ¡Cuán asombrosas son tus obras. Por la grandeza de tu poder se someterán a ti tus enemigos. 4 Toda la tierra te adorará, y cantará a ti; Cantarán a tu nombre.” (Salmo 66:3-4)
“y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.” (Col 1:20) [4]
“Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos.” (1Cor 15:28)
Así que, cuando todos, habiendo sido reconciliados con Dios a través de Su propia sangre derramada en la cruz finalmente se sujetan a Cristo, entonces Cristo mismo se sujetará al Padre, y desde ese punto en adelante Dios eternamente será todo en todos. Todo Su enojo, odio e ira, los cuales simplemente eran Su naturaleza santa y amorosa actuando contra el pecado, ya no tendrán un ambiente en donde manifestarse. Nosotros, sin embargo, retendremos el conocimiento de Su odio hacia el pecado – algo que Adán y Eva nunca hubieran podido comprender.
También Su gracia, misericordia, compasión y longanimidad dejarán de manifestarse, dado que el único ambiente en que podían manifestarse era en el contexto de la caída del hombre y su condición pecaminosa. Nuestra comprensión del bien y del mal con sus graves consecuencias, seguida por la gracia y la misericordia de Dios, brindada gratuitamente al hombre que no la merece por Su sacrificio en la cruz, será retenida en nuestros corazones como un tesoro eterno, sin precio, de un conocimiento experimental del amor de Dios – algo que Adán y Eva, en su estado primitivo de inocencia, no tenían ni forma de imaginar.
Entrando en el estado eterno, cuando Dios será todo en todos, finalmente comprenderemos la multiforme sabiduría de Dios en la creación. Entonces entenderemos por qué Él creó a Satanás, viendo todo el panorama de las épocas. Entenderemos por qué Dios puso delante del hombre el árbol del conocimiento del bien y del mal, sabiendo todo el tiempo que él iba a caer. También estará dentro de nuestros corazones la visión del Cordero de Dios, inmolado desde antes de la fundación del mundo para la reconciliación de toda la creación, y la elección de un pueblo para ser las primicias de Su nueva creación en Cristo, el Último Adán. Veremos cómo nosotros, la Iglesia, la asamblea de los elegidos, fuimos escogidos para ser embajadores de reconciliación para el resto de la creación. Veremos, finalmente, el momento cuando se dobla la última rodilla en humilde y amorosa sumisión a Cristo. Inmediatamente después, Cristo se somete al Padre y entonces Dios llega a ser todo en todos.
Todos encontraron su origen en Él (Col 1:16 lit. “en Él), todos existen por Él, y todos finalmente volverán a Él, y Él será todo en todos. “Porque de (ek) él, y por (día) él, y para (eís) él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.” (Rom 11:36).
La Naturaleza Relativa del Odio en la Biblia
Vemos también que el odio que Jesús nos dice que necesitamos tener para ser Sus discípulos, no es absoluto, en el sentido de que nosotros como pecadores a menudo manifestamos odio hacia Dios o hacia nuestro prójimo. Los mismos que Jesús nos dice que tenemos que odiar, son los que somos mandados a amar en otros pasajes:
“Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo.” (Lucas 14:26)
Somos mandados a amar y honrar a nuestros padres (Mateo 19:19; Ef 6:2). Debemos amar a nuestras esposas como Cristo ama a la Iglesia (Ef 5:25). Nos manda a amar a nuestros hermanos y nuestro prójimo como a nosotros mismos (Rom 12:10). Si fuéramos a entender el odio en su sentido absoluto como nuestros hermanos tradicionales, entonces estaríamos enfrentados a una tremenda contradicción. Sin embargo, en Mateo 10:37 él explica qué era lo que Jesús quería decir cuando dijo que tenemos que odiar a otros para poder ser Sus discípulos. Él dijo,
"El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí."
La interpretación de las palabras de Jesús por Mateo debe dejar muy en claro lo que quería decir por odio. Cuando amamos a alguien con todo nuestro corazón, nuestras vidas vuelven en torno a esa persona. Está bien y correcto que amemos a nuestros padres, esposas, hijos y hermanos. Incluso, está bien que nos amemos a nosotros mismos de la misma manera que Dios nos ama. Sin embargo, nuestro primer amor debe ser solo Dios. Eso también nos mandó Jesús:
“Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. 31 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.” (Marcos 12:30-31)
Aquí vemos que nuestro amor por el prójimo es un mandato, pero también vemos que tiene que estar subordinado a nuestro primer amor – nuestro amor por Dios. Así que, cuando alguien que amamos quiere que hagamos algo contra Aquel que más amamos, es necesario ponernos en contra de ese individuo, aunque lo amamos a él también, para poder agradar a Aquel que más amamos. Aquí, una vez más, vemos el uso de la palabra odio en el sentido de “ponerse en contra” de uno que impondría su voluntad sobre nosotros en oposición a la voluntad de Dios.
También vemos la misma idea expresada con el odio de Dios hacia Esaú:
“Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.” (Rom 9:13, cf. Mal 1:2,3)
Pablo explica que el odio de Dios no se basaba en algo que Esaú había hecho durante su vida, sino que fue basado solamente en Su elección soberana (Rom 9:11). Él escogió a Jacob sobre Esaú antes de que hubieran nacido, para que cada uno cumpliera un propósito específico. Así como Él endureció a Faraón para cumplir un propósito específico en Su plan para Israel, Dios escogió a Jacob sobre Esaú.
Sin embargo, como hemos visto, la elección no implica la exclusión eterna de los no elegidos, sino que son elegidos para ser luz para la reconciliación del resto de la creación. Pablo, en respuesta a los que cuestionaban la justicia de Dios en escoger algunos y pasar por alto a otros, dice que Dios, para cumplir Sus propios propósitos, de quien quiere tiene misericordia y al que quiere endurecer, endurece (Rom 9:18). Sin embargo, vemos que, en el gran plan de Dios para las épocas, Él ha determinado a fin de cuentas tener misericordia de todos sin excepción:
“Porque Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos… 36 Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.” (Rom 11:32,36)
También podemos ver que el odio que el Señor mostró hacia Esaú, prefiriendo a Jacob, no es diferente en naturaleza del odio que Jesús dijo que debemos tener hacia los que también debemos amar. Es obvio que Esaú también fue amado y favorecido, aunque, hablando temporalmente, no al mismo grado que Jacob. Vemos el favor y el amor de Dios demostrado hacia Esaú cuando llegó el momento para que Israel, los descendientes de Jacob, entraran y tomaran posesión de la tierra de Canaán:
“Y Jehová me habló, diciendo: 3 Bastante habéis rodeado este monte; volveos al norte. 4 Y manda al pueblo, diciendo: Pasando vosotros por el territorio de vuestros hermanos los hijos de Esaú, que habitan en Seir, ellos tendrán miedo de vosotros; mas vosotros guardaos mucho. 5 No os metáis con ellos, porque no os daré de su tierra ni aun lo que cubre la planta de un pie; porque yo he dado por heredad a Esaú el monte de Seir.” (Deut 2:2-5)
Es obvio que, si Dios hubiera odiado a Esaú en el sentido pecaminoso como los seres humanos a menudo odian, Él no hubiera dado ninguna posesión como herencia. Así que, el odio de Dios tiene que ser entendido a la luz de Su naturaleza eterna. Dios es amor. De manera que, todo lo que Él hace está, en última instancia, arraigado y fundamentado en Su amor. Su odio, enojo, ira y aún Su rechazo, son en realidad Su amor actuando contra todo mal en nosotros, disciplinándonos y aun lanzando a algunos al Lago de Fuego, con el fin de que todos, a fin de cuentas, disfruten del fruto apacible de justica. Dios no odia a ningún individuo en el sentido que muchos de nosotros, como pecadores, odiamos a los que han pecado contra nosotros. Su odio es Su oposición a nuestros actos pecaminosos, y se convierte en favor tan pronto el pecado esté separado del objeto de Su amor.
[1] Martin Luther: The Bondage of the Will, pp. 226, 228-229.
[2] The Westminster Confession of Faith, Chap. 3 — Articles 6 and 7.
[3] Vine's Expository Dictionary of Biblical Words, Copyright © 1985, Thomas Nelson Publishers.
[4] Nuestra palabra “cosas” no tiene equivalente en el griego. Tampoco necesariamente indica el género neutro que el sujeto es un objeto como en español. Cuando los traductores agregan nuestra palabra “cosas” en contextos que claramente refieren principalmente a personas y no a objetos inanimados, tomo la libertad de tachar la palabra “cosas” para mantener el enfoque en las personas y no los objetos inanimados.
¿Cómo puede el amor incondicional de Dios estar en armonía con Su odio?
(Lo siguiente es tomado del libro, El Triunfo de la Misericordia)
La Iglesia de la Época Oscura, a excepción de algunas personas, perdió la vista de la revelación del Dios del amor, como ha sido revelado en las Escrituras. El pavor hacia un dios vengativo y airado prevalecía. El temor en las masas fue alimentado con prédicas presentando a Dios como un dios caprichoso, vengativo y enfadado, que solo podría estar aplacado con penitencias y ofrendas monetarias a la Iglesia. Pinturas muy gráficas, esculturas en la arquitectura de las capillas y dramatizados del infierno según fue descrito por Dante, servía bien a los propósitos de la Iglesia, llenando los cofres y manteniendo a la gente en una sujeción esclavizante a la Iglesia.
Martín Lutero, el gran Reformador, de joven era atormentado por el temor a un Dios vindicativo y los tormentos del infierno. Un día, viajando a caballo por el campo, cayó un relámpago muy cerca, y tomándolo como una manifestación de la ira de Dios hacia él, prometió convertirse en monje. Sin embargo, a pesar de todos sus sacrificios y disciplinas, se sentía indigno y seguía con un esclavizante temor a Dios y a un infierno eterno de llamas.
Su revelación transformadora vino cuando, siendo un monje, estaba haciendo penitencias subiendo por las escaleras de una Iglesia de rodillas. Mientras estaba cumpliendo sus penitencias, la verdad de Romanos 1:17 le fue revelada a él: “Mas el justo por la fe vivirá.” Él descubrió en ese momento la verdad de la justicia por fe que nos es dado por medio de la gracia de Dios a través del sacrificio de Jesucristo. Esta revelación pondría en marcha a lo que ahora conocemos como la Reforma.
Sin embargo, a pesar de que había descubierto el amor y el perdón de Dios, Martín Lutero en muchas áreas seguía atado al concepto del Dios Agustiniano de la Época Oscura. A pesar de que había experimentado el poder transformador del amor de Dios en su propia vida, debido a sus raíces en las doctrinas tradicionales de la Iglesia él aún sostenía que Dios aborrecía a la mayoría de la humanidad. Podemos observar esto en sus escritos:
“El amor y el odio de Dios hacia el hombre son inmutables y eternos, existiendo, no solamente antes de que hubiera merito o ‘libre albedrío’, sino antes de que fue creado el mundo; haciendo que todas las cosas sucedan en nosotros por necesidad, según lo que Él amaba o no amaba desde la eternidad… Fe e incredulidad nos vienen, no por obras de nuestra parte, sino a través del amor u odio de Dios.” [1]
Según Lutero, y aún algunos cristianos hasta el día de hoy, Dios, desde la eternidad tiene odio hacia la mayoría de la humanidad. Y lo peor es que dicen que Él nunca lo superará – es un odio inmutable. Para siempre Dios tendrá odio. Tristemente muchos cristianos no están dispuestos a negociar en su insistencia de que Dios es odio e ira eterna. En vez de eso, optan por negociar y contradecir el amor de Dios para proteger su imagen de un Dios airado y lleno de odio. Sin embargo, como ya hemos visto, es el amor de Dios que nunca deja de ser, y no Su ira y odio:
“El amor nunca deja de ser…” (1Cor 13:8)
“Porque no contenderé para siempre, ni para siempre me enojaré; pues decaería ante mí el espíritu, y las almas que yo he creado.” (Isa 57:16)
“Porque el Señor no desecha para siempre; 32 Antes si aflige, también se compadece según la multitud de sus misericordias; 33 Porque no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres.” (Lam 3:31-33)
Dios es amor. El amor nunca deja de ser. No entristece voluntariamente, como hace el odio. Es compasivo y solo aflige para corregir – para quitar lo malo, que es el objeto de Su odio paternal. El Señor no desecha para siempre, como sería el caso si Su odio fuera eterno y dirigido contra el individuo y no contra el pecado que practica.
Dios es amor. Así que no aflige, ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres. Porque Él es amor, no para siempre estará enojado, sino que traerá reconciliación para todos. Tome nota que “los hijos de los hombres” y “las almas que yo he creado,” tienen referencia a toda la humanidad y no solo los elegidos. Los calvinistas dirían que Él va a atormentar por toda la eternidad a los hijos de los hombres que Él ha creado, no solamente voluntariamente sino para Su propio placer. La Confesión de Fe de Westminster dice:
“Tampoco hay otros redimidos por Cristo, eficazmente llamados, justificados, adoptados, santificados, y salvos, sino solamente los elegidos… Al resto de la humanidad le ha placido a Dios, según el inescrutable consejo de Su propia voluntad, por la cual extiende o abstiene misericordia, como le plazca a Él, para la gloria de Su poder Soberano sobre Sus criaturas, pasarles por alto; y a ordenarles deshonra e ira por sus pecados, para la alabanza de Su gloriosa justicia (énfasis mío).” [2]
A Dios, quien es amor, según ellos, le ha placido salvar solamente a los elegidos. Esta contradicción del carácter divino desafía la imaginación humana. Por eso lo llaman “el inescrutable consejo de Su propia voluntad.” Al resto de la humanidad (90%), le ha placido abstener misericordia, reservándolos para la tortura eterna, para Su propio placer, y eso, dicen ellos, resulta en “la alabanza de Su gloriosa justicia”.? Esto supera a todos los dioses paganos como Zeus, Molech, o Dagón. Al menos ellos no dijeron que eran amor.
Es mi convicción, basada en el testimonio de las Escrituras que Dios es amor y, por lo tanto, no aflige voluntariamente a los hijos de los hombres. También creo firmemente que podemos decir, basados en las Escrituras que Dios ama al pecador mientras odia el pecado. Sin embargo, hay los que insisten en que Dios en realidad aborrece al pecador y además tienen textos para apoyar su afirmación. Hay tres pasajes que hablan del odio de Dios hacia ciertos individuos. Son los siguientes:
“Jehová prueba al justo; Pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece.” (Sal 11:5)
“Seis cosas aborrece Jehová, y aun siete abomina su alma: 17 Los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, 18 el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, 19 el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos.” (Pro 6:16-19)
“Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.” (Rom 9:13, cf. Mal 1:2-3)
¿Cómo debemos entender estos textos aislados a la luz de la naturaleza de Dios como ha sido revelada en todas las Escrituras? Claramente vemos declarado el aborrecimiento de Dios hacia los pecadores. Odio, en su sentido más fuerte, sería antónimo con el amor. Los dos se repelen mutuamente. ¿Realmente aborrece Dios de la misma manera que nosotros entendemos el odio? No. Podemos ver claramente en numerosos pasajes que Dios ama también al pecador. De eso se trata la redención que proveyó para los pecadores. Pablo deja en claro que Dios nos ama, aun estando en el pecado:
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Rom 5:8)
Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a Su Hijo para que podamos tener Su vida eterna. Decir que Dios nos odiaba, como entendemos el odio, haría imposible que nos amara, y enviara a Su Hijo unigénito para reconciliarnos a sí mismo.
Además, Jesús nos dice que solo somos como nuestro Padre que está en los cielos cuando amamos a nuestros enemigos en vez de odiarlos.
“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. 44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos.” (Mateo 5:43-45)
¿Cómo reconciliamos estos tres textos que declaran que Dios aborrece al pecador con las abundantes Escrituras que claramente declaran Su amor para todos? Hay dos consideraciones que armonizan estas dos declaraciones aparentemente antónimas: 1) El significado de la palabra aborrecer en el texto original y 2) La naturaleza temporal de Su odio.
El Odio Definido
La palabra en hebreo para “odio” en el Antiguo Testamento es sané. En El Diccionario Expositivo de las Palabras del Antiguo Testamento de Vines, vemos que hay dos sentidos distintos de la palabra:
“Sané representa una emoción que varía entre “odio” intenso y un sentido menos fuerte, “estar en contra”, y es utilizada en referencia a personas y cosas (incluyendo ideas, palabras, u objetos inanimados).” [3]
Es obvio que el aborrecimiento de Dios hacia pecadores es en el sentido menos fuerte, de “estar en contra” de un individuo debido a su pecado y rebeldía. Entendiendo la palabra en este sentido, podemos fácilmente identificarnos con esta emoción, aun en relación con nuestros propios hijos cuando nos desafían o se portan mal.
Con este entendimiento de la palabra en mente, personalicemos este tipo de aborrecimiento hacia nuestros hijos cuando nos desobedecen. Aplicando las siete cosas que el Señor aborrece en Proverbios 6, podríamos decir: “Me pongo en contra de mi hijo y no lo tolero cuando me desobedece y me desafía. Lo resisto cuando me mira con la mirada desafiante, cuando me miente, cuando maltrata a sus hermanitos o cuando causa discordia y pleitos entre ellos, etc.”
De hecho, si fueran hijos de un extraño sería menos probable que intervengamos de esa manera, porque no son nuestra responsabilidad. Entendiendo la palabra sané de esta manera, vemos que es en realidad una intervención de amor y no un odio puro hacia uno que es antónimo con el amor y lo excluye. Es el acto de ponerse en contra de alguien, oponiéndolo con el motivo de corregir su conducta. Este es el propósito de Dios en todos Sus castigos correctivos. Él se pone en nuestra contra, para así separarnos del mal:
“Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo.” (Heb 12:6)
En respuesta al dicho: “Dios ama al pecador mientras odia el pecado”, tradicionalistas dirían que no es posible separar el pecado del pecador. Sin embargo, eso es precisamente lo que hace Dios cuando disciplina:
“Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: 18 Hijo de hombre, la casa de Israel se me ha convertido en escoria; todos ellos son bronce y estaño y hierro y plomo en medio del horno; y en escorias de plata se convirtieron. 19 Por tanto, así ha dicho Jehová el Señor: Por cuanto todos vosotros os habéis convertido en escorias, por tanto, he aquí que yo os reuniré en medio de Jerusalén. 20 Como quien junta plata y bronce y hierro y plomo y estaño en medio del horno, para encender fuego en él para fundirlos, así os juntaré en mi furor y en mi ira, y os pondré allí, y os fundiré. 21 Yo os juntaré y soplaré sobre vosotros en el fuego de mi furor, y en medio de él seréis fundidos. 22 Como se funde la plata en medio del horno, así seréis fundidos en medio de él; y sabréis que yo Jehová habré derramado mi enojo sobre vosotros... 32 Por tanto, derramé sobre ellos mi ira; con el ardor de mi ira los consumí; hice volver el camino de ellos sobre su propia cabeza, dice Jehová el Señor.” (Ezeq 22:17-22,31)
Aquí vemos que el odio de Dios y aun Su ira contra Su amado Israel, vienen en forma de fuegos purificadores de aflicción. Dios “se pone en contra” de Su pueblo y los lanza en el fuego como plata, bronce o plomo. Pero el fuego del horno es para separar la escoria de sus vidas. El resultado final es que salen del horno puro y separado de la escoria o el pecado. Así como en el caso de un padre que ama a su hijo y por lo tanto lo disciplina, Su aborrecimiento es en realidad Su amor actuando en contra del pecado en sus vidas. El resultado final es el fruto apacible de la justicia, como vemos con Israel más adelante en Capítulo 36 de Ezequiel:
“Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país. 25 Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. 26 Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.” (Ez 36:24-26)
El resultado final de la oposición de Dios hacia Israel es que llegan a ser limpios de toda inmundicia y reciben un corazón nuevo. Lo mismo se puede decir de la aflicción de todos los hijos de los hombres que Él ha creado. Él no los aflige ni entristece voluntariamente. Lo que Él hace, lo hace solo para nuestro propio beneficio. Así que, podemos ver que el odio de Dios, correctamente definido, se refiere al trato de Dios Padre a Sus hijos extraviados y rebeldes, y que no es de ninguna manera incompatible con Su amor.
También hemos visto en el ejemplo de Israel en Ezequiel que sí, - es posible separar al pecado del pecador. Ese es el propósito específico del horno del fuego. El infierno no es un lugar diseñado para torturas sin sentido, solo para el placer de Dios y para la alabanza de Su gloriosa justicia, como dicen los tradicionalistas, sino que es un horno purificador. A Su tiempo, Su oposición correctiva habrá cumplido su obra en cada individuo. Y el lago de fuego, habiendo cumplido su propósito, dejará de existir junto con el último enemigo, la Segunda Muerte.
Esto nos lleva a la segunda consideración, que revela que el odio de Dios, bien entendido, no es incompatible con Su amor.
La Temporalidad del Odio de Dios
Es el amor de Dios que nunca deja de ser. Hemos visto que Su enojo, ira y aún Su abandono son temporales y para nuestra corrección. No nos desechará para siempre (Lam 3:31-33). Toda muerte – aún la Segunda Muerte, que es el último enemigo, será finalmente eliminado, habiendo servido su propósito.
El odio de Dios también cesará cuando el pecado es finalmente y eternamente separado del último pecador cuando toda rodilla se haya doblado y todos hayan sido sujetos a Él. No hay tal cosa como un dualismo eterno en el plan de Dios para las épocas. No para siempre estará enojado, eternamente flagelando a 90% de Sus criaturas en el infierno que a Él le plació crear para la alabanza de la gloria de Su justicia. Eso es un invento de la mitología griega y de la Época Oscura que ha sido incorporado en la teología cristiana, habiendo sido inspirado por demonios.
Podemos ver en las Escrituras que Dios vencerá a los que Él aborrece por el poder de Su infinito amor. En vez de atormentar eternamente a Sus enemigos, Él los reconcilia consigo mismo por la sangre de Su cruz:
“Decid a Dios: ¡Cuán asombrosas son tus obras. Por la grandeza de tu poder se someterán a ti tus enemigos. 4 Toda la tierra te adorará, y cantará a ti; Cantarán a tu nombre.” (Salmo 66:3-4)
“y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.” (Col 1:20) [4]
“Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos.” (1Cor 15:28)
Así que, cuando todos, habiendo sido reconciliados con Dios a través de Su propia sangre derramada en la cruz finalmente se sujetan a Cristo, entonces Cristo mismo se sujetará al Padre, y desde ese punto en adelante Dios eternamente será todo en todos. Todo Su enojo, odio e ira, los cuales simplemente eran Su naturaleza santa y amorosa actuando contra el pecado, ya no tendrán un ambiente en donde manifestarse. Nosotros, sin embargo, retendremos el conocimiento de Su odio hacia el pecado – algo que Adán y Eva nunca hubieran podido comprender.
También Su gracia, misericordia, compasión y longanimidad dejarán de manifestarse, dado que el único ambiente en que podían manifestarse era en el contexto de la caída del hombre y su condición pecaminosa. Nuestra comprensión del bien y del mal con sus graves consecuencias, seguida por la gracia y la misericordia de Dios, brindada gratuitamente al hombre que no la merece por Su sacrificio en la cruz, será retenida en nuestros corazones como un tesoro eterno, sin precio, de un conocimiento experimental del amor de Dios – algo que Adán y Eva, en su estado primitivo de inocencia, no tenían ni forma de imaginar.
Entrando en el estado eterno, cuando Dios será todo en todos, finalmente comprenderemos la multiforme sabiduría de Dios en la creación. Entonces entenderemos por qué Él creó a Satanás, viendo todo el panorama de las épocas. Entenderemos por qué Dios puso delante del hombre el árbol del conocimiento del bien y del mal, sabiendo todo el tiempo que él iba a caer. También estará dentro de nuestros corazones la visión del Cordero de Dios, inmolado desde antes de la fundación del mundo para la reconciliación de toda la creación, y la elección de un pueblo para ser las primicias de Su nueva creación en Cristo, el Último Adán. Veremos cómo nosotros, la Iglesia, la asamblea de los elegidos, fuimos escogidos para ser embajadores de reconciliación para el resto de la creación. Veremos, finalmente, el momento cuando se dobla la última rodilla en humilde y amorosa sumisión a Cristo. Inmediatamente después, Cristo se somete al Padre y entonces Dios llega a ser todo en todos.
Todos encontraron su origen en Él (Col 1:16 lit. “en Él), todos existen por Él, y todos finalmente volverán a Él, y Él será todo en todos. “Porque de (ek) él, y por (día) él, y para (eís) él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.” (Rom 11:36).
La Naturaleza Relativa del Odio en la Biblia
Vemos también que el odio que Jesús nos dice que necesitamos tener para ser Sus discípulos, no es absoluto, en el sentido de que nosotros como pecadores a menudo manifestamos odio hacia Dios o hacia nuestro prójimo. Los mismos que Jesús nos dice que tenemos que odiar, son los que somos mandados a amar en otros pasajes:
“Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo.” (Lucas 14:26)
Somos mandados a amar y honrar a nuestros padres (Mateo 19:19; Ef 6:2). Debemos amar a nuestras esposas como Cristo ama a la Iglesia (Ef 5:25). Nos manda a amar a nuestros hermanos y nuestro prójimo como a nosotros mismos (Rom 12:10). Si fuéramos a entender el odio en su sentido absoluto como nuestros hermanos tradicionales, entonces estaríamos enfrentados a una tremenda contradicción. Sin embargo, en Mateo 10:37 él explica qué era lo que Jesús quería decir cuando dijo que tenemos que odiar a otros para poder ser Sus discípulos. Él dijo,
"El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí."
La interpretación de las palabras de Jesús por Mateo debe dejar muy en claro lo que quería decir por odio. Cuando amamos a alguien con todo nuestro corazón, nuestras vidas vuelven en torno a esa persona. Está bien y correcto que amemos a nuestros padres, esposas, hijos y hermanos. Incluso, está bien que nos amemos a nosotros mismos de la misma manera que Dios nos ama. Sin embargo, nuestro primer amor debe ser solo Dios. Eso también nos mandó Jesús:
“Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. 31 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.” (Marcos 12:30-31)
Aquí vemos que nuestro amor por el prójimo es un mandato, pero también vemos que tiene que estar subordinado a nuestro primer amor – nuestro amor por Dios. Así que, cuando alguien que amamos quiere que hagamos algo contra Aquel que más amamos, es necesario ponernos en contra de ese individuo, aunque lo amamos a él también, para poder agradar a Aquel que más amamos. Aquí, una vez más, vemos el uso de la palabra odio en el sentido de “ponerse en contra” de uno que impondría su voluntad sobre nosotros en oposición a la voluntad de Dios.
También vemos la misma idea expresada con el odio de Dios hacia Esaú:
“Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.” (Rom 9:13, cf. Mal 1:2,3)
Pablo explica que el odio de Dios no se basaba en algo que Esaú había hecho durante su vida, sino que fue basado solamente en Su elección soberana (Rom 9:11). Él escogió a Jacob sobre Esaú antes de que hubieran nacido, para que cada uno cumpliera un propósito específico. Así como Él endureció a Faraón para cumplir un propósito específico en Su plan para Israel, Dios escogió a Jacob sobre Esaú.
Sin embargo, como hemos visto, la elección no implica la exclusión eterna de los no elegidos, sino que son elegidos para ser luz para la reconciliación del resto de la creación. Pablo, en respuesta a los que cuestionaban la justicia de Dios en escoger algunos y pasar por alto a otros, dice que Dios, para cumplir Sus propios propósitos, de quien quiere tiene misericordia y al que quiere endurecer, endurece (Rom 9:18). Sin embargo, vemos que, en el gran plan de Dios para las épocas, Él ha determinado a fin de cuentas tener misericordia de todos sin excepción:
“Porque Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos… 36 Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.” (Rom 11:32,36)
También podemos ver que el odio que el Señor mostró hacia Esaú, prefiriendo a Jacob, no es diferente en naturaleza del odio que Jesús dijo que debemos tener hacia los que también debemos amar. Es obvio que Esaú también fue amado y favorecido, aunque, hablando temporalmente, no al mismo grado que Jacob. Vemos el favor y el amor de Dios demostrado hacia Esaú cuando llegó el momento para que Israel, los descendientes de Jacob, entraran y tomaran posesión de la tierra de Canaán:
“Y Jehová me habló, diciendo: 3 Bastante habéis rodeado este monte; volveos al norte. 4 Y manda al pueblo, diciendo: Pasando vosotros por el territorio de vuestros hermanos los hijos de Esaú, que habitan en Seir, ellos tendrán miedo de vosotros; mas vosotros guardaos mucho. 5 No os metáis con ellos, porque no os daré de su tierra ni aun lo que cubre la planta de un pie; porque yo he dado por heredad a Esaú el monte de Seir.” (Deut 2:2-5)
Es obvio que, si Dios hubiera odiado a Esaú en el sentido pecaminoso como los seres humanos a menudo odian, Él no hubiera dado ninguna posesión como herencia. Así que, el odio de Dios tiene que ser entendido a la luz de Su naturaleza eterna. Dios es amor. De manera que, todo lo que Él hace está, en última instancia, arraigado y fundamentado en Su amor. Su odio, enojo, ira y aún Su rechazo, son en realidad Su amor actuando contra todo mal en nosotros, disciplinándonos y aun lanzando a algunos al Lago de Fuego, con el fin de que todos, a fin de cuentas, disfruten del fruto apacible de justica. Dios no odia a ningún individuo en el sentido que muchos de nosotros, como pecadores, odiamos a los que han pecado contra nosotros. Su odio es Su oposición a nuestros actos pecaminosos, y se convierte en favor tan pronto el pecado esté separado del objeto de Su amor.
[1] Martin Luther: The Bondage of the Will, pp. 226, 228-229.
[2] The Westminster Confession of Faith, Chap. 3 — Articles 6 and 7.
[3] Vine's Expository Dictionary of Biblical Words, Copyright © 1985, Thomas Nelson Publishers.
[4] Nuestra palabra “cosas” no tiene equivalente en el griego. Tampoco necesariamente indica el género neutro que el sujeto es un objeto como en español. Cuando los traductores agregan nuestra palabra “cosas” en contextos que claramente refieren principalmente a personas y no a objetos inanimados, tomo la libertad de tachar la palabra “cosas” para mantener el enfoque en las personas y no los objetos inanimados.
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por George Sidney Hurd
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En el blog anterior ya vimos que Dios ama simplemente porque Él es amor – no debido a algo que Él ve en los objetos de Su amor. De hecho, Él ama a todos sin condiciones, incluyendo a sus enemigos, y somos llamados por Jesús a amar a nuestros enemigos de la misma manera para que seamos hijos de nuestro Padre que está en los cielos (Matt 5:44-48).
Por lo tanto, los que creemos en la totalidad de las Escrituras, debemos de procurar entender cómo estas declaraciones claras acerca de la naturaleza incondicional del amor de Dios complementan, en vez de contradecir, a otros pasajes en las Escrituras que ponen condiciones a Su amor incondicional. ¿Cómo puede el amor de Dios ser entendido como incondicional y a la vez condicional? Jesús Mismo, mientras que enseñaba claramente que Dios ama a todos sin condiciones, en más de una ocasión presentó Su amor como condicionado sobre nuestra respuesta a Su amor. Aquí cito los ejemplos principales:
“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.” (Jn 14:21)
“pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios.” (Jn 16:27)
“El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. 24 El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió.” (Jn 14:23-24)
Todas estas declaraciones de Jesús indican que hay cierta condicionalidad con el amor de Dios. Muchos, dirían que son dos afirmaciones distintas e irreconciliables, y concluirían que Jesús se estaba contradiciendo a Sí Mismo. Otros, o ignoran los pasajes incondicionales, insistiendo que Dios solamente ama a aquellos que cumplen ciertas precondiciones, mientras que los del otro extremo ignoran las condiciones por completo, diciendo que el amor de Dios es exclusivamente unilateral y que nuestra falta de reciprocación no afecta nuestra relación con Él.
Sin embargo, si creemos que todas las Escrituras son inspiradas por Dios y que la totalidad de Su Palabra es verdad (2Tim 3:16; Sal 119:160; Jn 17:17), a menudo descubrimos que, lo que al principio parece paradójico e incluso contradictorio, es en realidad una verdad complementaria al entenderla debidamente.
Teniendo presente que Dios, siendo el amor Mismo, ama a todos, incluyendo a Sus enemigos, llega a ser evidente que Jesús está diciendo que, aunque Dios ama a todos incondicionalmente, y nada de lo que hemos hecho o haremos puede cambiar eso, si queremos experimentar Su amor en una relación de amor con Él, hay condiciones.
Si deseas experimentar Su amor de manera positiva como amor, primero tienes que amar al Hijo y creer que el Padre lo envió (Jn 16:27). Incluso Jesús advirtió a aquellos que se negaban a recibirlo por quién es; Dios el Hijo encarnado, el Salvador del mundo, que morirían en sus pecados (Jn 8:24). ¿Significa eso que Dios no los ama? No. Dios es amor y Su amor nunca deja de ser, y Su amor es sobre todas Sus obras (Sal 145:9-10). Sin embargo, no conocerán Su amor hasta recibir a Su Hijo y tener el amor de Dios derramado en sus corazones por el Espíritu Santo (Rom 5:5).
Aunque Dios ama incluso a los impíos, Jesús dijo que, si queremos experimentar Su amor en una relación con Él, necesitamos guardar Su Palabra. Eso es lo que Judas quiso decir cuando dijo que nos conserváramos en el amor de Dios, aunque nada ni nadie puede separarnos de Su amor, ontológicamente hablando (Judas 21; Rom 8:35-39). El amor de Dios jamás deja de ser, pero si no obedecemos Su Palabra, no lo experimentaremos como amor, sino como disciplina o juicios que no parecen en nada como amor para aquellos que están experimentándolos (Heb 12:10-11; 1Cor 11:31-32).
Para mí, ayuda mucho siempre tener presente que el amor de Dios hacia la humanidad es comparado con el amor paternal. Dice de Dios que Él es de quien es nombrada toda familia en los cielos y en la tierra, y por lo tanto ama a todos incondicionalmente, incluyendo a Sus enemigos (Ef 3:14-15; Mal 2:10; Mt 5:44-45). La mayoría entendemos que el amor paternal es incondicional.
Mis padres no eran perfectos, pero siempre sabía que ellos me amaban y me deseaban lo mejor, aún durante mis años de rebeldía cuando había deshonrado a su buen nombre y ocasionado mucho dolor y angustia, sabía que nada alegraría más sus corazones que verme arrepentido y vuelto a casa.
La parábola del hijo Pródigo ilustra bien el corazón del Padre hacia sus hijos extraviados. Aunque el hijo Pródigo no apreciaba el amor de su padre y no disfrutaba de su amor de manera experimental en la tierra lejana, el amor del padre por él jamás había disminuido en lo más mínimo. Puede que algunos de mis lectores fueron abandonados por su padre terrenal, y otros incluso por su propia madre. Pero Jesús dijo que nosotros somos malos padres a comparación a nuestro Padre celestial que es perfecto amor (Mt 7:9-11). El salmista dijo: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá” (Sal 27:10). Tal es el amor del Padre para nosotros. Dios, habla a través de Isaías a los que han sido abandonados por su madre diciendo:
“¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti.” (Isa 49:15)
Lo más asombroso es que Dios habló estas palabras a Su pueblo en un tiempo cuando Él estaba juzgándolo por sus hechos abominables, hasta sacrificando a sus propios hijos a Moloc. Aunque fue necesario que los juzgara severamente porque se negaban a escuchar a Sus advertencias por medio de Sus profetas, Él quería que supieran que Su amor por ellos era incondicional – aún más fiel que el amor de sus propias madres.
¿Experimentaban Su amor en una relación de comunión íntima mientras que estaban siendo invadidos por sus enemigos y llevados cautivos? No. Sin embargo, Su amor por ellos no disminuyó en lo más mínimo. Para ustedes que tienen hijos, yo pregunto: ¿Alguna vez han estado enojados con ellos por su desobediencia? ¿Alguna vez los han disciplinado? ¿Significa su enojo y sus acciones disciplinarias contra ellos que habían dejado de amarlos? ¡Todo lo contrario! Si no hubieras reaccionado con enojo, y si los hubieras dejado sin disciplina, querría decir que realmente no los amabas (Pr 13:24).
Que tu hijo no estuviera disfrutando de una relación amorosa contigo mientras estabas disciplinándolo, no significa que no lo amaba incondicionalmente a pesar de todo. Es lo mismo con nuestra relación con Dios: “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Heb 12:6 cf. Pr 3:12). ¿Entendería tu hijo tu ira y disciplina como una expresión de Su amor? Probablemente no. Pero eso no quiere decir que Él no los ama, sino que ellos no estaban experimentando Su amor como amor hacia ellos en el momento, sino como disciplina.
Igual como era con el padre en la parábola del hijo Pródigo, Dios a veces entrega a personas a sus propios deseos, viendo que no quieren retener el conocimiento de Él (Rom 1:24-28). Pero, ¿deja de amarlos? ¡De ninguna manera! Él incluso puede estar indignado contra ellos por su rebeldía obstinada, e incluso puede entregarlos a una mente reprobada (lit. “mente desaprobada”) y desecharlos por un tiempo, pero no para siempre, porque Él es amor y Su amor nunca deja de ser. Él dijo de Su pueblo rebelde, después de asegurarles en el capítulo 49 de Isaías que Su amor por ellos era más duradero y fiel que el amor de una madre:
“Con un poco de ira escondí mi rostro de ti por un momento; pero con misericordia eterna tendré compasión de ti, dijo Jehová tu Redentor.” (Isa 54:8)
Así vemos que, incluso en Su ira, Su amor por nosotros jamás deja de ser. Aun cuando Él se aleja y permite que suframos las consecuencias de nuestra necedad, Él jamás rechazará a ningunos de nosotros para siempre porque Su amor nunca deja de ser. Como dijo Jeremías a Israel en Lamentaciones cuando estaban bajo los juicios severos de Dios y sentían que Dios los habían abandonado para siempre:
“Porque el Señor no desecha para siempre; 32 Antes si aflige, también se compadece según la multitud de sus misericordias; 33 Porque no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres.” (Lam 3:31-33, cf. Miqueas 7:18).
Quiero enfatizar a mis amigos Calvinistas que argumentan que esta promesa solo aplica a los elegidos, que Jeremías dice, “los hijos de los hombres,” y esa expresión es inclusiva de toda la humanidad y no solamente a los elegidos de Israel. Aquí vemos que Dios solamente desecha de su presencia, a los inicuos obstinados por un tiempo, y usa su disciplina como último recurso: Él no aflige ni entristece voluntariamente a nadie, porque Él ama a todos incondicionalmente a pesar de nuestra rebeldía, igual como cualquier buen padre que ame a sus hijos, excepto que los ama infinitamente más de lo que nosotros somos capaces de amar.
Así que, tomando en cuenta todo lo que hemos visto, es evidente que, cuando Jesús dijo que “Dios nos amará si…,” o que “Él nos ama porque…,” Él no estaba diciendo que Dios deja de amarnos cuando somos desobedientes. Solamente significa que no experimentaremos Su amor como amor, en una relación íntima. Al contrario, Sus hijos desobedientes experimentarán Su corrección y la comunión interrumpida en lugar de Sus abrazos de amor. Sin embargo, tan pronto uno de Sus hijos se arrepiente de sus pecados y rebeldía, el Padre lo recibirá de nuevo con abrazos y besos, porque Él siempre nos ha amado con un amor eterno y sin condiciones.
En el próximo blog, estaré considerando los textos que indican que Dios aborrece a algunos mientras que ama a otros. Algunos de nuestros hermanos Calvinistas entienden esto como indicando que Dios solo ama a los elegidos y aborrece a los que Él no ha escogido para ser salvos. Este punto de vista tiene que negar o descartar todo lo que ya hemos visto en estos dos blogs acerca de la naturaleza universal del amor incondicional de Dios. ¿Será que Dios odia en el sentido en que el hombre pecador odia a sus enemigos? Esto es lo que estaremos considerando en el próximo blog.
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En el blog anterior ya vimos que Dios ama simplemente porque Él es amor – no debido a algo que Él ve en los objetos de Su amor. De hecho, Él ama a todos sin condiciones, incluyendo a sus enemigos, y somos llamados por Jesús a amar a nuestros enemigos de la misma manera para que seamos hijos de nuestro Padre que está en los cielos (Matt 5:44-48).
Por lo tanto, los que creemos en la totalidad de las Escrituras, debemos de procurar entender cómo estas declaraciones claras acerca de la naturaleza incondicional del amor de Dios complementan, en vez de contradecir, a otros pasajes en las Escrituras que ponen condiciones a Su amor incondicional. ¿Cómo puede el amor de Dios ser entendido como incondicional y a la vez condicional? Jesús Mismo, mientras que enseñaba claramente que Dios ama a todos sin condiciones, en más de una ocasión presentó Su amor como condicionado sobre nuestra respuesta a Su amor. Aquí cito los ejemplos principales:
“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.” (Jn 14:21)
“pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios.” (Jn 16:27)
“El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. 24 El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió.” (Jn 14:23-24)
Todas estas declaraciones de Jesús indican que hay cierta condicionalidad con el amor de Dios. Muchos, dirían que son dos afirmaciones distintas e irreconciliables, y concluirían que Jesús se estaba contradiciendo a Sí Mismo. Otros, o ignoran los pasajes incondicionales, insistiendo que Dios solamente ama a aquellos que cumplen ciertas precondiciones, mientras que los del otro extremo ignoran las condiciones por completo, diciendo que el amor de Dios es exclusivamente unilateral y que nuestra falta de reciprocación no afecta nuestra relación con Él.
Sin embargo, si creemos que todas las Escrituras son inspiradas por Dios y que la totalidad de Su Palabra es verdad (2Tim 3:16; Sal 119:160; Jn 17:17), a menudo descubrimos que, lo que al principio parece paradójico e incluso contradictorio, es en realidad una verdad complementaria al entenderla debidamente.
Teniendo presente que Dios, siendo el amor Mismo, ama a todos, incluyendo a Sus enemigos, llega a ser evidente que Jesús está diciendo que, aunque Dios ama a todos incondicionalmente, y nada de lo que hemos hecho o haremos puede cambiar eso, si queremos experimentar Su amor en una relación de amor con Él, hay condiciones.
Si deseas experimentar Su amor de manera positiva como amor, primero tienes que amar al Hijo y creer que el Padre lo envió (Jn 16:27). Incluso Jesús advirtió a aquellos que se negaban a recibirlo por quién es; Dios el Hijo encarnado, el Salvador del mundo, que morirían en sus pecados (Jn 8:24). ¿Significa eso que Dios no los ama? No. Dios es amor y Su amor nunca deja de ser, y Su amor es sobre todas Sus obras (Sal 145:9-10). Sin embargo, no conocerán Su amor hasta recibir a Su Hijo y tener el amor de Dios derramado en sus corazones por el Espíritu Santo (Rom 5:5).
Aunque Dios ama incluso a los impíos, Jesús dijo que, si queremos experimentar Su amor en una relación con Él, necesitamos guardar Su Palabra. Eso es lo que Judas quiso decir cuando dijo que nos conserváramos en el amor de Dios, aunque nada ni nadie puede separarnos de Su amor, ontológicamente hablando (Judas 21; Rom 8:35-39). El amor de Dios jamás deja de ser, pero si no obedecemos Su Palabra, no lo experimentaremos como amor, sino como disciplina o juicios que no parecen en nada como amor para aquellos que están experimentándolos (Heb 12:10-11; 1Cor 11:31-32).
Para mí, ayuda mucho siempre tener presente que el amor de Dios hacia la humanidad es comparado con el amor paternal. Dice de Dios que Él es de quien es nombrada toda familia en los cielos y en la tierra, y por lo tanto ama a todos incondicionalmente, incluyendo a Sus enemigos (Ef 3:14-15; Mal 2:10; Mt 5:44-45). La mayoría entendemos que el amor paternal es incondicional.
Mis padres no eran perfectos, pero siempre sabía que ellos me amaban y me deseaban lo mejor, aún durante mis años de rebeldía cuando había deshonrado a su buen nombre y ocasionado mucho dolor y angustia, sabía que nada alegraría más sus corazones que verme arrepentido y vuelto a casa.
La parábola del hijo Pródigo ilustra bien el corazón del Padre hacia sus hijos extraviados. Aunque el hijo Pródigo no apreciaba el amor de su padre y no disfrutaba de su amor de manera experimental en la tierra lejana, el amor del padre por él jamás había disminuido en lo más mínimo. Puede que algunos de mis lectores fueron abandonados por su padre terrenal, y otros incluso por su propia madre. Pero Jesús dijo que nosotros somos malos padres a comparación a nuestro Padre celestial que es perfecto amor (Mt 7:9-11). El salmista dijo: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá” (Sal 27:10). Tal es el amor del Padre para nosotros. Dios, habla a través de Isaías a los que han sido abandonados por su madre diciendo:
“¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti.” (Isa 49:15)
Lo más asombroso es que Dios habló estas palabras a Su pueblo en un tiempo cuando Él estaba juzgándolo por sus hechos abominables, hasta sacrificando a sus propios hijos a Moloc. Aunque fue necesario que los juzgara severamente porque se negaban a escuchar a Sus advertencias por medio de Sus profetas, Él quería que supieran que Su amor por ellos era incondicional – aún más fiel que el amor de sus propias madres.
¿Experimentaban Su amor en una relación de comunión íntima mientras que estaban siendo invadidos por sus enemigos y llevados cautivos? No. Sin embargo, Su amor por ellos no disminuyó en lo más mínimo. Para ustedes que tienen hijos, yo pregunto: ¿Alguna vez han estado enojados con ellos por su desobediencia? ¿Alguna vez los han disciplinado? ¿Significa su enojo y sus acciones disciplinarias contra ellos que habían dejado de amarlos? ¡Todo lo contrario! Si no hubieras reaccionado con enojo, y si los hubieras dejado sin disciplina, querría decir que realmente no los amabas (Pr 13:24).
Que tu hijo no estuviera disfrutando de una relación amorosa contigo mientras estabas disciplinándolo, no significa que no lo amaba incondicionalmente a pesar de todo. Es lo mismo con nuestra relación con Dios: “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Heb 12:6 cf. Pr 3:12). ¿Entendería tu hijo tu ira y disciplina como una expresión de Su amor? Probablemente no. Pero eso no quiere decir que Él no los ama, sino que ellos no estaban experimentando Su amor como amor hacia ellos en el momento, sino como disciplina.
Igual como era con el padre en la parábola del hijo Pródigo, Dios a veces entrega a personas a sus propios deseos, viendo que no quieren retener el conocimiento de Él (Rom 1:24-28). Pero, ¿deja de amarlos? ¡De ninguna manera! Él incluso puede estar indignado contra ellos por su rebeldía obstinada, e incluso puede entregarlos a una mente reprobada (lit. “mente desaprobada”) y desecharlos por un tiempo, pero no para siempre, porque Él es amor y Su amor nunca deja de ser. Él dijo de Su pueblo rebelde, después de asegurarles en el capítulo 49 de Isaías que Su amor por ellos era más duradero y fiel que el amor de una madre:
“Con un poco de ira escondí mi rostro de ti por un momento; pero con misericordia eterna tendré compasión de ti, dijo Jehová tu Redentor.” (Isa 54:8)
Así vemos que, incluso en Su ira, Su amor por nosotros jamás deja de ser. Aun cuando Él se aleja y permite que suframos las consecuencias de nuestra necedad, Él jamás rechazará a ningunos de nosotros para siempre porque Su amor nunca deja de ser. Como dijo Jeremías a Israel en Lamentaciones cuando estaban bajo los juicios severos de Dios y sentían que Dios los habían abandonado para siempre:
“Porque el Señor no desecha para siempre; 32 Antes si aflige, también se compadece según la multitud de sus misericordias; 33 Porque no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres.” (Lam 3:31-33, cf. Miqueas 7:18).
Quiero enfatizar a mis amigos Calvinistas que argumentan que esta promesa solo aplica a los elegidos, que Jeremías dice, “los hijos de los hombres,” y esa expresión es inclusiva de toda la humanidad y no solamente a los elegidos de Israel. Aquí vemos que Dios solamente desecha de su presencia, a los inicuos obstinados por un tiempo, y usa su disciplina como último recurso: Él no aflige ni entristece voluntariamente a nadie, porque Él ama a todos incondicionalmente a pesar de nuestra rebeldía, igual como cualquier buen padre que ame a sus hijos, excepto que los ama infinitamente más de lo que nosotros somos capaces de amar.
Así que, tomando en cuenta todo lo que hemos visto, es evidente que, cuando Jesús dijo que “Dios nos amará si…,” o que “Él nos ama porque…,” Él no estaba diciendo que Dios deja de amarnos cuando somos desobedientes. Solamente significa que no experimentaremos Su amor como amor, en una relación íntima. Al contrario, Sus hijos desobedientes experimentarán Su corrección y la comunión interrumpida en lugar de Sus abrazos de amor. Sin embargo, tan pronto uno de Sus hijos se arrepiente de sus pecados y rebeldía, el Padre lo recibirá de nuevo con abrazos y besos, porque Él siempre nos ha amado con un amor eterno y sin condiciones.
En el próximo blog, estaré considerando los textos que indican que Dios aborrece a algunos mientras que ama a otros. Algunos de nuestros hermanos Calvinistas entienden esto como indicando que Dios solo ama a los elegidos y aborrece a los que Él no ha escogido para ser salvos. Este punto de vista tiene que negar o descartar todo lo que ya hemos visto en estos dos blogs acerca de la naturaleza universal del amor incondicional de Dios. ¿Será que Dios odia en el sentido en que el hombre pecador odia a sus enemigos? Esto es lo que estaremos considerando en el próximo blog.
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por George Sidney Hurd
¿es presentado el amor de Dios en las Escrituras como condicional, según nuestro comportamiento, o es incondicional? ¿Ama Dios a todos universalmente, o solamente ama a los que lo aman?
Juan presenta el amor como el atributo esencial de Su naturaleza (1Jn 4:8,16). ¿Es Su amor, por lo tanto, infinito, eterno e indivisible de Sus otros atributos, o de alguna manera cesa en un instante por aquellos que no correspondieron apropiadamente a Su amor mientras aún vivían?
Nosotros que creemos en una restauración universal de todos, tenemos menos dificultad de abrazar el concepto del amor incondicional de Dios. Pero, los Tradicionalistas creyendo que todos los que, por un motivo u otro, no responden de manera positiva a Su amor en esta vida serán sujetados a Su ira eternamente, enfrentan un dilema lógico y moral. Ellos típicamente, o niegan que Su amor es incondicional, o niegan que Su amor para ellos es eterno.
Es cierto que muchos han tergiversado el amor de Dios, presentándolo como si fuera permisivo y como si Él afirmara a los que están viviendo en el pecado. Otros han sobre reaccionado a este extremo, intentando limitar el amor de Dios, igual como a menudo hacen con Su gracia. Unos incluso se enfadan cada vez que oyen a alguien gloriándose en el amor de Dios hacia todos.
Considerando que esto es un tema tan importante, siendo que determina como percibimos a Dios y como nos relacionamos con Él y los demás, y entendiendo que llegamos a ser como el Dios que adoramos, en los próximos blogs estaré considerando lo que las Escrituras realmente enseñan acerca de este tema tan vital.
El Amor Incondicional de Dios
Los que niegan que el amor de Dios es incondicional a menudo comienzan por señalar que el término “amor incondicional” nunca aparece en las Escrituras. Sin embargo, ellos mismos utilizan términos como “amor no merecido,” “amor abundante” y “amor sacrificial,” ningunos de los cuales aparecen en las Escrituras, y sin embargo todos reconocen que son descriptivos del amor de Dios. La pregunta que debemos responder es si el amor de Dios es presentado como incondicional en las Escrituras, y espero demostrar que sí es una verdad bíblica. En el mismo pasaje donde Juan dice que Dios es amor, él define Su amor como no condicionado en nada de lo que hemos hecho. Él dijo:
“Dios es amor… 10 En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.” (1Jn 4:8,10)
Aquí vemos que Dios ama simplemente porque Él es amor, no porque los objetos de Su amor cumplen unos prerrequisitos. Si el amor es condicional, entonces, ¿qué condición cumplimos para que Dios nos amara de tal manera que envió a Su Hijo para ser la propiciación por nuestros pecados? Les recordaría a aquellos que argumentan que este versículo solo aplica a los elegidos que Él también amó al mundo entero e hizo propiciación incluso por aquellos que Él sabía que no iban a responder a Su amor de este lado de la muerte (Jn 3:16; 1Jn 2:2). Él nos amó estando nosotros aun muertos en nuestros delitos y pecados. En Romanos, Pablo es aún más enfático en decir que, en contraste con el amor del hombre, el amor de Dios es incondicional, cuando dice:
“Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. 7 Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. 8 Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Rom 5:6-8)
La mayor demostración del amor incondicional de Dios fue cuando Él envió a Su Hijo a morir por nosotros, siendo impíos. No solamente no habíamos cumplido una precondición para merecer Su amor, sino que Él mostró Su amor para con nosotros aun siendo Sus enemigos (Rom 5:10). Y no solo eso, sino que Jesús nos dice que, si queremos ser como nuestro Padre en el cielo, tenemos que amar a nuestros enemigos de la misma manera. Él dijo:
“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. 44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. 46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? 47 Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? 48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mt 5:43-48)
El amor condicional solo ama a los que nos aman a cambio. Pero Jesús dice que, si solamente amamos a los que nos aman, entonces no somos diferentes a los publicanos, dado que ellos también aman a los que los aman. Solo llegamos a ser perfeccionados en el amor del Padre cuando amamos incluso a nuestros enemigos, igual como hace Él. El amor condicional dice, “Yo te amo porque…,” “Te amaré si…” o “Te amaré mientras que…” Pero el amor incondicional dice, “nada de lo que haces o dices hará que te deje de amar.” Cada ser humano – de hecho, cada ser racional, tiene una necesidad innata de ese amor incondicional que solamente Dios nos puede dar. Sin embargo, la religión demasiado a menudo nos priva de la seguridad de Su amor por nosotros.
Algunos Calvinistas, cuando son enfrentados con lo innegable del amor incondicional del Padre en este pasaje, intentan categorizar el amor de Dios, diciendo: “Sí, Dios tiene un ‘amor general’ por Sus enemigos en que les envía la lluvia, aun sobre los injustos, pero no es el ‘amor eficaz y redentor’ que Él reserva para los elegidos solamente.” Según ellos, Dios ama a Sus enemigos incondicionalmente hasta su último respiro, pero después, de alguna manera, Su amor incondicional se convierte en una ira sin fin en el momento en que mueran.
Ellos argumentan que la justicia de Dios requiere Su ira eterna. Aunque eso es un tema más allá de este blog, los atributos de Dios son indivisibles. Su amor y Su justicia jamás han estado en conflicto el uno con el otro debido al hecho de que el sacrificio de expiación de Cristo en la cruz es una eterna realidad para Dios. Jesús fue el Cordero de Dios inmolado desde la fundación del mundo (Apo 13:8). Su justicia y paz se besaron en la cruz, reconciliando a toda la creación a Sí Mismo (Sal 85:10; Col 1:16,20). En la cruz, cuando Cristo llegó a ser la propiciación por el mundo entero, fue demostrado a todos que Dios había sido justo en justificar a aquellos que previamente habían pecado (Rom 3:25-26 ). Y el evangelio es llamado el evangelio eonian (Apo 14:6). Esto al menos significa que continúa siendo buenas nuevas más allá del último respiro de uno (1Pedro 4:6). La sangre de Cristo no tiene fecha de vencimiento (Heb 9:12; 7:25).
El amor de Dios incluso llega más allá del sepulcro, hasta el Seol o Hades mismo. Dado que Dios es amor y Él es presente en toda Su creación, no hay manera de escapar de Su amor. El salmista dice:
“El Señor es bueno para con todos, Y su compasión, sobre todas Sus obras. 10 Señor, Tus obras todas Te darán gracias, Y Tus santos Te bendecirán…” (Sal 145:9-10 NBLH)
“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? 8 Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás.” (Sal 139:7-8)
Tomando en cuenta que sus misericordias están sobre todas Sus obras, incluyendo el Seol mismo, ¿cómo puede uno seguir negando que el amor de Dios es incondicional? Como veremos en el próximo blog, aunque muchos no están experimentando Su amor de manera relacional, sin embargo Su amor por ellos es inalterable y nunca deja de ser (1Cor 13:8). Pablo intercede por nosotros para que podamos comprender qué tan profundo es el amor de Dios:
“Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo…17 para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, 18 seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, 19 y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.” (Ef 3:14,17-19)
Lo que Pablo está diciendo es que necesitamos una revelación de Su amor que excede nuestra capacidad mental de percibir – un conocimiento que excede la mera comprensión intelectual, experimentando Su amor siendo derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rom 5:5). Esto inevitablemente resulta en que uno sea “lleno con toda la plenitud de Dios,” dado que Dios es amor. ¡Esto es glorioso! Los que piensan que el amor de Dios es condicional deben pedirle que les revele qué tan amplio es Su amor; qué tan alto llega, y qué tan bajo va para alcanzar a los perdidos. Les aseguro que la revelación de tal amor los cambiará para siempre.
En 1982, después de terminar mis estudios en el seminario, experimenté la gloriosa plenitud que resulta de recibir el amor de Dios derramado en el corazón por Su Espíritu como fue descrito por Pablo. En ese tiempo de mi vida, me sentí espiritualmente seco y me di cuenta de que solamente un conocimiento de las Escrituras no podría saciar mi sed de Dios. Anhelaba experimentar Su amor y disfrutar la comunión íntima con Él como en el principio. Tomé la determinación de poner a un lado mis estudios teológicos para buscar que Dios me restaurara a mi primer amor.
Una noche estaba acostado leyendo del libro “Abiding in Christ” (Permaneciendo en Cristo) cuando el Espíritu Santo derramó el amor de Dios en mi corazón de una manera demasiado gloriosa para expresar con meras palabras. Nunca he sido una persona emocional, pero me sentí tan sobrecogido por Su plenitud que no podía contener el gozo. Lo único que podía hacer era reírme y llorar a voz en cuello. Yo podía ver como nunca antes que yo era un solo espíritu con el Señor y que Cristo era mi vida misma. Las Escrituras cobraron vida para mí como nunca antes, conforme el Espíritu abría mi entendimiento.
El espacio aquí no me permite entrar en más detalles, pero esta visión a cielos abiertos seguía por tres meses, antes que yo clamé al Señor diciéndole: “Señor, quiero ser usado para que otros te conozcan como te estoy conociendo ahora.” Siempre he sido penosamente tímido, y cuando cobré el coraje para compartir con otros lo que estaba experimentando, ellos solo me miraron como si estuviera fuera de mí. Él me respondió de Juan 12:24 donde Jesús dijo: “si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.” El me hizo entender que, así como un grano de trigo, yo necesitaba permitirle remover cosas de mi vida, que mantenía Su vida atrapada dentro de mí, y que no iba a poder sentir Su presencia de la misma manera por un tiempo, pero que Él jamás me iba a dejar o abandonar.
Poco a poco Su presencia tangible se disminuyó, y ya no veía claramente como veía en Su presencia. En la plenitud de Su presencia, los vicios y las tentaciones ni me atraían. Sin embargo, poco a poco, conforme perdí la consciencia de Su presencia, empecé a luchar con las viejas tentaciones otra vez. Suplicaba al Señor que restaurara esa experiencia de los cielos abiertos. Quería ver como veía en Su presencia, pero los cielos parecían ser de bronce. Entonces, un día en el trabajo mientras agonizaba sobre mi condición, el Señor me hablo, simplemente diciendo: “Isaías 42:16.” Tan pronto llegó el tiempo de descanso, abrí mi Biblia al pasaje que Él me dio, y esto es lo que decía: “Guiaré a los ciegos por camino que no sabían, les haré andar por sendas que no habían conocido; delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz, y lo escabroso en llanura. Estas cosas les haré, y no los desampararé.”
Sabía en mi espíritu que el Señor me estaba asegurando de que, aunque no estaba en sus propósitos remover mi ceguera en ese momento, Él jamás me desampararía, y que, en Su tiempo, Él perfeccionaría la buena obra que había comenzado en mí. Esa gloriosa experiencia de Su amor incondicional que nunca deja de ser me ha dado la fortaleza y confianza que necesitaba para seguir confiando en Su amor a pesar de las múltiples maneras en que Él ha obrado la muerte en mí durante los 40 años que han pasado desde esa experiencia. Comparto esa experiencia con más detalle en mi libro: “La Verdadera Gracia de Dios.”
Yo creo, con Pablo, que todos necesitamos conocer la anchura, la longitud, las alturas y las profundidades de Su amor de una manera experimental que va más allá de un mero conocimiento. Necesitamos estar plenamente convencidos del amor incondicional de Dios, así como dice Pablo en Romanos 8:
“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? 36 Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. 37 Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. 38 Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, 39 ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rom 8:35-39)
¿Estás seguro como era Pablo de que nada ni nadie en toda la creación podrá separarte del amor de Dios en Cristo? Si no, ponte delante del Señor pidiéndole que Él abra su entendimiento y que derrame Su amor en tu corazón por el Espíritu Santo. Te aseguro que jamás serás igual.
Algunos nos privarían de esta plena seguridad diciendo: “Es cierto que ninguna cosa creada te puede separar del amor de Dios, pero el pecado no es una cosa creada, y el pecado te puede separar del amor de Dios para siempre.” Sin embargo, es muy obvio que eso no es lo que Pablo quiere que entendamos con su exhaustiva declaración del amor de Dios. A través de toda la epístola, Pablo ha estado demostrando cómo el problema del pecado ha sido eliminado de una vez para siempre para los que creen por medio del sacrificio expiatorio de Cristo. En el capítulo 8, él comienza con “ninguna condenación hay” para los que están en Cristo Jesús, y termina con “ninguna separación” de Su amor. Ya no hay condenación porque hemos sido justificados de todo pecado por medio de la fe en Cristo (Rom 5:1). Que Pablo no quería decir que nada nos puede separar del amor de Cristo, menos el pecado en Romanos 8:35-39 es evidente por lo que acaba de decir en los versículos 33 y 34. Él dijo:
“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. 34 ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.” (Rom 8:33-34)
Pablo aquí presenta la pregunta retórica: “¿Quién acusará (de pecado) a los escogidos de Dios?” La respuesta obvia es nadie, dado que es Dios Mismo quien nos declaró justos. Entonces, él hace la pregunta: “¿Quién es el que condenará (por el pecado) si Cristo es el que murió y resucitó, e intercede por nosotros, siendo Él Mismo la propiciación por todos nuestros pecados?” (cf. 1Jn 2:1-2). Otra vez, la respuesta es que nadie ni nada (incluyendo el pecado) nos podrá separar de Su amor.
Jamás hubiéramos estado en enemistad con Dios si no fuéramos pecadores, y Jesús dice que Dios ama a Sus enemigos, y nos amó mientras aun estábamos en nuestros pecados. Decir que Dios nos amó incondicionalmente antes de ser justificados, pero ahora nos ama condicionalmente después de haber sido justificados, va en contra de todo lo que Pablo ha estado diciendo. Adicionalmente, Pedro dice que el amor cubrirá multitud de pecados (1Pedro 4:8). El amor de Dios puede cubrir multitud de pecados debido al sacrificio de expiación de Cristo por nuestros pecados, y no solamente los nuestros, sino los pecados de todo el mundo. Por lo tanto, Su amor por todos es constante e incondicional. Así como el hijo Pródigo, el Padre está esperando con los brazos abiertos a todos y cada uno de sus hijos extraviados para recibirlos en el momento en que vuelvan en sí y regresan al Padre – incluso a aquellos que menospreciaron su herencia.
Aplicaciones Equivocadas del Amor Incondicional de Dios en la Actualidad
Mucha de la oposición a la verdad del amor incondicional de Dios es debido a la manera en que muchos hoy en día malentienden Su amor, presentándolo como si fuera permisivo o afirmara a los que está viviendo en el pecado. Un amor que no aborrece el mal y que no se opone a los malhechores, no es amor, sino indiferencia. Un amor justo no puede amar el mal y la injusticia. Mientras que Dios ama a todos incondicionalmente, y por lo tanto no deshecha a los inicuos para siempre, ni retendrá Su ira para siempre contra ellos como tradicionalmente se ha enseñado, Su amor justo es indignado por la rebeldía de Su pueblo, y cuando no juzgamos el pecado en nuestras vidas, Él a menudo interviene con juicios, a veces incluso resultando en una muerte prematura (1Cor 11:28-32). De la misma manera que un buen padre corrige a su hijo y se enoja por su rebeldía, así nuestro Padre celestial disciplina a Sus hijos e incluso los azota si es necesario, para que participemos de Su santidad (Heb 12:6-11). Sin embargo, Sus misericordias son nuevas cada mañana y Su amor nunca deja de ser, porque Él no simplemente ama – Él es amor.
En el próximo blog: “¿Qué es Condicional del Amor Incondicional de Dios?” voy a estar considerando los pasajes que muchos han malinterpretados como si negaran el amor incondicional de Dios. ¿Cómo debemos entender los pasajes que dicen que Dios odia a ciertos individuos? ¿Sería posible que estas declaraciones de una manera contradigan o anulen a todo lo que hemos visto hasta aquí acerca de la naturaleza incondicional del amor de Dios? Algunas palabras de Jesús aparentan presentar el amor de Dios como condicional, como por ejemplo: Juan 14:21-24 y Juan 16:27. ¿Cómo debemos de entender estos pasajes? Esto será el tema del próximo blog.
¿es presentado el amor de Dios en las Escrituras como condicional, según nuestro comportamiento, o es incondicional? ¿Ama Dios a todos universalmente, o solamente ama a los que lo aman?
Juan presenta el amor como el atributo esencial de Su naturaleza (1Jn 4:8,16). ¿Es Su amor, por lo tanto, infinito, eterno e indivisible de Sus otros atributos, o de alguna manera cesa en un instante por aquellos que no correspondieron apropiadamente a Su amor mientras aún vivían?
Nosotros que creemos en una restauración universal de todos, tenemos menos dificultad de abrazar el concepto del amor incondicional de Dios. Pero, los Tradicionalistas creyendo que todos los que, por un motivo u otro, no responden de manera positiva a Su amor en esta vida serán sujetados a Su ira eternamente, enfrentan un dilema lógico y moral. Ellos típicamente, o niegan que Su amor es incondicional, o niegan que Su amor para ellos es eterno.
Es cierto que muchos han tergiversado el amor de Dios, presentándolo como si fuera permisivo y como si Él afirmara a los que están viviendo en el pecado. Otros han sobre reaccionado a este extremo, intentando limitar el amor de Dios, igual como a menudo hacen con Su gracia. Unos incluso se enfadan cada vez que oyen a alguien gloriándose en el amor de Dios hacia todos.
Considerando que esto es un tema tan importante, siendo que determina como percibimos a Dios y como nos relacionamos con Él y los demás, y entendiendo que llegamos a ser como el Dios que adoramos, en los próximos blogs estaré considerando lo que las Escrituras realmente enseñan acerca de este tema tan vital.
El Amor Incondicional de Dios
Los que niegan que el amor de Dios es incondicional a menudo comienzan por señalar que el término “amor incondicional” nunca aparece en las Escrituras. Sin embargo, ellos mismos utilizan términos como “amor no merecido,” “amor abundante” y “amor sacrificial,” ningunos de los cuales aparecen en las Escrituras, y sin embargo todos reconocen que son descriptivos del amor de Dios. La pregunta que debemos responder es si el amor de Dios es presentado como incondicional en las Escrituras, y espero demostrar que sí es una verdad bíblica. En el mismo pasaje donde Juan dice que Dios es amor, él define Su amor como no condicionado en nada de lo que hemos hecho. Él dijo:
“Dios es amor… 10 En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.” (1Jn 4:8,10)
Aquí vemos que Dios ama simplemente porque Él es amor, no porque los objetos de Su amor cumplen unos prerrequisitos. Si el amor es condicional, entonces, ¿qué condición cumplimos para que Dios nos amara de tal manera que envió a Su Hijo para ser la propiciación por nuestros pecados? Les recordaría a aquellos que argumentan que este versículo solo aplica a los elegidos que Él también amó al mundo entero e hizo propiciación incluso por aquellos que Él sabía que no iban a responder a Su amor de este lado de la muerte (Jn 3:16; 1Jn 2:2). Él nos amó estando nosotros aun muertos en nuestros delitos y pecados. En Romanos, Pablo es aún más enfático en decir que, en contraste con el amor del hombre, el amor de Dios es incondicional, cuando dice:
“Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. 7 Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. 8 Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Rom 5:6-8)
La mayor demostración del amor incondicional de Dios fue cuando Él envió a Su Hijo a morir por nosotros, siendo impíos. No solamente no habíamos cumplido una precondición para merecer Su amor, sino que Él mostró Su amor para con nosotros aun siendo Sus enemigos (Rom 5:10). Y no solo eso, sino que Jesús nos dice que, si queremos ser como nuestro Padre en el cielo, tenemos que amar a nuestros enemigos de la misma manera. Él dijo:
“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. 44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. 46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? 47 Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? 48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” (Mt 5:43-48)
El amor condicional solo ama a los que nos aman a cambio. Pero Jesús dice que, si solamente amamos a los que nos aman, entonces no somos diferentes a los publicanos, dado que ellos también aman a los que los aman. Solo llegamos a ser perfeccionados en el amor del Padre cuando amamos incluso a nuestros enemigos, igual como hace Él. El amor condicional dice, “Yo te amo porque…,” “Te amaré si…” o “Te amaré mientras que…” Pero el amor incondicional dice, “nada de lo que haces o dices hará que te deje de amar.” Cada ser humano – de hecho, cada ser racional, tiene una necesidad innata de ese amor incondicional que solamente Dios nos puede dar. Sin embargo, la religión demasiado a menudo nos priva de la seguridad de Su amor por nosotros.
Algunos Calvinistas, cuando son enfrentados con lo innegable del amor incondicional del Padre en este pasaje, intentan categorizar el amor de Dios, diciendo: “Sí, Dios tiene un ‘amor general’ por Sus enemigos en que les envía la lluvia, aun sobre los injustos, pero no es el ‘amor eficaz y redentor’ que Él reserva para los elegidos solamente.” Según ellos, Dios ama a Sus enemigos incondicionalmente hasta su último respiro, pero después, de alguna manera, Su amor incondicional se convierte en una ira sin fin en el momento en que mueran.
Ellos argumentan que la justicia de Dios requiere Su ira eterna. Aunque eso es un tema más allá de este blog, los atributos de Dios son indivisibles. Su amor y Su justicia jamás han estado en conflicto el uno con el otro debido al hecho de que el sacrificio de expiación de Cristo en la cruz es una eterna realidad para Dios. Jesús fue el Cordero de Dios inmolado desde la fundación del mundo (Apo 13:8). Su justicia y paz se besaron en la cruz, reconciliando a toda la creación a Sí Mismo (Sal 85:10; Col 1:16,20). En la cruz, cuando Cristo llegó a ser la propiciación por el mundo entero, fue demostrado a todos que Dios había sido justo en justificar a aquellos que previamente habían pecado (Rom 3:25-26 ). Y el evangelio es llamado el evangelio eonian (Apo 14:6). Esto al menos significa que continúa siendo buenas nuevas más allá del último respiro de uno (1Pedro 4:6). La sangre de Cristo no tiene fecha de vencimiento (Heb 9:12; 7:25).
El amor de Dios incluso llega más allá del sepulcro, hasta el Seol o Hades mismo. Dado que Dios es amor y Él es presente en toda Su creación, no hay manera de escapar de Su amor. El salmista dice:
“El Señor es bueno para con todos, Y su compasión, sobre todas Sus obras. 10 Señor, Tus obras todas Te darán gracias, Y Tus santos Te bendecirán…” (Sal 145:9-10 NBLH)
“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? 8 Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás.” (Sal 139:7-8)
Tomando en cuenta que sus misericordias están sobre todas Sus obras, incluyendo el Seol mismo, ¿cómo puede uno seguir negando que el amor de Dios es incondicional? Como veremos en el próximo blog, aunque muchos no están experimentando Su amor de manera relacional, sin embargo Su amor por ellos es inalterable y nunca deja de ser (1Cor 13:8). Pablo intercede por nosotros para que podamos comprender qué tan profundo es el amor de Dios:
“Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo…17 para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, 18 seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, 19 y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.” (Ef 3:14,17-19)
Lo que Pablo está diciendo es que necesitamos una revelación de Su amor que excede nuestra capacidad mental de percibir – un conocimiento que excede la mera comprensión intelectual, experimentando Su amor siendo derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rom 5:5). Esto inevitablemente resulta en que uno sea “lleno con toda la plenitud de Dios,” dado que Dios es amor. ¡Esto es glorioso! Los que piensan que el amor de Dios es condicional deben pedirle que les revele qué tan amplio es Su amor; qué tan alto llega, y qué tan bajo va para alcanzar a los perdidos. Les aseguro que la revelación de tal amor los cambiará para siempre.
En 1982, después de terminar mis estudios en el seminario, experimenté la gloriosa plenitud que resulta de recibir el amor de Dios derramado en el corazón por Su Espíritu como fue descrito por Pablo. En ese tiempo de mi vida, me sentí espiritualmente seco y me di cuenta de que solamente un conocimiento de las Escrituras no podría saciar mi sed de Dios. Anhelaba experimentar Su amor y disfrutar la comunión íntima con Él como en el principio. Tomé la determinación de poner a un lado mis estudios teológicos para buscar que Dios me restaurara a mi primer amor.
Una noche estaba acostado leyendo del libro “Abiding in Christ” (Permaneciendo en Cristo) cuando el Espíritu Santo derramó el amor de Dios en mi corazón de una manera demasiado gloriosa para expresar con meras palabras. Nunca he sido una persona emocional, pero me sentí tan sobrecogido por Su plenitud que no podía contener el gozo. Lo único que podía hacer era reírme y llorar a voz en cuello. Yo podía ver como nunca antes que yo era un solo espíritu con el Señor y que Cristo era mi vida misma. Las Escrituras cobraron vida para mí como nunca antes, conforme el Espíritu abría mi entendimiento.
El espacio aquí no me permite entrar en más detalles, pero esta visión a cielos abiertos seguía por tres meses, antes que yo clamé al Señor diciéndole: “Señor, quiero ser usado para que otros te conozcan como te estoy conociendo ahora.” Siempre he sido penosamente tímido, y cuando cobré el coraje para compartir con otros lo que estaba experimentando, ellos solo me miraron como si estuviera fuera de mí. Él me respondió de Juan 12:24 donde Jesús dijo: “si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.” El me hizo entender que, así como un grano de trigo, yo necesitaba permitirle remover cosas de mi vida, que mantenía Su vida atrapada dentro de mí, y que no iba a poder sentir Su presencia de la misma manera por un tiempo, pero que Él jamás me iba a dejar o abandonar.
Poco a poco Su presencia tangible se disminuyó, y ya no veía claramente como veía en Su presencia. En la plenitud de Su presencia, los vicios y las tentaciones ni me atraían. Sin embargo, poco a poco, conforme perdí la consciencia de Su presencia, empecé a luchar con las viejas tentaciones otra vez. Suplicaba al Señor que restaurara esa experiencia de los cielos abiertos. Quería ver como veía en Su presencia, pero los cielos parecían ser de bronce. Entonces, un día en el trabajo mientras agonizaba sobre mi condición, el Señor me hablo, simplemente diciendo: “Isaías 42:16.” Tan pronto llegó el tiempo de descanso, abrí mi Biblia al pasaje que Él me dio, y esto es lo que decía: “Guiaré a los ciegos por camino que no sabían, les haré andar por sendas que no habían conocido; delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz, y lo escabroso en llanura. Estas cosas les haré, y no los desampararé.”
Sabía en mi espíritu que el Señor me estaba asegurando de que, aunque no estaba en sus propósitos remover mi ceguera en ese momento, Él jamás me desampararía, y que, en Su tiempo, Él perfeccionaría la buena obra que había comenzado en mí. Esa gloriosa experiencia de Su amor incondicional que nunca deja de ser me ha dado la fortaleza y confianza que necesitaba para seguir confiando en Su amor a pesar de las múltiples maneras en que Él ha obrado la muerte en mí durante los 40 años que han pasado desde esa experiencia. Comparto esa experiencia con más detalle en mi libro: “La Verdadera Gracia de Dios.”
Yo creo, con Pablo, que todos necesitamos conocer la anchura, la longitud, las alturas y las profundidades de Su amor de una manera experimental que va más allá de un mero conocimiento. Necesitamos estar plenamente convencidos del amor incondicional de Dios, así como dice Pablo en Romanos 8:
“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? 36 Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero. 37 Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. 38 Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, 39 ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rom 8:35-39)
¿Estás seguro como era Pablo de que nada ni nadie en toda la creación podrá separarte del amor de Dios en Cristo? Si no, ponte delante del Señor pidiéndole que Él abra su entendimiento y que derrame Su amor en tu corazón por el Espíritu Santo. Te aseguro que jamás serás igual.
Algunos nos privarían de esta plena seguridad diciendo: “Es cierto que ninguna cosa creada te puede separar del amor de Dios, pero el pecado no es una cosa creada, y el pecado te puede separar del amor de Dios para siempre.” Sin embargo, es muy obvio que eso no es lo que Pablo quiere que entendamos con su exhaustiva declaración del amor de Dios. A través de toda la epístola, Pablo ha estado demostrando cómo el problema del pecado ha sido eliminado de una vez para siempre para los que creen por medio del sacrificio expiatorio de Cristo. En el capítulo 8, él comienza con “ninguna condenación hay” para los que están en Cristo Jesús, y termina con “ninguna separación” de Su amor. Ya no hay condenación porque hemos sido justificados de todo pecado por medio de la fe en Cristo (Rom 5:1). Que Pablo no quería decir que nada nos puede separar del amor de Cristo, menos el pecado en Romanos 8:35-39 es evidente por lo que acaba de decir en los versículos 33 y 34. Él dijo:
“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. 34 ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.” (Rom 8:33-34)
Pablo aquí presenta la pregunta retórica: “¿Quién acusará (de pecado) a los escogidos de Dios?” La respuesta obvia es nadie, dado que es Dios Mismo quien nos declaró justos. Entonces, él hace la pregunta: “¿Quién es el que condenará (por el pecado) si Cristo es el que murió y resucitó, e intercede por nosotros, siendo Él Mismo la propiciación por todos nuestros pecados?” (cf. 1Jn 2:1-2). Otra vez, la respuesta es que nadie ni nada (incluyendo el pecado) nos podrá separar de Su amor.
Jamás hubiéramos estado en enemistad con Dios si no fuéramos pecadores, y Jesús dice que Dios ama a Sus enemigos, y nos amó mientras aun estábamos en nuestros pecados. Decir que Dios nos amó incondicionalmente antes de ser justificados, pero ahora nos ama condicionalmente después de haber sido justificados, va en contra de todo lo que Pablo ha estado diciendo. Adicionalmente, Pedro dice que el amor cubrirá multitud de pecados (1Pedro 4:8). El amor de Dios puede cubrir multitud de pecados debido al sacrificio de expiación de Cristo por nuestros pecados, y no solamente los nuestros, sino los pecados de todo el mundo. Por lo tanto, Su amor por todos es constante e incondicional. Así como el hijo Pródigo, el Padre está esperando con los brazos abiertos a todos y cada uno de sus hijos extraviados para recibirlos en el momento en que vuelvan en sí y regresan al Padre – incluso a aquellos que menospreciaron su herencia.
Aplicaciones Equivocadas del Amor Incondicional de Dios en la Actualidad
Mucha de la oposición a la verdad del amor incondicional de Dios es debido a la manera en que muchos hoy en día malentienden Su amor, presentándolo como si fuera permisivo o afirmara a los que está viviendo en el pecado. Un amor que no aborrece el mal y que no se opone a los malhechores, no es amor, sino indiferencia. Un amor justo no puede amar el mal y la injusticia. Mientras que Dios ama a todos incondicionalmente, y por lo tanto no deshecha a los inicuos para siempre, ni retendrá Su ira para siempre contra ellos como tradicionalmente se ha enseñado, Su amor justo es indignado por la rebeldía de Su pueblo, y cuando no juzgamos el pecado en nuestras vidas, Él a menudo interviene con juicios, a veces incluso resultando en una muerte prematura (1Cor 11:28-32). De la misma manera que un buen padre corrige a su hijo y se enoja por su rebeldía, así nuestro Padre celestial disciplina a Sus hijos e incluso los azota si es necesario, para que participemos de Su santidad (Heb 12:6-11). Sin embargo, Sus misericordias son nuevas cada mañana y Su amor nunca deja de ser, porque Él no simplemente ama – Él es amor.
En el próximo blog: “¿Qué es Condicional del Amor Incondicional de Dios?” voy a estar considerando los pasajes que muchos han malinterpretados como si negaran el amor incondicional de Dios. ¿Cómo debemos entender los pasajes que dicen que Dios odia a ciertos individuos? ¿Sería posible que estas declaraciones de una manera contradigan o anulen a todo lo que hemos visto hasta aquí acerca de la naturaleza incondicional del amor de Dios? Algunas palabras de Jesús aparentan presentar el amor de Dios como condicional, como por ejemplo: Juan 14:21-24 y Juan 16:27. ¿Cómo debemos de entender estos pasajes? Esto será el tema del próximo blog.
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Un examen critico del “Evangelio de la Inclusión”
por George Sidney Hurd
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¿Qué debo hacer para ser salvo? La respuesta a esta pregunta es más importante que cualquier otra cosa en la vida. Y la respuesta sencilla dada por los seguidores de Cristo desde el comienzo ha sido, “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” (Hch 16:31).
En el pasado a menudo han agregado obras a esta respuesta sencilla de “cree solamente,” así invalidando la gracia (Gal 5:4). Sin embargo, hoy en día en nuestra sociedad toda-inclusiva y acomodada, algunos Evangélicos han procurado ser más inclusivos y acomodados a las normas culturales, aún cuando se trata de esta pregunta tan vital: “¿Qué debo hacer para ser salvo?”
Por un extremo, vemos los Pluralistas que niegan que Jesús es el único camino a la salvación, diciendo que Él es únicamente uno de muchos caminos para llegar a Dios. Otra creencia más reservada es la de los Inclusivistas quienes, al mismo tiempo insisten que Cristo es el único camino a Dios, argumentan que no es necesario que uno crea en Cristo de manera explícita para ser salvo. Según ellos, uno puede ser salvo por una fe implícita en una revelación general de Dios sin haber oído y respondido positivamente al evangelio. Razonan que la fe de uno no necesita ser cognitiva con tal de que la persona sea sincera y reverente. De esta manera llega a ser posible que uno sea salvo sin siquiera haber oído hablar de Cristo. Un budista sincero, un musulmán, o incluso un ateo, podría ser salvo por el sacrificio de Cristo en el Calvario sin haber oído el evangelio y creído en Él de manera consciente. Ellos llaman a estos individuos que supuestamente han sido salvos sin saberlo, “cristianos anónimos.”
Inclusivismo es una doctrina relativamente nueva que no surgió en la Iglesia antes del movimiento de la Iluminación en el siglo XVI. La Iglesia históricamente ha creído que uno necesita oír y responder de manera positiva al evangelio para ser salvo. No fue hasta el siglo XX que la doctrina del Inclusivismo comenzó a ser aceptada por muchos, principalmente por la gran influencia de C.S. Lewis quien era un Inclusivista Evangélico. También el evangelista Billy Graham, en una entrevista con Robert Schuller in 1997 expresó que había llegado a creer que el evangelio era inclusivo de personas de otras religiones que nunca habían oído el evangelio. [i] Esto también contribuyó mucho a la creciente popularidad del Inclusivismo hoy en día.
Bajo la categoría amplia del Universalismo, vemos tanto Pluralistas e Inclusivistas, como también el Exclusivismo Bíblico, que presento en este blog como lo que la Biblia realmente nos enseña sobre el tema. La diferencia principal entre los Parcialistas Tradicionales (los que creen que no todos serán salvos) y los Universalistas, es que los Universalistas creen que todos serán salvos y reunidos en Dios al finalizar las épocas, mientras que ni siquiera los Parcialistas que son Pluralistas creen que todos serán salvos.
Los Universalistas no tienen que enfrentar el mismo dilema lógico y moral que los Parcialistas acerca de aquellos que nunca tuvieron la oportunidad de oír el evangelio para creer y ser salvo en esta vida, dado que los Universalistas no ven justificación alguna por la creencia de que la oportunidad de arrepentirse y creer en el evangelio termina para siempre en el momento en que el corazón de uno deja de latir.
Es imperativo que uno sea salvo antes del comienzo del Día del Señor en la Segunda Venida de Cristo para estar entre las primicias elegidas, teniendo parte en la primera resurrección y reinando con Cristo en el Milenio (1Cor 5:5; Mt 25:10-13; Apo 20:5-6). Es por eso que tenemos que predicar el evangelio a los fines de la tierra antes del retorno de Cristo. Por ese motivo he estado trabajando como misionero en las Amazonas Colombianas por los últimos 22 años. Considero por qué es imperativo que nosotros como Universalistas prediquemos el evangelio en mi blog: “¿Es el Universalismo un Impedimento a la Evangelización?” Aunque Cristo es el Salvador de todos, el mayor galardón es para los que creen en esta época (1Tim 1:10). Finalmente, toda rodilla se doblará, confesando a Jesucristo como Señor (Fil 2:10-11, cf. Isa 45:22-24; Sal 22:27). En la dispensación final, la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos, todos en el cielo y en la tierra habrán sido reunidos en Él (Ef 1:10). Pero los que no son salvos y santificados en esta vida sufrirán daño de la segunda muerte – la muerte a la carne y la vida del YO en el lago de fuego purificador (Apo 2:11; 21:8). Considero esto con más detalle en mi blog: “Azufre, Sal y el Fuego del Fundidor.”
El objetivo principal de este blog es enfrentar una nueva variación del Inclusivismo siendo promovido por algunos Universalistas que enseñan que no es necesario que uno crea en Cristo para ser salvo, dado que todos ya fueron salvos en la cruz hace 2.000 años. Esta enseñanza fue popularizada primero entre los Universalistas Liberales y Progresivos por Carlton Pearson con la publicación de su libro: “The Gospel of Inclusion: Reaching Beyond Religious Fundamentalism to the True Love of God and Self (El Evangelio de la Inclusión: Yendo Más Allá del Fundamentalismo al Verdadero Amor a Dios y Uno Mismo,” publicado en 2007. Según su propio testimonio, su deconstrucción del cristianismo Evangélico comenzó cuando el evangelista de sanidad T.L. Osborn le dijo: “Todos ya han sido salvos; solamente no lo saben todavía.” Esto comenzó un proceso que finalmente lo llevó, primero a negar la autoridad de las Escrituras, y finalmente a la Consciencia Expandida y el Nuevo Pensamiento de la Nueva Era. Lo que sigue es una consideración de cada una de las afirmaciones hechas por aquellos que promueven el Evangelio de la Inclusión.
“Todos ya han sido salvos.”
Los que promueven este Evangelio de la Inclusión dicen que todos ya fueron salvos en la cruz hace 2.000 años; solamente no lo saben todavía. William Paul Young, el autor del libro “La Cabaña,” en su libro, “Las Mentiras que Creemos Acerca de Dios,” intituló a cada capítulo con lo que él considera ser una mentira que hemos creído acerca de Dios. Uno de los capítulos él nombró, “Necesitas ser Salvo.” Según él y otros Universalistas Inclusivos, nosotros que decimos que uno necesita arrepentirse y creer en el Señor Jesucristo para ser salvo, estamos predicando un evangelio falso, dado que todos ya fueron salvos en la cruz hace 2.000 años. Él dice:
“No necesitamos ofrecerle a nadie lo que ya ha sido dado; simplemente celebramos las Buenas Nuevas con cada uno: Todos hemos sido incluidos.” [ii]
Lo que es engañoso de esta declaración es que es una verdad a medias. Es cierto que todos fueron incluidos en la expiación de Cristo en la cruz, y la salvación ha sido extendida a todos gratuitamente. Es cierto que todos fueron incluidos en la muerte y resurrección de Cristo, y en Él, el Último Adán, todos los que murieron en el primer Adán finalmente serán justificados y vivificados (Rom 5:18; 1Cor 15:22).
Sin embargo, hay una gran diferencia entre el don de la salvación siendo ofrecido y el don de la salvación recibido. Hay una diferencia entre la provisión y la apropiación. Por ejemplo, imagine que una pandemia mortífera fuera a cubrir el planeta entero y que habría matado a toda la población, si no fuera por la sangre de un hombre que era inmune al virus. Ofreciendo su propia sangre, él proveyó una vacuna que anulaba totalmente los efectos del virus mortífero para todos. La vacuna fue ofrecida gratuitamente a todos, pero para recibir la inmunidad al virus, cada individuo tenía que recibir la vacuna.
De semejante manera, la sangre de Cristo nos justifica, o nos hace inmune a la condenación y nos limpia de todo pecado. Sin embargo, de la misma manera que los hijos de Israel que fueron mordidos por las serpientes en el desierto tuvieron que mirar con fe la serpiente de bronce para ser sanados, nosotros no somos justificados sin primero poner nuestra fe en Su sangre que nos propicia con Dios:
“siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, 25 a quien Dios puso como propiciación POR MEDIO DE LA FE en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, 26 con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica AL QUE ES DE LA FE DE JESÚS.” (Rom 3:24-26)
“en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.” (Col 1:14)
Es importante notar que la justificación y el perdón fueron provistos en la cruz cuando Cristo derramó Su sangre en propiciación de los pecados del mundo entero (1Jn 2:2). Sin embargo, así como uno necesita recibir la vacuna para quedar inmune, de la misma manera, uno no es justificado y perdonado antes del momento en que recibimos por fe la justificación y perdón, aunque fue provisto por medio de Su sangre en la cruz hace 2.000 años. Cuando Jesús les comisionó a los discípulos la predicación del evangelio, Él dijo:
“El que CREYERE y fuere bautizado, será salvo; mas EL QUE NO CREYERE, será condenado.” (Marcos 16:16)
Así que, podemos ver que el prerrequisito para ser salvo y justificado (libre de condenación), es la fe. De hecho, Jesús dijo en Juan 3:18, “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, PORQUE NO HA CREÍDO en el nombre del unigénito Hijo de Dios.” A través de todo el Nuevo Testamento vemos enfatizado repetidas veces que uno tiene que apropiarse de la provisión de salvación en Cristo, personalmente poniendo nuestra fe en Él para ser salvo. Él tiene que ser recibido por fe para que uno se beneficie de Su sacrificio expiatorio (Jn 1:12-13; 3:16; 8:24; Rom 3:22; 3:28; 3:30; Gal 2:16; 3:8; 3:24; Ef 2:8; Fil 3:9; 2Tim 3:15, etc.).
De acuerdo con la Gran Comisión, dondequiera que el evangelio es presentado en los Hechos y en las epístolas, vemos que es necesario responder en fe al evangelio para ser salvo. Cuando el carcelero de Filipo le preguntó a Pablo, “¿Qué debo hacer para ser salvo?” Pablo no respondió diciendo: “Ya ha sido salvo; solo necesitas saberlo.” No. Él dijo: “Cree en el Señor Jesucristo y SERÁS salvo.” Pablo también dice en otro lado que aquellos que no creen serán condenados (2Tes 2:12). Pablo dijo que el evangelio que predicaba era la “palabra de fe,” que significa que tiene que creerlo para ser efectuado. Él continúa explicando lo que la “palabra de fe” es:
“…que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, SERÁS salvo. 10 Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.” (Rom 10:9-10)
No hay tal cosa como un “cristiano anónimo.” No hay cristianos no creyentes. Uno tiene que creer en el evangelio para ser salvo. Pablo dice en los versículos siguientes que, para que uno crea, primero tiene que oír el evangelio, y por ese motivo es imperativo que prediquemos el evangelio a aquellos que aún están fuera del redil (Rom 10:13-17). Pablo comienza el capítulo diciendo: “Hermanos míos, el anhelo de mi corazón y mi intercesión ante Dios por ellos, es que sean salvos” (Rom 10:1). ¡Es muy evidente que Pablo no pensaba que todos ya eran salvos y solo necesitaban descubrir que ya fueron salvos sin saberlo, involuntariamente e independiente de su arrepentimiento y fe!
En 1Corintios 15, Pablo deja en claro que uno no solo tiene que creer en el evangelio para ser salvo, sino que su fe tiene que ser una fe que persevera para ser salvo. Él dijo:
“Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; 2 por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano.” (1 Cor 15:1-2)
Aquí Pablo dice que somos salvos por recibir el evangelio en nuestros corazones por la fe, y todos los que no continúan en la fe tuvieron una fe vana o vacía; una fe que no es más que asentimiento mental y no del corazón. Él también les dijo a los corintos carnales que se examinaran a sí mismos para asegurarse de que realmente estaban en la fe:
“Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?” (2 Cor 13:5)
Esto está muy lejos de lo que afirman los del “Evangelio de la Inclusión,” diciendo que el Espíritu de Cristo ya está en todos y que solamente necesitan descubrir esta realidad. Pablo dice que, si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él (Rom 8:9). Estábamos sin Cristo hasta recibirlo por fe cuando nacimos de nuevo por el Espíritu con la misma vida de resurrección de Cristo, así llegando a ser un espíritu con Él (Ef 2:12 cf. 1Cor 6:17).
Los Universalistas Inclusivos dicen que toda la humanidad ya está en Cristo. Sin embargo, Pablo dice: “si alguno está en Cristo, nueva criatura es,” claramente indicando que no todos ya están en Cristo (2 Cor 5:17). También, en Romanos 16:7, Pablo envía saludos a Andrónico y Junias, “que fueron en Cristo antes de él,” lo que significa que ellos habían recibido el evangelio de Cristo antes de él.
“Todos Nacieron de Nuevo cuando Cristo Resucitó de los Muertos”
Otra aserción hecha por muchos Universalistas Inclusivos es que todos nacieron de nuevo cuando Cristo resucitó de los muertos. Sin embargo, como no tiene sentido decir que alguien ha nacido de nuevo antes de nacer la primera vez, usualmente intentan argumentar que γεννηθῇ ἄνωθεν (genethe anothen), traducido “nacer de nuevo” en la versión RVR, se debe leer “nacer de arriba,” dado que eso es un significado alterno de anothen.
Sin embargo, mientras que es cierto que el nuevo nacimiento se origina de arriba, el contexto en que Jesús usa la palabra indica que debe ser entendido como “nacer de nuevo,” como se puede ver por la respuesta perpleja de Nicodemo en Juan 3:4. Él le preguntó a Jesús: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?” Nicodemo claramente pensó que Jesús estaba diciendo que era necesario nacer por segunda vez. Él no entendió a Jesús como diciendo que era necesario que uno naciera de arriba.
A continuación, Jesús le explicó que el segundo nacimiento no era de agua como cuando nacimos por primera vez al mundo, sino que fue por el Espíritu Santo que nuestro espíritu, que estaba muerto a Dios, tenía que nacer de nuevo. Jesús le dijo:
“Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. 6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.” (Juan 3:5-6)
Jesús describe el nacimiento físicamente de la carne como nacer de agua, y el nuevo nacimiento de nuestro espíritu siendo por medio del Espíritu Santo. Este nuevo nacimiento fue hecho posible por la resurrección de Cristo, pero no nacemos de nuevo hasta recibir a Cristo. Juan dice:
“A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. 12 Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; 13 los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1:11-13)
Así que, solamente es cuando uno recibe a Cristo por fe que nace de nuevo, así llegando a ser hijos de Dios (τέκνα Θεοῦ, tecna Theou, lit. “los nacidos de Dios”) en Su nueva creación. Pablo dice que, antes de recibirlo por fe, “éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Ef 2:3). O citando las palabras de Jesús Mismo, la ira de Dios permanece sobre aquellos que rehúsan creer (Jn 3:36). Por lo tanto, es un error muy grave decirles a aquellos que no han recibido a Cristo que ya nacieron de arriba en Cristo hace 2.000 años.
“Todos ya han sido Salvos por la Fidelidad de Jesús.”
Otra aseveración hecha por los Universalistas Inclusivos es que no somos salvos por nuestra fe, sino por la fidelidad de Jesús. Otra vez, esta es una verdad a medias, porque nadie podría ser salvo si Jesús no hubiera sido obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil 2:8-11). Sin embargo, como es con muchas verdades a medias, esto es peligroso, dado que deja el pecador no arrepentido bajo la falsa seguridad de que él ya es salvo sin la necesidad de arrepentimiento y fe. Como ya hemos visto, la obra de Cristo en la cruz no es aplicada a nosotros antes de personalmente creer en Cristo para la salvación.
Este error es el resultado de traducir la frase “la fe de Jesús” (πίστεως ᾿Ιησοῦ Χριστοῦ, pisteos tou Iesous) como “la fidelidad de Jesús,” en vez de traducir pistis como “fe,” que es el significado normal. Demuestro por qué la lectura “la fe de Jesús” es la correcta, en vez de “la fidelidad de Jesús” o “la fe en Jesús” en mi blog: “La Fe de Jesús.”
Realmente la fe que nos salva no es no es de nosotros, sino que nos es dado creer por Su gracia. Y la fe salvífica impartida a nosotros en el día de nuestra visitación cuando llegamos al arrepentimiento es nada menos que la fe de Jesús, quién, desde el momento de la regeneración, llega a ser nuestra vida, nuestro todo. Su justicia, sabiduría y fe nos están impartidas en el momento que llegamos a ser un espíritu con el Señor cuando nuestro espíritu es regenerado. Una vez Su fe haya sido impartida a nosotros, llega a ser la nuestra, y por esa razón a menudo es llamada “nuestra fe,” así como Su salvación llega a ser “nuestra salvación,” Su justicia “nuestra justicia” y Su vida “nuestra vida” (Fil 2:12-13; Jer 23:6 Col 3:3-4). Llegamos a ser coherederos con Cristo en todo.
Entonces, mientras es cierto que la fidelidad de Cristo proveyó la salvación para todos, es necesario que personalmente creamos en el Señor Jesucristo para ser salvos. Y decirles a los pecadores no arrepentidos otra cosa es no proclamarles el verdadero evangelio, la palabra de fe.
“No existe distinción entre Aquellos y Nosotros.”
En las Escrituras vemos una distinción muy clara entre los salvos y los perdidos, los elegidos y los no elegidos, los justos y los injustos. El Inclusivismo Universalista ignora estas distinciones, diciendo que, dado que todos fueron incluidos en la expiación de Cristo, no existe una distinción entre ellos y nosotros; no hay distinción entre los que están en Cristo y los que aún están sin Cristo. Don Keathley es representativa de ellos cuando dice:
“Jamás hubo un tiempo cuando no estabas en Cristo. Allí es donde fuiste creado… Esto cambiará al mundo. Necesitamos ver a cada persona también creada en esa posición. Eso elimina toda distinción entre ellos y nosotros… Esto elimina toda jactancia que dice, ‘Yo invité a Jesús en mi vida como Salvador y tú no. Yo tomé decisiones sabias a mi favor y si tú eres sabio, serás como yo y harás lo que yo hice. Y si no, vas a ir al infierno.’” [iii]
Keathley dice que todos fuimos creados en Cristo desde el principio, y eso elimina toda distinción entre nosotros y ellos – elimina toda jactancia. En contraste, Pablo dice que no son muchos los escogidos – que en esta época Dios normalmente escoge a los necios, débiles, bajos y los que son como nada en su propia estima, para que nadie se jacte en Su presencia. La jactancia no es eliminada por despertar a la realidad de que siempre éramos buenos en gran manera en nuestro ser esencial, como afirman los Inclusionistas, sino por reconocer que somos necios, débiles, bajos y como nada sin Él, y que es solo por Él que podemos venir a estar en Cristo, quien ahora es nuestra justicia.
La distinción entre los salvos y los no salvos es repetida tan a menudo en las Escrituras que los Inclusivistas no pueden negarla sin invalidar la Palabra de Dios en un intento de mantener su doctrina no bíblica. Jesús indicó en Lucas 13 que, inicialmente, pocos serían salvos:
“Y alguien le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y él les dijo: 24 Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán.” (Lucas 13:23-24)
Especialmente al final de esta época, durante la Gran Tribulación, Jesús dijo que el amor de muchos se enfriará, y solamente los elegidos que perseveran hasta el fin serán salvos (Mt 24:9-14). Él también dijo de aquel tiempo:
“Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos.” (Mt 24:24)
“Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados.” (Mt 24:21)
Jesús dijo: “Muchos son llamados, pero pocos escogidos” (Mt 22:13-14). Él dijo de Sus discípulos: “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (Jn 15:19). Uno no puede insistir que todos son elegidos, como afirman las Inclusivistas, sin ignorar estas y muchas otras proclamaciones exclusivas en las Escrituras.
Los ejemplos de distinciones entre los salvos y los no salvos son demasiado numerosos para citar en este blog. Así que, solo citaré un par más. Pablo hace una distinción clara en 1Corintios 6 entre los injustos y los que ya han sido justificados:
“¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, 10 ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. 11 Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.” (1 Cor 6:9-11)
Los creyentes en Corinto una vez eran entre los injustos, pero fueron justificados, lavados y santificados al creer, por el Espíritu de Dios. Mi último ejemplo es de 1Juan 3, donde Juan distingue entre los que han nacido de Dios y los que todavía están bajo el poder del diablo:
“Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. 7 Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. 8 El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. 9 TODO AQUEL QUE ES NACIDO DE DIOS, NO PRACTICA EL PECADO, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios. 10 En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios.” (1 Jn 3:6-10)
Juan, bajo la inspiración del Espíritu Santo, dice que hay los que han nacido de Dios en contraste con los que no han nacido de Dios y por lo tanto continúan viviendo en el pecado bajo el poder del dios de esta época. Como dijo Jesús, ya no somos de este mundo. Hemos sido llamados a ser luz y sal en este mundo, marcando la diferencia entre la luz y las tinieblas.
En conclusión, el “Evangelio de Inclusión” es una verdad a medias engañosa, haciéndolo una herejía – un evangelio falso que mantiene a muchos en el camino espacioso que conduce a la destrucción. Los que hemos creído en el verdadero evangelio de la salvación por la fe en Jesucristo y la restauración final de todos, necesitamos estar firmes, insistiendo en el verdadero evangelio, la palabra de fe que predicamos.
[i] https://www.youtube.com/watch?v=INPyY0QjgpY
[ii] Young, Wm. Paul. Lies We Believe About God. Kindle Edition loc. 917.
[iii] Don Keathley. Unmasking the Gospel. Video 29:10
por George Sidney Hurd
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¿Qué debo hacer para ser salvo? La respuesta a esta pregunta es más importante que cualquier otra cosa en la vida. Y la respuesta sencilla dada por los seguidores de Cristo desde el comienzo ha sido, “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” (Hch 16:31).
En el pasado a menudo han agregado obras a esta respuesta sencilla de “cree solamente,” así invalidando la gracia (Gal 5:4). Sin embargo, hoy en día en nuestra sociedad toda-inclusiva y acomodada, algunos Evangélicos han procurado ser más inclusivos y acomodados a las normas culturales, aún cuando se trata de esta pregunta tan vital: “¿Qué debo hacer para ser salvo?”
Por un extremo, vemos los Pluralistas que niegan que Jesús es el único camino a la salvación, diciendo que Él es únicamente uno de muchos caminos para llegar a Dios. Otra creencia más reservada es la de los Inclusivistas quienes, al mismo tiempo insisten que Cristo es el único camino a Dios, argumentan que no es necesario que uno crea en Cristo de manera explícita para ser salvo. Según ellos, uno puede ser salvo por una fe implícita en una revelación general de Dios sin haber oído y respondido positivamente al evangelio. Razonan que la fe de uno no necesita ser cognitiva con tal de que la persona sea sincera y reverente. De esta manera llega a ser posible que uno sea salvo sin siquiera haber oído hablar de Cristo. Un budista sincero, un musulmán, o incluso un ateo, podría ser salvo por el sacrificio de Cristo en el Calvario sin haber oído el evangelio y creído en Él de manera consciente. Ellos llaman a estos individuos que supuestamente han sido salvos sin saberlo, “cristianos anónimos.”
Inclusivismo es una doctrina relativamente nueva que no surgió en la Iglesia antes del movimiento de la Iluminación en el siglo XVI. La Iglesia históricamente ha creído que uno necesita oír y responder de manera positiva al evangelio para ser salvo. No fue hasta el siglo XX que la doctrina del Inclusivismo comenzó a ser aceptada por muchos, principalmente por la gran influencia de C.S. Lewis quien era un Inclusivista Evangélico. También el evangelista Billy Graham, en una entrevista con Robert Schuller in 1997 expresó que había llegado a creer que el evangelio era inclusivo de personas de otras religiones que nunca habían oído el evangelio. [i] Esto también contribuyó mucho a la creciente popularidad del Inclusivismo hoy en día.
Bajo la categoría amplia del Universalismo, vemos tanto Pluralistas e Inclusivistas, como también el Exclusivismo Bíblico, que presento en este blog como lo que la Biblia realmente nos enseña sobre el tema. La diferencia principal entre los Parcialistas Tradicionales (los que creen que no todos serán salvos) y los Universalistas, es que los Universalistas creen que todos serán salvos y reunidos en Dios al finalizar las épocas, mientras que ni siquiera los Parcialistas que son Pluralistas creen que todos serán salvos.
Los Universalistas no tienen que enfrentar el mismo dilema lógico y moral que los Parcialistas acerca de aquellos que nunca tuvieron la oportunidad de oír el evangelio para creer y ser salvo en esta vida, dado que los Universalistas no ven justificación alguna por la creencia de que la oportunidad de arrepentirse y creer en el evangelio termina para siempre en el momento en que el corazón de uno deja de latir.
Es imperativo que uno sea salvo antes del comienzo del Día del Señor en la Segunda Venida de Cristo para estar entre las primicias elegidas, teniendo parte en la primera resurrección y reinando con Cristo en el Milenio (1Cor 5:5; Mt 25:10-13; Apo 20:5-6). Es por eso que tenemos que predicar el evangelio a los fines de la tierra antes del retorno de Cristo. Por ese motivo he estado trabajando como misionero en las Amazonas Colombianas por los últimos 22 años. Considero por qué es imperativo que nosotros como Universalistas prediquemos el evangelio en mi blog: “¿Es el Universalismo un Impedimento a la Evangelización?” Aunque Cristo es el Salvador de todos, el mayor galardón es para los que creen en esta época (1Tim 1:10). Finalmente, toda rodilla se doblará, confesando a Jesucristo como Señor (Fil 2:10-11, cf. Isa 45:22-24; Sal 22:27). En la dispensación final, la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos, todos en el cielo y en la tierra habrán sido reunidos en Él (Ef 1:10). Pero los que no son salvos y santificados en esta vida sufrirán daño de la segunda muerte – la muerte a la carne y la vida del YO en el lago de fuego purificador (Apo 2:11; 21:8). Considero esto con más detalle en mi blog: “Azufre, Sal y el Fuego del Fundidor.”
El objetivo principal de este blog es enfrentar una nueva variación del Inclusivismo siendo promovido por algunos Universalistas que enseñan que no es necesario que uno crea en Cristo para ser salvo, dado que todos ya fueron salvos en la cruz hace 2.000 años. Esta enseñanza fue popularizada primero entre los Universalistas Liberales y Progresivos por Carlton Pearson con la publicación de su libro: “The Gospel of Inclusion: Reaching Beyond Religious Fundamentalism to the True Love of God and Self (El Evangelio de la Inclusión: Yendo Más Allá del Fundamentalismo al Verdadero Amor a Dios y Uno Mismo,” publicado en 2007. Según su propio testimonio, su deconstrucción del cristianismo Evangélico comenzó cuando el evangelista de sanidad T.L. Osborn le dijo: “Todos ya han sido salvos; solamente no lo saben todavía.” Esto comenzó un proceso que finalmente lo llevó, primero a negar la autoridad de las Escrituras, y finalmente a la Consciencia Expandida y el Nuevo Pensamiento de la Nueva Era. Lo que sigue es una consideración de cada una de las afirmaciones hechas por aquellos que promueven el Evangelio de la Inclusión.
“Todos ya han sido salvos.”
Los que promueven este Evangelio de la Inclusión dicen que todos ya fueron salvos en la cruz hace 2.000 años; solamente no lo saben todavía. William Paul Young, el autor del libro “La Cabaña,” en su libro, “Las Mentiras que Creemos Acerca de Dios,” intituló a cada capítulo con lo que él considera ser una mentira que hemos creído acerca de Dios. Uno de los capítulos él nombró, “Necesitas ser Salvo.” Según él y otros Universalistas Inclusivos, nosotros que decimos que uno necesita arrepentirse y creer en el Señor Jesucristo para ser salvo, estamos predicando un evangelio falso, dado que todos ya fueron salvos en la cruz hace 2.000 años. Él dice:
“No necesitamos ofrecerle a nadie lo que ya ha sido dado; simplemente celebramos las Buenas Nuevas con cada uno: Todos hemos sido incluidos.” [ii]
Lo que es engañoso de esta declaración es que es una verdad a medias. Es cierto que todos fueron incluidos en la expiación de Cristo en la cruz, y la salvación ha sido extendida a todos gratuitamente. Es cierto que todos fueron incluidos en la muerte y resurrección de Cristo, y en Él, el Último Adán, todos los que murieron en el primer Adán finalmente serán justificados y vivificados (Rom 5:18; 1Cor 15:22).
Sin embargo, hay una gran diferencia entre el don de la salvación siendo ofrecido y el don de la salvación recibido. Hay una diferencia entre la provisión y la apropiación. Por ejemplo, imagine que una pandemia mortífera fuera a cubrir el planeta entero y que habría matado a toda la población, si no fuera por la sangre de un hombre que era inmune al virus. Ofreciendo su propia sangre, él proveyó una vacuna que anulaba totalmente los efectos del virus mortífero para todos. La vacuna fue ofrecida gratuitamente a todos, pero para recibir la inmunidad al virus, cada individuo tenía que recibir la vacuna.
De semejante manera, la sangre de Cristo nos justifica, o nos hace inmune a la condenación y nos limpia de todo pecado. Sin embargo, de la misma manera que los hijos de Israel que fueron mordidos por las serpientes en el desierto tuvieron que mirar con fe la serpiente de bronce para ser sanados, nosotros no somos justificados sin primero poner nuestra fe en Su sangre que nos propicia con Dios:
“siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, 25 a quien Dios puso como propiciación POR MEDIO DE LA FE en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, 26 con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica AL QUE ES DE LA FE DE JESÚS.” (Rom 3:24-26)
“en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.” (Col 1:14)
Es importante notar que la justificación y el perdón fueron provistos en la cruz cuando Cristo derramó Su sangre en propiciación de los pecados del mundo entero (1Jn 2:2). Sin embargo, así como uno necesita recibir la vacuna para quedar inmune, de la misma manera, uno no es justificado y perdonado antes del momento en que recibimos por fe la justificación y perdón, aunque fue provisto por medio de Su sangre en la cruz hace 2.000 años. Cuando Jesús les comisionó a los discípulos la predicación del evangelio, Él dijo:
“El que CREYERE y fuere bautizado, será salvo; mas EL QUE NO CREYERE, será condenado.” (Marcos 16:16)
Así que, podemos ver que el prerrequisito para ser salvo y justificado (libre de condenación), es la fe. De hecho, Jesús dijo en Juan 3:18, “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, PORQUE NO HA CREÍDO en el nombre del unigénito Hijo de Dios.” A través de todo el Nuevo Testamento vemos enfatizado repetidas veces que uno tiene que apropiarse de la provisión de salvación en Cristo, personalmente poniendo nuestra fe en Él para ser salvo. Él tiene que ser recibido por fe para que uno se beneficie de Su sacrificio expiatorio (Jn 1:12-13; 3:16; 8:24; Rom 3:22; 3:28; 3:30; Gal 2:16; 3:8; 3:24; Ef 2:8; Fil 3:9; 2Tim 3:15, etc.).
De acuerdo con la Gran Comisión, dondequiera que el evangelio es presentado en los Hechos y en las epístolas, vemos que es necesario responder en fe al evangelio para ser salvo. Cuando el carcelero de Filipo le preguntó a Pablo, “¿Qué debo hacer para ser salvo?” Pablo no respondió diciendo: “Ya ha sido salvo; solo necesitas saberlo.” No. Él dijo: “Cree en el Señor Jesucristo y SERÁS salvo.” Pablo también dice en otro lado que aquellos que no creen serán condenados (2Tes 2:12). Pablo dijo que el evangelio que predicaba era la “palabra de fe,” que significa que tiene que creerlo para ser efectuado. Él continúa explicando lo que la “palabra de fe” es:
“…que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, SERÁS salvo. 10 Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.” (Rom 10:9-10)
No hay tal cosa como un “cristiano anónimo.” No hay cristianos no creyentes. Uno tiene que creer en el evangelio para ser salvo. Pablo dice en los versículos siguientes que, para que uno crea, primero tiene que oír el evangelio, y por ese motivo es imperativo que prediquemos el evangelio a aquellos que aún están fuera del redil (Rom 10:13-17). Pablo comienza el capítulo diciendo: “Hermanos míos, el anhelo de mi corazón y mi intercesión ante Dios por ellos, es que sean salvos” (Rom 10:1). ¡Es muy evidente que Pablo no pensaba que todos ya eran salvos y solo necesitaban descubrir que ya fueron salvos sin saberlo, involuntariamente e independiente de su arrepentimiento y fe!
En 1Corintios 15, Pablo deja en claro que uno no solo tiene que creer en el evangelio para ser salvo, sino que su fe tiene que ser una fe que persevera para ser salvo. Él dijo:
“Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; 2 por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano.” (1 Cor 15:1-2)
Aquí Pablo dice que somos salvos por recibir el evangelio en nuestros corazones por la fe, y todos los que no continúan en la fe tuvieron una fe vana o vacía; una fe que no es más que asentimiento mental y no del corazón. Él también les dijo a los corintos carnales que se examinaran a sí mismos para asegurarse de que realmente estaban en la fe:
“Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?” (2 Cor 13:5)
Esto está muy lejos de lo que afirman los del “Evangelio de la Inclusión,” diciendo que el Espíritu de Cristo ya está en todos y que solamente necesitan descubrir esta realidad. Pablo dice que, si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él (Rom 8:9). Estábamos sin Cristo hasta recibirlo por fe cuando nacimos de nuevo por el Espíritu con la misma vida de resurrección de Cristo, así llegando a ser un espíritu con Él (Ef 2:12 cf. 1Cor 6:17).
Los Universalistas Inclusivos dicen que toda la humanidad ya está en Cristo. Sin embargo, Pablo dice: “si alguno está en Cristo, nueva criatura es,” claramente indicando que no todos ya están en Cristo (2 Cor 5:17). También, en Romanos 16:7, Pablo envía saludos a Andrónico y Junias, “que fueron en Cristo antes de él,” lo que significa que ellos habían recibido el evangelio de Cristo antes de él.
“Todos Nacieron de Nuevo cuando Cristo Resucitó de los Muertos”
Otra aserción hecha por muchos Universalistas Inclusivos es que todos nacieron de nuevo cuando Cristo resucitó de los muertos. Sin embargo, como no tiene sentido decir que alguien ha nacido de nuevo antes de nacer la primera vez, usualmente intentan argumentar que γεννηθῇ ἄνωθεν (genethe anothen), traducido “nacer de nuevo” en la versión RVR, se debe leer “nacer de arriba,” dado que eso es un significado alterno de anothen.
Sin embargo, mientras que es cierto que el nuevo nacimiento se origina de arriba, el contexto en que Jesús usa la palabra indica que debe ser entendido como “nacer de nuevo,” como se puede ver por la respuesta perpleja de Nicodemo en Juan 3:4. Él le preguntó a Jesús: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?” Nicodemo claramente pensó que Jesús estaba diciendo que era necesario nacer por segunda vez. Él no entendió a Jesús como diciendo que era necesario que uno naciera de arriba.
A continuación, Jesús le explicó que el segundo nacimiento no era de agua como cuando nacimos por primera vez al mundo, sino que fue por el Espíritu Santo que nuestro espíritu, que estaba muerto a Dios, tenía que nacer de nuevo. Jesús le dijo:
“Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. 6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.” (Juan 3:5-6)
Jesús describe el nacimiento físicamente de la carne como nacer de agua, y el nuevo nacimiento de nuestro espíritu siendo por medio del Espíritu Santo. Este nuevo nacimiento fue hecho posible por la resurrección de Cristo, pero no nacemos de nuevo hasta recibir a Cristo. Juan dice:
“A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. 12 Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; 13 los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1:11-13)
Así que, solamente es cuando uno recibe a Cristo por fe que nace de nuevo, así llegando a ser hijos de Dios (τέκνα Θεοῦ, tecna Theou, lit. “los nacidos de Dios”) en Su nueva creación. Pablo dice que, antes de recibirlo por fe, “éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Ef 2:3). O citando las palabras de Jesús Mismo, la ira de Dios permanece sobre aquellos que rehúsan creer (Jn 3:36). Por lo tanto, es un error muy grave decirles a aquellos que no han recibido a Cristo que ya nacieron de arriba en Cristo hace 2.000 años.
“Todos ya han sido Salvos por la Fidelidad de Jesús.”
Otra aseveración hecha por los Universalistas Inclusivos es que no somos salvos por nuestra fe, sino por la fidelidad de Jesús. Otra vez, esta es una verdad a medias, porque nadie podría ser salvo si Jesús no hubiera sido obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil 2:8-11). Sin embargo, como es con muchas verdades a medias, esto es peligroso, dado que deja el pecador no arrepentido bajo la falsa seguridad de que él ya es salvo sin la necesidad de arrepentimiento y fe. Como ya hemos visto, la obra de Cristo en la cruz no es aplicada a nosotros antes de personalmente creer en Cristo para la salvación.
Este error es el resultado de traducir la frase “la fe de Jesús” (πίστεως ᾿Ιησοῦ Χριστοῦ, pisteos tou Iesous) como “la fidelidad de Jesús,” en vez de traducir pistis como “fe,” que es el significado normal. Demuestro por qué la lectura “la fe de Jesús” es la correcta, en vez de “la fidelidad de Jesús” o “la fe en Jesús” en mi blog: “La Fe de Jesús.”
Realmente la fe que nos salva no es no es de nosotros, sino que nos es dado creer por Su gracia. Y la fe salvífica impartida a nosotros en el día de nuestra visitación cuando llegamos al arrepentimiento es nada menos que la fe de Jesús, quién, desde el momento de la regeneración, llega a ser nuestra vida, nuestro todo. Su justicia, sabiduría y fe nos están impartidas en el momento que llegamos a ser un espíritu con el Señor cuando nuestro espíritu es regenerado. Una vez Su fe haya sido impartida a nosotros, llega a ser la nuestra, y por esa razón a menudo es llamada “nuestra fe,” así como Su salvación llega a ser “nuestra salvación,” Su justicia “nuestra justicia” y Su vida “nuestra vida” (Fil 2:12-13; Jer 23:6 Col 3:3-4). Llegamos a ser coherederos con Cristo en todo.
Entonces, mientras es cierto que la fidelidad de Cristo proveyó la salvación para todos, es necesario que personalmente creamos en el Señor Jesucristo para ser salvos. Y decirles a los pecadores no arrepentidos otra cosa es no proclamarles el verdadero evangelio, la palabra de fe.
“No existe distinción entre Aquellos y Nosotros.”
En las Escrituras vemos una distinción muy clara entre los salvos y los perdidos, los elegidos y los no elegidos, los justos y los injustos. El Inclusivismo Universalista ignora estas distinciones, diciendo que, dado que todos fueron incluidos en la expiación de Cristo, no existe una distinción entre ellos y nosotros; no hay distinción entre los que están en Cristo y los que aún están sin Cristo. Don Keathley es representativa de ellos cuando dice:
“Jamás hubo un tiempo cuando no estabas en Cristo. Allí es donde fuiste creado… Esto cambiará al mundo. Necesitamos ver a cada persona también creada en esa posición. Eso elimina toda distinción entre ellos y nosotros… Esto elimina toda jactancia que dice, ‘Yo invité a Jesús en mi vida como Salvador y tú no. Yo tomé decisiones sabias a mi favor y si tú eres sabio, serás como yo y harás lo que yo hice. Y si no, vas a ir al infierno.’” [iii]
Keathley dice que todos fuimos creados en Cristo desde el principio, y eso elimina toda distinción entre nosotros y ellos – elimina toda jactancia. En contraste, Pablo dice que no son muchos los escogidos – que en esta época Dios normalmente escoge a los necios, débiles, bajos y los que son como nada en su propia estima, para que nadie se jacte en Su presencia. La jactancia no es eliminada por despertar a la realidad de que siempre éramos buenos en gran manera en nuestro ser esencial, como afirman los Inclusionistas, sino por reconocer que somos necios, débiles, bajos y como nada sin Él, y que es solo por Él que podemos venir a estar en Cristo, quien ahora es nuestra justicia.
La distinción entre los salvos y los no salvos es repetida tan a menudo en las Escrituras que los Inclusivistas no pueden negarla sin invalidar la Palabra de Dios en un intento de mantener su doctrina no bíblica. Jesús indicó en Lucas 13 que, inicialmente, pocos serían salvos:
“Y alguien le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y él les dijo: 24 Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán.” (Lucas 13:23-24)
Especialmente al final de esta época, durante la Gran Tribulación, Jesús dijo que el amor de muchos se enfriará, y solamente los elegidos que perseveran hasta el fin serán salvos (Mt 24:9-14). Él también dijo de aquel tiempo:
“Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos.” (Mt 24:24)
“Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados.” (Mt 24:21)
Jesús dijo: “Muchos son llamados, pero pocos escogidos” (Mt 22:13-14). Él dijo de Sus discípulos: “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (Jn 15:19). Uno no puede insistir que todos son elegidos, como afirman las Inclusivistas, sin ignorar estas y muchas otras proclamaciones exclusivas en las Escrituras.
Los ejemplos de distinciones entre los salvos y los no salvos son demasiado numerosos para citar en este blog. Así que, solo citaré un par más. Pablo hace una distinción clara en 1Corintios 6 entre los injustos y los que ya han sido justificados:
“¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, 10 ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. 11 Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.” (1 Cor 6:9-11)
Los creyentes en Corinto una vez eran entre los injustos, pero fueron justificados, lavados y santificados al creer, por el Espíritu de Dios. Mi último ejemplo es de 1Juan 3, donde Juan distingue entre los que han nacido de Dios y los que todavía están bajo el poder del diablo:
“Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. 7 Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. 8 El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. 9 TODO AQUEL QUE ES NACIDO DE DIOS, NO PRACTICA EL PECADO, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios. 10 En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios.” (1 Jn 3:6-10)
Juan, bajo la inspiración del Espíritu Santo, dice que hay los que han nacido de Dios en contraste con los que no han nacido de Dios y por lo tanto continúan viviendo en el pecado bajo el poder del dios de esta época. Como dijo Jesús, ya no somos de este mundo. Hemos sido llamados a ser luz y sal en este mundo, marcando la diferencia entre la luz y las tinieblas.
En conclusión, el “Evangelio de Inclusión” es una verdad a medias engañosa, haciéndolo una herejía – un evangelio falso que mantiene a muchos en el camino espacioso que conduce a la destrucción. Los que hemos creído en el verdadero evangelio de la salvación por la fe en Jesucristo y la restauración final de todos, necesitamos estar firmes, insistiendo en el verdadero evangelio, la palabra de fe que predicamos.
[i] https://www.youtube.com/watch?v=INPyY0QjgpY
[ii] Young, Wm. Paul. Lies We Believe About God. Kindle Edition loc. 917.
[iii] Don Keathley. Unmasking the Gospel. Video 29:10